En la flor de la vida
Hans Landolt
Amnistía Internacional cumplió 40 años a fines de
mayo y toma su segundo aire para enfrentar los desafíos de un mundo que poco
tiene que ver con el que la vio nacer.
En 1961, luego del llamado hecho
por Peter Benenson y de las adhesiones que logró en varios países, Amnistía
Internacional (AI) organizó su primera asamblea general. Las decisiones
adoptadas en el evento marcaron desde su inicio algunas características de este
movimiento mundial que siguen plenamente vigentes (véase recuadro). Definido
como un movimiento por la libertad de expresión y de conciencia cuyo trabajo
principal se orientaba a recoger y diseminar información sobre presos inocentes
para lograr su libertad inmediata e incondicional, las decisiones adoptadas en
esta primera reunión identificaron a Amnistía como un movimiento de acción a
favor de las víctimas.
Aunque no ha pasado tanto tiempo
desde entonces, el mundo en el que nació AI (pese a que aún proyecta sus
sombras sobre el presente) era casi otro planeta. Trece años antes, la firma de
la Declaración Universal de Derechos Humanos había suscitado fuertes
resistencias en los Estados Unidos por temor a que la adhesión a ella podría
forzar una ley federal contraria a los linchamientos; y, por su parte, la Unión
Soviética se abstuvo cuando la Declaración fue sometida al voto en Naciones
Unidas.
En 1961 el racismo era desembozado
y el colonialismo una plaga extendida en el mundo. En muchos países las mujeres
no tenían derecho al voto y algunos no las reconocían siquiera como ciudadanas.
No se conocían muchas otras organizaciones de derechos humanos, el muro de
Berlín habia dividido el mundo en dos y, en el Perú, la televisión de señal
abierta, que todavía era en blanco y negro, seguramente llegaba a menos
personas que Tele Cable. Los cimientos de la arquitectura de derechos humanos
–el Pacto Internacional de Derechos Civiles y Políticos y el Pacto
Internacional de Derechos Económicos, Sociales y Culturales– fueron aprobados
por Naciones Unidas apenas en 1966 y entraron en vigor 10 años después.
Cuando en esa época, apelando al
simple y pacífico recurso de escribir cartas, los primeros voluntarios de AI
empezaron a exigir la libertad de quienes, en países ajenos a los suyos,
estaban detenidos por motivos de conciencia y sin haber hecho uso de la
violencia o haber abogado por ella, para muchos fue, si no una locura, un acto
de ingenuidad o una pérdida de tiempo. En realidad, en todo lo que AI hizo los
primeros lustros abrió trocha. Hizo lo que nunca antes se había hecho para
detener los abusos contra hombres y mujeres, incluso en aspectos hoy tan
extendidos como el denunciar actos de tortura (véase Concomentarios).
Basta recordar que nuestro derecho
a defender los derechos de terceros dondequiera que se encuentren fue sólo
formalmente reconocido en la Declaración aprobada por Naciones Unidas en 1998 y
21 años después de que AI recibiera el Premio Nobel de la Paz.
Gracias a su total independencia e
imparcialidad, Amnistía hizo camino, demostró su eficacia y hoy es un
testimonio viviente de la universalidad de nuestros derechos: cuenta con gente
de la que puede aprender en todas las regiones, culturas y sistemas políticos y
económicos. Personas dispuestas a reaccionar en favor de las víctimas de
cualquier lugar del mundo y actuar para promover todos los derechos humanos.
Las acciones para impedir los
asesinatos de mujeres por motivos de honor en Paquistán o la utilización de
mujeres de la ex Unión Soviética en la industria sexual israelí; para frenar el
acoso a homosexuales y lesbianas; para oponerse al Plan Colombia o evitar el
uso de niños soldados; para detener el comercio de diamantes ensangrentados por
los rebeldes de Sierra Leona, intervenir en los dramas de Chechenia y Timor
Oriental o denunciar los bombardeos ilegítimos de la OTAN; para exigir
transparencia en el comercio de armas ligeras, la erradicación del comercio de
instrumentos de tortura y para denunciar el uso de mercenarios por empresas que
alientan una guerra fratricida en Sudán, son sólo una muestra reciente de la
vitalidad con la que profesionales y voluntarios de AI continúan contribuyendo
a ampliar el horizonte de su compromiso a una causa de libertad y progreso que
no busca oropeles sino justicia.
De los cimientos iniciales, se ha
construido un edificio al que, en los últimos 34 meses, 139 países han añadido
el piso que permitirá crear una Corte Penal Internacional. Existen ahora más de
100 instrumentos de derechos humanos, y el derecho internacional humanitario se
ha sumado a las herramientas que empleamos para enfrentar violaciones masivas
de derechos humanos durante conflictos armados y las atrocidades que cometen
grupos armados de oposición en todas las latitudes. Amnistía es parte de un
movimiento global de organizaciones que trabajan en el mismo campo a nivel
local, regional e internacional, que multiplican sus relaciones con otros
movimientos sociales y que han puesto el tema en la agenda de las relaciones
multilaterales y bilaterales.
Con los cambios producidos a lo
largo de estas cuatro décadas, el mismo concepto de derechos humanos ha sido
sujeto de revisión. Por un lado, restaurando la indivisibilidad e
interdependencia de los derechos humanos, descongelando la división que la
Guerra Fría pretendió entre derechos civiles y políticos con los derechos
económicos, sociales y culturales. Y por otro, aprendiendo de la confluencia
con otros movimientos (en particular el de mujeres), para rescatar la
responsabilidad de actores privados y la obligación de las autoridades de
promover (y no sólo garantizar) los derechos humanos, modificando los
comportamientos sociales que atenten contra la dignidad de las personas.
En la flor de la vida, con la
madurez de 40 años vividos intensamente, AI cuenta con un capital invalorable
para consolidar la incipiente relación que se empieza a tejer entre derechos
humanos, democracia y progreso; y para contribuir a afirmar una cultura de
derechos humanos en la vida cotidiana de hombres y mujeres.
Ahora que la revolución en las comunicaciones hace
evidente la brecha entre estándares formalmente reconocidos y realidades que
los niegan, y a pesar de que en la última década el menosprecio a los derechos
humanos ha producido catástrofes que han hecho de seres humanos una cifra en
las estadistícas del horror y la miseria, una vela sigue encendida, alumbrando
el futuro, invitando a vencer la indiferencia.
1961-2001
En 1961 la Asamblea discutió casos
individuales y la situación de derechos humanos en países como España, Alemania
Oriental y Ghana; adoptó como logo la vela encendida y rodeada por un alambre
de púas y acordó editar un boletín trimestral con información recogida en el
terreno por los investigadores, que serviría de base para la publicación de un
Informe Anual. También acordaron conmemorar el 10 de diciembre con una vigilia
de 24 horas en la que media docena de personas paradas en silencio y portando
pancartas con los nombres y las fechas de detención, representarían por turnos
a otros tantos presos de conciencia. La ceremonia pública terminaría con una
procesión de boy scouts,
entregando una misma carta a 100 embajadas de igual número de países.
En el 2001, las celebraciones por
el aniversario han recordado sus raíces en más de ochenta países de todas las
regiones. En Londres, la calle Easton, donde se encuentra el edificio que
alberga a los más de 300 empleados del Secretariado Internacional de Amnistía,
cambió su nombre por el de "Peter Benenson". Peter no pudo participar
de la ceremonia, pero estuvo representado por su esposa Margarita, dos hijas y
un nieto (quien hizo una apasionada presentación). Y allí estaban también Diana
(la diseñadora del logo y en cuya casa se hizo la primera reunión de un grupo
de AI) y Eric (quien participó en la primera misión de investigacion que viajó
a Ghana, en enero de 1962). Una multitud, acompañada por una banda de música,
caminó hasta la plaza Trafalgar con 40 velas hechas de tela y del tamaño de una
persona para representar a un prisionero de conciencia por cada año de vida de
la organización. Ya en la plaza, víctimas de diversos países testimoniaron la
eficacia de la solidaridad.