El juez de paz del año
A lo largo de estos años, IDL ha tenido el privilegio de conocer a muchos jueces de paz con una enorme vocación de servicio a su comunidad, quienes sin recibir un sueldo resuelven conflictos con espíritu de justicia. Por ello, convocamos al concurso "El Juez de Paz del Año", para premiar a aquellos que destacaron por sus logros y perseverancia. Un jurado conformado por Javier de Belaúnde, Antonia Saquicuray y Wilfredo Ardito examinó y verificó las propuestas con la colaboración de instituciones locales y visitas a los jueces de paz.
Para quien realiza una visita pasajera, el norte del Perú puede sorprender por su movimiento comercial, una dinámica prensa regional, mayores oportunidades educativas. Sin embargo, más allá de esta aparente prosperidad, la realidad norteña encierra también numerosas contradicciones. En las zonas rurales, apenas se aparta uno de la franja costera, cuesta creer que se está en departamentos relativamente desarrollados: por ejemplo, las carreteras de la sierra de La Libertad se encuentran entre las peores del Perú y los intrépidos o desdichados que pretenden viajar hasta la provincia de Pataz requieren de tres días.
En estos lugares, el abuso y la prepotencia que caracterizaron al régimen fujimorista fueron más visibles en empresas que todavía vulneran normas laborales y ambientales, pero, a la vez, se trata de una región donde la población ha sabido demostrar históricamente su capacidad de indignación. Por ello, es bastante comprensible que en muchos conflictos sociales la población acuda al juez de paz para hacer defender sus derechos.
Primer lugar: Carlos Salvador Cayotopa. En defensa de los más débiles
A Carlos Salvador Cayotopa, juez de paz de Pósope Alto, lo conocimos en diciembre de 1998, en un curso en Chiclayo, cuando acababa de asumir el cargo. Él sabía que su distrito se veía afectado por problemas como delincuencia y prostitución, por lo cual decidió promover la construcción de un puesto policial, que pudimos visitar hace unos meses. "Gracias al señor Salvador tenemos una de las mejores comisarías de la provincia", nos dijo satisfecho el mayor. Podemos decir que el juez de paz hizo de todo, desde obtener donaciones de materiales de construcción hasta participar él mismo en las faenas comunales para construir el local. Una vez edificado, participa en los operativos policiales contra la delincuencia y coordina con la Policía la realización de talleres sobre violencia familiar.
Todos los informes que recibimos de Pósope Alto nos refieren la vocación social de Carlos Salvador, siempre saliendo en defensa de los más pobres. Por ejemplo, apoyó al Comité de Mototaxistas en sus trámites de inscripción en los Registros Públicos y consiguió que la Municipalidad de Ferreñafe les rebajara los cobros. "Buscó el apoyo económico para el sepelio de mi hijita", indica el señor Pedro de la Cruz.
Los trabajadores de una cantera recuerdan que gracias a él pudieron salvarse de la miseria, pues una empresa pretendía adjudicarse la cantera donde trabajaban. También gestionó que 550 prestatarios del
BANMAT fueran considerados como víctimas del fenómeno El Niño, por lo que no tuvieron que pagar por materiales que se les habían entregado y que habían sido destruidos. Consiguió que una empresa pagara a 170 trabajadores los salarios adeudados por varios meses, cuando le advirtió –mediante oficio– que la denunciaría ante el Ministerio de Trabajo.Cuando visitamos a Carlos Salvador indicó, con naturalidad, que debía asumir el problema de los trabajadores de otra cantera, y actualmente su principal preocupación es el conflicto social y laboral en el complejo azucarero Pucalá. "Ha habido ya 20 muertos", nos dice, "pero como se trata de una persona poderosa (Jaime Mur), es difícil que haya justicia". Un bebé asfixiado por gases lacrimógenos, bandas de delincuentes contratados para golpear a los trabajadores, el párroco y los dirigentes acusados de terroristas... todo eso bastaría para amilanar a otra persona, pero el señor Cayotopa mantiene su compromiso. Él ha organizado las ollas comunes para los trabajadores, impagos desde hace casi un año, y ha venido a Lima varias veces a hablar con los congresistas de Lambayeque para encontrar una solución justa a dicho conflicto.
Segundo Lugar: Santos Emiliano Rojas Gutiérrez. Buscando concordia
Otra persona que no se arredra frente a una empresa poderosa es el señor Santos Emiliano Rojas Gutiérrez en el caserío de Cieneguilla, en Sullana, joven agricultor de 34 años, quien obtuvo el segundo lugar en el concurso. En esta zona debió luchar arduamente hasta que en marzo pasado se logró clausurar una fábrica clandestina de harina de pescado. Sin embargo, en Piura la lucha por el medio ambiente no termina (pueden decirlo los habitantes de Tambogrande): también la embotelladora de Concordia y Kola Real está contaminando Cieneguillo, al verter los residuos químicos en un arroyo. La fauna ha muerto y el agua que se utilizaba en los cultivos está prácticamente inutilizable. "Nosotros hemos propuesto que construyan pozos de oxidación y dejen de contaminar el agua", nos dice el señor Rojas, "y creo que lo lograremos."
Las actitudes del señor Rojas son un ejemplo de constancia para muchas otras autoridades que en el Perú conviven con situaciones de contaminación. Otros problemas como los incidentes de violencia protagonizados por personas ebrias, son sancionados con trabajos comunitarios que tienen un fuerte componente educativo, pues aparentemente mientras limpian el cementerio, pintan la escuela o desarenan un canal, los infractores reflexionan y así no reinciden más. De esta forma, el señor Rojas, quien vino a Lima con su esposa para recibir su premio, ha conseguido también disminuir la violencia familiar.
Tercer lugar: María Lelis Lozano de Quiroz. Dando la mano al hermano
Mejores oportunidades de educación han permitido a muchas mujeres en la región norte acceder al cargo de jueces de paz. Nosotros viajamos hasta el soleado distrito de Chongoyape, famoso por sus excelentes bizcochuelos y por ser la cuna (según nos dijeron) del ministro David Waissman. Allí, la señora María Lelis Lozano de Quiroz conformó hace varios años el comité Dale la Mano a tu Hermano, que logra movilizar a los ciudadanos de Chongoyape cuando existe una emergencia. Muchas veces un poco de dinero puede permitir a una persona un tratamiento por cáncer o que un joven vuelva a caminar. La Policía indica que es la única jueza de paz de Chongoyape (hay cuatro, por ser un poblado bastante grande) que tiene disponibilidad para colaborar en cualquier emergencia.
Ella sostiene que su mayor logro fue cuando la llamaron porque una mujer esquizofrénica pretendía quemar viva a su hijita. "Con valentía y conocimiento" intervino hasta disuadir a la madre, que fue luego remitida a un tratamiento psiquiátrico. Ha unido a muchas parejas enfrentadas en problemas de violencia familiar, invocándoles para que enmienden su conducta, pero en casos de reincidencia asume que la pareja debe separarse. Apoyó a una señora abandonada por su esposo, adjudicándole la mitad de la cosecha de él.
A comienzos de año, el alcalde convocó a una asamblea para elegir nuevo juez de paz. En la asamblea se eligió a otra persona en lugar de la señora Lozano. El gobernador y otras autoridades han impugnado estas elecciones, porque concurrieron muy pocas personas y, además, eran todos del partido del alcalde. No se sabe todavía si habrá nuevas elecciones, pero esto nos hace dudar sobre si el mecanismo de las asambleas es el idóneo para elegir un juez de paz en localidades demográfica o geográficamente extensas o con realidades más urbanas como las de muchos distritos del norte del Perú. Por ejemplo, Chongoyape tiene 19 000 habitantes.
En todo caso, la señora Lozano nos dice: "No importa si dejo de ser juez de paz. Aunque no esté en el cargo, seguiré aconsejando a todas las personas que lo necesiten". Ese finalmente es el mensaje de estos jueces de paz norteños: que seguirán trabajando comprometidos por su comunidad, aunque cesen en el cargo. Las cortes superiores de la región, la prensa, las organizaciones sociales deberían valorar este trabajo desinteresado que efectivamente aporta al desarrollo. No en vano cientos de familias de Pósope Alto y Chongoyape indican que si ahora tienen fluido eléctrico es gracias a los jueces de paz que estamos premiando.
Segundo lugar (compartido)
Tito Benedicto Ccahua Chara, de Coporaque, Cusco
Al señor Ccahua lo conocemos bien en IDL, porque manifiesta mucha preocupación para enfrentar desde su cargo las condiciones de abandono que afectan a esta apartada provincia del Cusco. Es el primer juez de paz campesino de esta zona, pues hasta hace poco los jueces de paz eran los llactatayta, pequeños hacendados que maltrataban a los campesinos.
Mientras los jueces de paz de la costa coordinan con la Policía, el señor Ccahua debe muchas veces actuar él mismo de policía. Relata cómo ha tenido que capturar (y recapturar) a un agresor en un caso de violencia familiar, bajo una fuerte lluvia.
Para evitar estos casos, organiza cursos de prevención de violencia familiar y de derechos humanos. Normalmente, si los expositores hablan en castellano, Ccahua se encarga de la traducción al quechua. Escolares, ronderos, padres de familia, toda la población de Coporaque y las comunidades vecinas de Espinar acuden a sus convocatorias.
Pero no sólo reciben capacitación: Ccahua ha sabido obtener de diversas instituciones donativos de máquinas de escribir, un televisor, un equipo de vídeo, vídeos educativos, 150 pelotas para los niños de las comunidades e inclusive becas de estudio para los jóvenes en Cenfotur.
Mención honrosa
La jueza de paz en moto
En Tate, un distrito de la provincia de Ica, trabaja la señora Victoria Huamán Solís, quien participa mucho en acciones de desarrollo del pueblo. Es delegada barrial ante la Comisión de Derechos Humanos de Ica, y como juez de paz lleva cinco años, respaldada por la Policía, una comunidad campesina y la parroquia. Trabaja además con el Club de Madres y el Vaso de Leche.
Ha apoyado muchos casos sociales: ancianas abandonadas, personas atropelladas, niños huérfanos. Realiza seguimiento de los casos mediante visitas a los niños y ancianos, para comprobar que sus familiares los atienden. Ella sostiene que gracias a su esfuerzo se ha conseguido reducir la violencia familiar, pero que los hurtos y la delincuencia son un serio problema. "Vienen de otros lugares de Ica a robar acá." Al parecer, la delincuencia creció luego del fenómeno El Niño. Ella siempre está dispuesta a colaborar con las demás autoridades y muchas veces insta a la Policía a intervenir, acompañándolos subida en la moto de la comisaría. "Ojalá podamos derrotar este problema, así como estamos logrando vencer la violencia familiar."