Aprender del pasado para enfrentar el futuro

Alberto Simons Camino, S.J.

Una lectura desde la ética de nuestra realidad política y
de lo que hay que proponernos.

 

A raíz de la última elección del 8 de abril se está diciendo que un país que olvida su pasado no tiene futuro. Es imprescindible darle un mayor alcance a estas palabras, porque no se trata sólo de un caso o hecho sino de una actitud mucho más arraigada. Por décadas nos hemos habituado a pensar que el futuro o progreso del Perú dependía del gobernante o del gobierno que elegíamos periódicamente y, lo que es peor, los gobernantes han pensado lo mismo: sólo de ellos y de sus actos dependía el bienestar del país.

Esta es, sin duda, la causa de que hayamos transitado de decepción en decepción. Pero esta actitud debe cambiar ya: el desafío está delante de nosotros y tenemos que decidir qué hacer frente a él. Ante el fatalismo y la resignación, tenemos que recobrar la fe en nosotros mismos, en los otros, en la posibilidad de hacer algo juntos por nuestro país. No podemos aceptar una vida y existencia recortadas. La búsqueda del Bien Común exige el ejercicio de los deberes y derechos de todos, y eso implica una palabra fuerte: responsabilidad.

Sólo cuando todos o por lo menos la mayoría de los peruanos adquiramos conciencia no únicamente de nuestros derechos sino también de nuestros deberes y responsabilidades respecto a la gestión del país, cuando queramos ser nosotros mismos autores de nuestro destino, podremos aguardar que la situación cambie sustancialmente para mejor. Pero no sólo debe cambiar la actitud de los ciudadanos comunes sino también la de los gobernantes. No necesitamos más mesías salvadores del Perú. Nunca más.

Jesús en esto también demostró que el verdadero mesianismo se ejerce siendo "uno de tantos" como lo fue él que no tuvo ningún cargo, título o poder, sino que fue capaz de suscitar e inspirar en cada hombre y mujer, sobre todo en aquellos que eran marginados por una u otra razón –social, racial, de género, moral o religiosa–, la fe en sí mismos.

Para recobrar la fe, el respeto y la dignidad hace falta promover la organización de la sociedad civil e instituciones intermedias entre el ciudadano y el Estado, aquellas que permiten al ciudadano no sentirse indefenso frente a los diferentes poderes. Se trata de que los ciudadanos puedan ser, en la medida de lo que les corresponda (principio de subsidiaridad), agentes de su propio destino y no sólo beneficiarios de un Estado (Gobierno) Benefactor o de diversas entidades que los mantengan dependientes y en minoría de edad cívica. Nuestro pueblo no debe ser sujeto de beneficencia asistencialista sino de promoción. Los gobiernos no hacen favores: cumplen con su deber y obligación sirviendo.

Desde la misma lógica, es necesario que caigamos en la cuenta de que sólo lo que se construye de abajo hacia arriba tiene solidez, estabilidad y permanencia. Los gobiernos que actúan de forma vertical, por más eficaces que parezcan, construyen, como nos diría el Evangelio, sobre arena.

Aquí y ahora, en nuestro país tenemos una realidad que puede inspirarnos un posible futuro. El actual gobierno de transición y en concreto el presidente, más allá de los aciertos o errores que hayan podido tener, nos han hecho ver que sin protagonismos y con una sabia discreción no sólo se puede gobernar sino contar con la aprobación de una gran mayoría de la población.

Es más: lo más valioso que ha logrado el gobierno actual es impulsar proyectos que pongan en movimiento a la ciudadanía con la Mesa de Concertación de Lucha contra la Pobreza, el Diálogo para la Educación y la Comisión de la Verdad, que esperamos no sea sólo la labor de algunos destacados personajes sino motivo para que la mayoría de peruanos hagamos un examen de conciencia que nos permita enfrentar y no eludir nuestras responsabilidades.

Lo que es sumamente dañino para la salud pública es lo que viene sucediendo cuando vemos que aquellos que con evidencias demostradas son causantes de lo acaecido en la última década, encuentran una razón para eludir su responsabilidad y sin pedir perdón por el mal ocasionado a la nación.

Nuestra clase política ha pensado y manejado la nación a partir de sus propias concepciones o improvisaciones políticas, pero la situación en que nos encontramos nos obliga a percibir no sólo la necesidad sino la urgencia de pensar creativamente la forma de gobernar a partir de la realidad concreta y particular del Perú y de su pueblo, sin calco ni copia –como diría Mariátegui– de recetas que no sirvieron en el pasado y menos aún servirán en el futuro. Los últimos años nos han mostrado de forma palpable y evidente las consecuencias de un proceder pragmático en su doble vertiente: actuar en el presente sin mayor reflexión de fondo hacia el futuro, improvisando, y creer que el fin justifica los medios, añadido al elogio de la "viveza criolla". Hemos oído con frecuencia durante estos años que "con los valores no se come", "no importa que se robe si se hace obra" o que "la ética no es negocio".

La veracidad, la integridad, la autenticidad y la coherencia se rindieron ante la supuesta eficacia. La debacle no sólo moral sino también económica nos enseña que nada sólido se construye sin valores éticos y sin una reflexión que mire hacia el futuro. Será necesario ser creativos para construir un país nuevo y asumir el reto que supone hacerse cargo del propio destino y del bien que nos es común a todos. Ojalá que la movilización ocurrida en estos meses sea permanente y se torne más profunda, consciente y reflexiva.

Alberto Simons Camino, S.J. es sociólogo y profesor de la Universidad Católica, de la Universidad del Pacífico y de la Escuela de Filosofía Antonio Ruiz de Montoya.