11 de septiembre del 2001: Un antes y
un después
Todos sabemos que los espantosos atentados
terroristas cometidos el 11 de septiembre en Estados Unidos han marcado un
antes y un después para la humanidad.
¿En qué términos definir este antes y después? ¿Qué
respuesta podemos ( debemos) esperar de Estados Unidos y cuál de la comunidad
internacional? ¿Qué es lo esencial de una respuesta adecuada y qué de una
inadecuada?
¿Cuáles son los posibles escenarios? ¿Repercusiones
para América Latina, para países como el Perú?
¿Debemos hacer alguna autocrítica o cambio en lo que
atañe a la relación con el mundo árabe, musulmán? ¿Qué tipo de iniciativas que
pueden tener incidencias respecto de lo que se viene?
Estas son las preguntas con las que ideele invitó a
opinar sobre el tema. Antes, cifras y datos que muestran el drama de lo vivido
y la gravedad de lo que está ocurriendo, además de frases que han ido quedando y marcando posiciones.
Los
jinetes del Apocalipsis cabalgan en el viento
Matilde Ureta de Caplansky
De que la psicología de
masas existe, ya no cabe la menor duda. De que existe un imaginario radical
creativo, tampoco (Castoriadis, Elliot, etcétera).
La palabra japonesa Kami
significa dios o diosa en Japón. Para alentar a la gente a luchar
eficazmente contra las fuerzas aliadas (en la Segunda Guerra Mundial) por amor
al Kami, el gobierno fascista
constriñó a casi todos los intelectuales y maestros a educar en forma
obligatoria a la población, enseñándoles a creer que el emperador era el Kami viviente.
Alrededor de la misma época se decía que los vientos
divinos, llamados Kami-Kaze en
japonés (Kaze significa
viento), iban a destruir la flota americana. Algunos podrán recordar que los
aviones o pilotos japoneses llamados Kami-Kaze
atacaban barcos aliados en picadas suicidas cerca del final de la guerra. Los
guerreros Kami-Kaze, quienes,
se creía, volaban en vientos divinos, eran famosos por su manera aterradora de
sacrificarse por el bien de la nación y del emperador sin preocuparse por su
propia vida1.
El fundamentalismo suicida que cabalga en el viento no es
nuevo, pero sin duda el ataque terrorista a dos iconos de la cultura occidental
(que lo eran para mal o para bien) no sólo ha conmovido a millones de seres
humanos para quienes, hasta el 11 de setiembre del 2001 (hubo otro fatídico,
negro, 11 de setiembre), la probabilidad de una inminente desaparición del
planeta Tierra –aun entre los aficionados a la ciencia ficción y las películas
de terror– era inexistente e inconcebible. La masacre del World Trade Center marca
un punto de ruptura.
Vamos por partes. En el antes de esta tragedia ha sido frecuente el recurso a
determinados conceptos relacionados con la globalización, el ecosistema, el
efecto mariposa, pero ni siquiera la terrorífica (¿cuál no lo es?) Guerra del
Golfo, ni Bosnia, ni los 48 millones de africanos infectados con el VIH, han
puesto al mundo en el límite del antes...
El curso de los acontecimientos parece dar razón a Cornelius
Castoriadis, psicoanalista y filósofo greco-francés, quien postulaba que los
seres humanos tenemos un núcleo de narcisismo “irreductible” que rechaza
rotunda y vigorosamente cualquier “extranjeridad”. A juicio de Castoriadis,
allí está el origen del odio como afecto y acción. Esto supondría que estamos
innatamente incapacitados para aceptar, y menos aún vivir, “lo diferente y
distinto” de nosotros mismos. De ahí a la xenofobia o a las cruzadas religiosas
en pleno siglo XXI no hay mucho trecho, aun cuando no podemos negar que desde
que existe la humanidad (sic)
existen las guerras; la paz es rara, ocasional y siempre, por desgracia, muy
breve.
Los acontecimientos que mencionamos nos colocan, de forma
dramática más que nunca en la historia, ante la posibilidad inminente –no sólo
la degradación ecológica y paulatina– de destrucción de la Tierra. El concepto
de Clausewitz, que entiende la guerra como simple extensión de la política,
suena a barbarie, pero no podemos negar su certeza.
¿La
fiesta en paz? Algunas reflexiones psicoanalíticas sobre el comportamiento en
el antes
Es importante intentar comprender las grandes y sustantivas
diferencias entre dos mecanismos psíquicos, dos de rasgos decisivos en la
dramática situación política de hoy: la sublimación y la idealización. Es propio de la cultura occidental idealizar
el modo de vida norteamericano como modelo a ser alcanzado a cualquier precio,
mientras los musulmanes idealizan su
religión... también a cualquier costo.
Tanto el modelo imperial como el religioso son, en palabras
del filósofo Norbert Elias, producto de una etapa del desarrollo civilizatorio
de ambas “culturas”. Ninguna de ellas ha alcanzado el mecanismo psíquico
conocido con el nombre de sublimación que permitiría a ambas culturas moldear
–interna y externamente– una franja “convivible” en el mismo planeta.
Es interesante ensayar un
desarrollo mayor en el concepto de sublimación y sus diferencias con la
idealización en el contexto de este antes
del atentado, teniendo presente, desde luego, que puede existir una
diferencia entre conceptos teóricos a partir de lo observable y otro que, desde
la teoría, se imponga sobre lo observable.
En su devenir histórico, el concepto de sublimación quedó atrapado en
deslizamientos y omisiones ideológicas. Es un hecho conocido (teórico) que
existen cuatro destinos de la pulsión2, y dentro
de esta propuesta puede tomarse a la sublimación como una suerte de non plus ultra de la realización
pulsional... Sin embargo, la articulación simbólica, presente en los síntomas
(por ejemplo, la neuralgia facial representando una bofetada) servirá a la elaboración
de las sublimaciones y les brindará singularidad, riqueza y originalidad en su
expresión para cada persona. Esto
último debido a que permite el rescate del potencial erógeno, como en el juego,
en la creación artística, en el esfuerzo por mantener la fiesta en paz, así
como en la convivencia y en la tolerancia y el aprendizaje de y con lo
diferente. Así como decimos del sueño
que es el guardián del dormir, podríamos decir que las posibilidades transformadoras
de la sublimación pueden constituirse en guardianes del existir con nosotros
mismos y los otros dentro de un orden vital posible.
La
paradoja –y el reto– del Yo pensante
Sublimación e idealización implican un proceso de elaboración
psíquica que separa a la pulsión de sus primeros objetos y la conduce hacia
otras direcciones. Sin embargo, sus diferencias no son desdeñables. En la
idealización se produce un “vaciamiento narcisista” a expensas de un objeto
externo. En la sublimación el Yo renuncia al anhelo de hallar lo ideal en el
exterior. La idealización “sirve para sustituir un ideal del Yo propio no
alcanzado”; el Yo se vuelve “más modesto”, “a la par que el objeto se hace más
grandioso y valioso; al final llega a poseer todo el amor de sí-mismo del Yo, y
la consecuencia natural es el autosacrificio de éste. El objeto, por así decir,
ha devorado al Yo”3.
La idealización evidencia un fracaso en el intento de
modificar las relaciones de objeto primordiales. El simple ideal, en cambio, es
constitutivo del narcisismo trófico imprescindible para que se establezcan
proyectos. La sublimación nos describe la relación que ha establecido un sujeto
con los/sus ideales. La idealización,
cuya instancia primaria es el Yo Ideal, genera inhibiciones o alienación y se
diferencia, tenue pero íntegramente, de los ideales por un detalle: los ideales
se liberan de la omnipotencia, implican –para decirlo con todas sus letras y el
lenguaje psicoanalítico– la aceptación de la castración en el registro
identificatorio.
Pensar es crear y no repetir. El deseo, el afán y finalmente
la costumbre de no pensar es la victoria de la pulsión de muerte que convierte
al pensamiento en una actividad ecolálica, estereotipada, mimetizada con lo
idealizado. Ejercer el derecho a pensar
supone renunciar a encontrar otro que garantice absolutamente lo verdadero y lo
falso. El Yo pensante no se limita a aceptar una idea –o rechazarla– en nombre
del placer o del sufrimiento que resulta de ella; tampoco porque idealice al
otro que enuncia. Se instituye una instancia tercera, que desempeñará el papel
de garante. Cuando esta instancia se anule (fugaz o prolongadamente), habrá
alienación.
La alienación es la renuncia a todo derecho de juicio sobre
el pensamiento propio. Realiza una tentación siempre presente: volver a hallar
la certeza excluyendo dudas y conflictos. Quizá ningún sujeto renuncia para
siempre a la ilusión de hallar a otro que pueda encarnar su imagen idealizada.
Claros ejemplos de esto son el enamoramiento, la hipnosis y, por supuesto, las
guerras.
¿Y
el después?
Apenas un epitafio posible: ... no existió en este mundo
nada más abyecto ni más creativo que la especie humana.
Psicoanalista en Función Didáctica
SPP-IPA.
1 KITAYAMA, Osama: “La fugacidad: su belleza y
sus peligros”.
2
HORSTEIN, Luis: “La vuelta contra sí
mismo, la transformación en lo contrario, la represión y la sublimación”, en
revista Psicoanálisis. APdeBA,
“Los caminos de Eros”. Buenos Aires, febrero, 2001.
3 AULAGNIER, Piera: “La violencia de la
interpretación”. Buenos Aires: Amorrortu Editores, 1977.
La realidad tras las torres de Nueva York
Francisco Igartua
Que hubo muchísimo odio y un infinito
desprecio por la vida, es el primer comentario que se le viene a la boca a todo
aquel al que se le recuerde el acto terrorista que desfiguró el rostro gigante
de Nueva York –la Meca del mundo moderno– e hirió el corazón militar de la
capital del imperio del siglo que pasó y del que viene, los Estados Unidos de
América, heredero de los imperios europeos que dominaron la historia universal
de los últimos seiscientos años.
El comentario es exacto. Ha habido sin duda un odio enorme
en ese acto terrorista. Sin embargo, luego de calificar debidamente tan descomunal
horror, son pocos los que reflexionan y se preguntan a qué se deberá tanto y
tan tremendo odio, que llega hasta la ofrenda de la propia vida. Y sabiendo que
nada surge por generación espontánea, sin causa alguna, comienzan éstos pocos a
repasar la historia que envuelve a los protagonistas activos del hecho, a los
árabes que se mataron para matar miles de personas desconocidas, a las que, en
bulto, siempre vieron como “los otros” –o sea nosotros– y los árabes, los
musulmanes, los hijos de Mahoma, lectores del Corán.
Pero no sólo hay agravios antiguos que separan a Occidente
de la Media Luna. Ahora, en estos días, leemos en los diarios y vemos en la
televisión la incansable lista de palestinos muertos. Y no hace muchos años
Rusia y Estados Unidos, en gesto que, por desgracia, no se ha repetido,
detuvieron la masacre de musulmanes que Francia e Inglaterra iniciaban en
defensa de sus intereses coloniales en el Canal de Suez. También los muertos y
desaparecidos en Bosnia eran mahometanos. Y en Chechenia murieron y siguen
muriendo creyentes del Corán, no tantos sin embargo como los cientos de miles
de iraquís caídos en la guerra quirúrgica a la que Estados Unidos y Europa
sometieron al “insolente” Sadam Hussein, quien pretendió anexarse los pozos
petroleros de unos príncipes aliados de Occidente.
La lucha es antigua, muy antigua, y persistente. En el siglo
XIV el Islam llegó a las puertas de Viena y antes se había acercado a las de
París, espantándose los árabes del hedor de los europeos –que no conocían el
baño, dizque por pudor–. En sus réplicas, los cruzados alcanzaron a sangre y
fuego Jerusalén, tierras en las que fueron menos tolerantes que los moros en
España y que las huestes de Solimán el Magnífico en el corazón de Europa, donde
respetaron los templos cristianos y las sinagogas judías. De esas correrías
sangrientas quedaron de recuerdo la esplendorosa catedral de Santa Sofía,
flanqueada por minaretes, en Constantinopla, y la maravillosa mezquita de
Córdova, coronada hoy con la cruz.
Siglos y siglos aquellos, de mutuos agravios y mortandades
terribles, que, más tarde, cuando Europa se hizo dueña del mundo, se
transformaron en un olímpico desprecio occidental por la civilización que
enseñó refinamiento, hidráulica, matemáticas y el lavado corporal a los hijos
de los cruzados. Fue una repulsa acompañada de prepotencia colonial y de
explotación que alcanzó niveles de escándalo cuando el petróleo se hizo
indispensable para el desarrollo de Occidente.
De esos desprecios humillantes y de las añoranzas de pasados
esplendores, generadores de odios y resentimientos, añadidos a la grosera
explotación del oro negro –en complicidad con príncipes, reyes y sultanes
árabes– es que surgen las figuras de Mosadeg y Jomeini, el derrocamiento del
Sha de Persia –iluso o interesado abogado de las virtudes occidentales–, las
rebeldías de Nasser en Egipto, la OPEP, Irán, Irak, Afganistán, todo un
revoltijo revolucionario, con agresiones y desencuentros intestinos, pero con
un denominador común: el Corán de Alá y Mahoma, su profeta, frente a los
infieles, a “los otros”. La misma Media Luna que un tiempo fue poderosa
luminaria frente a Europa.
Ante este milenario enfrentamiento de dos civilizaciones, de
dos culturas, de dos modos diferentes de entender el mundo y valorar la vida, la
muerte y el orden social y político, ¿valdrán de algo las alianzas que Estados
Unidos está haciendo con algunos o muchos gobiernos musulmanes conducidos por
príncipes árabes, socios de las multinacionales petroleras, o por gobernantes
sujetos al favor del Banco Mundial o del Fondo Monetario? No hay duda de que el
terrorismo es abominable y es difícil que pueda negarse a combatirlo quien
profese la religiosidad islamita, predicadora del amor y la tolerancia, pero
¿acaso no fue en nombre del dulce Jesús de Galilea que los cruzados masacraron
musulmanes y le pusieron a uno de sus santos el apodo de Matamoros, mientras
que los seguidores de Mahoma, en nombre de Alá –el mismo Señor de los
cristianos y el Jehová de los judíos–, no han dejado de destripar, ayer y hoy,
a muchísimos de “los otros”? Desgraciadamente, porque Dios no hace justicia a
lo humano y sus designios son un misterio –asunto de fe y no de razón–, toda
religión, cuando se fanatiza, olvida a Dios y se entrega a la maldad
irracional, paradojalmente en nombre del Dios de paz, bondad y amor, el mismo
de los árabes, judíos y cristianos. Al fanatizarse, el religioso se hace tan
despiadado e inhumano como cualquier nazi, comunista o kamikaze oriental.
Este es el gran desafío del nuevo siglo, un desafío que
enfrenta a hombres racionales y que, por lo tanto, racionalmente deberán
conciliar sus milenarias y profundas diferencias culturales y políticas.
Sin embargo, es muy difícil vislumbrar el futuro, ni
siquiera el futuro próximo. De lo que sí podemos estar seguros es de que con
otra guerra quirúrgica como la desatada contra Irak no sólo no se contendrá al
terrorismo musulmán sino que éste se agudizará luciferinamente.
Francisco Igartua es periodista.
Antes y después del 11
José Rodríguez Elizondo
¿Cómo definir el antes y el después?
Es una pregunta clave, pues pocas veces un acontecimiento ha marcado tan
nítidamente el “antes” y el “después” de la Historia.
Curiosamente, para nosotros, chilenos, viene a ser una
superposición, pues ya habíamos marcado nuestra historia con un 11 de
septiembre: el del golpe de Estado de 1973, el de Augusto Pinochet.
En cuanto a los efectos globales del post-atentado, los hay
en curso de acción y previsibles. Entre los primeros, obviamente, las
operaciones militares en Afganistán, cuya expresión eventual se equilibra en la
cuerda floja de demasiados criterios concurrentes.
También se dio, ya, una gran verificación macroeconómica: no
es el mercado friedmaniano el instrumento al cual recurre hoy la superpotencia
norteamericana, sino a las tesis reguladoras o intervencionistas de J.M.
Keynes, tan prematuramente enterrado por nuestros místicos neoliberales. Así
vemos a empresarios y gobernantes de los Estados Unidos “interfiriendo” las
leyes económicas ortodoxas, para evitar el colapso de determinadas unidades
económicas con efectos negativos globales.
A escala nacional, algo similar había ocurrido en el Chile
de Pinochet (el “modelo más puro” de neoliberalismo, según los exégetas),
cuando la crisis de los años ochenta obligó al Estado a intervenir el sistema
financiero.
En otras palabras, vemos que, cuando la crisis aprieta, los
responsables de la economía paradigma ponen todo el peso del Estado y de las
políticas públicas en la balanza. De paso, esto confirma lo que alguna vez me
dijera Paul Samuelson en 1980, cuando lo entrevistara para Caretas: “en una democracia, las
tesis de Chicago son puramente académicas”.
Dos reflexiones. Primera, estamos ante el mayor peligro
planetario desde la época de la destrucción
mutua asegurada de la Guerra Fría. Segunda, parece fascinante comprobar
que enfrentamos la posibilidad de que una hipótesis científico-política
importante -la de “la guerra de las civilizaciones”, de Samuel Huntington- se
convierta en una profecía autocumplida.
Así, una sobrerreacción de la superpotencia -como la que se
percibió entrelíneas de los primeros discursos del presidente Bush- pudo
ampliar exponencialmente el número de sus enemigos. Pero el riesgo no ha
desaparecido, pues ahora depende de que no se produzcan errores o desviaciones
graves en la respuesta autocontenida en curso. La focalización de objetivos no
garantiza la mantención del conflicto en los límites afganos, básicamente
porque al enemigo real interesa que se desborden.
Estados Unidos y sus aliados enfrentarían, en tal evento, no
a organizaciones terroristas clandestinas, sino a una base social expandible
hasta más de mil millones de personas, representadas por diversos estados
nacionales. Sería, prácticamente, la misión cumplida de los terroristas y el éxito
de su imagen de justicieros islámicos en lucha contra los infieles, expuesta
por Osama bin Laden desde su caverna. De paso, fue como si Huntington le
hubiera soplado la idea.
Desde su rol de mártires (suicidas) carismáticos, las
huestes de bin Laden estarían apuntando hoy al colapso del régimen paquistaní y
preparando disturbios graves en Egipto, Arabia Saudita, Jordania y Turquía. Sin
duda, también tratan de desplazar al ya debilitado Yasser Arafat del liderazgo
palestino en beneficio de Hamas y Jihad Islámica. Con ello potenciarían una
escala enorme del conflicto israelo-palestino (no olvidemos que hoy existen
armas nucleares en manos musulmanas y judías). En síntesis, las movidas
eventuales del terrorismo de bin Laden apuntan a sustituir el viejo panarabismo
por un nuevo panislamismo, arrastrando, además de los ya mencionados, a los
dirigentes iraquíes, sudaneses y libios.
Un mal curso de las operaciones en Afganistán empujaría a
las democracias occidentales al peor escenario de la Historia, con el terrorismo
fundamentalista convertido en el líder de una cultura. Orwell revisitado.
El cumplimiento de esta hipótesis sería un anticipo del
Apocalipsis. Una profecía autocumplida, como dije, que enviaría a Fukuyama al
infierno de los analistas y convertiría a Huntington en una especie de profeta
judío de Harvard.
Un escenario de pavor...
Sin duda. Agreguemos que, incluso en una eventual guerra de
civilizaciones entre Occidente y el mundo islámico, habría posibilidades de un desarrollo
peor: el de su mutación a una guerra entre el Occidente desarrollado y los
países pauperizados (The West against
the rest).
La sabiduría política consiste, entonces, no sólo en definir
operaciones militares limitadas, evitando el “derrame” de la sanción, sino en
tratar de desmontar eficientemente las amenazas mediatas. En atacar la
estructura de injusticias sociales que impera en los países de menos
desarrollo, que termina arrojando a muchas personas en brazos de conductores
carismáticos suicidas.
A ese efecto, no basta con arrojar raciones alimenticias
luego de las bombas.
¿Repercusiones para
América Latina, para países como el Perú?
El Perú ha sido un paradigma de la capacidad de éxito de las
organizaciones terroristas. Baste pensar que la recuperación de la democracia,
tras las dos fases de la dictadura castrense iniciada por el general Velasco
Alvarado, marcó el inicio de las actividades públicas de Sendero Luminoso. El
efecto-demostración de la actividad senderista, por su parte, favoreció la emergencia
de la alternativa terrorista del Movimiento Revolucionario Túpac Amaru (MRTA).
Ambas organizaciones contribuyeron a la ingobernabilidad del país y
favorecieron la emergencia de la dictadura mafioso-terrorista de
Fujimori-Montesinos.
Si el mundo desarrollado hubiera estado atento a lo que
sucedía en el Perú, habría visto el más cabal éxito del terrorismo:
ingobernabilidad, colapso democrático y un gobierno combatiendo al terrorismo
tradicional con el terrorismo de Estado.
Por lo mismo, ese mundo desarrollado debiera tener más
claras su gratitud y sus obligaciones para con los peruanos que, desde la más
profunda vocación libertaria y democrática, derrotaron al fujimontesinismo. Los
países ricos deberían saber lo que les deben a esos luchadores.
Si no hubiera sido por ellos, el Perú se hubiese convertido
en una base estatal-nacional para el terrorismo global. De paso, esto obliga a
investigar con seriedad total los eventuales vínculos de Montesinos con Osama
bin Laden. No creo que cierta frase de Montesinos en un vladivídeo sea un
despiste o un simple “farol” para encandilar interlocutores.
Desgraciadamente, los hechos indican que, así como los
Estados Unidos sostuvieron a bin Laden en sus inicios, en el Perú apoyaron a
Montesinos casi hasta su final. Luigi Einaudi debiera ser interpelado en su
país a este respecto. Por lo dicho, es muy posible que no apoyen, como se
merece, al gobierno vigente de Alejandro Toledo, para que pueda perfeccionar la
gestión de Valentín Paniagua, dejando una democracia más desarrollada y
autosustentable.
¿Autocrítica o cambio
frente al mundo árabe, musulmán?
Sí, categóricamente. La de no entender ni preocuparnos del
conflicto del Medio Oriente y tratar, por ello, de ubicarnos en posiciones
cómodas, equidistantes o de apoyo-rechazo visceral a una u otra de las partes
en pugna.
Es notable comprobar cómo para muchas cancillerías
latinoamericanas el conflicto del Medio Oriente resulta un tema secundario.
Como embajador en Israel, llegué a percibir que, para algunos diplomáticos, su
trabajo en la región era visto casi como un destino menor. A la inversa, los
países desarrollados suelen destacar allí a sus mejores cuadros.
Sin embargo -y paradójicamente-, en el Medio Oriente se ha
venido jugando el destino de la paz y la democracia mundiales. La cumbre de
Camp David de septiembre del 2000, con Clinton como anfitrión, marcó un punto
de inflexión que pocas cancillerías han procesado. En mi libro El Papa y sus hermanos judíos dejo en
claro cómo y por qué ésa fue una oportunidad trágicamente desperdiciada, con
mayor responsabilidad comparativa para Arafat.
Si ni siquiera Bush entendió las consecuencias del conflicto
y optó, en su campaña presidencial, por criticar el protagonismo de Clinton en
este issue, reivindicando tesis
aislacionistas tradicionales. Hoy los Estados Unidos pagan las consecuencias de
haberse “distraído” del conflicto en Israel.
Desde esta perspectiva, no es casual que hoy se estudien a
fondo los métodos israelíes de contraterrorismo -sobre todo en el campo de la
aviación comercial- y se comience a mirar con nuevos ojos la política israelí
de “neutralización preventiva”.
El Perú, Chile y nuestra región deben mirar con nuevos ojos
el conflicto israelo-palestino, para apoyar una solución pacífica, en el marco
del interrumpido proceso de paz iniciado en Madrid en 1991 y formalizado en
1993, con los Acuerdos de Oslo.
¿Qué iniciativas pueden
ser convenientes?
Primero, la más rotunda solidaridad con los Estados Unidos,
por sus víctimas y en tanto país atacado por el terrorismo. No puede haber
neutralidad a ese respecto. Segundo, poner el énfasis en que la fuerza de la
cultura de Occidente –que es la nuestra– está en las libertades y garantías
democráticas que implica. Por tanto, hay que tener cada vez más claridad
respecto de que no se defiende nuestra cultura cercenando libertades,
estableciendo grados permisibles de violación de los derechos humanos o
aceptando, en aras de la seguridad, que la privacidad de los ciudadanos sea
invadida. Por esa vía restrictiva podríamos llegar a una especie de vladiespionaje globalizado,
concediendo un triunfo al terrorismo. Hoy está claro para mí que la negra
premonición de Orwell en 1984
es la de un terrorismo triunfante a escala global, por acción y por reacción.
José Rodríguez Elizondo es periodista.
New York, New York
Gilberto Valdez
¡Ahora prosiga la obra!
¡Maldad ya estás en pie!¡Toma el curso
que quieras!
Antonio
Julio César, acto III, escena II
William Shakespeare
De entre
todas las ciudades que he recorrido en el mundo, más allá de nuestras
fronteras, la más latinoamericana me ha parecido siempre Nueva York, aun
teniendo en mente Madrid o Roma. Y como lo saben muchos de mis amigos, es la
que más me ha evocado a Lima. Ciudad multirracial, de negros y blancos,
amarillos y cobrizos. Ciudad de etnias y lenguas múltiples, de credos diversos,
llena de olores a comida y gente comiendo por la calle. Al mezclarme con ellos,
he sentido que era uno más entre tantos, donde de pronto podía escuchar la
sonoridad de mi propio idioma, multiplicado por los acentos múltiples de
nuestra Latinoamérica.
Si sus habitantes y este color
mezclado han hecho que me sienta como entre la gente de la que soy parte, el
río, sus calles y sus edificios, sus parques y museos, me han fascinado. La he
recorrido en todas las estaciones del año y he vuelto una y otra vez a las
mismas esquinas para mirar hacia arriba y descubrir que la estética de esta
ciudad nace de la reiteración de sus formas abrumadoras, de sus líneas rectas y
quebradas, del sol que se refleja en sus cristales y de las formas que se
repiten hasta el infinito en paredes que parecen espejos. Este despliegue de
formas gigantescas, por muy
sorprendente que parezca, no resulta invasivo ni claustrofóbico, porque
sobrevuela por encima y cada quien puede abstraerse de ellas simplemente
alejando la vista y, al hacerlo, volver a encontrarse con este mundo familiar y
multifacético.
Pues bien: parte de la
consternación que experimento en este instante es que, al agredir a Nueva York,
quienes conocen un solo pensamiento, una sola idea y una sola verdad han
agredido en un solo acto a esta sobreposición de espacios donde la diversidad
campea, lo múltiple alimenta la unidad y la profusión de lenguas establece
formas de comunicación que destierran permanentemente a Babel. Y, como es
obvio, han agredido a las personas que han construido esto, también diversas y
distintas, aun en sus procedencias. No en vano se cuentan ochenta
nacionalidades entre las víctimas.
El ataque a Nueva York y Washington carece de justificación.
Tiene seguramente múltiples explicaciones. En estos días he leído reiterados
artículos que de manera simple o sesuda y barroca han dicho más o menos algo
como esto: “ya era hora de que a los
norteamericanos les pasara algo así”, o “también, con todo lo que han
hecho...”. Suscribir este enfoque es adherir sin más a la ley taliónica: “ojo
por ojo, diente por diente”. Y de lo que se trata justamente es de desterrar
esta práctica vengativa, quizá una de las mayores impulsoras de la violencia
entre nosotros.
La oposición a anteriores actos de violencia tiene su prueba
de fuego en la oposición sin matices a éste. No hacerlo ahora debilita
adicionalmente cualquier acción a futuro que busque el establecimiento de un
sistema donde la justicia, y no las represalias militares, sea el instrumento
de prevención y enjuiciamiento de actos como el del 11 de septiembre. Es
también ésta la mejor manera de prevenir el incremento de la violencia que será
una de las características de los tiempos que se vienen.
Pero a estas alturas nadie debe dudar de que la guerrilla
del presente milenio, especializada ya en la crueldad, como Sendero Luminoso, o
en atacar por la espalda, como ETA, ha despojado de sus ropajes el componente
suicida de toda acción violenta y ha abierto una nueva ventana en el modo de
ejercerla: su mortífera masividad.
Detrás de los aviones convertidos en proyectiles letales
asoman sus muecas siniestras, las armas nucleares y los elementos químicos, y
la posibilidad de convertir cualquier lugar de reunión de personas en un
potencial campo de exterminio. Hasta ahora, los lugares siniestros estaban
confinados a un espacio geográfico determinado y sus víctimas eran conducidas
allí. Pero hoy, Auschwitz, la Escuela de Mecánica de la Armada o los Gulags se
llevan adelante por sometimiento y encargo, son móviles y se realizan a
domicilio.
Sí creo que hay que enfrentar
firmemente la prédica del odio de cualquier signo y de cualquier sector. Cuando
en un tercer país se prohíbe utilizar palabras de un idioma que no es el
nuestro, manifestación clara y no siempre repudiada de xenofobia, se tiende a
pensar que la medida es correcta, porque creemos en el fenómeno de la invasión
cultural. No nos damos cuenta de que nuestra lengua también está proscrita por los
que llevan adelante tal prohibición. De la misma manera, podemos pensar que
este conflicto es con Estados Unidos. Nosotros estamos libres de cualquier
peligro.
Una primera y sencilla respuesta la podrían dar quienes han abordado
un avión en estos días. Nadie recuerda a Bertolt Brecht. El enemigo al que se
quiere eliminar es “la cruzada judeo-cristiana”. La esperanza del “yo no soy”
debería perderse cuando se descubre que quien determina la filiación es el que
estrella la nave.
El odio y la violencia existen desde que el hombre es
hombre. Están presentes en todas las épocas, en todos los grupos, sin
distinción de raza, condición social o filiación política y religiosa. Libros
realmente fundadores de nuestra cultura, como son La Ilíada, La Odisea
y la Biblia lo retratan en
abundancia. La guerra de Troya y el enfrentamiento del hombre con Dios y de los
hombres entre sí llena las páginas de ambos libros. El odio, por la naturaleza de
su origen, se dirige de preferencia hacia lo diferente, lo distinto, lo
autónomo, lo heterogéneo y plural. Hacia aquello que de pronto se descubre como
independiente, que no está al servicio de la satisfacción inmediata del que
demanda. Luego seguirá distintos caminos mezclado con otras fibras de la
persona, y con sus obras y producciones, pero a lo largo de la evolución del
hombre y la cultura ha encontrado expresión en dos de sus más valiosas
manifestaciones: la religión y la política. Esto sucede cuando ambas se
vinculan al Ideal insaciable, que lleva dentro de sí la huella de la terrible
afrenta del descubrimiento de la contingencia y lo perecedero.
A partir de ahí, a la manera de un ovillo, el odio construye
sus razones y justificaciones para desplegar no la riqueza de la palabra, sino
la contundencia de la acción, imprevisible siempre en sus consecuencias, ideada
por una mente en la que la locura consiste en la definitiva convicción de que
los distintos, al no ser semejantes, están fuera del núcleo elegido y, en
consecuencia, no han alcanzado la condición de personas. Por lo tanto, no
merecen la existencia. Lo que no se percibe es que la despersonalización, a la
manera de un Alien, radica dentro de los iniciados, y esto es lo que hemos
podido observar en los impávidos y solemnes depredadores, que no han encontrado
mejor idea que quitar la vida a otros para asegurarse la eterna para sí.
Cuando se infiltra en la acción política, el odio es el
motor principal de la violencia ejercida contra el otro. De esta manera, la
política deja de existir. La violencia política alcanzó su expresión más
depurada en el Terror en la Revolución Francesa y logró estatuto conceptual en
las teorías filosófico-políticas del siglo XIX. Quedaba abierto el camino para
el despliegue de la violencia, considerada a su vez como modo privilegiado de
transformación. Fue así que la política se alejó de su esencia como creadora de
consensos productores de poder verdadero. Pero éste es un emprendimiento social
de gran envergadura. Por ello la gran tentación parece surgir del encuentro de
un personaje que se presenta como el elegido y un grupo de personas dispuestas
a creerle y a abandonarse a él. En este caso, lo político y lo religioso se
fusionan. Las verdaderas tragedias sociales que han sucedido en el siglo pasado
bajo estos presupuestos parecen no
haber sido percibidas. En el origen de estos atentados nos encontramos, casi
con certeza, con el mismo modelo de funcionamiento.
Desde luego que estos hechos plantean dramáticamente al mundo
la perentoriedad de cambios, aunque no estoy muy seguro de que sean los que
anhelan los atacantes. El occidente del norte, rico y opulento, no podrá
subsistir rodeado por un cinturón de miseria global. Esta miseria, como hecho
social, es absolutamente inmerecida para cualquier ser humano y produce heridas
profundas –las psicológicas incluidas– en quien la padece. Constituye un telón
de fondo insoslayable, aunque los hechos que nos ocupan no parecen tener allí
la referencia principal.
Lo sucedido tiene una motivación fundamentalmente religiosa,
y religiosa es su intención: se trata no de confrontar políticamente, sino de
castigar. Por eso la crueldad y la radicalidad cancelatoria de lo hecho es
obra, más que de una institución política, de un grupo de iluminados por la
convicción omnipotente y paranoide de que el otro y el mundo que ha construido,
en cuanto se muestra como tal, representa el mal y, por lo tanto, es pasible de
ser destruido.
¿Qué decir ante esto? No se puede responder con muerte a la
muerte. Todo país tiene derecho a defenderse y a garantizar la seguridad y el
bienestar de sus ciudadanos, pero creo entender que la respuesta militar puede
producir más sufrimiento y horrores que soluciones. De la experiencia peruana
de los ochenta/noventa hay mucho que aprender.
¿Qué nos queda, entonces? En verdad, mucho. Los ideales de
justicia y solidaridad, de abolición de las desigualdades económicas y del
establecimiento de la fraternidad, no han perdido vigencia y están por hacerse.
Tampoco nuestra convicción de que sea la justicia y no la venganza la que
presida la insoslayable tarea de buscar a los responsables de esta tragedia y
establecer las sanciones que correspondan.
Gilberto Valdez es psicoanalista.
11 de setiembre y América Latina
Peter Hakim
Apenas perceptible en los Estados Unidos, en América
Latina se han producido desde el 11 de setiembre agudas polémicas, sea en el
Parlamento, la prensa o las universidades, e incluso en manifestaciones
públicas, respecto de si los gobiernos de la región deberían apoyar, condenar o
permanecer neutrales en la campaña de Washington contra la red terrorista de Al
Qaeda.
Mientras
estos debates ofrecen algunas serias y profundas reflexiones, también revelan
que subsiste un sentimiento contra los Estados Unidos, un fenómeno otrora común
en América Latina, pero que había cambiado ampliamente después de la Guerra
Fría y de que la región pasó a la democracia.
En años recientes, las relaciones entre Estados Unidos y
América Latina han sido mucho más cercanas y cooperativas. En cumbres que ahora
se celebran periódicamente, los jefes de Estado del hemisferio se refieren
frecuentemente a sí mismos como una comunidad de democracias. Un régimen de
libre comercio que vincule a todos los paíss americanos está a la vuelta de la
esquina.
Pero estos cambios no han sido claramente suficientes para
eliminar los sentimientos antiyanquis, que sobreviven debido a agravios que
quizá no parecen muy relevantes actualmente, pero que ahora se hacen
familiares:
– El arrogante y frecuentemente autosuficiente uso de la
fuerza que ha empleado Estados Unidos. Aún se citan sus acciones en Vietnam y
el bombardeo de Hiroshima, así como muchas intervenciones en América Central,
México y el Caribe.
– El
permanente apoyo a la tiranía y represión en América Latina, que puede
demostrarse por el respaldo a Somoza, Pinochet y otros dictadores, así como sus
ataques a regímenes “populares” en Guatemala, Chile, Cuba, Nicaragua y varios
otros lugares.
– La
promoción que Estados Unidos hace del libre mercado y de una globalización
orientada a beneficiar a las transnacionales, que vuelve a los Estados Unidos
más ricos y mantiene en la pobreza a los países latinoamericanos.
Hasta ahora, estos sentimientos no han afectado las
decisiones de los gobiernos latinoamericanos.
Todos ellos, incluida Cuba, han condenado los ataques. A iniciativa de Brasil, los miembros de la
OEA (de la que solamente Cuba está excluida) han acordado invocar el TIAR, un
tratado de 1947 muy poco empleado, para respaldar a los Estados Unidos. Ahora, los gobiernos latinoamericanos han
apoyado abrumadoramente la campaña de bombardeos sobre Afganistán.
Es claro que ningún gobierno latinoamericano quiere un
conflicto con Washington. Todos ellos reconocen los beneficios políticos y económicos
de cooperación con la única superpotencia del hemisferio. Pero el precio de la
amistad con los Estados Unidos ha subido desde el 11 de septiembre.
Washington desea contar con los gobiernos latinoamericanos
para que en sus propios países rastreen a grupos terroristas ligados a la red
de Al Qaeda y detener sus acciones para obtener fondos y transacciones
financieras. Se les requerirá asumir acciones de inteligencia más eficaces y
aplicar la ley de manera más estricta.
Esto, a su vez, puede requerir, como sucederá en los Estados Unidos,
cambios legislativos e inclusive constitucionales en algunos lugares. También se pedirá a los países trabajar de
cerca con sus contrapartes norteamericanas que con frecuencia resultan… México (y también Canadá) tienen la adicional carga de cooperar
con Washington para fortalecer la seguridad a lo largo de sus miles de
kilómetros de frontera. El gobierno de Estados Unidos también querrá el apoyo
latinoamericano para medidas que fortalezcan la capacidad de las Naciones
Unidas y otras agencias internacionales
para enfrentar el terrorismo.
La oposición local a las acciones norteamericanas puede
hacer difícil, al menos para algunos de los gobiernos de la región, cooperar en
estas medidas, particularmente si la oposición se extiende y se hace más
abierta conforme se intensifiquen las operaciones militares norteamericanas. El
liderazgo político de América Latina enfrenta la difícil prueba de balancear
entre la opinión pública y las continuas demandas de Washington de respaldo a
sus acciones antiterroristas.
Inclusive sin moderar mucho sus demandas, Washington puede
hacer más fácil la cooperación. Debería
mantener sus esfuerzos en el plano multinacional, tanto como sea posible. La
administración de Bush dio un buen paso cuando obtuvo el respaldo de las
Naciones Unidas para sus acciones antiterroristas. Su éxito en construir una
coalición internacional ha sido también positivo.
En segudno lugar, los Estados Unidos no pueden esperar que
los líderes democráticos latinoamericanos ignoren a la opinión pública o violen
las leyes nacionales. Tampoco pueden insistir en que todos los países
latinoamericanos respalden todas sus acciones o intenten complacer a los
Estados Unidos en cada momento. Bush y sus asesores harían bien en evitar expresiones
maniqueas como ”ustedes están con nosotros o contra nosotros”.
En tercer lugar, Estados Unidos tendrá más posibilidades de
conseguir el respaldo de América Latina para sus propios intereses si la
administración de Bush mantiene su atención en las políticas que se refieren a
la región. Es fundamental que el jefe de Negociaciones Comerciales, Robert
Zoellick, obtenga facultades para promover los acuerdos de comercio y otras
iniciativas conexas. El Gobierno
debería mantener sus esfuerzos por consolidar las relaciones con México,
enfrentando los problemas migratorios y otros asuntos bilaterales
fundamentales. Estados Unidos debería mantener su respaldo a los esfuerzos de
Colombia para enfrentar su propia forma de terrorismo. El Departamento del Tesoro
debería hacer mucho más de lo que hace para ayudar a detener el deterioro
económico de América Latina, especialmente para evitar el colapso económico de
Argentina, que se difundiría por la región.
Nada de esto hará mucho para reducir el sentimiento contra
los Estados Unidos en América Latina, pero promoviendo mayor cooperación harán
más fácil que los otros gobiernos del hemisferio se unan a los Estados unidos
en la batalla contra el terrorismo internacional.
Peter Hakim, es presidente del Diálogo Interamericano
de Washington D.C.
El mundo desde Maniatan
José Luis Rénique
Septiembre 28: Sentados en la ribera del río Hudson, exactamente al
frente de donde quedaba el World Trade Center, Inés propone cerrar los ojos por
un momento: “de repente al abrirlos las torres están ahí todavía, porque todo
esto era nada más que una pesadilla”. El día es diáfano y podemos ver a la
distancia las huellas de la explosión, las grúas, la montaña de escombros.
Zarpan del Battery Park barcazas cargadas de tragedia.
– ¿Qué les ha hecho Estados Unidos
a esas personas para que nos odien tanto? –pregunta Inés. Sus preguntas son
frescas aunque también viejas: nacidas del desastre recientísimo, exentas de
historia, habitadas, sin embargo, por el rumor antiguo de los odios y las guerras.
Para ella, a sus 6 años, como para mí, a los 48, el 11 de septiembre es un
parteaguas vital.
Septiembre
29: A casi tres semanas de ocurridos los hechos, los más apocalípticos
vaticinios sobre las represalias no se han cumplido. Afganistán, según ellos,
habría sido sepultado ya por la misilería norteamericana y la tercera guerra
mundial estaría en curso: un “choque de civilizaciones” de proporciones
inconmensurables. Las declaraciones –torpes y matonescas– de Bush a inicios de
la crisis, avalaron dichas predicciones. El mundo rehén de los deseos de
venganza de una nación arrogante y poderosa. Fue en su discurso ante el
Congreso en que pude advertir la posibilidad de un cambio. La voluntad de
incluir a diversas audiencias, de delinear el perfil de un conflicto aún por
definir. Para un viejo amigo de Lima –donde me encontraba por esos días–, el
discurso de Bush, no obstante, no era sino una pieza de retórica fascista.
Fascismo con rostro musulmán es, por contraste, como Chistopher Hitchens, de la
izquierdista revista The Nation,
ha denominado a la Al Qaeda de bin Laden. Las palabras van envejeciendo con el
correr de los días.
Septiembre
30: Mi primera incursión a Manhattan
en dos meses y medio. La ciudad festiva e indolente que dejé a mediados de
agosto es, a fines de septiembre, una urbe embanderada; como nunca embargada
por un vasto sentimiento patriótico. Hay por todas partes recordatorios
fúnebres. El dolor es uno solo, no así sus derivaciones prácticas. En una
ceremonia masiva en Union Square en días pasados el mensaje era: queremos
justicia pero no venganza. Un lema por entero diferente –“Today we mourn,
tomorrow´ll kick asses” (“Hoy lloramos, mañana patearemos traseros”)–, inscrito
en una camioneta embanderada, nos recuerda el horrible rostro del jingoísmo y
la soberbia. Por todos lados, las contradictorias expresiones de un patriotismo
de melting pot. Se cuentan por
cientos los actos hostiles contra personas de origen árabe. La prensa de ayer
conjetura si la muerte de un tendero árabe, en California, es un crimen de odio
o un delito común. Miles de árabes han respondido al llamado de la CIA y del
FBI solicitando intérpretes y traductores. Es nuestro deber de buenos
americanos, ha declarado un dirigente de la asociación árabe-americana. Del
Presidente al alcalde local, las autoridades han insistido en que la cuestión
no es contra el Islam sino contra los terroristas. El propio Bush se ha animado
a declarar que el Islam “es una religión de paz” y a descalificar como
blasfemos a sus practicantes armados.
De la derecha cristiana no sólo a
los enturbantados, también los gays,
a los radicales, a los pacifistas y a los migrantes en general se les ha
querido endilgar su cuota de culpa en la tragedia del 11. La esposa del
vicepresidente ha dicho que antes que multiculturalismo, los chicos deberían
recibir lecciones de patriotismo. De Nueva York ya varios se lanzaron a
refutarla. En la TV, la célebre Susan Sontag recordaba que todas las guerras,
en este país, habían sido ardorosamente debatidas y que ésta no podía ser la
excepción. Pero ya ha habido al menos un caso de un redactor despedido por
criticar al Presidente. Los almacenes Walmart informan que han batido sus
marcas de ventas de parafernalia patriótica. Los mexicanos que vendían flores
en un cruce cercano a casa venden ahora banderas de barras y estrellas, y en
Cosmos –un conocido almacén de productos latinoamericanos en la populosa
avenida Bergenline de Union City– regalan “una bandera de tu país” por la
compra de una “bandera americana”.
Y anécdotas al margen, un hecho
macizo: de más de 60 nacionalidades procedían los cerca de 5000 muertos en las
torres; de unos 300 a 400 desaparecidos acaso jamás se tenga registro: eran
indocumentados. En mi recuerdo, el World Trade Center, una especie de colmena
multicolor y multilingüística; el universo resumido en dos columnas tan
espectaculares como sin gracia, convertidas hoy en el símbolo máximo de esta
Norteamérica herida.
Octubre
2: A tres semanas del ataque, la guerra
en curso sigue aún sin definirse. Los ultimátums han ido y regresado. Los
europeos se han embarcado con todo en el esfuerzo guerrero. Se perfilan los
contornos de una gran coalición antiterror. Veinte años de alineamientos se
pulverizan en cuestión de horas: Putin, Pekín, y aun Castro, han manifestado
diversos grados de apoyo. Surge, contra las posiciones más duras, un cierto
consenso de tono moderado: tendrá que ser una guerra de nuevo tipo. Quien
conozca algo del mundo árabe –escribe Nicolas Lemann en The New Yorker– opina que un golpe mal planeado que provoque
víctimas civiles inocentes sin afectar a los verdaderos culpables, como los
ataques previos contra Osama bin Laden en 1998, convertirá a éste en
un problema peor.
Será –sostiene el secretario de Defensa Rumsfeld– una larga guerra en la
sombra. Disidentes y radicales locales advierten en todos los tonos de las
letales consecuencias de reincidir en el viejo estilo. No logran, sin embargo,
esbozar un visión común. ¿Será posible lanzar un movimiento por la paz sin
olvidar la sangre aquí derramada, una reedición de los setenta?
Octubre
5: En el umbral de la guerra, mirando
al mundo desde su epicentro, las preguntas, más que cualquier certeza, definen
mi ánimo. Un compatriota verbaliza, por el teléfono, la más dramática de todas
ellas: ¿no será mejor no estar aquí para cuando comience el ataque? Tras ella,
el cuestionario fluye incontinente: ¿y qué forma tomará el ataque?; ¿y cuál
será la réplica de Al Qaeda?; ¿llegará a ser éste, como dicen, un conflicto
civilizatorio?; y si es así, ¿dónde deberían estar nuestras lealtades? ¿Son
Bush, Blair o Putin los representantes legítimos de una causa universal que se
superpone, en este caso, con la defensa del llamado “Occidente”? ¿Hay algo
digno de ser defendido en esta sociedad multiétnica que Nueva York representa
frente al atavismo milenarista en que se sustenta el terror de Al Qaeda? ¿Será
la batalla que ahora comienza una acción de policía global contra una red de
delincuentes terroristas o algo mayor, una segunda guerra fría más sangrienta y
prolongada o una tercera guerra mundial con reverberaciones de guerras médicas
y epopeyas tamerlánicas? Y a fin de cuentas, a nosotros, ¿qué lugar nos
corresponde en todo esto?
Octubre
6: “Si preguntan, les van decir que
son cosas de grandes, pero ustedes deben insistir en que tienen derecho a
saber. Y si les dicen que no estamos en peligro, no les crean, porque sí lo
estamos, y pidan que les expliquen bien qué es lo que tienen que hacer.” Así de
pedagógica, Linda Elerbee se dirige a su audiencia infantil por la TV.
Inés me interroga una vez más con
la mirada. Desde la casa vemos, cruzando el Hudson, el Empire State, iluminado
con los colores de la bandera norteamericana. Hacia la derecha, a la distancia,
el hueco negro del World Trade Center, epicentro quemante de la historia de
estos días excepcionales. “Todos nos vamos a acordar siempre del 11 de
septiembre –comenta Inés–, menos unas personas.” “¿Quiénes?” –replico con
cierta intriga. “Los terroristas” –responde–, “porque tienen la cabeza ocupada
pensando adónde y en qué momento van a hacer cosas peores.”
Octubre
7: El día, seco, soleado pero no caluroso, es perfecto para visitar el
bello Jardín Botánico del Bronx. La noticia del bombardeo altera por completo
los planes. De inmediato Blanca Rosa –corresponsal de una cadena televisiva–
parte a ocupar su puesto de combate. Armada de lápices de colores, Inés corre
al escritorio de donde vuelve con una bandera de barras y estrellas que insiste
en colocar en la ventana. Manhattan, curiosamente, luce más normal que nunca.
La calle 42, más llena de turistas que en días previos; el Parque Central,
sereno y bello como en sus mejores días: las novias japonesas retratándose en
el Great Lawn, los niños trepados sobre la cabeza broncínea de Alicia, la del
país de las maravillas; el Museo Metropolitano con la multitud de siempre.
Un viento frío recorre la ciudad
al caer la tarde al tiempo que se emite el mensaje de nuestro némesis de turno:
América, la pecadora, ha recibido su castigo. No volverán a sentirse seguros
hasta que nosotros nos sintamos seguros en Palestina. “La batalla será decisiva
y será una guerra entre el Islam y los infieles”, complementa su socio Suleiman
Abu Gehiz.
Ellos, como Bush, dicen tener a
dios de su lado. Busco entre las informaciones indicios de que ésta sea, en
efecto, una “nueva guerra”. No los encuentro. Me harto de la monotonía de la
TV. La Internet, por el contrario, hierve de fiebre polémica. Desde Lima, juega
al Spengler andino un viejo compañero de facultad: América y sus aliados se han
visto forzados a iniciar una escalada bélica que recuerda las luchas de la
antigua Roma contra los bárbaros germánicos. También era difícil imaginar que
el Coliseo Romano llegaría a ser una ruina. Ha terminado el “sueño americano”.
Y en ese conflictivo marco –continúa–, “bien metidos en la periferia”, como los
pueblos germanos, nosotros –los peruanos– “a la larga
podremos beneficiarnos de los enfrentamientos entre Oriente y Occidente. Porque
en circunstancias como éstas, el hecho de estar en el otro extremo del mundo
puede significar la diferencia entre sobrevivir o desaparecer”.
El Perú, suspendido en el aire, ni
Oriente ni Occidente, simplemente el Perú; como en los mitos, escenario de un
posible nuevo comienzo. ¿Spengler andino o Nostradamus criollo? La distancia
permite reflexionar en términos de años
o décadas. No hay tiempo aquí para fatalismos historicistas. Hoy como ayer, la
guerra encabrita las pasiones y agita la imaginación; y con ello, del
crepúsculo del fenecido siglo de la modernidad resurge el rumor –sensual,
atávico y peligroso– de las nunca obliteradas sensibilidades milenarias.
Octubre
8: He visto la faz absurda de la
guerra en el rostro de una jovencita de la Guardia Nacional a la entrada del puente
que separa Manhattan del barrio de Queens. Esa marcialidad sobreimpuesta, el
eco todavía fresco del tobogán y la papilla, empaquetado en camuflaje y
herramientas de matar. Un detalle apenas. Lo suficiente para erizarme. Cuarenta
mil efectivos de la Guardia Nacional, dicen, se han desplazado por la ciudad.
La cobertura local se hunde cada vez más en la rutina. No capturan, me parece,
la excepcionalidad del momento. ¿Censura o control? No lo creo. Doblegamiento,
en todo caso; el espíritu de guerra patriótica que envuelve a este país por
tres semanas ya.
Al vientre de un cazabombardero
entra un obús con una frase escalofriante: por los bomberos y los policías de
Nueva York. ¿Ha comenzado la venganza? Un jet militar vuela bajo sobre
Manhattan, acrecentando mi sensación de encierro. A mano queda la autopista
virtual. ¿Qué autoridad moral puede tener –pregunta un amigo desde Lima– un
orden internacional que en el 2000 gastó 780 mil millones de dólares en
armamento cuando con sólo 6 se podría haber dado educación básica a todo el
tercer mundo y con 13 más solucionado todas sus necesidades básicas:
alimentación, salud, vivienda? “Qué maravilloso sería” –continúa– “que entraran
los chicos buenos a las montañas y tomaran a bin Laden y lo llevaran a casa,
para ponerle su traje naranja y encerrarlo en una cárcel ascéptica con TV y
tres comidas nutricionalmente balanceadas al día.”
En Latinoamérica, la prensa más
crítica, progresista e izquierdosa bulle entre la desconfianza y la denuncia.
“El terror de bin Laden, personaje creado y entrenado por la CIA, es hoy
opacado por los bombardeos de sus creadores contra un país pobre e indefenso”,
escribe Adolfo Gilly en La Jornada
de México. Pareciera cancelarse el beneficio de la duda que “el coloso del
Norte” ha gozado desde el 11 de septiembre. Una sola palabra sintetiza ahora
–para estos críticos– el sentido último de la agresión a Afganistán: petróleo.
¿Sabía usted –inquiere Luis Hernández Navarro en La Jornada– que antes de entrar en la Casa Blanca, Condoleezza
Rice –consejera nacional de Seguridad y una de los más prominentes halcones del gobierno estadounidense–
integró el directorio de la poderosa empresa petrolera Chevron? En Miami,
mientras tanto, un segundo caso de contagio de antrax pone al país con los
pelos de punta; se agotan las máscaras antigases, aunque los especialistas
adviertan, una y otra vez, que de nada servirían frente a un ataque químico.
A las 4 de la tarde, Gaby –la niña de al lado, nacida
un mes antes que Inés– comienza su práctica de piano. Lleva varios días
intentando tocar “God saves the Queen”. Me trae memorias de mis profesores
escoceses del Colegio San Andrés de Lima, sus recuerdos de la guerra, el
documental aquel que nos pasaron mostrando a Churchill demandando blood, sweat, and tears del pueblo
inglés. Historias de caballeros andantes, pienso, frente a la suciedad de la
guerra de hoy. En el piso de abajo, Inés abriga sus barbies con la misma frazadita con que la trajimos a esta casa
del New York University Medical Center. “I´m a survivor, I´m gonna make it,
keep on surving” (“Soy una sobreviviente, voy a lograrlo, sigue sobreviviendo”)
–el hit de Destiny’s Child–,
canta ella mientras juega, felizmente ajena a la angustia globalizada que,
infelizmente, embarga a su padre en el piso de arriba (10 de octubre del 2001).
José Luis Rénique
es historiador.
Un hombre que murió 6000 veces
Hubert Lanssiers
El
asesinato de 6000 personas inocentes provocado por el atentado contra las
torres gemelas de Nueva York ha sido calificado de crimen contra la humanidad
y, sin duda alguna, lo fue –sobre todo si es cierto que costó la vida a
personas de 78 nacionalidades diferentes–; sin embargo, si las estadísticas dan
cuenta de la magnitud de la masacre, nos ofrecen una idea falsa de lo que
realmente pasó. Quiero decir que la “humanidad” es una abstracción y por lo
tanto borra lo atroz de las tragedias individuales, las coloca púdicamente en
la neblina de las generalidades. Prefiero decir que fue un hombre que murió
6000 veces.
Por eso es que yo soy una víctima,
cada uno de nosotros lo es, y llevamos nuestro propio luto y el luto de lo poco
decente que subiste en el planeta.
Felizmente, en medio del caos, de
la desesperanza y de la ciega abominación, algunos salvaron el honor y la
grandeza de la especie y nos dejaron en herencia un ejemplo de dignidad: fueron
los pasajeros del avión secuestrado que se alzaron contra los asesinos y los
policías y bomberos que se precipitaron en el infierno para rescatar a
perfectos desconocidos. Estos héroes, porque lo son en el sentido más estricto
de la palabra, desmienten categóricamente el concepto –demasiado simplista– que
tenemos del americano común y corriente según el cual el dinero constituye el
valor supremo: one day, one dollar.
El 11 de septiembre, este día de
la infamia, debería incitarnos a una introspección profunda, a una revisión de
la historia y de los mitos, al reajuste periódico de teorías anticuadas, a la
búsqueda de un constante equilibrio mental. Este patriotismo furioso que se
apoderó de los norteamericanos, furia atizada por el mismo Presidente de la
República y algunos halcones de su gabinete con vocación de buitres, estos
lemas matonescos de America, love it
or leave it, “estamos en guerra”, “quien no está con nosotros está a
favor de los terroristas”, “justicia infinita”, esta persecución delirante
contra grupos étnicos sospechosos de ser sospechosos, estas manifestaciones que
contradicen el mismo american way of
life y la Constitución han sido rápidamente reemplazadas por united we stand y “seguridad perpetua”
y se ha clarificado que no estamos en guerra contra el Islam sino contra los
terroristas. Esto no es un detalle, porque las palabras constantemente
repetidas tienen la tendencia a transformarse en imágenes mentales, dinámicas,
que se convierten en acciones. “La guerra... la guerra... a fuerza de invocarla
terminamos por hacerla.” Bush está acorralado por su propia retórica, la
opinión pública reclama fuegos artificiales espectaculares, al igual que bin
Laden, pero cuando se les quita el collar a los perros de la guerra los
mastines se vuelven incontrolables y los animales se apoderan del zoológico.
Los hombres se imaginan que pueden
controlar a su antojo los acontecimientos; los hechos, desgraciadamente,
desmienten esta ingenua pretensión. Lo mismo sucede con la técnica que se pone
dócilmente al servicio de buenos y malos. Periódicamente surgen teorías que
tienen la ambición de poner orden en lo que es desordenado por esencia y captan
así la adhesión de la gente que detesta la confusión y se alimenta de ideas
simples.
En un ensayo brillante, Francis
Fukuyama nos anunció el “fin de la historia”, pero su teoría yace bajo los
escombros de las torres gemelas. En su “choque de las civilizaciones”,
publicado hace una década, Huntington argumenta que las grandes convulsiones
que sacudirán el planeta en el siglo XXI tendrán como origen no precisamente la
lucha de los ricos contra los pobres sino la incompatibilidad que existe entre
las diversas civilizaciones. El sueño de una emergencia de la conciliación de
los valores con el respeto de las culturas diversas promovido por la
mundialización no tiene sustancia porque no hay valores universales, y lo más
urgente consiste en forjar una solidaridad occidental capaz de oponerse a las
agresiones inevitables.
La tesis seduce –sobre todo en las
circunstancias actuales–; sin embargo, no habría que olvidar que los conflictos
entre fieles de una misma religión –es decir, de una común civilización– hayan
cobrado tantas víctimas en las últimas décadas del siglo XX. La guerra entre
Irán e Irak entre 1980 y 1990 ha provocado, según el Instituto Estratégico de
Londres, 750 000 muertos, y los imames de ambos campos bendecían a los
adolescentes, a quienes mandaban al camal. En otros términos, las primeras y
más numerosas víctimas del terrorismo islámico fueron los mismos musulmanes.
El conflicto interno en Argelia
añade cada día nuevos nombres a la lista fúnebre que suma ya 100 000 cadáveres.
En el último mes de septiembre se deplora 250 caídos, más que en
Israel-Palestina desde el principio de la segunda Intifada. Todas las
religiones han tenido sus fundamentalistas y sus integristas que se han
apoderado de Dios para santificar sus propias ambiciones. Cuando el hijo y
heredero de Billy Graham proclama que el Islam ataca a los Estados Unidos por
su fe cristiana, peca por ligereza y practica la amalgama con un soberano
desparpajo: no hay que confundir el Islam con sus desviaciones. No son pocos
los versículos del Corán que contradicen a Graham II. “Con los judíos y
cristianos no discutan sino del modo más afable... díganles: creemos en lo que
nos ha sido revelado y en lo que les ha sido revelado. Nuestro Dios y el suyo
es el mismo Dios y le estamos sometidos” (Al-‘ankabut, XXXIX, 46). “No coacción
en religión, la verdad se distingue del error” (II 256), “... Te darás
seguramente cuenta de que aquellos que son más cercanos a los musulmanes por la
amistad, son los que dicen: ‘somos cristianos’...” (Al-Ma‘Ida, V, 82).
Dios logre que los americanos
adquieran un mínimo de humildad, que consideren a los otros países como
partenarios y no como sujetos. Lo que actualmente constituye un handicap para la libertad no es tanto
el ego de los estadounidenses como la nulidad de su diplomacia y la exasperante
yuxtaposición de su idealismo ad usum
internum con el cinismo de su política exterior. Dirigiéndose a los
ingleses en 1075, Gladstone exclamó: “Acuérdense de que la santidad de la vida
en las aldeas afganas cubiertas por las nieves del invierno es tan inviolable a
los ojos del Todopoderoso como nuestras ciudades”. Lo que en realidad
necesitamos en esta época sombría no es una coalición contra una civilización,
sino en su favor. ¿No decía Mahoma en la surata Al-Ma’Ida del 26 de febrero del
632: “los cristianos son los amigos de los musulmanes porque no exsudan
orgullo?”. Inch Allah.
Sobre cómo cubrir periodísticamente los
acontecimientos.
Reportando
el terror
Blanca Rosa Vílchez
¿Cómo cubrir, sin ser
sensacionalista, un ataque terrorista que deja sepultadas a más de 5000
personas? Es la pregunta que ni siquiera tuvimos tiempo de plantearnos quienes
estábamos en el distrito financiero de Nueva York la mañana del 11 de
septiembre último. En mi caso, en circunstancias normales, jamás hubiese puesto
en el aire a un ser humano arrojándose por una ventana. Esto, sin embargo, no
era propiamente un suicidio. Era una secuencia más de un acontecimiento de
proporciones desconocidas, inmanejables: escogían lanzarse al vacío para no
morir envueltos por las llamas. Eran las víctimas de una opción extrema. Conté
para mí misma, antes de quebrarme emocionalmente, al menos hasta 20.
En circunstancias normales, tampoco le hubiese
pedido al camarógrafo que grabase estas escenas. En realidad, no se lo
pedí, pero tampoco impedí que lo hiciera. Cuando vi que apuntaba hacia lo alto
de las torres, sentí que hacía algo hasta cierto punto lógico: acaso más que
suicidas, aquellos infortunados estaban tratando de aferrarse a la vida.
El horror aparecía ante mis ojos y lo vi, más que en ninguna
otra parte, en los ojos de esas personas. El lente nos permitía estar
asombrosamente cerca de ellos. El juego era macabro. La vista que se movía de
izquierda a derecha, que iba entre las llamas y el vacío. Y el vacío, en tales
circunstancias, aún encerraba una brizna de vida. O, si se quiere: la muerte
era inevitable y sólo les quedaba escoger cómo llegar a ella. Una opción humana
en el límite. Ésa era la historia, y eso lo que yo tenía que reportar. Y no me
arrepiento de haberlo hecho. Ni se me ocurrió, de otro lado, obtener imágenes
de sus cuerpos malogrados; eso sí hubiese sido incurrir en sensacionalismo.
Por donde miraba había terror. El terror era el protagonista
de esa mañana dantesca. A veces uno reporta sobre un acontecimiento; otras
veces, las menos y más excepcionales, es un sentimiento el eje de la noticia.
Ésta fue una de esas veces. Y mi instrumento era la cámara y mi memoria. En
medio de la confusión, del caos terrible, del propio miedo, no recuerdo haber
dudado de la pertinencia de registrar tales imágenes. Tampoco después de
haberlas usado. A un purista, en esa ocasión se le habría ido la noticia,
simple y llanamente.
Pero hay otras cosas que ocurrieron ese día detrás de las
cámaras y a las que también vale la pena referirse. El Canal 12 de Nueva York
anunció, a través de un editorial leído en vivo por su director, que ninguno de
sus reporteros usaría en el aire un prendedor de la bandera norteamericana en
la solapa. Las llamadas que recibieron fueron numerosas: televidentes
indignados dispuestos a boicotearlos por su falta de patriotismo, auspiciadores
que los amenazaban con retirar sus comerciales porque no querían “ninguna
conexión entre sus productos y un canal que no respetaba el sentimiento
patriótico nacional”. Las presiones fueron tantas que el mismo director tuvo
que salir al aire a disculparse por sus comentarios “que no querían ofender a
nadie, porque nosotros en esta estación somos muy norteamericanos”.
Otra historia interesante es que a partir del 11 se había
generado un clima inédito de colaboración entre las principales cadenas
televisivas. Todas ellas, en efecto, compartieron sus materiales sobre las
torres gemelas. La camaradería, sin embargo, se evaporó con el correr de los
días, y al momento del contraataque norteamericano ya se había regresado a una lucha
intensa por obtener la exclusividad de los vídeos del bombardeo en Afganistán.
Las tragedias, como toda situación extrema, pueden sacar lo
mejor y lo peor de las personas. Y esto ocurrió también en esta ocasión. Nadie,
si se piensa con cierta objetividad, podía estar preparado para cubrir algo de
proporciones similares. Para mi memoria queda el temple y el coraje de decenas
de reporteros que trataban de sobreponerse a cualquier sentimiento personal
para informar fidedignamente de lo que estaba pasando. Y la intensidad misma de
los hechos hizo saltar las formas escritas y no escritas del reportaje. Pocas
veces, por ejemplo, expresar nuestros sentimientos, más que un exceso, fue una
condición de la cobertura. Y eso, precisamente, hizo de ese trabajo un acontecimiento
excepcional (8 de octubre del 2001).
Blanca Rosa Vílchez es corresponsal
en Nueva York del Noticiero Nacional de la Cadena Univisión.
Desde nuestra "cara" experiencia con el terrorismo
Ernesto de la Jara
En tanto en
esta edición de ideele hemos
logrado presentar una variedad riquísima de opiniones sobre lo que está
ocurriendo a partir de los atentados del 11 de septiembre, opto en estas líneas
por centrarme en lo que podemos decir como país que tuvo que enfrentar durante
más de 15 años un fenómeno terrorista, por más que bin Laden no sea Abimael
Guzmán y que las distancias, realidades y escalas sean muy distintas. Y lo que
podemos decir no lo decimos desde una posición triunfalista, como han
pretendido algunos, que hasta se han ofrecido a ayudar a Estados Unidos, sino
más bien desde la perspectiva de un país que, por sus errores, estuvo a punto
de perecer frente a una organización terrorista.
Los
errores cometidos contra el terrorismo se pagan muy caro
Equivocarse en la manera de
combatir el terrorismo no sólo es ineficaz sino un pésimo negocio, por ser
sumamente contraproducente, pues los errores se convierten en alimento y hasta
en armas a su favor.
En el caso del Perú hay muchos
ejemplos que demuestran que lo que hizo avanzar a SL mucho más allá de toda
posibilidad original, casi violentando la ley de gravedad, fueron las
equivocaciones en la estrategia antisubversiva, como fue el caso de la
represión indiscriminada que puso a la población local entre dos fuegos
equidistantes (el Estado y SL; véase nuestra edición anterior). El que justos
paguen por pecadores no sólo es inmoral sino muy peligroso.
Hay
que buscar los golpes estratégicos (inteligentes)
Es la otra cara del punto
anterior, pero vale explicitarlo. En el caso peruano un solo golpe fue
demoledor: la captura de Guzmán. Como también fueron demoledoras las rondas
campesinas en el campo, después de que se descubrió que era clave
–otra vez– tener como aliado al entorno, a la población local, también víctima
del terrorismo.
Los
ultimátums para acabar con el terrorismo de cualquier forma no conducen a nada
En la línea de lo dicho hasta
ahora, nuestra experiencia nos ha demostrado que frente al terrorismo no
existen las soluciones fáciles, fulminantes e inmediatas. Lo único que logramos
es márketing, pero en el Perú, cada vez que el Perú lo intentó, no sólo se
fracasó sino que fue para peor. Más bien, a veces se logra provocar al
monstruo, que se siente que tiene que actuar para demostrar que el gobierno
fracasó y que está vivito y matando.
El
terrorismo tiene fines “políticos” que hay que entender sin que ello signifique
algún tipo de justificación de lo injustificable
Por más que se trate de
terrorismo, en cuanto a métodos y acciones, repudiables desde todo punto de
vista, a la vez subyacen convicciones muy fuertes (fundamentalismo),
estrategias y objetivos políticos, y, por tanto, hay una “racionalidad” y una
lógica. De nada sirve negarlo, pues la comprensión de esa lógica y de esa
racionalidad será clave.
En el Perú costó mucho que se
entendiera que lo de Sendero Luminoso, a pesar de todo, era violencia política,
y que era un absurdo combatirla como violencia común.
Lo que pasa es que muchas veces
cualquier intento de “comprensión” en términos de análisis es interpretado como
complicidad con el enemigo, lo que hace actuar a ciegas.
Hay
que impedir que el terrorismo se superponga a causas y conflictos reales
Es sumamente peligroso cuando el
terrorismo logra aprovecharse de lo que en el Perú se llamaron las grietas o
fisuras, en el sentido de conflictos políticos, económicos, sociales y
culturales que, por reales, pueden ser fácilmente azuzados, o manipulados,
sobre todo si no hay quién busque impedir que esto suceda. Si algo supo
aprovechar muy bien SL fue la poca presencia del Estado en una zona, o las
contradicciones entre autoridades locales y población en otras, o las
condiciones de marginalidad, o conflictos específicos.
Aplicado esto a los recientes
acontecimientos, significa evitar que las diferencias y enfrentamientos entre
Occidente y el mundo musulmán, o el conflicto árabe/israelí, puedan ser
convertidos en el famoso y peligrosísimo “caldo de cultivo” a favor de quienes
están por el terrorismo como modalidad de acción. Es tiempo, entonces, de
revisar las relaciones internacionales y lo ocurrido en el pasado, con apertura
de mente y vocación de flexibilidad y de autocrítica.
El
punto más vulnerable del terrorismo está en su aislamiento
Esto es