EDITORIAL
La humanidad de duelo
Todo parece
una mala película de ficción, cargada hasta la náusea de efectos especiales,
llena de maniqueísmo, estereotipos y prejuicios; o esos juegos de computadora
donde morir no significa nada y gana quien mata más.
Los atentados terroristas del 11
de septiembre constituyen un acto de barbarie de la peor especie; difícil de
imaginar algo más perverso que utilizar aviones de pasajeros para estrellarlos
contra edificios repletos de personas. Y no hay nada, absolutamente nada que lo
pueda justificar; cualquier intento de hacerlo a partir de diferencias
culturales o de los errores e injusticias cometidos por Estados Unidos como
parte de su política exterior es inmoral, irresponsable y reñido frontalmente
con una perspectiva de derechos humanos.
La reacción, el sentimiento, sólo
puede ser de duelo, de indignación, de compasión, de solidaridad, de consuelo y
hasta de apoyo a una respuesta que constituye un derecho y un deber.
Pero exactamente por las mismas
razones, el duelo, la indignación, la solidaridad, el consuelo y el apoyo son
también con las víctimas inocentes de Afganistán. El discurso oficial habla
sólo de blancos militares relacionados con la identificación y captura de Osama
bin Laden, pero cada vez son más los testimonios e imágenes que contradicen
dramáticamente el discurso.
Ni la peor atrocidad justifica
combatir la barbarie con barbarie: hacerlo también atenta contra la ética, los
derechos humanos y el ordenamiento jurídico internacional. Caer en la
provocación es, además, ineficaz, contraproducente, y debilita
irreversiblemente los valores democráticos.
El gran desafío consiste en romper con esa lógica de
violencia y de muerte que, en nombre de Dios y la Justicia, moviliza el lado
más oscuro de la humanidad y la hace
ser capaz de las peores atrocidades. Ésta debe ser la línea que marque
diferencias y afinidades.