La irrupción espectacular de la corrupción (y de la
anticorrupción) en la escena pública
Ernesto de la Jara B.
De pronto el tema de la corrupción irrumpió en
nuestra escena pública con la virulencia
de toda novedad y hasta moda. El número de veces que las palabras corrupción o
anticorrupción aparecen en los medios de comunicación, en discursos públicos y
privados, en documentos de todo tipo, en pancartas y promesas electorales, debe
haber generado un pico estadístico más alto que el Everest.
Esta reciente y
espectacular aparición no se debe obviamente a que antes no había corrupción,
que de hecho la ha habido, y mucha. Pero lo que ocurre es que nunca antes hemos
podido ver con nuestros propios ojos a un régimen político tejiendo una
telaraña de corrupción más grande, voraz y eficaz que la de la araña-reina en
la película Aracnofobia.
Todo perfectamente
registrado. Montesinos podrá ser el corrupto más grande de nuestra historia,
pero le debemos haber hecho la mejor radiografía de la corrupción en el país y
el habernos ayudado con la prueba imposible de negar.
Su vocación de figuretti, su omnipotencia y su
afición por filmar lo clandestino en el momento mismo en que el ser humano
decide vender su alma al diablo, le costaron caro; y no sólo por los cientos de
millones que está perdiendo, y que ojalá el país pueda recuperar, sino también
porque nos ha permitido sacar a la luz lo que sucedía en el sótano y encontrar
el hilo de la madeja, que ojalá sigamos jalando caiga quien caiga.
ideele, revista siempre atenta a los temas de fondo, no podía estar al margen
de esta ola anticorrupción y entra también a la cancha a aportar información,
análisis y propuestas. Por eso este especial.
Las tres entrevistas
que presentamos (con José Ugaz, Santiago Pedraglio y Anel Townsend) responden a
las tres vías por las que se está destapando y persiguiendo la corrupción: la
vía jurisdiccional (administración de justicia), la del poder Ejecutivo o
Gobierno (INA) y la del Congreso. ¿Cuál es el terreno y la especificidad de
cada vía? ¿Cómo no repetir, cómo no cruzarse y, menos, pelearse; cómo
compenetrarse y potenciarse entre sí? ¿Qué se ha avanzado en cada ámbito, qué
se puede esperar y cuáles son los obstáculos?
Somos de los que
creemos que en todo debemos inventar y recorrer nuestro propio camino, con
creatividad y audacia, pero no está mal hurgar siempre en otras experiencias
para no partir de cero y aprovechar el "guerra avisada no mata
gente". Por eso hemos recurrido a Perfecto Andrés Ibáñez, de España, y
Livio Pepino, de Italia, dos académicos y magistrados de muchísimo prestigio
tanto en sus países como internacionalmente, que, aparte de recordarnos cómo
han sido los casos que ellos conocen, pueden ser ejemplos o paradigmas para los
magistrados y funcionarios peruanos.
El artículo de la casa
intenta analizar qué se puede extraer del esquema de trabajo en derechos
humanos (un esquema actualmente con cierta legitimidad y que ha demostrado
eficacia) para el trabajo anticorrupción.
José Ugaz:
"Una corrupción altamente organizada y
profesional"
Desde la Procuraduría, ¿cómo sintetizarías lo que ha sucedido en el
país en términos de corrupción?
Yo creo que estamos en el tránsito
de una situación de corrupción extendida –que ha existido siempre en el Perú–
hacia un esquema de corrupción altamente organizada. Y la diferencia es
cualitativa, aunque en este caso tiene también connotaciones cuantitativas. Con
Montesinos la corrupción se profesionaliza.
¿Y quién era el "capo": Fujimori, Montesinos, o ambos?
El líder visible ante el resto de
los integrantes y eventuales aliados era Vladimiro Montesinos. Pero Montesinos
compartía algunos de los beneficios y algunas de las actividades ilícitas con
Fujimori, como parece haber sido el tema del Grupo Colina. Quizá no se haya
tratado precisamente de coordinación, pero en todo caso sí le rendía cuentas o
lo mantenía informado de qué estaba ocurriendo con el Grupo Colina. Pero la
organización, como aparato, definitivamente estaba comandada por Montesinos. Él
era el que mantenía el contacto permanente con la gente y el que transmitía las
decisiones.
¿Y los otros eran conscientes de que estaban participando de esta
organización, de que el objetivo era delinquir? ¿O la cúpula de la organización
los utilizaba como piezas?
Depende de los niveles. Una
característica típica de Montesinos es que actuaba compartimentalizadamente:
había una especie de compartimientos estancos, salvo en el núcleo superior,
donde él tenía algunos ejecutores o una especie de lugartenientes. Hacia abajo
lo que había era básicamente elementos de conexión con los distintos estamentos
en los que actuaba. Y todos, de una manera u otra, compartían el sentido de
pertenencia a través del "Doc".
Públicamente has mencionado a Joy Way como un personaje importantísimo
en esta organización. ¿Cuál ha sido su función?
Joy Way era un elemento
íntimamente vinculado a Montesinos, lo que queda corroborado con las sumas de
dinero que se le han encontrado y con el descubrimiento de que que había cometido
delitos tributarios contra el Estado. No debemos olvidar que ha sido ministro y
presidente del Congreso. Pero más allá de eso, lo que se tiene documentado es
que Joy Way era el nexo de Montesinos, el que le llevaba personas que al
"Doc" le interesaba contactar. Además, era el coordinador de
Montesinos en el Legislativo y en algunos sectores del Ejecutivo.
¿Estos millones de dólares vienen fundamentalmente de fuera, o también
hay plata de adentro, de las empresas públicas?
Hay dos patrones de movimiento de
dinero. Uno de adentro hacia fuera, es decir, dinero que salía del Perú y que
terminaba o en lavado de activos o en depósitos en paraísos financieros. Se
trata de adquisiciones de certificados al portador que eran entregados en
custodia y que luego se depositaban en bancos del extranjero, en cuentas
abiertas a nombre de bancos nacionales, y ahí se cobraba el dinero y se dirigía
o hacia un paraíso o hacia la adquisición de bienes.
Y el otro patrón tiene que ver más
bien con dineros vinculados fundamentalmente a adquisiciones y que se
originaban por depósitos realizados en el extranjero; es decir, salía dinero
del Estado peruano para las adquisiciones, el proveedor recibía el pago,
transmitía ese pago a su representante y éste distribuía las comisiones
ilegales en depósitos que se hacían en cuentas en el extranjero. El caso más
claro es el de Suiza y los pagos que vinieron por la adquisición de los aviones
del año 96.
Según tus cálculos, ¿qué parte de este dinero se va a poder recuperar?
Si sumamos los bienes incautados y
lo que está congelado, más lo que se ha detectado, yo diría que estamos cerca
de los 200 millones de dólares, una
cifra nada despreciable. Seguramente hay mucho más dinero afuera. Hay que tener
en cuenta que han transcurrido sólo seis meses de investigaciones, y estos
esquemas de seguimiento de dinero normalmente son complejos y toman mucho
tiempo.
Dada la notoriedad mundial del
caso Montesinos, los bancos en el extranjero también empiezan a buscar si hay
relación con Montesinos o con gente vinculada a él, porque están obligados en
la mayoría de los casos a hacer los denominados reportes de actividades
sospechosas que son, además, algunas de las fuentes por las que nosotros hemos
tomado conocimiento de la existencia de dinero en plazas del extranjero.
¿Qué cosa es lo que te ha permitido avanzar hasta donde has avanzado:
el marco legal, la voluntad política?
Yo diría que hay una conjunción de
varios elementos. En primer lugar, la voluntad política. Sin una voluntad
política como la que ha exhibido este gobierno de transición para darle un
margen absoluto de autonomía a las investigaciones y dotarnos de los recursos
para eso, esto no hubiera podido llegar muy lejos.
En segundo lugar, creo que un gran
aporte ha sido el diseño legal finalmente aprobado por el Congreso de la
República a propuesta nuestra, en virtud del cual se creó un sistema especial
anticorrupción y se promulgó la ley de beneficios y la ley de medidas
cautelares, pilares del esquema de trabajo en las investigaciones.
En tercer lugar, otro elemento muy
importante ha sido la sensibilidad de la ciudadanía respecto al tema. La
opinión pública ha puesto un ojo fiscalizador adicional a los que una
investigación normal debería tener. Eso acelera, profundiza e intensifica la
voluntad política e imprime una dinámica adicional en los actores jurídicos, en
los operadores del sistema.
Los obstáculos, los vientos en contra. ¿Cuáles son los principales?
Bueno, al respecto también existe
una conjunción de varias circunstancias. Primero, creo que hay un problema
cultural serio: no se ha terminado de asumir que ésta no es una investigación
de una estafa cualquiera, ni de un robo, ni de un asalto a un banco. Estamos
lidiando con un fenómeno sin precedentes históricos y que, por lo tanto,
requiere de una dosis de imaginación, de esfuerzo, de flexibilidad para su
enfrentamiento que a veces la burocracia no entiende.
Segundo, persisten algunas voces
–ciertamente aisladas, diría yo– que tienen algún predicamento en la prensa y
en otros medios de comunicación y que han intentando desde el principio
deslegitimar la investigación, y cada cierto tiempo sacan afirmaciones falsas,
acusando a uno u otro de estar vinculado por alguna razón, o de no tener la
capacidad moral para enfrentar un trabajo de esta naturaleza.
Además, un Estado como éste,
carente de recursos, impone una serie de limitaciones. Deberíamos, por ejemplo,
tener representación legal en muchos más países, y no la podemos tener porque
no hay los fondos para eso. O deberíamos poder contratar a una empresa de
seguimiento de dinero, una de estas multinacionales expertas en estos trabajos,
pero sus honorarios simplemente están fuera del alcance del Estado peruano.
¿Cómo ves tú que haya tantas instancias dedicadas al tema de la lucha
contra la corrupción? Están el Poder Judicial, el Ministerio Público, la
Procuraduría, el Congreso, la Comisión Anticorrupción creada por el Ministerio
de Justicia...
Yo creo que en términos generales
esto es positivo. Lamentablemente, así como no hemos estado preparados para
enfrentar el fenómeno desde esquemas tradicionales, creo que tampoco ha habido
claridad respecto de que esto no es una competencia por tener mayor rating o mayor aceptación en la opinión
pública, sino que se trata de conjugar esfuerzos para obtener un mejor
resultado.
Desde aquí hemos hecho múltiples
esfuerzos para reunir a los distintos actores: jueces, fiscales, Comisión
Waisman y la propia Fiscalía. Lo hemos logrado en varias oportunidades, y
cuando eso ha ocurrido los resultados han sido muy buenos.
Con respecto a la ley de colaboración, ¿tu impresión es que la mayoría
ve inmediatamente de qué manera puede beneficiarse y está dispuesta a
colaborar? ¿Se ha cumplido la regla de que la legislación premial es el talón
de Aquiles del delito?
Esa ley ha sido un acierto. En
este momento tenemos 20 negociaciones, varias de ellas con personas muy pero
muy cercanas a Montesinos. O sea, gente que ha estado en el día a día, en la
parte operativa, en los negocios más significativos. Hemos visto a un Venero
viniendo de los Estados Unidos y hablando sin parar, involucrando a cantidad de
personas, identificando dineros...
Cuando se han percatado de que
había un equipo de jueces, fiscales y otros funcionarios y autoridades
dispuestos a llevar esto hasta las últimas consecuencias y que, por otro lado,
Montesinos y Fujimori simplemente abandonaron el país, entonces se han visto
obligados a correr a los brazos de la ley y pedir ser acogidos.
¿Y algún sector o persona que fue tentado, que pudo beneficiarse y que
simplemente salió limpio del asunto?
Bueno, estos héroes existen en
varios estamentos. En el nivel judicial hay algunos ejemplos significativos.
Precisamente el fiscal Cubas, que hoy día es materia de este infeliz suceso ya
conocido públicamente generado en la Fiscalía, es un fiscal que ha enfrentado
con entereza esa estructura mafiosa, como lo hizo también la fiscal Magallanes.
El presidente de la Corte Superior y el grupo de jueces por la democracia,
asimismo, son un ejemplo de cómo desde
uno de los estamentos más comprometidos con el montesinismo y el fujimorismo se
hizo resistencia, a pesar de que estaban en una organización vertical. Hay
también algunos militares que fueron sancionados, destituidos, removidos porque
no se avinieron a obedecer las órdenes de Montesinos. Y así ha ocurrido en
otros estamentos.
Toquemos madera, pero siempre que se combate la corrupción estas
organizaciones usan la plata para lanzar amenazas, perpetrar atentados, asustar.
¿Les ha ocurrido?
No, hasta la fecha no ha habido
ninguna amenaza que nosotros consideremos particularmente grave o que motivara
algún tipo de alarma especial. Salvo una cantidad de llamadas a la línea
gratuita que pusimos para recibir información sobre la organización y los
delitos de Montesinos, que eran básicamente llamadas insultantes, pasadas y ese
tipo de cosas, no ha habido mayores incidentes.
Perfil del sentado en el
banquillo de los acusados
A partir de este contacto con gente que ha formado parte del poder
económico y político y que ha caído en desgracia, ¿cuál es tu impresión acerca
de qué los llevó a pasar ese límite tan peligroso? ¿Están arrepentidos,
asustados, deprimidos?
Yo creo que se trata de una
combinación de codicia con ambición de poder. Ésa es la fórmula básica que ha
llevado a toda esta gente a terminar involucrándose en este esquema. Por
supuesto, todo esto alentado por un soporte psicológico del delincuente que
apuesta a que nunca va a ser descubierto, que la impunidad es la regla, que el
crimen sí paga.
Pero, en el fondo, esta estructura
montada por Montesinos adolecía de una fragilidad impresionante. Aquí no ha
habido una omertà mafiosa al
estilo italiano, la famosa ley del silencio. Aquí la gente empezó a hablar
rápidamente y a delatarse unos a otros y a sentirse traicionados unos por
otros. De hecho, el jefe hizo abandono del resto de su gente, y eso ha creado
mucho malestar entre ellos.
Yo creo que lo que hay en algunos
sectores –sobre todo los menos comprometidos y que fueron involucrados a través
de un sistema de pagos– es una sensación de pesadumbre, de arrepentimiento.
Algunos, la gran mayoría, trata de justificar esto diciendo que no había otra
alternativa. Justificación que, en nuestra opinión, no tiene ningún valor.
Y hay, finalmente, los del núcleo duro, que se
manejan entre el cinismo y la absoluta indiferencia. Ésos son los más
peligrosos: los que niegan que sea su voz, los que sostienen que los vídeos han
sido trucados y no son ellos los que aparecen ahí, y hasta los que han dicho
con toda desfachatez que no van a hablar y que no van a decir nada hasta que no
venga el nuevo gobierno, porque es con él con quien van a negociar.
Santiago Pedraglio:
"Ante el desborde de la corrupción, un mecanismo
excepcional"
¿Cuáles han sido las razones del Ejecutivo para crear una Comisión
Anticorrupción, la Iniciativa nacional Anticorrupción (INA), si ya existen
otras instancias encargadas de la fiscalización como el Congreso, el Poder
Judicial o la Contraloría?
Creo que las razones son dos.
Primero, se ha vivido una corrupción excepcional, y este "desborde de
corrupción" induce a tomar algunas decisiones excepcionales. Segundo, este
organismo no le quita una sola atribución a los que tú has mencionado. Se trata
de que un grupo de ciudadanos independientes pueda, en tres o cuatro meses,
elaborar un diagnóstico y sugerir propuestas de políticas públicas
anticorrupción.
Es decir, un diagnóstico para políticas públicas.
Sí. Es un diagnóstico de la
dimensión de la corrupción, porque el Poder Judicial va a hacer su propio
diagnóstico, el Congreso el suyo y la Contraloría también; pero de lo que se
trata justamente es de hacer un diagnóstico que sea lo más integral posible, y
para eso requieres crear una instancia especial, ad hoc.
¿Y cuál es –dicho muy brevemente– el plan y qué se ha avanzado?
Tenemos ya productos parciales en
un diagnóstico general de la corrupción. Se puede hablar de hasta tres tipos de
corrupción: una corrupción más individual, que existe en casi todas partes del
mundo, una institucional y una sistémica.
En el Perú, es desde el Estado que
se induce y se organiza la gran corrupción; se trata de una estructura
sistémica en que el Estado es el eje de la corrupción.
Y también hemos avanzado y estamos
avanzando en lo que son diagnósticos, por ejemplo en relación con
contrataciones y adquisiciones del Estado, formas de corrupción en los
municipios... Asimismo, vamos a comenzar a trabajar el asunto del narcotráfico:
cómo ha impactado el narcotráfico en la corrupción desatada en en el país en
los últimos años, así como el papel que ha tenido la Policía.
Estamos trabajando sobre la base
de un esquema que tiene cuatro grandes áreas: institucionalización, ética
pública, transparencia y rendición de cuentas y vigilancia ciudadana.
Pero esta Comisión funcionará sólo hasta el cambio de gobierno. ¿No
hubiese sido una buena idea formar una Comisión de plazo indefinido como, por
ejemplo, se piensa hacer en el caso de la Comisión de la Verdad, para que se pueda marcar el rumbo con el
siguiente gobierno?
Sí. El encargo de la Comisión es
hasta el 20 de julio. Es una creación del gobierno de transición y por lo tanto
termina con el fin de éste. Si la comparamos con la Comisión de la Verdad,
debemos concluir que son dos cosas diferentes, porque la Comisión de la Verdad
va a hacer un balance de 20 ó 21 años y va a moverse en el campo de la búsqueda
de la verdad, y seguramente después, o paralelamente, de la reconciliación.
Mientras que en el tema de la corrupción, creo que el nuevo gobierno va a tener
que tomar medidas de corto plazo.
Por supuesto, el asunto de la
corrupción es un asunto de mediano y largo plazo, pero el nuevo gobierno debe
tomar medidas inmediatas; por ejemplo, si decide o no otorgar a alguna de las
instancias que ya existen –la Fiscalía, la Contraloría– el liderazgo de un proceso de lucha contra la corrupción.
Hay ahora en todo el mundo un discurso de persecución de la corrupción.
¿Cómo vinculamos ese discurso mundial con la situación del Perú? ¿Es normal el
grado de corrupción que hay en el Perú?
Efectivamente, hay un movimiento
mundial de lucha contra la corrupción, pero los éxitos logrados hasta ahora son
escasos. Todo aquel que hable de éxito en la lucha anticorrupción tiene que
conseguir logros de mediano y largo plazo. Por eso es necesario que cambie la
norma, el reflejo, el hábito de la gente y de las instituciones.
Segundo, es evidente que una de
las fuentes de corrupción es todo el dinero negro, el lavado de dinero. Y como
éste es un problema internacional, la única forma de combatirlo es con medidas
y acciones de carácter internacional.
Tercero, en el caso peruano los
niveles de corrupción son excepcionales, porque, como dije al comienzo, acá no
estamos hablando solamente de una corrupción institucional, sino de una
corrupción enquistada en el propio Estado y que actúa desde él.
Y, cuarto, yo no creo que haya
posibilidades de éxito si no se reúnen hasta tres características. La primera,
voluntad política de quien asuma el gobierno el 28 de julio. La segunda, una
activísima participación ciudadana. Y cuando digo activa participación
ciudadana me refiero a que tiene que haber intereses ciudadanos de lucha contra
la corrupción, organizaciones de la sociedad civil que se compren el pleito
(ONG, colegios profesionales, gremios empresariales, por citar sólo algunos
sectores). La lucha anticorrupción es un movimiento nacional. Finalmente, el
tercer aspecto es que tiene que haber un Estado de derecho que funcione aunque
sea mínimamente, que haya organizaciones del Estado que cumplan su papel, y si
no lo hacen, capacidad para exigirles y presionar para que lo hagan.
Pero en nuestro caso, una vez creadas las condiciones desde ese Estado
corrupto, todos los sectores del país cayeron: empresarios, militares,
policías, Poder Judicial, periodistas, medios de comunicación. Por eso, ¿no
tendría que haber una especie de paso previo de reconocimiento de lo ocurrido,
una especie de autocrítica?
Me parece que lo mejor sería que
hubiese un paso previo y que se produjese esta especie de sinceramiento, pero
no sé si eso va a ocurrir, porque basta haber escuchado a todos los que están
comprometidos para ver cuán poco sinceros han sido. No es precisamente
autocríticas lo que hemos escuchado a lo largo de estos meses.
Por eso es indispensable construir
un movimiento político, social y cultural muy complejo, que tiene que ver
además con la propia viabilidad del Estado peruano y de la sociedad. Se
requiere una sociedad que organice intereses. Y no se trata sólo de un asunto
de moral abstracta, sino de comprensión viva de reglas.
Otra cosa interesante de esta Comisión es que incorpora a diferentes
sectores: empresarios, artistas... ¿Cómo es posible ese funcionamiento con
sectores tan diferentes en términos de historia y de trayectoria?
Es complicado, porque, como tú
bien dices, cada uno tiene experiencias muy diferentes; muchos, además, se han
conocido allí. Pero a pesar de todas esas complicaciones y dificultades, yo he
encontrado una gran voluntad de trabajo y una dedicación a este esfuerzo mayor
de la que había pensado.
Se han dividido en cuatro
subcomisiones que se reúnen una vez a la semana, todas las semanas, para
analizar estos cuatro puntos: vigilancia ciudadana, institucionalidad,
rendición de cuentas y transparencia y ética pública. Cada subcomisión se reúne
con gente de la Contraloría, de la SUNAT, etcétera, etcétera. Y la Secretaría
Técnica, nosotros, los alimentamos de documentos, de los trabajos de
consultoría que se están haciendo.
Si bien no es una representación orgánica, en el sentido de que tú no
eliges al representante de los empresarios porque previamente ha sido elegido
en el sector, también es un poco la idea de que cada uno jale a su sector en
esa lucha. ¿Puede eso funcionar?
Poco a poco, creo yo. Por ejemplo,
el decano del Colegio de Ingenieros, ingeniero Blanco, está muy comprometido. Y
es el caso de varios más. La actriz Mónica Sánchez está muy activa en todo el
sector de la sociedad civil. Por eso,
creo que es muy posible ir sugiriendo, convocando. Y, además, hay interés de
mucha gente por participar.
Claro que en unos sectores ocurre
con mayor facilidad que en otros. Y entre los empresarios también, porque a
mediano plazo no es posible hablar de una lucha seria contra la corrupción si,
por ejemplo, no hay una gran coalición con los empresarios, porque ellos son
los grandes vendedores y compradores del Estado, que es el principal comprador
de este país.
¿Pero no será que estamos escogiendo el empresario, el militar, el
policía más afines a estos temas pero totalmente desligados de sus
instituciones? ¿No hay ese peligro?
Sí, siempre hay ese peligro. Pero
tienes que poner a gente que pueda comprarse este pleito e identificarse. Lo
importante es que éste es un asunto integral que finalmente va a tener dos
grandes elementos: la voluntad política del gobierno que se instale el 28 de
julio próximo y que se constituyan intereses de la sociedad.
He escuchado decir ‘¿por qué poner en el tema anticorrupción a la Iglesia?’.
Es como cuando en el tema de la pacificación ponemos a los militares.
Es que si hacemos un repaso,
después de esta enorme crisis institucional, la Iglesia es una de las que ha
quedado en mejor pie. Además, me parece que esta es una comisión transitoria.
Sobre Mónica Sánchez, una amiga feminista me dijo la vez pasada: ‘es
como si a la Comisión de la Verdad llamaran a Cristian Meier’. Bueno, yo le
dije que Cristian Meier no había estado lavando la bandera...
Para comenzar, Mónica Sánchez es una
muy buena actriz; y, segundo, es una persona que se compró el pleito en
momentos duros, difíciles. De lo que se trata justamente es de dar señales de
que en esta lucha podemos estar todos.
También hay el interés de convocar a gente que uno considera que es
valiosa, pero que no está ni estuvo participando. Es el caso, gratamente
sorprendente para mí, del psicoanalista Álvaro Rey de Castro...
Álvaro es una persona que
efectivamente no ha estado participando, pero me parece un excelente
profesional y tenía y tiene la mejor voluntad de participar y de aportar. Creo
que no se trata tampoco de convocar siempre a los mismos.
Pensando en el futuro inmediato, ¿de qué depende que continúe la lucha
contra la corrupción?
Insisto en que hay dos cosas cuya
construcción resulta indispensable: voluntad política de quienes gobiernan y
voluntad ciudadana. Y en el caso de la voluntad ciudadana, fomentar que las
instituciones que existan u otras por crear desarrollen intereses de lucha
anticorrupción.
En los últimos 20 años ha habido dos grandes
experiencias: una es la lucha por los derechos humanos y otra el esfuerzo de
Transparencia. Y creo que ambos son ejemplos de cómo puede construirse el
movimiento ciudadano en el país, con la participación de diferentes sectores.
Los obstáculos
La otra vez una persona vinculada al INA me decía: ‘nosotros vamos a
hacer una cosa muy diferente de lo que hacen ustedes (los defensores de
derechos humanos), porque nosotros no queremos pisar callos, no queremos
confrontación de ningún tipo’. Le dije que si iba a trabajar el tema de la
corrupción debe partir del supuesto de que hay una especie de confrontación
generalizada, y entonces en algún momento iba a tener que pisar callos...
Sí, de hecho; eso es
inevitable. Yo creo que va a ser en la parte de lineamientos y propuestas.
Porque si se van a sugerir o proponer modificaciones en diferentes áreas,
probablemente a alguno le moleste.
Quienes están
liderando ahora la lucha anticorrupción son la Procuraduría, un sector de la
Fiscalía y también de los jueces anticorrupción. Pero después del 28 de julio
esa lucha tiene que tomar un nuevo camino, adoptar una perspectiva de mediano
plazo. Es decir, ya no solamente pensar en el esfuerzo inmediato de luchar
contra la mafia de Montesinos, sino en cómo darle un oxígeno y un aire de
mediano plazo. No se trata sólo de derrotar definitivamente a esta mafia, sino
de impedir que esto se reconstituya en el futuro y de reducir los niveles de
corrupción en el país.
¿Cómo es el asunto del acceso a la información?
Con toda franqueza, el
acceso a la información está fluyendo. Esta convocatoria no es igual a la de un
juez o un fiscal: es una convocatoria para escuchar sus opiniones, porque no se
puede hacer nada de esto sin escuchar opiniones.
Anel Townsend:
"Por una oficina anticorrupción elegida por el
Congreso"
¿Cuál es el espacio de trabajo del Congreso en el tema de la
persecución de la corrupción? ¿Qué define la especificidad del trabajo del
Congreso en este tema?
Lo primero es recuperar al
Congreso para el combate a la corrupción, abandonado por la mayoría de
Fujimori-Montesinos. El primer gran paso ha sido la creación de esta comisión
investigadora que debe terminar sus funciones el 12 de junio, pero que en
realidad no va a concluir, porque la investigación abarca desde narcotráfico
hasta la corrupción de funcionarios, pasando por sobrevaluación y tráfico de
armas y el desvío de presupuestos secretos hacia fines delictivos.
A diferencia del Ministerio Público
y la Procuraduría, nosotros podemos hacer denuncias penales, acusaciones
constitucionales, trasladar los casos al Ministerio Público y al Poder
Judicial.
¿La Comisión de ustedes en el Congreso va a concluir en un gran
informe, tipo el que tendrá que hacer la Comisión de la Verdad, pero en el
ámbito de la corrupción, en el que se establecerá la verdad de lo que pasó y
las responsabilidades?
La Comisión Waisman ya ha
preparado dos informes. Uno preliminar, de diciembre, que concluyó en denuncias
y acusaciones constitucionales y en el establecimiento de responsabilidades
políticas y constitucionales de los primeros ministros que permitían la
usurpación del poder por Montesinos. El segundo informe es de febrero y en él
avanzamos bastante respecto del tema de las armas. Finalmente, el informe que
presentemos en junio tiene que incluir todas las áreas que hemos cubierto,
aunque no hayamos completado la investigación. Así, por ejemplo, en el caso del
narcotráfico voy a plantear ante la Comisión que recomendemos la creación de
una comisión permanente sobre narcotráfico infiltrado en el Estado y sobre
leyes preventivas.
¿Te refieres a una Comisión Anticorrupción permanente?
A una oficina, sí
Pero eso supone que no continúe la creada por el Ministerio de Justicia...
Lo que ocurre es que este proyecto
de ley está en la orden del día de la Comisión de Justicia, así como muchos
otros proyectos anticorrupción presentados antes de la creación de la Comisión
por el Ministerio de Justicia. Mi propuesta es que se apruebe una ley que
instale una oficina nacional anticorrupción, cuyo responsable sea elegido por
dos tercios de los congresistas, como en el caso, por ejemplo, del Defensor del
Pueblo, que rinda cuentas al Congreso y que tenga, a la vez, una dirección de investigaciones
que pueda recibir denuncias sobre todas las instancias del Estado, incluidas
las empresas que tienen participación mixta, y otra dirección de prevención que
promueva que el Estado contribuya a que las conductas de los funcionarios
públicos se ajusten a la ley y no caigan en la corrupción.
¿Cómo así este Congreso, que supuestamente fue producto de un fraude,
puede tomarle cuentas por corrupción al régimen?
Es que después de la publicación
del vídeo Kouri-Montesinos el Congreso se vio obligado a entrar en el corset
del Estado de derecho, que es el corset constitucional. Se han visto obligados,
por presión de la opinión pública, a aprobar una serie de derogatorias que
nunca hubieran aprobado, o sea la desactivación del SIN, la recuperación de las
facultades del Consejo de la Magistratura, la instalación de esta comisión
investigadora. Sin embargo, todavía es un terreno minado. A pesar de todos los
bemoles políticos, se ha avanzado enormemente en una serie de casos: Villanueva
Ruesta y el medio millón de dólares fue producto de nuestra investigación; los
millones de Malca; la situación de los testaferros como Venero; las
circunstancias referidas a los aviones, entre otros casos.
¿Y la acusación que hay del otro lado según la cual ustedes están manipulando
los vídeos? ¿Cuál es el criterio para ver un vídeo o no verlo?
Nunca se ha llegado a aclarar el
orden que puso el Poder Judicial, que es el que tiene los vídeos, porque las
maletas guardan un orden correlativo, pero los vídeos no. Las fechas están mezcladas
y así llegan al Congreso. Entonces, lo que sí hemos cuidado nosotros es que la
Comisión mantenga su posición favorable a la publicidad, con excepción de
aquellos que tengan que ver con la vida privada de quienes aparecen en ellos.
¿Se nota todavía un vínculo de los que quedan del anterior oficialismo
con Montesinos, con Fujimori?
Con Fujimori, absolutamente. Ahora
ellos se quieren escudar diciendo "no soy fujimontesinista, soy
fujimorista". No se puede ser una cosa y no la otra, porque Montesinos gobernaba
con Fujimori. Por ejemplo, se está investigando el hecho de que Fujimori
ofrecía la reducción de presupuestos ministeriales para de ahí sacar dinero
para la bolsa de compra de las líneas periodísticas de los canales.
¿Y amenazas de Montesinos?
Cuando el SIN estaba en plena
actividad –aunque no niego que pueda haber secuelas de esa institución– ya
teníamos ese seguimiento, esa interceptación telefónica. A raíz de la
instalación de la Comisión, cada miembro ha debido enfrentarlas, pero se ha
pedido la seguridad del caso.
¿Cómo perciben ustedes, como congresistas que están persiguiendo la
corrupción, el papel de la televisión?
Bueno, la televisión fue la
principal arma de la dictadura en el tema de corrupción y derechos humanos.
Ellos han corrompido el sistema porque han llevado a su famosa salita a todos,
con la honrosa excepción de un canal de cable, porque el otro era de
Montesinos, ¿no?
Pero ahora, ¿colaboran los medios con ustedes?
Actualmente los medios están dando
una cobertura amplia a la investigación. Pero a la vez están dando una
cobertura amplia a los acusados, lo que yo no voy a criticar porque nosotros
hemos reclamado un debido proceso hasta para el peor delincuente, para el peor
terrorista.
Tú dices que la calle ha sido el respaldo para que sigan en esta lucha
contra la corrupción. Entonces, ¿cómo te explicas que la gente de pronto le
pase tan fácil a Alan García el tema de la corrupción?
En el gobierno de Alan García
también se vivió la impunidad; un caso emblemático en derechos humanos fue el
de los penales. Pero no solamente está el hecho en sí, sino también cómo se
persiguió a la gente para que después no hablase de lo que había pasado. Si
vamos a Cayara, cómo eliminaron testigos y cómo hay un fiscal que es
prácticamente un sobreviviente de la búsqueda de impunidad.
Están además los temas del Seguro
Social, el de los dólares MUC, el del tren eléctrico, el tema más general del
manejo del Estado... Yo creo, como ciudadana, que el Perú no merece que esto
ocurra.
Hace poco eras la congresista nueva, ahora eres la más votada. Dos
preguntas sobre eso: uno, ¿cómo afecta eso la autoestima cuando uno se mira al
espejo en las mañanas?; y, dos: si tuvieras que resumir tu fórmula, ¿qué crees
que la gente ha valorado más en ti?
Bueno, yo creo que uno pasa a
estimar a quienes lo apoyan. Es un reto, la verdad. Una responsabilidad de esa
naturaleza yo la tomo más bien con respeto, es decir, uno siente satisfacción
del reconocimiento, pero también sientes satisfacción de que hayamos sido un
equipo que ha trabajo junto para luchar contra la corrupción, por los derechos
humanos.
¿Y ya sabes cuál va a ser el eje de tu actividad en el próximo período?
Si eres la persona más votada,
tienes una enorme responsabilidad en un Congreso en el que no hay mayoría.
Entonces, yo he preparado un plan de propuestas parlamentarias que quiero sacar
adelante, como la imprescriptibilidad de los delitos, revocatorias, renovación
por tercios, oficina anticorrupción, contraloría general, que el contralor sea elegido
por dos tercios, política fiscalizadora.
Pero también política de
representación ciudadana, que se cree una mesa de diálogo sobre el empleo donde
participen la OIT, el FMI, el Banco Mundial, el Banco Interamericano de
Desarrollo; donde haya un foro parlamentario económico en el que participen los
colegios profesionales; donde exista una comisión de seguimiento de los gastos
de inteligencia; donde los derechos de la gente puedan ser tocados en
audiencias públicas.
Concertar en ese Parlamento va a
ser la tarea más dura, pero también la más interesante.
Una pregunta pesada: alguna gente dice por qué tanto cambio de
organización política.
Cuando yo decido unirme al grupo
de Alejandro Toledo considero que había dos peligros para el país: uno, que la
candidatura unitaria fracasó el 99 y eso le hizo mucho daño al país; creo que
hasta nos hubiésemos ahorrado el segundo fraude, porque hubiera sido muy fuerte
tener una candidatura unitaria.
Segundo: si Alejandro Toledo es el
que ha llevado adelante el liderazgo que agrupó a todos en esta lucha, ¿por qué
no podemos hacer como los chilenos que juntaron socialistas y
democratacristianos?
Creo que la gente, con su voto, me
ha transmitido el siguiente mensaje: "te hemos dado la primera votación
porque tu trabajo te ha llevado ahí, pero no estás ahí para hacer lo que
quieras, sino que nosotros vamos a vigilar que lleves adelante tu propio
mensaje: transparencia, fiscalización, derechos humanos, cumplimiento del
deber".
Ahora tengo el reto de lograr que
gobernemos en concertación con otros grupos. Siempre hay que tener un fiel de
la balanza, y nosotros debemos hacer del Congreso un Congreso de esa
naturaleza.
Estamos totalmente de acuerdo respecto de las debilidades y los graves
problemas de una candidatura como la de Alan García, pero Toledo tiene también
debilidades, también es un candidato vulnerable. ¿Cuál sería tu mensaje a la
gente que no soporta a Alan García pero que teme a Toledo? ¿De qué manera nos
quitarías los miedos, por decirlo de alguna manera?
Yo creo que muchos miedos han sido
sembrados por Montesinos y luego por Alan García, porque ya a Toledo lo único
que le falta, como dije una vez, es que le digan que nació en Suecia o en
Alemania. Pero si hacemos una comparación entre qué candidato ha sido blanco de
más guerra sucia, sale ganando Toledo por varios puntos. Sin embargo, él mismo
ha dicho algo muy importante: que él no es una alternativa de una persona, que
no es una persona que considere que tiene las soluciones en la mano. Toledo
está dirigiendo, liderando, un equipo donde hay gente que siempre se ha jugado
por el país. Y es gente que ha salido de la sociedad civil, especialistas en
sus temas.
Somos personas que no nos vamos a
contentar con ganar las elecciones y con que Toledo llegue a la presidencia. Toledo
tiene que reorganizar una serie de cosas en el Estado y cargar con un peso que
ya más o menos ha cargado el gobierno transitorio: limpiar el país, recuperar
confianza.
El ambiente de
"visualización" de los vídeos
¿Y cómo es esto que se ha dado en llamar la "visualización"
de los vladivídeos quizá al lado de quienes pueden aparecer en ellos por haber
participado de estos actos de corrupción? Puede ser el caso de Joy Way, ¿no?
¿En algún momento les da vergüenza, se arrepienten, se sienten mal?
No sé si da pena o risa, pero
Martha Chávez ha pedido en un pleno que retiren la palabra
"fujimontesinista". Creo que todavía no tienen –no sé si alguna vez
la tendrán– la capacidad de la contrición y del arrepentimiento. Por lo menos
el señor Joy Way sigue mintiendo, y se indigna cuando uno le pregunta si tiene
un vínculo con el narcotráfico.
¿Y crees tú que se trataba de una organización creada con premeditación
y que todos participaban conscientemente de este proyecto corrupto?
Bueno, yo lo que creo es que hay niveles;
por ejemplo, los que tienen cuentas, los que poseen bienes cuya compra resulta
difícil de explicar. Pero hay una responsabilidad constitucional por haber
planificado la destrucción del Estado de derecho, por la utilización del Poder
Judicial y el Ministerio Público como entes de persecución política.
Todo eso lo planificaban en el SIN
y luego iban al pleno y decían que ellos estaban defendiendo una nueva teoría
del Estado de derecho. Entonces, obviamente que eran conscientes.
Pero los que hasta ahora no tienen cuentas (o por lo menos aún no se
las han descubierto), ¿qué dicen de las de Joy Way, de las de Hermoza Ríos?
Algunos señalan que ellos estaban en otro tema, que
no sabían y que les parece muy mal. ¡Pero cómo vas a estar en otro tema, si
estás votando siempre!
Poder Judicial y consolidación de la democracia
Perfecto Andrés Ibáñez
No es un
axioma, pero tiene todo el valor de una máxima de experiencia muy acreditada:
no existen soluciones judiciales para las crisis políticas. Ahora bien: es igualmente
cierto que hay muchas situaciones de esta clase de las que un país no puede
recuperarse eficazmente –en términos de consolidación institucional y
afianzamiento de los valores democráticos– si el Poder Judicial no juega, desde
el principio, todo (y sólo) el papel que le corresponde.
En esta formulación, la idea alude
exclusivamente al cometido de la jurisdicción pero incluye, in nuce, todo un diseño de Estado, el
propio del conocido como constitucional de derecho, hoy acogido en infinidad de
textos fundamentales, por más que siempre con limitaciones relevantes en su
grado de realización práctica.
El esquema básico a que responde
el modelo es muy simple. A estas alturas de la historia, cabe afirmar con pleno
fundamento que la democracia política –por lo demás, verdadero punto firme de
no retorno– ha demostrado la incapacidad cierta de garantizar, mediante la sola
dinámica de sus instituciones (Parlamento y Gobierno), una razonable media de
calidad constitucional de sus propias prácticas. El poder político, como el
poder económico, en su siempre estrecha unidad/distinción, tienen bien
acreditada la inveterada tendencia a escapar de la constricción de las reglas,
a sustraerse de la acción de los controles formal-preventivos. Juego éste, no
limpio, en el que se han alcanzado elevadas cotas de éxito, en todas partes.
Al mismo tiempo, es también una
constante que en los momentos de crecimiento democrático que siguen a la
superación de experiencias totalitarias, los actores del cambio se muestran
siempre especialmente sensibles a la necesidad de recuperar e inscribir
profundamente, en la cultura política que se alumbra, el sentido y el respeto
de la legalidad, que, al fin, es el producto más decantado de la soberanía
popular. (Aunque tampoco falten voces
–nunca desinteresadas– que postulen una generosa vacatio de aquélla en aras de la reconciliación y el
afianzamiento de la concordia social.)
Ahora bien: cuando situaciones de
transición de este género se abordan con la clase de racionalidad práctica que
impone una seria política de reconstrucción del tejido institucional y de
rehabilitación de la cultura cívica, la salida real, por más difícil que sea,
sólo es una. Y pasa por crear constitución material, por rearticular a la
sociedad, desde ya mismo, en torno de valores sólidos que sólo pueden ser
antagónicos de los que inspiraron el estado de cosas frente al que se
reacciona. Por eso, cada acto es importante, fundacional, para la tarea de dar
sustento a un futuro alternativo, que o se construye desde el inicio o,
probablemente, no se construirá nunca.
En momentos de esa índole hay
siempre algo de paradójico: no se puede hacer todo lo que sería necesario, y
menos de una vez; pero tampoco existen atajos. Dicho en términos machadianos,
no sólo es caminar, bien o mal, lo que hace falta, "capear el
temporal"; hay que hacer camino, crear con cada paso el espacio necesario
para dar el siguiente en la dirección trazada, y así sucesivamente.
En tal esfuerzo, el Poder Judicial
tiene un papel importante, incluso central, de necesario cumplimiento para que
la política pueda hacer el propio, ahora y en lo sucesivo, dentro de la
legalidad. Pero no puede perderse de vista que el Poder Judicial, en esa tarea,
no sólo ha de hacer (hacia fuera, en la relación con otros sujetos y otras
instancias); también ha de hacerse y, obviamente, no de cualquier manera.
Así, no cabe duda de que los
jueces deben dar inmediata respuesta a la corrupción desde el Código Penal. Y
que esto constituye una necesidad imperiosa e inaplazable. Pero tal circunstancia
no puede servir de coartada para legitimar una política judicial de emergencia,
en tanto se den las circunstancias que hagan posible el regreso a una
jurisdicción de y para la normalidad.
En un proceso de transición de la
dictadura a la democracia como el que está en curso en el Perú, por poner un
ejemplo tomado de experiencias semejantes, no sería bastante con que, una vez
depurados políticamente los jueces indignos, los nuevos, los
"buenos", se subrogasen simplemente en su, es decir, en parecido
papel, en idénticos modos de operar; ni siquiera con el argumento de que esta
vez son verdaderos culpables los que se sientan en el banquillo.
La experiencia histórica enseña
que las magistraturas liberales (supuestamente independientes y meros órganos
del derecho) se acomodaron como el guante a la mano, con escasos ajustes de
detalle a poderes en curso de involución autoritaria. Pues bien: ésta es una
lección que indica que el replanteamiento en la materia debe ser profundo y
orientado reflexivamente a poner en pie una administración de justicia que no
sea fácilmente reversible. No sólo por las actitudes de sus integrantes, sino
por razón de su estatuto y de su cultura. No es de continuidad sino de ruptura
de lo que se trata.
La apuesta, es claro, ha de ser
estructural y de fondo. Es obvio que, como todas las tareas de dimensiones
históricas, la de crear y consolidar una magistratura y una jurisdicción a la
medida del dictado constitucional y del que se desprende de los grandes textos
internacionales en la materia, sólo puede ser gradual. Pero en el desarrollo de
esa gradualidad hay exigencias sine
qua non y una jerarquía en los tramos. También, cosas que de ninguna
manera deben hacerse. Ni siquiera por motivos de excepción y de urgencia. Por
la ya antes invocada machadiana razón de que cada paso prefigura la vía por la
que hayan de darse los siguientes y, con ello, la misma calidad de éstos.
Todo estereotipo judicial es hijo
de una cultura y de un diseño organizativo. El juez que ha demostrado ser tan útil
y dócilmente instrumental a tantas dictaduras, es de perfil formal-positivista
en lo cultural y de progenie napoleónica en lo orgánico. Supuesto jurista
aséptico y neutral (diríase que de "bata blanca" más que de toga),
pero uncido al poder político por una férrea cadena de mando y por su misma
predisposición genética al conformismo, hecha de vocación
"carrerista" y de insensibilidad a las demandas sociales en clave de
derechos. En el marco de estas coordenadas, que son las propias de nuestros
estados liberales, incluidas sus más burdas degradaciones autoritarias, la
independencia judicial –tan invocada– fue un simple recurso propagandístico e
ideológico, nunca un valor efectivamente normativo.
Pues bien: el camino real de una
jurisdicción a la altura del Estado constitucional de derecho pasa
necesariamente por la deconstrucción de ese (anti)modelo. Por el
desmantelamiento práctico de sus constantes culturales y organizativas. Dicho
así, la propuesta puede parecer sumamente abstracta, pero no lo es.
Se trata de desarrollar una
estrategia orientada a que las garantías judiciales tengan en la organización y
en la práctica el papel central que les corresponde como presupuesto de una
justicia de calidad. De esa estrategia forman parte, ineludiblemente, medidas
legislativas, pero también, y de forma muy significativa, un serio esfuerzo de
profesionalidad de parte de la propia magistratura, y otro equivalente de los
medios de comunicación orientado a difundir el sentido profundo y profundamente
democrático de los valores de la jurisdicción, para que éstos estimulen la
necesaria demanda social en la materia y para que la opinión pueda juzgar
adecuadamente a sus jueces.
Concretando más la propuesta en
sus líneas maestras, y teniendo a la vista lo que se sabe de las situaciones de
transición, en lo que atañe a la justicia (con el riesgo que implica opinar
desde fuera) creo que se impone, en lo más inmediato:
– Adoptar todas las decisiones
relativas a los jueces (remociones, medidas disciplinarias, designaciones) con rigor
legal y de forma no arbitraria.
– Evitar peligrosas caídas en un
justicialismo de emergencia, supuestamente ejemplarizante, que reproduciría el
recusable paradigma negativo de la justicia política, por más que pudiera
generar fáciles adhesiones masivas.
Desde ahora, y con una perspectiva
de futuro:
– Eliminar toda posibilidad de
incidencia del poder político en la magistratura como tal y en cada juez en
particular.
– Dotar al Poder Judicial de un
órgano de gobierno con equilibrada representación de juristas de prestigio de
designación parlamentaria y de jueces designados por sufragio proporcional por
y entre los mismos jueces. De este modo la Corte Suprema tendrá sólo funciones
estrictamente jurisdiccionales, que es lo propio de un verdadero tribunal.
– Dar a la organización judicial
una configuración básicamente horizontal, de manera que ningún poder
administrativo interno pueda condicionar las actuaciones judiciales concretas.
En el ámbito de la jurisdicción, hay muy poco que gobernar. El estatuto del
juez tiene que estar constitucional y legalmente reglado y bien definido;
dentro de ese marco, el juego de los poderes discrecionales es, necesariamente,
muy limitado, en esencial reducido a la adopción de algunas decisiones
singulares, que tendrían que ser siempre motivadas.
– Establecer un marco de garantías
orgánicas que asegure la predeterminación legal del juez y haga imposibles las
interferencias en la composición de los tribunales, que sólo deberá responder a
criterios objetivos y previsibles.
– Dotar a las garantías procesales
de un adecuado tratamiento constitucional y legal, de manera que hayan de
impregnar eficazmente las prácticas jurisdiccionales, so pena de nulidad.
– Diseñar con rigor el régimen disciplinario
de los jueces. Rigor en la previsión de los ilícitos, que han de estar bien
tipificados y sólo dirigidos a sancionar los comportamientos profesionales
inadecuados. Y rigor en las garantías procedimentales. Se trata de evitar que
la disciplina pueda servir –en contra de lo que ha sido usual– como instrumento
de control ideológico, en vez de operar de forma exclusiva para reprimir los
comportamientos procesales inadecuados que se produzcan en perjuicio del
justiciable.
La calidad de la política legislativa
en materia de justicia y la corrección en la adopción de las pautas de
"administración de la jurisdicción" (Pizzorusso) son fundamentales y
previas. Pero hay otro ámbito de exigencia que no puede descuidarse y que atañe
directamente a los jueces. Éstos, por tradición, gobernados políticamente desde
el Ejecutivo –aunque fuera mediante la longa
manu de altas cortes esencialmente instrumentales–, se han proyectado
sobre la ciudadanía como un poder separado y ajeno. Entre ellos y el poder
político ha funcionado, en general, un oscuro do ut des: tú me sirves acríticamente y yo te brindo protección,
esto es, impunidad hacia fuera. Pues bien: es una vieja tendencia
–inscrita en el código genético– de las magistraturas de estirpe napoleónica,
muy difícil, por ello, de extirpar, pero que debe ser radicalmente removida. La
tarea –contando con las precisas reformas institucionales– es asimismo cuestión
de transformación cultural y ésta le corresponde, en primera persona, como
autocrítica, a los jueces. La crítica interna, la ruptura de la complicidad
corporativa con actuaciones profesionales indignas, es esencial para que la
institución adquiera credibilidad y se abra a la crítica externa, tan
necesaria. Cuando "los trapos sucios" son públicos, es en público
donde deben "lavarse".
La independencia judicial es un valor complejo y
difícil, que precisa, desde luego, de un adecuado soporte institucional pero
también de un consenso social que sólo se genera y alimenta con prácticas
judiciales rigurosas. Y es un valor necesario, pues la tutela eficaz de los
derechos fundamentales –que son condición de democracia– sólo puede ser
ejercida con eficacia desde la legalidad y por operadores independientes. En
efecto, se trata de una garantía que, con la mayor frecuencia, ha de darse
frente a poderes formales o fácticos. Por eso mismo, su prestación resulta
comprometida, ya que nunca es bien aceptada por las instancias de poder. Así,
ha de hacerse creíble a la ciudadanía, algo que sólo se consigue dotándola de
presencia en actuaciones judiciales cargadas de profesionalidad y de razón.
Perfecto Andrés Ibáñez es magistrado del Tribunal
Supremo de España.
Operación "Manos limpias"
en Italia
Livio Pepino
La palabra
tangente se refiere a la "comisión" otorgada para ganar una licitación
o aprobar un estudio de impacto ambiental. En 1992, un grupo de magistrados de
Milán encabezados por Antonio Di Pietro conformó el grupo "Manos
Limpias", que se dedicó a realizar investigaciones sobre la corrupción y
mostró que la sociedad italiana se había convertido en una Tangentopoli.
"Manos Limpias" y
"Tangentopoli" son términos que han dado la vuelta al mundo para
indicar la específica experiencia institucional italiana de los años 90: el
intento de la sociedad de librarse de la corrupción, esencialmente por vía
judicial.
Este período tiene una fecha
concreta de inicio, el 17 de febrero de 1992, cuando el presidente socialista
de un organismo de asistencia de Milán, Guido Chiesa, fue arrestado con
"las manos en la masa" por un caso de corrupción relativamente
modesto de 7 millones de liras. No era en realidad la primera vez que ocurría
un hecho de esta naturaleza, pero, por una serie de circunstancias (desde la
debilidad del sistema político hasta el incremento de la independencia y profesionalismo
del Poder Judicial), este arresto desencadenó la más extensa intervención
judicial sobre el sistema político que se recuerde en la historia italiana.
Inicialmente, en Milán y luego en
toda Italia se multiplicaron las investigaciones judiciales y los procesos
cuyos resultados fueron el arresto de destacados políticos, el proceso abierto
a los secretarios de los todos los partidos y la fuga de Italia del ex primer
ministro y secretario del Partido Socialista, Benito Craxi, que murió en el
exilio antes de responder a las acusaciones en su contra.
Una idea de la extensión
cuantitativa de la corrupción puede obtenerse del hecho de que en la casa del
director general de Sanidad, el señor Poggiolini, se han encontrado joyas y
valores por 100 000 millones de liras y que en el proceso respecto a dos
colosos industriales, la empresa Montedison y ENI (Instituto Nacional de
Hidrocarburos), se ha comprobado que se proporcionó un soborno (tangente) de
300 000 millones.
Los efectos políticos han sido
dramáticos: en la más breve legislatura italiana de los últimos años (de abril
de 1992 a marzo de 1994) se ha investigado a alrededor de 1500 personas,
incluyendo unos 80 parlamentarios, tres ex primeros ministros, varios ex
ministros o ministros en ejercicio (cinco de los cuales se vieron obligados a
renunciar), además de numerosos alcaldes y asesores. Finalmente, estos procesos
judiciales consiguieron la desaparición del partido más grande del país, la
Democracia Cristiana, así como del Partido Socialista.
Todo este proceso tuvo, en los
primeros años, el respaldo táctico de la clase política emergente, a la cual la
intervención judicial le permitía poner fin a un sistema de gobierno que
anteriormente parecía irremovible. Lejos de ser consideradas como acciones
solamente judiciales, Manos Limpias y los procesos paralelos fueron vividos y
respaldados como una manifestación de lucha política, con la magistratura
actuando en respaldo del sector político emergente.
En este contexto quedó consolidado
un criterio de utilidad como
fundamental para valorar una intervención judicial, y el criterio para valorar
el profesionalismo y la seriedad de las investigaciones se basó no en el método
seguido, sino en la dirección.
Sin embargo, la novedad de este
proceso no era tanto que se revelase la corrupción política (desde hace tiempo
objeto de denuncias y análisis), o el importante papel del Poder Judicial. El
aspecto que marcó la diferencia fundamental de este proceso fue el nivel de los
sujetos contra quienes se dirigieron las investigaciones y, de la misma forma,
que la ciudadanía pudo comprender el carácter generalizado de la corrupción,
presente en todos los sectores de la administración pública (central y local) y
compartido frecuentemente por las fuerzas de la oposición y de los órganos de
control. Así, la corrupción había adquirido características sistemáticas y
codificadas y se había extendido a la economía pública y privada, tanto como a
la política. La corrupción no sólo era fuente de enriquecimientos o
financiamientos ilícitos de proporciones inimaginables, sino que también
implicaba el condicionamiento y alteración de las reglas económicas y del juego
democrático.
Este carácter masivo de la
corrupción puso entonces sobre el tapete la pregunta todavía vigente:
¿constituye la corrupción un hecho marginal, aunque extendido, en las
democracias occidentales, o se ha convertido en un elemento estructural? En
otras palabras, ¿estamos ante una corrupción en el sistema o del
sistema?
Que los políticos dejen esta
pregunta sin respuesta ha determinado no el fin del proceso de Manos Limpias,
pero sí que esté quedando inconcluso. Las investigaciones y procesos han tocado
muy pronto a los nuevos líderes (en parte personas recicladas provenientes del
antiguo régimen), y esto ha transformado el respaldo político inicial en
oposición. Por eso, uno de los mayores patrocinadores de las primeras
investigaciones no ha vacilado en criticar los altos costos de pagar a los
jueces, y Berlusconi, fundador de Forza Italia, el partido sucesor de la
Democracia Cristiana y vencedor de las recientes elecciones, ha lanzado ataques
durísimos contra los magistrados.
Por eso surge un proyecto para
"enfriar" la acción de los fiscales y, en general, para
"normalizar" a los magistrados. El proyecto todavía está en esta
condición, pero sus argumentos asumen que se está en un nuevo contexto, según
manifiesta el propio Berlusconi. Oficialmente se da a entender que la vieja
clase política corrupta ha sido derrotada, que las elecciones han legitimado a
un sector dirigente no comprometido con los políticos anteriores y que, por lo
tanto, es tiempo de que la magistratura regrese a sus esferas. Estas palabras
se difunden a través de la televisión1, de sus
protagonistas y sus métodos. De esta manera, estos medios no sólo expresan su
oposición a un proceso concreto contra Berlusconi, sino que inclusive rechazan
que sea posible someter a proceso a un estadista del prestigio internacional de
Berlusconi, el nuevo líder político emergente.
Sin embargo, los encuentros y
desencuentros entre la justicia y el sistema político ocurridos en Italia,
aunque particulares debido a su extensión, no son un caso aislado. El control
judicial sobre las instancias gubernativas ha crecido en muchos países
industrializados, al punto de inducir a Le
Monde, a mitad de los años 90, a comenzar un editorial con la sugerente
expresión: "Un fantasma gira por Europa: el gobierno de los jueces".
Por lo demás, las experiencias de España y Francia son bastante conocidas. En
Japón, la mitad de los últimos primeros ministros ha tenido problemas
judiciales, y en los Estados Unidos los verdaderos adversarios del ex
presidente Clinton no eran tanto los republicanos cuanto los escándalos
judiciales. Esto significa que el control de la legalidad sobre los
"poderes fuertes" es un fenómeno destinado a permanecer abierto en el
tiempo y que no va a terminar simplemente pretendiendo reducirlo a una polémica
sobre la sabiduría o el protagonismo de los magistrados. Es por lo tanto útil
intentar buscar en la experiencia italiana algunos puntos que puedan tener
carácter general para otros países.
Por ello, para comprender lo que
ha ocurrido es necesario responder a una pregunta de fondo: ¿por qué es a
inicios de los 90 que explota el escándalo de nuestra Tangentopoli? Existen
varias razones: el aumento de la corrupción a niveles intolerables para el
sistema económico, la mayor eficiencia de algunos aparatos, las caídas del
sistema político.
Sin embargo, hay también razones
importantes en el Poder Judicial que se encuentran relacionadas con lo
anterior. En primer lugar, se produce una ruptura con la identificación
(consciente o inconsciente) de buena parte de los magistrados con el sistema
político corrupto. Esta identificación había producido omisiones,
entrampamientos, sustracción de competencias y muchos artificios legales con la
finalidad de no perturbar a quienes conservaban el poder. Este fenómeno, por el
cual los magistrados se identifican con los sectores políticos, está presente
en muchos otros países y con frecuencia es olvidado.
Ahora bien: en Italia no
desapareció de manera causal, sino debido a un conflicto arduo y todavía
abierto en el Poder Judicial entre quienes, con una actitud burocrática, han
aceptado (por decir lo menos) el statu
quo, y quienes han mantenido abierta la perspectiva de la independencia
real de los magistrados y de la igualdad de los ciudadanos frente a la ley. Es
esta la experiencia histórica que está detrás de las investigaciones de Manos
Limpias y no, como burdamente sostenían los investigados, la presunta filiación
política de los magistrados "anticorrupción".
Todo esto, sin embargo, no habría
sido posible de no existir un sistema que permitiera la real independencia de
jueces y fiscales, para el cual, en el caso italiano, es decisiva la existencia
de un ordenamiento judicial basado en tres condiciones:
a) El gobierno del Poder Judicial
está confiado a un Consejo Superior cuyos integrantes son elegidos por los
propios magistrados, con sistema proporcional y sin la posibilidad de
intervenciones desde el Ejecutivo.
b) La independencia interna de los
jueces en el propio Poder Judicial está garantizada por la ausencia de poderes
jerárquicos en él y la ausencia de una carrera burocrática (el incremento
económico de los magistrados deriva solamente de la edad).
c) El Ministerio Público se
encuentra dentro del Poder Judicial, con las garantías implícitas de autonomía.
Los procesos de Manos Limpias han
hecho evidente, en particular, el valor y la potencialidad de la independencia del
Ministerio Público y de la obligatoriedad de la acción penal, confirmando cuán
útiles son éstas para la democracia.
Estamos ante condiciones
indispensables para un control efectivo y difuso respecto a la legalidad del
ejercicio del poder. Sin embargo, estas condiciones no bastan si no existe una
adecuada preparación profesional de los magistrados. Los procesos sobre
corrupción son difíciles y están plagados de obstáculos: exigen investigaciones
patrimoniales complejas, nociones de carácter administrativo y financiero,
colaboración internacional para seguir flujos de dinero, etcétera. Demandan,
también, capacidad para rechazar las posibles tentaciones y el agotamiento, así
como un riguroso respeto por las reglas procesales. Por lo tanto, no pueden
improvisarse.
Por otro lado, también debe
señalarse que al desarrollarse las investigaciones y generar confianza en la
población, surge una especie de círculo virtuoso, determinando fenómenos que, a
su vez, alimentan y multiplican nuevas investigaciones. El consenso social de
ese producto ha favorecido un enfrentamiento entre, por un lado, la cultura de
la omertà2 frente a
una colaboración inédita con los magistrados encargados de las investigaciones.
Por esto se han multiplicado las denuncias, los testimonios, las confesiones,
más como consecuencia de la caída de un sistema de poder y valores que de las
presiones legales.
Este punto muestra la importancia
de la relación entre los magistrados y la opinión pública. Es verdad que las
decisiones judiciales no son oficialmente medibles según la complacencia
pública que generan, pero también la actividad judicial se encuentra
especialmente afectada si su ejercicio no goza del consenso social; en otras
palabras, si se carece de la confianza de la colectividad en sus jueces. Por un
lado, puede verse como negativo un excesivo protagonismo de los magistrados en
las páginas de los periódicos, pero la cultura de la reserva ha sido
tradicionalmente expresión de una magistratura encerrada en un aislamiento
autorreferencial y corporativo, desconfiada respecto a la sociedad civil. Una
magistratura ligada a una concepción abstracta y formalista de la imparcialidad
y que entiende a ésta no tanto como que el juez pueda distanciarse de los
intereses en juego sino como indiferencia frente a los valores de la propia
sociedad.
No es manteniendo este modelo de
separación que se puede enfrentar la brecha de incomprensión y desconfianza que
con frecuencia separa a los magistrados de la sociedad. Para superar esta
situación es necesaria, por el contrario, una relación intensa con ésta, un
diálogo franco y directo con la opinión pública, una presencia visible en la
escena política y cultural.
Una última consideración: la
intervención judicial no puede sustituir la intervención política. Y, sin embargo,
este riesgo existe y se ha corrido en Italia, al menos entre quienes han
sostenido la existencia de una revolución por la vía judicial. En esta posición
se sostiene que, siendo la corrupción y la ilegalidad las causas de la
degradación de la política y de la crisis del sistema, es necesario afirmar la
legalidad como condición previa para retomar una auténtica vía democrática. La
intervención judicial no se realiza contra la política, sino que constituye una
forma de hacerla más sana. La lucha por la legalidad y el respaldo a las
investigaciones que buscan realizarla son un elemento suficiente para un
proyecto político de renovación. La legalidad tiene un valor político directo:
es el verdadero poder de los que no tienen poder. En esta argumentación no sólo
existe la afirmación (con la que podemos coincidir) de que la legalidad es más
importante que la política, sino que promover la legalidad termina sustituyendo a la actividad política,
considerándose que la jurisdicción penal es un instrumento efectivo para la
edificación de una "sociedad justa".
No es así. El Poder Judicial no
está en grado de resolver de manera estable las patologías del sistema. La
intervención judicial puede o debe reconocer y enfrentar injusticias e
ilegalidades, pero el motor y la garantía de que se "viva con
justicia" está en acciones y decisiones externas a los tribunales. La
legalidad sin política se reduce, en el mejor de los casos, a conservar lo
existente. Más allá de este límite, no existe posibilidad de suplir judicialmente,
y este mismo ejercicio cotidiano de la jurisdicción, con sus dificultades y
contradicciones, conduce a reafirmar la necesidad de la política.
Livio Pepino es magistrado italiano.
1 Berlusconi tiene prácticamente el monopolio de
la televisión privada en Italia (nota del traductor).
2 Es
éste el valor por el cual se considera un acto de deslealtad denunciar las
acciones ilegales que otra persona ha realizado, así sea un desconocido o un
crimen muy grave. La mafia, la camorra y la dranghetta han subsistido mucho tiempo en Italia, basándose en
la omertà.
A la anticorrupción, desde los derechos humanos
Hay una serie de
reflexiones que se pueden hacer desde la experiencia de derechos humanos en
torno al trabajo anticorrupción que se ha iniciado en el país.
Si hay un
ámbito de trabajo que ha funcionado más o menos bien en el país, en términos de
eficacia y de una cierta legitimidad, es el de derechos humanos. Si hay un
sector de la sociedad civil peruana con una cierta identidad y presencia es el movimiento
de derechos humanos. Parece mentira poder decirlo, pero, le duela a quien le
duela, puesto que ha habido vientos y hasta huracanes en contra, el trabajo de
derechos humanos ha podido sobrevivir y cumplir una función en los distintos
escenarios por los que nuestro sufrido país ha pasado en los últimos 20 años:
violencia política, Fujimori-Montesinos, lucha contra la dictadura y, ahora,
transición democrática.
Por eso creemos que a estas
alturas estamos ya ante un esquema de trabajo "exportable" en
términos temáticos. Derechos humanos tiene una plantilla de trabajo que se
puede pasar a otros temas, como por ejemplo el de la anticorrupción, obviamente
con las adecuaciones que todo trasvase exige.