Guatemala:
Las guerras de hoy y de ayer
Wilfredo Ardito Vega
¿Por qué muchos guatemaltecos sostienen que la
situación del país se ha deteriorado después de los Acuerdos de Paz entre el gobierno
y la guerrilla? El autor, que residió dos años en la región q’eqchi’ como
integrante de la Misión de Naciones Unidas (MINUGUA), nos ofrece este análisis
Cuando el pasado 5 de mayo
la hermana Ann Ford fue asesinada en la Ciudad de Guatemala, el gobierno del
presidente Alfonso Portillo se apresuró en señalar que los responsables eran
delincuentes comunes. No era una información muy tranquilizante: desde 1996,
cuando se firmaron los Acuerdos de Paz, al 2000, se han reportado en Guatemala
16 475 muertes por hechos violentos. En el primer semestre de este año, el
promedio diario ha sido nueve homicidios. A mediados de julio, cuando yo
acababa de volver al país, una turba de 2000 campesinos irrumpió en una aldea,
extrajo de sus casas a ocho pobladores y les dio muerte acusándolos de
asaltantes. Todos, linchadores y linchados, eran indígenas q’eqchi’, otrora
famosos por pacíficos. Hoy, entre los indígenas se producen al menos cinco
linchamientos al mes.
¿A qué se debe tanta violencia de posguerra? Los analistas
consideran como un problema estructural que no ha podido resolverse el fenómeno
de la impunidad: la situación de las 200 000 muertes y 50 000 desapariciones,
en su mayor parte obra del Ejército, es un ejemplo de ello. Es más: el general
Efraín Ríos Montt, quien dispuso los genocidios más crueles, es ahora
presidente del Congreso en su calidad de líder del FRG, el partido al que
también pertenece el presidente Portillo.
En segundo lugar, los acuerdos no enfrentaron problemas como
la exclusión social y la desigual distribución de la riqueza. Con un ingreso
per cápita bastante supe-rior al de Honduras o Nicaragua, Guatemala está a la
zaga en los indicadores sociales, desde el analfabetismo a la desnutrición.
Algunos observadores plantean que lo único sorprendente es que la criminalidad
no sea más extendida, dadas las condiciones sociales: mientras las familias
acaudaladas coleccionan helicópteros o motos acuáticas, entre los q’eqchi’ la
esperanza de vida es de 41 años. En las haciendas, sólo el terrateniente
autoriza el ingreso del fiscal o la Policía. Si hace quemar una casa o una
escuela, la gente ni se molesta en denunciarlo. Este sistema semifeudal ha
emergido intacto del conflicto armado, y la mayoría de guatemaltecos está
convencida de que es un régimen intocable.
El
fenómeno de los linchamientos
A mediados de los años noventa el Ejército controlaba casi
todas las zonas rurales, nombrando comisionados
en cada aldea, quienes mantenían el orden mediante el temor y enviaban los
problemas más complejos a la base militar. Con la firma de la paz, los
militares se replegaron a sus cuarteles sin que las instituciones civiles hayan
podido consolidarse. Hay más policías, jueces y fiscales que hace cuatro años,
pero en la mayor parte del país el Estado brilla por su ausencia y la población
se encuentra inerme frente a la delincuencia. Tampoco pueden hacer mucho las
formas tradicionales de organización indígena, que son muy débiles: muchos
líderes fueron asesinados por los militares, y los que sobrevivieron son ancianos
en cuyos tiempos no se producían estos delitos, por lo que no saben cómo
enfrentarlos.
A esto se une el alto número de armas de fuego en
circulación y ciertas concepciones culturales: el derecho a portar armas
alcanza nivel constitucional e inclusive hay avisos que lo recomiendan como un
buen regalo para el Día del Padre. Personalmente, me quita el apetito ver a un
comensal de otra mesa con un gran revólver en la cintura, pero mucha gente cree
que, antes de acudir al Estado ineficiente, un hombre debe saber defender sus
intereses. Portillo mismo aprovechó esta mentalidad en la campaña presidencial,
recordando que en su juventud había matado a dos personas en defensa propia.
Otros testimonios señalan que fue un crimen premeditado, pero eso no fue tomado
en cuenta por los votantes.
A pesar de las divisiones sociales y étnicas, hay en
Guatemala un amplio consenso en que para eliminar la delincuencia se debe
eliminar a los delincuentes. Los organismos de derechos humanos no sólo deben
trabajar con el Estado, sino con una sociedad profundamente represiva: el único
país de América Latina que aplica la pena de muerte. Décadas de
desensibilización han hecho pensar que el delincuente (o el supuesto
delincuente) carece de derechos y el Estado no debería siquiera destinar dinero
para su manutención. "A nosotros nos capacitan para que no golpeemos a los
detenidos", me dijeron los instructores de la Policía, "pero la gente
se molesta cuando no lo hacemos."
Aunque los autores de los linchamientos suelen ser indígenas,
también es frecuente que en las zonas de ladinos,
como se autodenominan los demás guatemaltecos, se resuelvan conflictos
eliminando al adversario. La diferencia es que los indígenas creen estar
enfrentando un problema colectivo –sea la delincuencia, sean los abusos de una
autoridad–, muchas veces incitados por los antiguos comisionados. Lo más grave es que algunos dirigentes indígenas
están legitimando los linchamientos, indicando que las instituciones estatales
no se preocupan por garantizar las necesidades de justicia y seguridad de la
población. Un misionero australiano compara la frustración acumulada por los
indígenas con una olla a presión. Sólo se pueden explicar algunas muertes
absurdas.
A fines de julio, unos q’eqchi’es hallaron a un hombre
durmiendo en un descampado y supusieron que era un delincuente. Como no sabían
castellano, no comprendieron que era un hondureño en camino hacia Estados
Unidos. Felizmente, la Policía consiguió salvarlo del linchamiento. Hace un año
causó horror que, en Todos los Santos, un grupo de indígenas quemara vivo a un
turista japonés por fotografiar unos niños. No es raro que la víctima de la
confusión sea guatemalteca. "Pareciera que prima la voz del que tiene
menor coeficiente intelectual", me dijo el director de una ONG.
"Se la cobran no con el que la debe, sino con el que la
puede pagar", me explicó un psicólogo de la Procuraduría de Derechos
Humanos. La población considera que el posible mediador suele estar en
connivencia con la otra parte. Los indígenas desconfían particularmente si
quien pretende mediar es ladino
o una autoridad. Hace años mis colegas de MINUGUA eran golpeados, sus oficinas
atacadas y sus vehículos incendiados cuando la población protestaba por un
terrateniente abusivo, delincuentes fugados o brutalidad policial. Hace unos
meses, tres policías fueron asesinados porque un alcalde había prohibido la
tala de árboles. Otras veces, organizar un linchamiento se ha vuelto una forma
de eliminar a un adversario y eludir la responsabilidad individual. Así, en
mayo asesinaron a un juez de la región q’eqchi’, y a los pocos días, en un
aparente accidente de carretera, falleció el párroco, que había negado el uso
del megáfono de la iglesia a quienes convocaban al linchamiento.
La prensa, en manos de los grupos de poder económico, juega
con fuego (y esto, en Guatemala, es literal): magnifica los hechos de violencia
y deslegitima al Estado, justificando el uso de la fuerza. Jamás se condena
claramente los linchamientos, explicándolos como fruto del descontento popular.
De esta forma se refuerza la creencia de que es una alternativa necesaria. El
hecho de que los linchamientos sigan impunes contribuye a que la población
perciba que son tolerados cuando se producen entre indígenas. De hecho, el
único proceso más o menos rápido ha sido el del desafortunado japonés (sin
condena todavía).
El Ministerio Público y la Policía enfrentan trabas legales:
los domicilios sólo pueden allanarse de 6 a.m. a 6 p.m. La Policía tiene apenas
seis horas para pasar a un detenido al juez. "La Policía está inerme
frente a una banda de secuestradores con armas de guerra y tampoco puede
arrestar a un carterista si no lo encuentra con el dinero en la mano",
señala una experta en seguridad.
Sin embargo, pocos proponen reformar estas normas, pues de
un gobierno de Portillo y Ríos Montt se puede esperar cualquier abuso. Cuando
en mayo se produjo una fuga masiva de presos, el gobierno declaró el estado de
alarma y suspendió las garantías para todos los guatemaltecos. El gobierno está
envuelto en cotidianos escándalos de corrupción y realiza diversas maniobras
para controlar el Ministerio Público, el Tribunal Electoral y la Corte de
Constitucionalidad. ¿No resulta esto familiar a los peruanos?
Es verdad, pero la diferencia es que Portillo no controla la
prensa y se ha enfrentado a los grupos de poder económico, al plantear un
incremento del IVA, equivalente a nuestro IGV, del 10 al 12%. La escasa presión
tributaria lleva a que diversos países estén replanteando si es justo seguir
apoyando a un país en el que existen tan altos niveles de ingreso.
Los empresarios han optado por vestirse de luto en una
céntrica plaza, como si fueran Madres de la Plaza de Mayo, y, lejos de ser
criticados por el movimiento popular, han logrado convocar una serie de paros
nacionales en los que los indígenas incendian locales públicos y los maestros
obligan a los escolares a caminar kilómetros en desfiles de protesta.
Entre tanto, los organismos de derechos humanos siguen
recibiendo amenazas. De ahí las dudas frente a la versión oficial sobre el
asesinato de la hermana Ford, especialmente porque ella participó activamente
en el proyecto con víctimas de violencia que dirigía el también asesinado
monseñor Gerardi. El fiscal que investigó este crimen optó por abandonar el
país a fines de julio.
Ante este panorama, los organismos
de cooperación están prestando atención a los valientes esfuerzos de mediación
existentes en la sociedad civil, algunos de ellos inclusive en conflictos entre
terratenientes y q’eqchi’s. Han aprendido que la paz no se basa sólo en el
desarme de la guerrilla o el repliegue del Ejército, sino en construir
relaciones de justicia y respeto por el otro. Esperemos que este camino sea el
correcto, para que la violencia deje de acompañar a esta sufrida sociedad.