Primeros pasos de la política Bush para América Latina
y el Perú

Coletta Youngers

Salieron los demócratas de la Casa Blanca y entraron los republicanos. ¿Qué va a cambiar en la política norteamericana hacia la región?

 

Una vez más, Washington está reescribiendo la historia para su propio beneficio. En una intervención ante el Congreso de los Estados Unidos, el embajador ante la Organización de Estados Americanos –nombrado durante la administración Clinton–, Luis Lauredo, proclamaba: "El éxito de la OEA en el Perú marca un momento decisivo en su historia. Hoy en día, un país que tenía graves problemas está de nuevo dentro del marco democrático, gracias en no poca medida a la rápida y adecuada respuesta de la OEA y el gobierno de los Estados Unidos". El embajador Lauredo parece haber olvidado que la OEA no estuvo a la altura de su misión de promover la democracia en la región, aceptando un simplemente inaceptable quid-pro-quo: no cuestionar la legitimidad del tercer período de Fujimori, a cambio de que el gobierno peruano demostrara voluntad de aceptar una misión de la OEA que promoviera el diálogo; una misión que finalmente devino importante, pero sólo debido a los rápidos cambios que tenían lugar en el Perú mismo.

Dicho de otro modo, Fujimori ganó la batalla en el frente internacional, pero la perdió en el frente interno. Mientras lograba apaciguar a los gobiernos vecinos y a Washington, fracasaba en medir el sentimiento popular de rechazo en el país y la falta de legitimidad que acompañaban a un tercer período obtenido inconstitucionalmente y a través del fraude. Es claro pues que son el pueblo peruano y el conjunto de actores de la oposición democrática en el Perú quienes merecen el crédito por la transición democrática que tiene lugar hoy día en ese país.

No está del todo claro todavía cómo la nueva administración de Bush va a vincularse con esta transición y, en general, cómo van a ser las nuevas relaciones entre los Estados Unidos y el Perú. De hecho, América Latina sigue siendo una prioridad relativamente baja en la política exterior, y funcionarios claves que van a trabajar sobre la región todavía no han sido confirmados. Los propuestos para estos puestos claves son gente en su mayoría extremadamente conservadora, lo que plantea grandes preocupaciones entre los grupos progresistas en los Estados Unidos. Pero, a la vez, quizá estén más dispuestos a revelar por lo menos parte de la historia de la relación entre los Estados Unidos y Vladimiro Montesinos.

La política latinoamericana de la administración de Bush

América Latina virtualmente no fue mencionada en los varios debates presidenciales previos a las controversiales elecciones de noviembre pasado. Sin embargo, y a lo largo de toda su campaña, el presidente Bush mostró un especial interés en América Latina, el que surge de sus años como gobernador de un estado fronterizo con México; Bush, incluso, se animaba a lanzar frases en un español rudimentario. Más todavía: cuando asumió la presidencia dejó en claro que México tendría una nueva y especial relación con su administración. De hecho, su primera excursión internacional fue para visitar al presidente Vicente Fox en su rancho ganadero. Bush ha comentado con la prensa norteamericana que le pedirá a Fox su orientación sobre asuntos latinoamericanos, dándole así un nivel de influencia sin precedentes a un país cuya aproximación hacia el hemisferio ha estado a menudo en conflicto con la norteamericana.

Más allá de la afinidad personal de Bush con América Latina, los intereses de la política de su administración en la región pueden ser resumidos en dos palabras: libre comercio. Como se desprende claramente de su intervención en la reciente Cumbre de las Américas en Quebec, Bush ha asumido de todo corazón la agenda de libre comercio de su padre y está comprometido a que se establezca el área de libre comercio de las Américas en la fecha prevista, el 2005, si es que no antes. No es coincidencia que su principal asesor para asuntos latinoamericanos durante la campaña, Robert Zoellick, no haya sido nombrado a un puesto para trabajar sobre la región, sino como representante comercial de los Estados Unidos y que, por tanto, será el principal negociador en los acuerdos comerciales.

Aparte del tema de libre comercio, hay pocas razones para pensar que América Latina vaya a tener una alta prioridad en la agenda de la administración de Bush o que iniciativas innovadoras en otros asuntos estén en camino. Los dos temas más urgentes a nivel regional que hereda la administración de Bush son el compromiso militar norteamericano en Colombia y, de manera más general, la guerra contra las drogas. En ambos casos, prometedoras afirmaciones iniciales que cuestionaban la actual política han cedido lugar a la inercia. De haber estado ahora de comandante en jefe de las Fuerzas Armadas, el general Powell hubiera probablemente argumentado en contra de un compromiso militar norteamericano en Colombia. El conflicto colombiano no reúne los criterios expresados en su famosa "Doctrina Powell" para un compromiso militar en el exterior. Así, los objetivos políticos de Washington en Colombia están poco definidos, los intereses nacionales en juego no están claros y no hay una estrategia de salida. Sin embargo, la administración de Bush ha indicado su voluntad de continuar en el mismo camino que su predecesor, ya que en el presupuesto para el año fiscal del 2002 ha pedido 180 millones de dólares para programas del Pentágono en ese país y 400 millones para asistencia directa a Colombia; la mayor parte de ella en la forma de ayuda militar y policial.

En su audiencia de confirmación ante el Congreso, el secretario de Defensa Ronald Rumsfeld sostuvo: "yo soy alguien que cree que el problema de las drogas es antes que cualquier otra cosa un problema de demanda". Sin embargo, hasta ahora la administración de Bush no ha dado ningún indicio de que vaya a reorientar la básicamente fracasada política de control internacional sobre las drogas. En cambio, ha solicitado cientos de millones de dólares para asistencia económica para programas antinarcóticos en los Andes, incluyendo al Perú, país que sin duda continuará recibiendo la presión de los Estados Unidos para continuar su impopular programa de erradicación de la coca y otras iniciativas norteamericanas.

El equipo de política exterior

De hecho, los principales funcionarios de la administración de Bush para asuntos exteriores y políticas de defensa tienen poca o ninguna experiencia en relación con América Latina. Esto incluye al vicepresidente Cheney, la asesora de Seguridad Nacional Condoleeza Rice, el secretario de Defensa Rumsfeld y el secretario de Estado Colin Powell. Durante las audiencias de confirmación, el secretario de Defensa Rumsfeld cometió un particularmente embarazoso error, cuando expresó su sorpresa de que los Estados Unidos hayan construido una base militar en Manta, Ecuador, y cuando virtualmente admitió su falta de conocimiento sobre Colombia, el país clave militarmente para los Estados Unidos en la región. Más todavía: todas estas personas vienen de la escuela de la guerra fría y comparten una mentalidad que más bien refleja cómo era el mundo hace una década. Dado que la política de los Estados Unidos hacia América Latina estaba entonces caracterizada por su intervencionismo y apoyo a fuerzas abusivas de seguridad en su combate al "comunismo", hay ciertamente razones de preocupación con relación a cómo la administración de Bush responderá los desafíos que, sin duda, van a tener en América Latina.

El equipo que va a trabajar sobre América Latina en la administración apenas está cobrando forma. El primer nombramiento clave ha sido el del embajador John Maisto para el cargo de director de Asuntos Hemisféricos en el Consejo de Seguridad Nacional, lo que fue visto como un indicador de que la administración de Bush iba a permitir que la política exterior esté a cargo de diplomáticos de carrera y, por tanto, mantener una política pragmática y moderada. Maisto ha servido como embajador en Nicaragua y Venezuela y ha sido el segundo en la Embajada de los Estados Unidos ante la OEA, entre otras altas posiciones.

Sin embargo, otras nominaciones recientes indican una tendencia totalmente diferente. A inicios de marzo, la administración propuso al embajador John Negroponte para ser el representante de los Estados Unidos ante las Naciones Unidas. Negroponte fue embajador en Honduras durante la época de la guerra de los nicaragüenses. En esa época los Estados Unidos entrenaron y financiaron una unidad especial del Ejército hondureño, el Batallón 316, que fue responsable de muchos casos de tortura y asesinatos de opositores al gobierno.

En abril la administración nominó a Otto Reich, un cubano americano, para que sea el secretario de Estado Adjunto para Asuntos Hemisféricos. Como director de la controversial Oficina de Diplomacia Pública del Departamento de Estado bajo la administración de Reagan, estuvo directamente involucrado en la guerra de los "contras", reportando sobre sus acciones al teniente coronel Oliver North. Más adelante el Congreso de los Estados Unidos tomó la inusual iniciativa de cerrar esta oficina, luego de que las investigaciones revelaran que estuvo involucrada en actividades encubiertas prohibidas en los Estados Unidos, tales como propaganda encubierta para generar apoyo público y cobertura de los medios de comunicación que fueran favorables a los "contras". Más recientemente, Reich ha sido un activo lobbista, promoviendo la línea dura en asuntos de política cubana.

Tanto Negroponte como Reich hacen frente a una fuerte oposición en el Capitolio y a difíciles procedimientos de confirmación. Ambos, sin embargo, probablemente reciban la confirmación del Senado, dado el fuerte apoyo a su favor del copresidente de la Comisión de Relaciones Exteriores del Senado, Jesse Helmes.

La nominación de Reich ha sido ampliamente interpretada en Washington como una forma de agradecer a la conservadora comunidad cubano-americana, la que fue al final clave en Florida para asegurar a Bush la presidencia. El hecho de que el secretario de Estado Powell esté dispuesto a permitir que cargos claves de la administración en relación con América Latina sean utilizados para este propósito político envía peligrosas señales. Indica, en primer lugar, que la región tiene una importancia muy baja en su lista de prioridades y, en segundo lugar, que está dispuesto a que los sectores más duros y conservadores tengan una influencia significativa sobre las políticas hemisféricas.

Dada la historia personal de Reich, su nominación puede ser correctamente interpretada como un retroceso en los esfuerzos para promover soluciones multilaterales a problemas comunes. En ningún otro caso esto es más claro que en el de Cuba. Con la nominación de Reich se está indicando que no habrá una flexibilización de la política de los Estados Unidos hacia Cuba, a pesar de la extendida oposición regional a la obsoleta aproximación de los Estados Unidos hacia ese país. Más todavía, su confirmación podría traer serias y problemáticas consecuencias en relación con la política de los Estados Unidos para Colombia.

La política de los Estados Unidos hacia el Perú y la debacle de Montesinos

Las consecuencias de las políticas de los Estados Unidos hacia el Perú podrían ser, sin embargo, bastante diferentes. Como se ha indicado, Reich es cercano al senador Jesse Helmes, un abierto crítico de las políticas de la administración de Clinton hacia el Perú. Otros actores conservadores claves, críticos de la relación de la administración de Clinton con Vladimiro Montesinos, tienen una influencia importante sobre Reich y ya están pidiendo que se hagan cambios, incluyendo cambios de personal y una investigación sobre las relaciones entre Montesinos y el gobierno de los Estados Unidos en los últimos años. También abogan por un fortalecimiento de la colaboración en la captura de Montesinos y la desclasificación de documentos que pudieran facilitar la persecución y arrojar luces sobre la naturaleza de sus vínculos con Washington. Dicho de otro modo, Reich podría estar más dispuesto a revelar los misterios que rodean a la historia de la actuación reciente de los Estados Unidos, de lo que hubiera sido el caso con una diplomacia norteamericana más tradicional.

Poco a poco se está ya filtrando información sobre la naturaleza de la relación de los Estados Unidos con Montesinos. Sabemos que esta relación se mantuvo y creció por un período de cerca de tres décadas. Documentos del Departamento de Estado recientemente obtenidos por la ONG norteamericana Archivo Nacional de Seguridad, ofrecen evidencias de que ya en 1977, cuando Montesinos fue detenido, los Estados Unidos lo consideraban un valioso contacto y que la relación databa de cuatro o cinco años atrás. Sabemos también que los vínculos de los Estados Unidos con Montesinos continuaron por lo menos hasta que el régimen de Fujimori colapsó. De acuerdo con el embajador de los Estados Unidos en el Perú, John Hamilton, la Central de Inteligencia Americana mantuvo una "relación de enlace oficial" con Montesinos hasta el pasado setiembre, señalando también que estaban trabajando "no para ellos, sino con ellos". No fue sino hasta el sorpresivo anuncio de Fujimori llamando a nuevas elecciones que todas las comunicaciones con Montesinos cesaron.

En otras palabras, los Estados Unidos continuaron trabajando con Montesinos mucho después de que se conocieron serias y creíbles acusaciones sobre sus vínculos con violaciones de los derechos humanos y con el tráfico de drogas; también meses después de que su rol en la manipulación electoral del fraude del 2000 fuera pública e, incluso, después de que fuera revelado el posible vínculo de Montesinos con el tráfico de armas a las FARC de Colombia a cambio de drogas. Si bien ha habido poco debate público en Washington sobre esta debacle de la política norteamericana, miembros claves del Congreso y grupos que influyen en la política norteamericana van a continuar promoviendo que la administración de Bush investigue y ofrezca información que reconstruya los aspectos siniestros de la política de los Estados Unidos hacia el Perú en los noventa.

Coletta Youngers es directora del Progama Andino, WOLA.