Ahora, lo más difícil: demostrar que la democracia valía la pena

La parte épica de la lucha por la democracia ya concluyó, afortunadamente con victorias resonantes y hermosas. Vienen ahora épocas menos heroicas y más lejanas de los reflectores de la gran prensa. Una tarea de construcción cotidiana, tan difícil como indispensable. Una etapa en la que por primera vez en nuestra historia la democracia tiene la oportunidad y la urgencia de echar raíces y solucionar problemas concretos de la gente. En suma, demostrar que valía la pena.

 

Una mirada a nuestra historia republicana nos muestra muy rápidamente que la democracia en el Perú no ha tenido nunca raíces muy sólidas. Son muchos más los años en que hemos sido regidos por gobiernos impuestos, sean éstos civiles o militares, que por autoridades auténticamente surgidas de la voluntad popular. Son, además, poquísimos los casos en nuestra historia en que los gobernantes civiles han concluido exitosamente sus experiencias de gobierno. Sin ir más lejos, presidentes tan respetables y que habían despertado tanto fervor popular al ser elegidos, como José Luis Bustamante y Rivero y Fernando Belaunde Terry, terminaron víctimas de golpes de estado seguidos de largos gobiernos militares. El APRA, por su parte, el partido político más importante de nuestra historia, hizo un gobierno tan desastroso que nos dejó a merced de la siguiente ola autoritaria. El Perú es, además, el único país de América Latina  donde la generalizada transición a la democracia que tuvo lugar entre fines de los setenta y mediados de los ochenta fracasó abiertamente y fue interrumpida por un golpe civil-militar que dio origen al autoritarismo de Fujimori y Montesinos.

Si bien todo lo anterior es verdad, lo es también que no hay razón alguna para caer en un fatalismo histórico, a partir del cual estemos condenados a repetir el pasado. No necesariamente tiene que ser así. Para lo que puede ser útil esta mirada a las dificultades históricas de la construcción de la democracia en el Perú, es para recordar a quienes ejercerán el gobierno las complejidades y dificultades que habrán de enfrentar; y, asimismo, para que quienes queremos fiscalizar a las nuevas autoridades tengamos una perspectiva más realista de lo que se puede conseguir y exigir.

Pero si de condicionantes históricos se trata, hay también para este nuevo intento democrático en el Perú algunos que apuntan en el sentido contrario, a saber, que esta vez la democracia pudiera ser posible, o, parafraseando el particular lenguaje de nuestro nuevo presidente, “a que estemos condenados a no fracasar”.

Estamos, así, en una nueva época de la política mundial en la que los gobiernos democráticos son crecientemente reconocidos como la única forma aceptable de organizar el gobierno de las naciones. Eso es especialmente cierto en América Latina, donde hay cada vez más impedimentos para cualquier aventura autoritaria. Es verdad que la comunidad hemisférica tuvo una actuación ambivalente y discutible frente a Fujimori y Montesinos, pero justamente esas medias tintas del pasado (hoy tan convenientemente puestas debajo de la alfombra, mientras se escribe la “historia oficial”) se convierten en un estímulo adicional para estar más alertas. Allí está, por ejemplo, la “Carta Democrática” promovida por el Perú y que se aprobará en octubre próximo en Lima; Carta que obliga a los estados miembros de la OEA a una actitud más vigilante y a identificar más finamente los síntomas que preanuncian amenazas serias a las democracias.

Se nos puede responder, con razón, que no hay una correlación necesaria y suficiente entre la imposibilidad de que existan regímenes militares abiertos o encubiertos, con el éxito de la democracia. Éstas pueden también languidecer con todas sus formalidades intactas y despertar en la población apatía y hasta desprecio. Se requiere, por tanto, no solamente evitar el asedio de sus enemigos sino, quizá más importante todavía, lograr paulatinamente que la democracia signifique algo positivo para la gente. Para avanzar en esa dirección hay también, en el caso peruano, bases sobre las que apoyarse.

Está allí, en primer lugar, el ejemplo del gobierno de transición encabezado por Valentín Paniagua. Pocos gobiernos en nuestra historia asumieron el poder en condiciones más dramáticas y tuvieron que actuar como éste, en cada momento, al filo del abismo. Y los resultados están a la vista. Un gobierno prestigiado y respetado nacional e internacionalmente. Una demostración palpable de que respetar los derechos humanos y el Estado de derecho es totalmente compatible con la eficiencia. Una prueba de que el tener voluntad política de solucionar problemas, por más graves que éstos sean, es ya un primer paso importante en la dirección correcta.

En segundo lugar, porque los peruanos hemos pagado demasiado caro nuestra absurda pretensión de que “un hombre fuerte” nos iba sacar del hoyo en el que estábamos. Vaya que nuestra abdicación colectiva sobre el manejo y fiscalización de la cosa pública nos ha costado caro. Los niveles de podredumbre a los que se llevó el país superan los de muchas tiranías africanas, y el daño económico (lo que se robaron, para usar un lenguaje más directo) puede superar los mil millones de dólares. Nunca más, pareciera ahora la consigna de todos. Ojalá dure la memoria. Tendríamos en ella el mejor antídoto contra nuestras frecuentes recaídas.

En tercer lugar, tenemos una población movilizada. Es impactante cómo en medio de una campaña electoral tan poco atractiva como la que tuvimos en la segunda vuelta, y con tan extendida desconfianza sobre los dos candidatos en contienda, la gente siguió saliendo a las calles masivamente. La noche misma de la victoria de Toledo una enorme y espontánea multitud se congregó en el Paseo de los Héroes Navales, testigo de tantas jornadas de lucha por la democracia en los dos últimos años. Obviamente, el ánimo era de festejo y de apoyo a su candidato, pero esto contrasta con la actitud que primó en los noventa de pasividad y dejar hacer a otros. Estamos aquí ante un apoyo activo y, por tanto, ante gente con voz propia y que reclama presencia en la política nacional.

Hay varios y complejos frentes en los que el nuevo gobierno de Alejandro Toledo deberá actuar en los próximos meses y en los que deberá probar su capacidad de liderazgo. Frente a ellos no hay ni garantía preestablecida de éxito, ni inevitabilidad de fracaso. El resultado dependerá mucho de cuál sea el manejo político que se tenga y la forma en que se gobierne. Mencionemos tres de los escenarios en los que el gobierno de Alejandro Toledo deberá demostrar sus reflejos.

1. La magnitud de las demandas sociales insatisfechas, enlazadas con las expectativas estimuladas durante la campaña electoral; todo ello en contraste con las pequeñísimas posibilidades de producir cambios significativos dada la situación económica nacional e internacional. El gobierno de transición tuvo dos ventajas a este respecto y que ya no funcionarán para Toledo. Por un lado, las expectativas y demandas frente a Paniagua eran necesariamente menores, dado que se trataba de un gobierno de muy corta duración; y, por otro, se gobernó sin oposición y con el apoyo de todos los sectores democráticos; algo que no es posible (ni deseable) para etapas “normales”.

2. La tensión y presiones que pueden generarse pronto entre el proceso de revisión del pasado en busca de verdad y justicia en ámbitos vinculados a los derechos humanos, la corrupción y la destrucción del Estado de derecho, al enfrentarse con la demanda de mirar sólo hacia adelante, olvidar el pasado y concentrarse exclusivamente en las tareas cotidianas de gobernar un país tan difícil. En otras palabras, la contradicción usual entre lo urgente y lo indispensable.

3. El contexto internacional de la región andina, que va a vivir una etapa especialmente intensa y difícil por la masiva intervención norteamericana en el combate al narcotráfico. Si bien Colombia es el foco de esta estrategia (¡1300 millones de dólares para el Plan Colombia!), el Perú va a recibir 200 millones de dólares el próximo año, lo que da una idea de lo fuerte que viene el tema y de la necesidad de prepararse para el impacto que puede tener esta guerra frontal contra la producción de coca en toda la región, sobre todo por la agudización de problemas sociales y por la creación de un caldo de cultivo favorable para los restos del senderismo actuando en esas zonas. Nuestros gobernantes deben tomar muy en cuenta que el Perú está en el corazón de la región andina, sin duda la parte del hemisferio occidental con más problemas superpuestos y en la que se esperan grandes turbulencias en los próximos años.

Preocupados por revelaciones sobre su carácter, hemos sido en algunos momentos escépticos acerca de que Alejandro Toledo fuera la persona más adecuada para liderar esta nueva etapa de la transición democrática. Nuestra actitud hacia él tiene que cambiar ahora por completo. No se trata de dejar de fiscalizarlo y criticarlo cuando corresponda, sino de entender que ahora, en su condición de Presidente de la República para el 2001 al 2006, sus éxitos o sus fracasos le han dejado de pertenecer y nos conciernen a todos. Que Toledo complete el período para el que ha sido elegido y lo haga de una forma razonablemente exitosa, no está sólo en el interés de Alejandro Toledo y Perú Posible, sino que es algo que nos tiene que importar a todos. En el caso particular de organizaciones de la sociedad civil como la nuestra, eso nos obliga a combinar firmeza en la fiscalización y creatividad en las propuestas, con una actitud responsable que sepa distinguir entre lo ideal y lo posible. (Carlos Basombrío Iglesias)