La buena racha desde el fin de Fujimori-Montesinos

Somos más que conscientes de los enormes desafíos que tenemos casi como pistola en la sien. En la ruta ya hemos visto muchas señales de estar en zona de icebergs. Compartimos miedos que sabemos no responden a fantasmas sino a peligros reales. Pero al mismo tiempo, y a pesar de todo, creemos que tenemos una nueva oportunidad como país, que nuestra buena o mala suerte no está ya echada y que ya hemos dado saltos cualitativos dignos de medallas olímpicas, los que hasta hace poco simplemente eran vistos como imposibles.

Así como hay que adelantarnos a desafíos y peligros, no está mal hacer una reconstrucción de todo lo que hemos avanzado en tan corto tiempo y de la buena racha en que estamos.

Lo primero que siempre hay que recordar en este tipo de inventario de signo positivo es dónde estábamos hace un año: en vísperas del inicio del tercer quinquenio de Fujimori y Montesinos, con todo lo que hubiese significado para el país y para la región la consolidación de un régimen abierta y desafiantemente antidemocrático y antiderechos humanos. ¿Quiénes habríamos sido sus primeras víctimas? ¿Qué operativo social habríamos tenido que sufrir para que nos olvidáramos del fraude? ¿Cuáles habrían sido las medidas arbitrariamente adoptadas para afinar la maquinaria de control y de corrupción? ¿Cuáles hubieran sido las grandes batallas que habríamos tenido que dar para conseguir un milímetro de apertura?

Un año atrás, la re-reelección se presentaba como un hecho consumado y sólo podíamos aspirar a arrancarle al régimen algunas mejoras democráticas a través del diálogo directo en la Mesa de la OEA. Hoy, Fujimori y Montesinos ya han sido descubiertos con las manos en la masa, han huido y tienen la calidad de prófugos de la justicia. Siempre hay que volver a este hecho original, frente al que no hay pierde: por más dificultades y riesgos, lo de hoy es mucho mejor que estar en manos del régimen anterior, como hace tan poco estábamos.

Segundo punto del haber en todo este proceso: estamos concluyendo una transición democrática exitosa, en el sentido de a la altura de las circunstancias y logrando los objetivos que tenía que cumplir. Se suele decir que en esto no hay mayor mérito, porque de alguna manera era un gobierno que tenía como única función llevar al país a las nuevas elecciones, y que estaba “condenado” a hacerlo bien por el estado de gracia o la luna de miel que caracteriza todo inicio de un nuevo régimen.

Sin negar el hecho de que la transición democrática tenía a su favor la buena predisposición del país por razones obvias, no es cierto que las tenía todas fáciles y seguras. Comenzando por lo complicado que resultaba llegar a buen puerto en cuanto a elecciones, por el corto tiempo, porque había que vencer una desconfianza generalizada y porque había que hacerlo “sin querer queriendo”, pues la neutralidad del poder político era otro objetivo fundamental. Todo esto teniendo como competidor desleal la visualización de los vladivídeos.

Pero a esa función se le sumaban otras también muy complejas, complejísimas, como el inicio del desmontaje de la red de corrupción del régimen pasado, lo que implicaba tocar no sólo a los ricos y famosos del régimen anterior sino también a todos los poderes reales del país (militares, empresarios, congresistas, magistrados, medios de comunicación).

Y por si fuera poco, había que comenzar a poner orden en la casa (por ejemplo en las relaciones entre civiles y militares, en la administración de justicia), sin olvidarse del pequeño detalle de gobernar, impidiendo que todo continuara cuesta abajo y respondiendo al mismo tiempo a un conjunto de demandas y expectativas que el inicio de la democracia generó, y que el anterior régimen había embalsamado y ocultado gracias a que tenía el control para poder hacerlo a mano militar.

¿Fácil? ¿Con resultado seguro? Al revés: frente a cada decisión que había que tomar, o se pudo vacilar o tomar la decisión equivocada, y esa predisposición favorable se hubiese volteado de inmediato, como suele ocurrir frecuentemente en las transiciones, especialmente en países como el nuestro.

Pero no. Las encuestas revelaban que el gobierno de transición del presidente Paniagua goza de una altísima aceptación y su buena performance nos ha demostrado algo que podemos considerar como un tercer punto positivo en nuestra lista: hemos visto que el país no es tan ingobernable. En términos de transición en general y en cada ministerio se está demostrando que con una buena dosis de voluntad política, de honestidad, de claridad de objetivos y de convocatoria, se pueden dar avances significativos.

En esta misma dirección, el Perú del último año también nos está demostrando –cuarto punto positivo– que no es imposible construir instituciones creíbles y eficaces. Sin lugar a dudas, el mejor ejemplo es el de la ONPE, pues en muy pocos meses se desmontó la ONPE de Portillo y se puso en funcionamiento la de Tuesta y su equipo, con los resultados que todos conocemos y con altísimo nivel de aceptación.

Tampoco es desdeñable lo que se ha cambiado y avanzado en instituciones como el Poder Judicial, el Ministerio Público y hasta el Fuero Militar. Cada una de estas instituciones está volviendo al cauce que le corresponde, y sus miembros anuncian que a partir de ahora no sólo serán independientes sino que defenderán tal independencia frente a todos.

Así como reconocemos los avances, hay que evitar espejismos producidos por actitudes y discursos de quienes no estando verdaderamente convencidos del cambio, oportunamente hacen el viraje en una pragmática alineación tras la línea hoy en boga: la línea democrática.

Un quinto punto a celebrar, por lo menos en nuestro caso, es que Alan García nos haya pegado un buen susto pero que al final no haya salido elegido presidente del país. Si bien con 43% en unos cuantos meses él también ha ganado, y hay que reconocer que su actitud después del resultado electoral ha sido sorprendentemente buena, si hubiese sido elegido ahí sí sólo nos quedaría rezar y esperar un milagro.

Toledo no sólo representa la continuidad y el triunfo de quienes derrocaron al régimen anterior –no así Alan García, por cierto–, sino que, además, tiene –como se dijo insistentemente en la campaña- el derecho humano “al beneficio de la duda” y un entorno mucho mejor. Para el país será muy elocuente el tipo de gabinete que conforme y el comportamiento que exhiba en los primeros meses de gobierno, incluidos los días que faltan para el 28 de julio, ya que Toledo ha optado por una continua presencia pública por la que tiene que ir respondiendo inevitablemente.

En esta misma línea de vientos favorables está el hecho de que el gobierno de Paniagua ha optado por “amarrar” (obviamente en el buen sentido, marco de lo que corresponde a sus atribuciones) algunos asuntos fundamentales para que perduren más allá del 28 de julio, o para que por lo menos sea más difícil desandar lo andado. Por ejemplo, la creación de la Comisión de la Verdad o el respaldo de una serie de iniciativas anticorrupción.

Penúltimo punto nuevo y positivo: la movilización ciudadana. Sabemos bien que durante los años de Fujimori y Montesinos hubo mucha pasividad, indiferencia, utilitarismo y hasta complicidad, pero al final se desató una ruptura y hasta rebeldía, y una amplia movilización ciudadana terminó siendo decisiva para la caída del régimen. Movilización ciudadana que sigue, que se reubica constantemente de acuerdo con la evolución del país, que va generando distintos espacios y formas de participación y que, consciente del papel cumplido, se mantiene vigilante.

El último punto a señalar como parte de este recuento de una buena viada es sin dudas lo internacional, en varias dimensiones, que tan sólo nos limitamos a mencionar: en menos de un año el Perú no sólo se ha puesto a derecho internacionalmente, sino que ha pasado a ser líder de las corrientes regionales a favor de la democracia y los derechos humanos, lo cual, a su vez, está generando condiciones que harán más difíciles las tentaciones autoritarias. Las fuerzas internacionales que permitieron, defendieron y alentaron al régimen de Fujimori y Montesinos hoy tienen que rendir cuentas, mientras que las que cuestionaron a dicho régimen y apoyaron los esfuerzos democráticos pueden exhibir que tenían razón. Existe una parte de la comunidad internacional que, al haber estado activamente comprometida con la recuperación de la democracia en el Perú, se mantiene vigilante, más si el mismo Toledo promueve este tipo de acompañamiento y tomando en cuenta que debe haber una cierta culpa en el conjunto de la comunidad internacional por haber permitido la creación y desarrollo de un régimen como el de Fujimori-Montesinos. (EJB)