11 de septiembre del 2001: Un antes y un después

Todos sabemos que los espantosos atentados terroristas cometidos el 11 de septiembre en Estados Unidos han marcado un antes y un después para la humanidad.

¿En qué términos definir este antes y después? ¿Qué respuesta podemos ( debemos) esperar de Estados Unidos y cuál de la comunidad internacional? ¿Qué es lo esencial de una respuesta adecuada y qué de una inadecuada?

¿Cuáles son los posibles escenarios? ¿Repercusiones para América Latina, para países como el Perú?

¿Debemos hacer alguna autocrítica o cambio en lo que atañe a la relación con el mundo árabe, musulmán? ¿Qué tipo de iniciativas que pueden tener incidencias respecto de lo que se viene?

Estas son las preguntas con las que ideele invitó a opinar sobre el tema. Antes, cifras y datos que muestran el drama de lo vivido y la gravedad de lo que está ocurriendo, además de  frases que han ido quedando y marcando posiciones.

 

Los jinetes del Apocalipsis cabalgan en el viento

Matilde Ureta de Caplansky

 

De que la psicología de masas existe, ya no cabe la menor duda. De que existe un imaginario radical creativo, tampoco (Castoriadis, Elliot, etcétera).

La palabra japonesa Kami significa dios o diosa en Japón. Para alentar a la gente a luchar eficazmente contra las fuerzas aliadas (en la Segunda Guerra Mundial) por amor al Kami, el gobierno fascista constriñó a casi todos los intelectuales y maestros a educar en forma obligatoria a la población, enseñándoles a creer que el emperador era el Kami viviente.

Alrededor de la misma época se decía que los vientos divinos, llamados Kami-Kaze en japonés (Kaze significa viento), iban a destruir la flota americana. Algunos podrán recordar que los aviones o pilotos japoneses llamados Kami-Kaze atacaban barcos aliados en picadas suicidas cerca del final de la guerra. Los guerreros Kami-Kaze, quienes, se creía, volaban en vientos divinos, eran famosos por su manera aterradora de sacrificarse por el bien de la nación y del emperador sin preocuparse por su propia vida1.

El fundamentalismo suicida que cabalga en el viento no es nuevo, pero sin duda el ataque terrorista a dos iconos de la cultura occidental (que lo eran para mal o para bien) no sólo ha conmovido a millones de seres humanos para quienes, hasta el 11 de setiembre del 2001 (hubo otro fatídico, negro, 11 de setiembre), la probabilidad de una inminente desaparición del planeta Tierra –aun entre los aficionados a la ciencia ficción y las películas de terror– era inexistente e inconcebible. La masacre del World Trade Center marca un punto de ruptura.

Vamos por partes. En el antes de esta tragedia ha sido frecuente el recurso a determinados conceptos relacionados con la globalización, el ecosistema, el efecto mariposa, pero ni siquiera la terrorífica (¿cuál no lo es?) Guerra del Golfo, ni Bosnia, ni los 48 millones de africanos infectados con el VIH, han puesto al mundo en el límite del antes...

El curso de los acontecimientos parece dar razón a Cornelius Castoriadis, psicoanalista y filósofo greco-francés, quien postulaba que los seres humanos tenemos un núcleo de narcisismo “irreductible” que rechaza rotunda y vigorosamente cualquier “extranjeridad”. A juicio de Castoriadis, allí está el origen del odio como afecto y acción. Esto supondría que estamos innatamente incapacitados para aceptar, y menos aún vivir, “lo diferente y distinto” de nosotros mismos. De ahí a la xenofobia o a las cruzadas religiosas en pleno siglo XXI no hay mucho trecho, aun cuando no podemos negar que desde que existe la humanidad (sic) existen las guerras; la paz es rara, ocasional y siempre, por desgracia, muy breve.

Los acontecimientos que mencionamos nos colocan, de forma dramática más que nunca en la historia, ante la posibilidad inminente –no sólo la degradación ecológica y paulatina– de destrucción de la Tierra. El concepto de Clausewitz, que entiende la guerra como simple extensión de la política, suena a barbarie, pero no podemos negar su certeza.

¿La fiesta en paz? Algunas reflexiones psicoanalíticas sobre el comportamiento en el antes

Es importante intentar comprender las grandes y sustantivas diferencias entre dos mecanismos psíquicos, dos de rasgos decisivos en la dramática situación política de hoy: la sublimación y la idealización.  Es propio de la cultura occidental idealizar el modo de vida norteamericano como modelo a ser alcanzado a cualquier precio, mientras los  musulmanes idealizan su religión... también a cualquier costo.

Tanto el modelo imperial como el religioso son, en palabras del filósofo Norbert Elias, producto de una etapa del desarrollo civilizatorio de ambas “culturas”. Ninguna de ellas ha alcanzado el mecanismo psíquico conocido con el nombre de sublimación que permitiría a ambas culturas moldear –interna y externamente– una franja “convivible” en el mismo planeta.

Es interesante ensayar un desarrollo mayor en el concepto de sublimación y sus diferencias con la idealización en el contexto de este antes del atentado, teniendo presente, desde luego, que puede existir una diferencia entre conceptos teóricos a partir de lo observable y otro que, desde la teoría, se imponga sobre lo observable.  En su devenir histórico, el concepto de sublimación quedó atrapado en deslizamientos y omisiones ideológicas. Es un hecho conocido (teórico) que existen cuatro destinos de la pulsión2, y dentro de esta propuesta puede tomarse a la sublimación como una suerte de non plus ultra de la realización pulsional... Sin embargo, la articulación simbólica, presente en los síntomas (por ejemplo, la neuralgia facial representando una bofetada) servirá a la elaboración de las sublimaciones y les brindará singularidad, riqueza y originalidad en su expresión para cada persona.  Esto último debido a que permite el rescate del potencial erógeno, como en el juego, en la creación artística, en el esfuerzo por mantener la fiesta en paz, así como en la convivencia y en la tolerancia y el aprendizaje de y con lo diferente.  Así como decimos del sueño que es el guardián del dormir, podríamos decir que las posibilidades transformadoras de la sublimación pueden constituirse en guardianes del existir con nosotros mismos y los otros dentro de un orden vital posible.

La paradoja –y el reto– del Yo pensante

Sublimación e idealización implican un proceso de elaboración psíquica que separa a la pulsión de sus primeros objetos y la conduce hacia otras direcciones. Sin embargo, sus diferencias no son desdeñables. En la idealización se produce un “vaciamiento narcisista” a expensas de un objeto externo. En la sublimación el Yo renuncia al anhelo de hallar lo ideal en el exterior. La idealización “sirve para sustituir un ideal del Yo propio no alcanzado”; el Yo se vuelve “más modesto”, “a la par que el objeto se hace más grandioso y valioso; al final llega a poseer todo el amor de sí-mismo del Yo, y la consecuencia natural es el autosacrificio de éste. El objeto, por así decir, ha devorado al Yo”3.

La idealización evidencia un fracaso en el intento de modificar las relaciones de objeto primordiales. El simple ideal, en cambio, es constitutivo del narcisismo trófico imprescindible para que se establezcan proyectos. La sublimación nos describe la relación que ha establecido un sujeto con los/sus ideales.  La idealización, cuya instancia primaria es el Yo Ideal, genera inhibiciones o alienación y se diferencia, tenue pero íntegramente, de los ideales por un detalle: los ideales se liberan de la omnipotencia, implican –para decirlo con todas sus letras y el lenguaje psicoanalítico– la aceptación de la castración en el registro identificatorio.

Pensar es crear y no repetir. El deseo, el afán y finalmente la costumbre de no pensar es la victoria de la pulsión de muerte que convierte al pensamiento en una actividad ecolálica, estereotipada, mimetizada con lo idealizado.  Ejercer el derecho a pensar supone renunciar a encontrar otro que garantice absolutamente lo verdadero y lo falso. El Yo pensante no se limita a aceptar una idea –o rechazarla– en nombre del placer o del sufrimiento que resulta de ella; tampoco porque idealice al otro que enuncia. Se instituye una instancia tercera, que desempeñará el papel de garante. Cuando esta instancia se anule (fugaz o prolongadamente), habrá alienación. 

La alienación es la renuncia a todo derecho de juicio sobre el pensamiento propio. Realiza una tentación siempre presente: volver a hallar la certeza excluyendo dudas y conflictos. Quizá ningún sujeto renuncia para siempre a la ilusión de hallar a otro que pueda encarnar su imagen idealizada. Claros ejemplos de esto son el enamoramiento, la hipnosis y, por supuesto, las guerras.

¿Y el después?

Apenas un epitafio posible: ... no existió en este mundo nada más abyecto ni más creativo que la especie humana.

Psicoanalista en Función Didáctica SPP-IPA.

 

1  KITAYAMA, Osama: “La fugacidad: su belleza y sus peligros”.

2   HORSTEIN, Luis: “La vuelta contra sí mismo, la transformación en lo contrario, la represión y la sublimación”, en revista Psicoanálisis. APdeBA, “Los caminos de Eros”. Buenos Aires, febrero, 2001.

3   AULAGNIER, Piera: “La violencia de la interpretación”. Buenos Aires: Amo­rrortu Editores, 1977.

 

La realidad tras las torres de Nueva York

Francisco Igartua

 

Que hubo muchísimo odio y un infinito desprecio por la vida, es el primer comentario que se le viene a la boca a todo aquel al que se le recuerde el acto terrorista que desfiguró el rostro gigante de Nueva York –la Meca del mundo moderno– e hirió el corazón militar de la capital del imperio del siglo que pasó y del que viene, los Estados Unidos de América, heredero de los imperios europeos que dominaron la historia universal de los últimos seiscientos años.

El comentario es exacto. Ha habido sin duda un odio enorme en ese acto terrorista. Sin embargo, luego de calificar debidamente tan descomunal horror, son pocos los que reflexionan y se preguntan a qué se deberá tanto y tan tremendo odio, que llega hasta la ofrenda de la propia vida. Y sabiendo que nada surge por generación espontánea, sin causa alguna, comienzan éstos pocos a repasar la historia que envuelve a los protagonistas activos del hecho, a los árabes que se mataron para matar miles de personas desconocidas, a las que, en bulto, siempre vieron como “los otros” –o sea nosotros– y los árabes, los musulmanes, los hijos de Mahoma, lectores del Corán.

Pero no sólo hay agravios antiguos que separan a Occidente de la Media Luna. Ahora, en estos días, leemos en los diarios y vemos en la televisión la incansable lista de palestinos muertos. Y no hace muchos años Rusia y Estados Unidos, en gesto que, por desgracia, no se ha repetido, detuvieron la masacre de musulmanes que Francia e Inglaterra iniciaban en defensa de sus intereses coloniales en el Canal de Suez. También los muertos y desaparecidos en Bosnia eran mahometanos. Y en Chechenia murieron y siguen muriendo creyentes del Corán, no tantos sin embargo como los cientos de miles de iraquís caídos en la guerra quirúrgica a la que Estados Unidos y Europa sometieron al “insolente” Sadam Hussein, quien pretendió anexarse los pozos petroleros de unos príncipes aliados de Occidente.

La lucha es antigua, muy antigua, y persistente. En el siglo XIV el Islam llegó a las puertas de Viena y antes se había acercado a las de París, espantándose los árabes del hedor de los europeos –que no conocían el baño, dizque por pudor–. En sus réplicas, los cruzados alcanzaron a sangre y fuego Jerusalén, tierras en las que fueron menos tolerantes que los moros en España y que las huestes de Solimán el Magnífico en el corazón de Europa, donde respetaron los templos cristianos y las sinagogas judías. De esas correrías sangrientas quedaron de recuerdo la esplendorosa catedral de Santa Sofía, flanqueada por minaretes, en Constantinopla, y la maravillosa mezquita de Córdova, coronada hoy con la cruz.

Siglos y siglos aquellos, de mutuos agravios y mortandades terribles, que, más tarde, cuando Europa se hizo dueña del mundo, se transformaron en un olímpico desprecio occidental por la civilización que enseñó refinamiento, hidráulica, matemáticas y el lavado corporal a los hijos de los cruzados. Fue una repulsa acompañada de prepotencia colonial y de explotación que alcanzó niveles de escándalo cuando el petróleo se hizo indispensable para el desarrollo de Occidente.

De esos desprecios humillantes y de las añoranzas de pasados esplendores, generadores de odios y resentimientos, añadidos a la grosera explotación del oro negro –en complicidad con príncipes, reyes y sultanes árabes– es que surgen las figuras de Mosadeg y Jomeini, el derrocamiento del Sha de Persia –iluso o interesado abogado de las virtudes occidentales–, las rebeldías de Nasser en Egipto, la OPEP, Irán, Irak, Afganistán, todo un revoltijo revolucionario, con agresiones y desencuentros intestinos, pero con un denominador común: el Corán de Alá y Mahoma, su profeta, frente a los infieles, a “los otros”. La misma Media Luna que un tiempo fue poderosa luminaria frente a Europa.

Ante este milenario enfrentamiento de dos civilizaciones, de dos culturas, de dos modos diferentes de entender el mundo y valorar la vida, la muerte y el orden social y político, ¿valdrán de algo las alianzas que Estados Unidos está haciendo con algunos o muchos gobiernos musulmanes conducidos por príncipes árabes, socios de las multinacionales petroleras, o por gobernantes sujetos al favor del Banco Mundial o del Fondo Monetario? No hay duda de que el terrorismo es abominable y es difícil que pueda negarse a combatirlo quien profese la religiosidad islamita, predicadora del amor y la tolerancia, pero ¿acaso no fue en nombre del dulce Jesús de Galilea que los cruzados masacraron musulmanes y le pusieron a uno de sus santos el apodo de Matamoros, mientras que los seguidores de Mahoma, en nombre de Alá –el mismo Señor de los cristianos y el Jehová de los judíos–, no han dejado de destripar, ayer y hoy, a muchísimos de “los otros”? Desgraciadamente, porque Dios no hace justicia a lo humano y sus designios son un misterio –asunto de fe y no de razón–, toda religión, cuando se fanatiza, olvida a Dios y se entrega a la maldad irracional, paradojalmente en nombre del Dios de paz, bondad y amor, el mismo de los árabes, judíos y cristianos. Al fanatizarse, el religioso se hace tan despiadado e inhumano como cualquier nazi, comunista o kamikaze oriental.

Este es el gran desafío del nuevo siglo, un desafío que enfrenta a hombres racionales y que, por lo tanto, racionalmente deberán conciliar sus milenarias y profundas diferencias culturales y políticas.

Sin embargo, es muy difícil vislumbrar el futuro, ni siquiera el futuro próximo. De lo que sí podemos estar seguros es de que con otra guerra quirúrgica como la desatada contra Irak no sólo no se contendrá al terrorismo musulmán sino que éste se agudizará luciferinamente.

Francisco Igartua es periodista.

 

Antes y después del 11

José Rodríguez Elizondo

 

¿Cómo definir el antes y el después? Es una pregunta clave, pues pocas veces un acontecimiento ha marcado tan nítidamente el “antes” y el “después” de la Historia.

Curiosamente, para nosotros, chilenos, viene a ser una superposición, pues ya habíamos marcado nuestra historia con un 11 de septiembre: el del golpe de Estado de 1973, el de Augusto Pinochet.

En cuanto a los efectos globales del post-atentado, los hay en curso de acción y previsibles. Entre los primeros, obviamente, las operaciones militares en Afganistán, cuya expresión eventual se equilibra en la cuerda floja de demasiados criterios concurrentes.

También se dio, ya, una gran verificación macroeconómica: no es el mercado friedmaniano el instrumento al cual recurre hoy la superpotencia norteamericana, sino a las tesis reguladoras o intervencionistas de J.M. Keynes, tan prematuramente enterrado por nuestros místicos neoliberales. Así vemos a empresarios y gobernantes de los Estados Unidos “interfiriendo” las leyes económicas ortodoxas, para evitar el colapso de determinadas unidades económicas con efectos negativos globales.

A escala nacional, algo similar había ocurrido en el Chile de Pinochet (el “modelo más puro” de neoliberalismo, según los exégetas), cuando la crisis de los años ochenta obligó al Estado a intervenir el sistema financiero.

En otras palabras, vemos que, cuando la crisis aprieta, los responsables de la economía paradigma ponen todo el peso del Estado y de las políticas públicas en la balanza. De paso, esto confirma lo que alguna vez me dijera Paul Samuelson en 1980, cuando lo entrevistara para Caretas: “en una democracia, las tesis de Chicago son puramente académicas”.

Dos reflexiones. Primera, estamos ante el mayor peligro planetario desde la época de la destrucción mutua asegurada de la Guerra Fría. Segunda, parece fascinante comprobar que enfrentamos la posibilidad de que una hipótesis científico-política importante -la de “la guerra de las civilizaciones”, de Samuel Huntington- se convierta en una profecía autocumplida.

Así, una sobrerreacción de la superpotencia -como la que se percibió entrelíneas de los primeros discursos del presidente Bush- pudo ampliar exponencialmente el número de sus enemigos. Pero el riesgo no ha desaparecido, pues ahora depende de que no se produzcan errores o desviaciones graves en la respuesta autocontenida en curso. La focalización de objetivos no garantiza la mantención del conflicto en los límites afganos, básicamente porque al enemigo real interesa que se desborden.

Estados Unidos y sus aliados enfrentarían, en tal evento, no a organizaciones terroristas clandestinas, sino a una base social expandible hasta más de mil millones de personas, representadas por diversos estados nacionales. Sería, prácticamente, la misión cumplida de los terroristas y el éxito de su imagen de justicieros islámicos en lucha contra los infieles, expuesta por Osama bin Laden desde su caverna. De paso, fue como si Huntington le hubiera soplado la idea.

Desde su rol de mártires (suicidas) carismáticos, las huestes de bin Laden estarían apuntando hoy al colapso del régimen paquistaní y preparando disturbios graves en Egipto, Arabia Saudita, Jordania y Turquía. Sin duda, también tratan de desplazar al ya debilitado Yasser Arafat del liderazgo palestino en beneficio de Hamas y Jihad Islámica. Con ello potenciarían una escala enorme del conflicto israelo-palestino (no olvidemos que hoy existen armas nucleares en manos musulmanas y judías). En síntesis, las movidas eventuales del terrorismo de bin Laden apuntan a sustituir el viejo panarabismo por un nuevo panislamismo, arrastrando, además de los ya mencionados, a los dirigentes iraquíes, sudaneses y libios.

Un mal curso de las operaciones en Afganistán empujaría a las democracias occidentales al peor escenario de la Historia, con el terrorismo fundamentalista convertido en el líder de una cultura. Orwell revisitado.

El cumplimiento de esta hipótesis sería un anticipo del Apocalipsis. Una profecía autocumplida, como dije, que enviaría a Fukuyama al infierno de los analistas y convertiría a Huntington en una especie de profeta judío de Harvard.

Un escenario de pavor...

Sin duda. Agreguemos que, incluso en una eventual guerra de civilizaciones entre Occidente y el mundo islámico, habría posibilidades de un desarrollo peor: el de su mutación a una guerra entre el Occidente desarrollado y los países pauperizados (The West against the rest).

La sabiduría política consiste, entonces, no sólo en definir operaciones militares limitadas, evitando el “derrame” de la sanción, sino en tratar de desmontar eficientemente las amenazas mediatas. En atacar la estructura de injusticias sociales que impera en los países de menos desarrollo, que termina arrojando a muchas personas en brazos de conductores carismáticos suicidas.

A ese efecto, no basta con arrojar raciones alimenticias luego de las bombas.

¿Repercusiones para América Latina, para países como el Perú?

El Perú ha sido un paradigma de la capacidad de éxito de las organizaciones terroristas. Baste pensar que la recuperación de la democracia, tras las dos fases de la dictadura castrense iniciada por el general Velasco Alvarado, marcó el inicio de las actividades públicas de Sendero Luminoso. El efecto-demostración de la actividad senderista, por su parte, favoreció la emergencia de la alternativa terrorista del Movimiento Revolucionario Túpac Amaru (MRTA). Ambas organizaciones contribuyeron a la ingobernabilidad del país y favorecieron la emergencia de la dictadura mafioso-terrorista de Fujimori-Montesinos.

Si el mundo desarrollado hubiera estado atento a lo que sucedía en el Perú, habría visto el más cabal éxito del terrorismo: ingobernabilidad, colapso democrático y un gobierno combatiendo al terrorismo tradicional con el terrorismo de Estado.

Por lo mismo, ese mundo desarrollado debiera tener más claras su gratitud y sus obligaciones para con los peruanos que, desde la más profunda vocación libertaria y democrática, derrotaron al fujimontesinismo. Los países ricos deberían saber lo que les deben a esos luchadores.

Si no hubiera sido por ellos, el Perú se hubiese convertido en una base estatal-nacional para el terrorismo global. De paso, esto obliga a investigar con seriedad total los eventuales vínculos de Montesinos con Osama bin Laden. No creo que cierta frase de Montesinos en un vladivídeo sea un despiste o un simple “farol” para encandilar interlocutores.

Desgraciadamente, los hechos indican que, así como los Estados Unidos sostuvieron a bin Laden en sus inicios, en el Perú apoyaron a Montesinos casi hasta su final. Luigi Einaudi debiera ser interpelado en su país a este respecto. Por lo dicho, es muy posible que no apoyen, como se merece, al gobierno vigente de Alejandro Toledo, para que pueda perfeccionar la gestión de Valentín Paniagua, dejando una democracia más desarrollada y autosustentable.

¿Autocrítica o cambio frente al mundo árabe, musulmán?

Sí, categóricamente. La de no entender ni preocuparnos del conflicto del Medio Oriente y tratar, por ello, de ubicarnos en posiciones cómodas, equidistantes o de apoyo-rechazo visceral a una u otra de las partes en pugna.

Es notable comprobar cómo para muchas cancillerías latinoamericanas el conflicto del Medio Oriente resulta un tema secundario. Como embajador en Israel, llegué a percibir que, para algunos diplomáticos, su trabajo en la región era visto casi como un destino menor. A la inversa, los países desarrollados suelen destacar allí a sus mejores cuadros.

Sin embargo -y paradójicamente-, en el Medio Oriente se ha venido jugando el destino de la paz y la democracia mundiales. La cumbre de Camp David de septiembre del 2000, con Clinton como anfitrión, marcó un punto de inflexión que pocas cancillerías han procesado. En mi libro El Papa y sus hermanos judíos dejo en claro cómo y por qué ésa fue una oportunidad trágicamente desperdiciada, con mayor responsabilidad comparativa para Arafat.

Si ni siquiera Bush entendió las consecuencias del conflicto y optó, en su campaña presidencial, por criticar el protagonismo de Clinton en este issue, reivindicando tesis aislacionistas tradicionales. Hoy los Estados Unidos pagan las consecuencias de haberse “distraído” del conflicto en Israel.

Desde esta perspectiva, no es casual que hoy se estudien a fondo los métodos israelíes de contraterrorismo -sobre todo en el campo de la aviación comercial- y se comience a mirar con nuevos ojos la política israelí de “neutralización preventiva”.

El Perú, Chile y nuestra región deben mirar con nuevos ojos el conflicto israelo-palestino, para apoyar una solución pacífica, en el marco del interrumpido proceso de paz iniciado en Madrid en 1991 y formalizado en 1993, con los Acuerdos de Oslo.

¿Qué iniciativas pueden ser convenientes?

Primero, la más rotunda solidaridad con los Estados Unidos, por sus víctimas y en tanto país atacado por el terrorismo. No puede haber neutralidad a ese respecto. Segundo, poner el énfasis en que la fuerza de la cultura de Occidente –que es la nuestra– está en las libertades y garantías democráticas que implica. Por tanto, hay que tener cada vez más claridad respecto de que no se defiende nuestra cultura cercenando libertades, estableciendo grados permisibles de violación de los derechos humanos o aceptando, en aras de la seguridad, que la privacidad de los ciudadanos sea invadida. Por esa vía restrictiva podríamos llegar a una especie de vladiespionaje globalizado, concediendo un triunfo al terrorismo. Hoy está claro para mí que la negra premonición de Orwell en 1984 es la de un terrorismo triunfante a escala global, por acción y por reacción.

José Rodríguez Elizondo es periodista.

 

New York, New York

Gilberto Valdez

¡Ahora prosiga la obra!

¡Maldad ya estás en pie!¡Toma el curso

que quieras!

 

Antonio

Julio César, acto III, escena II

William Shakespeare

 

De entre todas las ciudades que he recorrido en el mundo, más allá de nuestras fronteras, la más latinoamericana me ha parecido siempre Nueva York, aun teniendo en mente Madrid o Roma. Y como lo saben muchos de mis amigos, es la que más me ha evocado a Lima. Ciudad multirracial, de negros y blancos, amarillos y cobrizos. Ciudad de etnias y lenguas múltiples, de credos diversos, llena de olores a comida y gente comiendo por la calle. Al mezclarme con ellos, he sentido que era uno más entre tantos, donde de pronto podía escuchar la sonoridad de mi propio idioma, multiplicado por los acentos múltiples de nuestra Latinoamérica.

Si sus habitantes y este color mezclado han hecho que me sienta como entre la gente de la que soy parte, el río, sus calles y sus edificios, sus parques y museos, me han fascinado. La he recorrido en todas las estaciones del año y he vuelto una y otra vez a las mismas esquinas para mirar hacia arriba y descubrir que la estética de esta ciudad nace de la reiteración de sus formas abrumadoras, de sus líneas rectas y quebradas, del sol que se refleja en sus cristales y de las formas que se repiten hasta el infinito en paredes que parecen espejos. Este despliegue de formas gigantescas,  por muy sorprendente que parezca, no resulta invasivo ni claustrofóbico, porque sobrevuela por encima y cada quien puede abstraerse de ellas simplemente alejando la vista y, al hacerlo, volver a encontrarse con este mundo familiar y multifacético.

Pues bien: parte de la consternación que experimento en este instante es que, al agredir a Nueva York, quienes conocen un solo pensamiento, una sola idea y una sola verdad han agredido en un solo acto a esta sobreposición de espacios donde la diversidad campea, lo múltiple alimenta la unidad y la profusión de lenguas establece formas de comunicación que destierran permanentemente a Babel. Y, como es obvio, han agredido a las personas que han construido esto, también diversas y distintas, aun en sus procedencias. No en vano se cuentan ochenta nacionalidades entre las víctimas.

El ataque a Nueva York y Washington carece de justificación. Tiene seguramente múltiples explicaciones. En estos días he leído reiterados artículos que de manera simple o sesuda y barroca han dicho más o menos algo como esto:  “ya era hora de que a los norteamericanos les pasara algo así”, o “también, con todo lo que han hecho...”. Suscribir este enfoque es adherir sin más a la ley taliónica: “ojo por ojo, diente por diente”. Y de lo que se trata justamente es de desterrar esta práctica vengativa, quizá una de las mayores impulsoras de la violencia entre nosotros.

La oposición a anteriores actos de violencia tiene su prueba de fuego en la oposición sin matices a éste. No hacerlo ahora debilita adicionalmente cualquier acción a futuro que busque el establecimiento de un sistema donde la justicia, y no las represalias militares, sea el instrumento de prevención y enjuiciamiento de actos como el del 11 de septiembre. Es también ésta la mejor manera de prevenir el incremento de la violencia que será una de las características de los tiempos que se vienen.

Pero a estas alturas nadie debe dudar de que la guerrilla del presente milenio, especializada ya en la crueldad, como Sendero Luminoso, o en atacar por la espalda, como ETA, ha despojado de sus ropajes el componente suicida de toda acción violenta y ha abierto una nueva ventana en el modo de ejercerla: su mortífera masividad.

Detrás de los aviones convertidos en proyectiles letales asoman sus muecas siniestras, las armas nucleares y los elementos químicos, y la posibilidad de convertir cualquier lugar de reunión de personas en un potencial campo de exterminio. Hasta ahora, los lugares siniestros estaban confinados a un espacio geográfico determinado y sus víctimas eran conducidas allí. Pero hoy, Auschwitz, la Escuela de Mecánica de la Armada o los Gulags se llevan adelante por sometimiento y encargo, son móviles y se realizan a domicilio.

Sí creo que hay que enfrentar firmemente la prédica del odio de cualquier signo y de cualquier sector. Cuando en un tercer país se prohíbe utilizar palabras de un idioma que no es el nuestro, manifestación clara y no siempre repudiada de xenofobia, se tiende a pensar que la medida es correcta, porque creemos en el fenómeno de la invasión cultural. No nos damos cuenta de que nuestra lengua también está proscrita por los que llevan adelante tal prohibición. De la misma manera, podemos pensar que este conflicto es con Estados Unidos. Nosotros estamos libres de cualquier peligro.

Una primera y sencilla respuesta la podrían dar quienes han abordado un avión en estos días. Nadie recuerda a Bertolt Brecht. El enemigo al que se quiere eliminar es “la cruzada judeo-cristiana”. La esperanza del “yo no soy” debería perderse cuando se descubre que quien determina la filiación es el que estrella la nave.

El odio y la violencia existen desde que el hombre es hombre. Están presentes en todas las épocas, en todos los grupos, sin distinción de raza, condición social o filiación política y religiosa. Libros realmente fundadores de nuestra cultura, como son La Ilíada, La Odisea y la Biblia lo retratan en abundancia. La guerra de Troya y el enfrentamiento del hombre con Dios y de los hombres entre sí llena las páginas de ambos libros. El odio, por la naturaleza de su origen, se dirige de preferencia hacia lo diferente, lo distinto, lo autónomo, lo heterogéneo y plural. Hacia aquello que de pronto se descubre como independiente, que no está al servicio de la satisfacción inmediata del que demanda. Luego seguirá distintos caminos mezclado con otras fibras de la persona, y con sus obras y producciones, pero a lo largo de la evolución del hombre y la cultura ha encontrado expresión en dos de sus más valiosas manifestaciones: la religión y la política. Esto sucede cuando ambas se vinculan al Ideal insaciable, que lleva dentro de sí la huella de la terrible afrenta del descubrimiento de la contingencia y lo perecedero. 

A partir de ahí, a la manera de un ovillo, el odio construye sus razones y justificaciones para desplegar no la riqueza de la palabra, sino la contundencia de la acción, imprevisible siempre en sus consecuencias, ideada por una mente en la que la locura consiste en la definitiva convicción de que los distintos, al no ser semejantes, están fuera del núcleo elegido y, en consecuencia, no han alcanzado la condición de personas. Por lo tanto, no merecen la existencia. Lo que no se percibe es que la despersonalización, a la manera de un Alien, radica dentro de los iniciados, y esto es lo que hemos podido observar en los impávidos y solemnes depredadores, que no han encontrado mejor idea que quitar la vida a otros para asegurarse la eterna para sí.

Cuando se infiltra en la acción política, el odio es el motor principal de la violencia ejercida contra el otro. De esta manera, la política deja de existir. La violencia política alcanzó su expresión más depurada en el Terror en la Revolución Francesa y logró estatuto conceptual en las teorías filosófico-políticas del siglo XIX. Quedaba abierto el camino para el despliegue de la violencia, considerada a su vez como modo privilegiado de transformación. Fue así que la política se alejó de su esencia como creadora de consensos productores de poder verdadero. Pero éste es un emprendimiento social de gran envergadura. Por ello la gran tentación parece surgir del encuentro de un personaje que se presenta como el elegido y un grupo de personas dispuestas a creerle y a abandonarse a él. En este caso, lo político y lo religioso se fusionan. Las verdaderas tragedias sociales que han sucedido en el siglo pasado bajo estos presupuestos  parecen no haber sido percibidas. En el origen de estos atentados nos encontramos, casi con certeza, con el mismo modelo de funcionamiento.

Desde luego que estos hechos plantean dramáticamente al mundo la perentoriedad de cambios, aunque no estoy muy seguro de que sean los que anhelan los atacantes. El occidente del norte, rico y opulento, no podrá subsistir rodeado por un cinturón de miseria global. Esta miseria, como hecho social, es absolutamente inmerecida para cualquier ser humano y produce heridas profundas –las psicológicas incluidas– en quien la padece. Constituye un telón de fondo insoslayable, aunque los hechos que nos ocupan no parecen tener allí la referencia principal.

Lo sucedido tiene una motivación fundamentalmente religiosa, y religiosa es su intención: se trata no de confrontar políticamente, sino de castigar. Por eso la crueldad y la radicalidad cancelatoria de lo hecho es obra, más que de una institución política, de un grupo de iluminados por la convicción omnipotente y paranoide de que el otro y el mundo que ha construido, en cuanto se muestra como tal, representa el mal y, por lo tanto, es pasible de ser destruido.

¿Qué decir ante esto? No se puede responder con muerte a la muerte. Todo país tiene derecho a defenderse y a garantizar la seguridad y el bienestar de sus ciudadanos, pero creo entender que la respuesta militar puede producir más sufrimiento y horrores que soluciones. De la experiencia peruana de los ochenta/noventa hay mucho que aprender.

¿Qué nos queda, entonces? En verdad, mucho. Los ideales de justicia y solidaridad, de abolición de las desigualdades económicas y del establecimiento de la fraternidad, no han perdido vigencia y están por hacerse. Tampoco nuestra convicción de que sea la justicia y no la venganza la que presida la insoslayable tarea de buscar a los responsables de esta tragedia y establecer las sanciones que correspondan.

Gilberto Valdez es psicoanalista.

 

11 de setiembre y América Latina

Peter Hakim

 

Apenas perceptible en los Estados Unidos, en América Latina se han producido desde el 11 de setiembre agudas polémicas, sea en el Parlamento, la prensa o las universidades, e incluso en manifestaciones públicas, respecto de si los gobiernos de la región deberían apoyar, condenar o permanecer neutrales en la campaña de Washington contra la red terrorista de Al Qaeda.

Mientras estos debates ofrecen algunas serias y profundas reflexiones, también revelan que subsiste un sentimiento contra los Estados Unidos, un fenómeno otrora común en América Latina, pero que había cambiado ampliamente después de la Guerra Fría y de que la región pasó a la democracia.

En años recientes, las relaciones entre Estados Unidos y América Latina han sido mucho más cercanas y cooperativas. En cumbres que ahora se celebran periódicamente, los jefes de Estado del hemisferio se refieren frecuentemente a sí mismos como una comunidad de democracias. Un régimen de libre comercio que vincule a todos los paíss americanos está a la vuelta de la esquina.

Pero estos cambios no han sido claramente suficientes para eliminar los sentimientos antiyanquis, que sobreviven debido a agravios que quizá no parecen muy relevantes actualmente, pero que ahora se hacen familiares:

– El arrogante y frecuentemente autosuficiente uso de la fuerza que ha empleado Estados Unidos. Aún se citan sus acciones en Vietnam y el bombardeo de Hiroshima, así como muchas intervenciones en América Central, México y el Caribe.

– El permanente apoyo a la tiranía y represión en América Latina, que puede demostrarse por el respaldo a Somoza, Pinochet y otros dictadores, así como sus ataques a regímenes “populares” en Guatemala, Chile, Cuba, Nicaragua y varios otros lugares.

– La promoción que Estados Unidos hace del libre mercado y de una globalización orientada a beneficiar a las transnacionales, que vuelve a los Estados Unidos más ricos y mantiene en la pobreza a los países latinoamericanos.

Hasta ahora, estos sentimientos no han afectado las decisiones de los gobiernos latinoamericanos.  Todos ellos, incluida Cuba, han condenado los ataques.  A iniciativa de Brasil, los miembros de la OEA (de la que solamente Cuba está excluida) han acordado invocar el TIAR, un tratado de 1947 muy poco empleado, para respaldar a los Estados Unidos.  Ahora, los gobiernos latinoamericanos han apoyado abrumadoramente la campaña de bombardeos sobre Afganistán.

Es claro que ningún gobierno latinoamericano quiere un conflicto con Washington. Todos ellos reconocen los beneficios políticos y económicos de cooperación con la única superpotencia del hemisferio. Pero el precio de la amistad con los Estados Unidos ha subido desde el 11 de septiembre.

Washington desea contar con los gobiernos latinoamericanos para que en sus propios países rastreen a grupos terroristas ligados a la red de Al Qaeda y detener sus acciones para obtener fondos y transacciones financieras. Se les requerirá asumir acciones de inteligencia más eficaces y aplicar la ley de manera más estricta.  Esto, a su vez, puede requerir, como sucederá en los Estados Unidos, cambios legislativos e inclusive constitucionales en algunos lugares.  También se pedirá a los países trabajar de cerca con sus contrapartes norteamericanas que con frecuencia resultan…  México (y también Canadá) tienen la adicional carga de cooperar con Washington para fortalecer la seguridad a lo largo de sus miles de kilómetros de frontera. El gobierno de Estados Unidos también querrá el apoyo latinoamericano para medidas que fortalezcan la capacidad de las Naciones Unidas  y otras agencias internacionales para enfrentar el terrorismo.

La oposición local a las acciones norteamericanas puede hacer difícil, al menos para algunos de los gobiernos de la región, cooperar en estas medidas, particularmente si la oposición se extiende y se hace más abierta conforme se intensifiquen las operaciones militares norteamericanas. El liderazgo político de América Latina enfrenta la difícil prueba de balancear entre la opinión pública y las continuas demandas de Washington de respaldo a sus acciones antiterroristas.

Inclusive sin moderar mucho sus demandas, Washington puede hacer más fácil la cooperación.  Debería mantener sus esfuerzos en el plano multinacional, tanto como sea posible. La administración de Bush dio un buen paso cuando obtuvo el respaldo de las Naciones Unidas para sus acciones antiterroristas. Su éxito en construir una coalición internacional ha sido también positivo.

En segudno lugar, los Estados Unidos no pueden esperar que los líderes democráticos latinoamericanos ignoren a la opinión pública o violen las leyes nacionales. Tampoco pueden insistir en que todos los países latinoamericanos respalden todas sus acciones o intenten complacer a los Estados Unidos en cada momento. Bush y sus asesores harían bien en evitar expresiones maniqueas como ”ustedes están con nosotros o contra nosotros”.

En tercer lugar, Estados Unidos tendrá más posibilidades de conseguir el respaldo de América Latina para sus propios intereses si la administración de Bush mantiene su atención en las políticas que se refieren a la región. Es fundamental que el jefe de Negociaciones Comerciales, Robert Zoellick, obtenga facultades para promover los acuerdos de comercio y otras iniciativas conexas.  El Gobierno debería mantener sus esfuerzos por consolidar las relaciones con México, enfrentando los problemas migratorios y otros asuntos bilaterales fundamentales. Estados Unidos debería mantener su respaldo a los esfuerzos de Colombia para enfrentar su propia forma de terrorismo. El Departamento del Tesoro debería hacer mucho más de lo que hace para ayudar a detener el deterioro económico de América Latina, especialmente para evitar el colapso económico de Argentina, que se difundiría por la región.

Nada de esto hará mucho para reducir el sentimiento contra los Estados Unidos en América Latina, pero promoviendo mayor cooperación harán más fácil que los otros gobiernos del hemisferio se unan a los Estados unidos en la batalla contra el terrorismo internacional.

Peter Hakim, es presidente del Diálogo Interamericano de Washington D.C.

 

El mundo desde Maniatan

José Luis Rénique

 

Septiembre 28: Sentados en la ribera del río Hudson, exactamente al frente de donde quedaba el World Trade Center, Inés propone cerrar los ojos por un momento: “de repente al abrirlos las torres están ahí todavía, porque todo esto era nada más que una pesadilla”. El día es diáfano y podemos ver a la distancia las huellas de la explosión, las grúas, la montaña de escombros. Zarpan del Battery Park barcazas cargadas de tragedia.

– ¿Qué les ha hecho Estados Unidos a esas personas para que nos odien tanto? –pregunta Inés. Sus preguntas son frescas aunque también viejas: nacidas del desastre recientísimo, exentas de historia, habitadas, sin embargo, por el rumor antiguo de los odios y las guerras. Para ella, a sus 6 años, como para mí, a los 48, el 11 de septiembre es un parteaguas vital.

Septiembre 29: A casi tres semanas de ocurridos los hechos, los más apocalípticos vaticinios sobre las represalias no se han cumplido. Afganistán, según ellos, habría sido sepultado ya por la misilería norteamericana y la tercera guerra mundial estaría en curso: un “choque de civilizaciones” de proporciones inconmensurables. Las declaraciones –torpes y matonescas– de Bush a inicios de la crisis, avalaron dichas predicciones. El mundo rehén de los deseos de venganza de una nación arrogante y poderosa. Fue en su discurso ante el Congreso en que pude advertir la posibilidad de un cambio. La voluntad de incluir a diversas audiencias, de delinear el perfil de un conflicto aún por definir. Para un viejo amigo de Lima –donde me encontraba por esos días–, el discurso de Bush, no obstante, no era sino una pieza de retórica fascista. Fascismo con rostro musulmán es, por contraste, como Chistopher Hitchens, de la izquierdista revista The Nation, ha denominado a la Al Qaeda de bin Laden. Las palabras van envejeciendo con el correr de los días.

Septiembre 30: Mi primera incursión a Manhattan en dos meses y medio. La ciudad festiva e indolente que dejé a mediados de agosto es, a fines de septiembre, una urbe embanderada; como nunca embargada por un vasto sentimiento patriótico. Hay por todas partes recordatorios fúnebres. El dolor es uno solo, no así sus derivaciones prácticas. En una ceremonia masiva en Union Square en días pasados el mensaje era: queremos justicia pero no venganza. Un lema por entero diferente –“Today we mourn, tomorrow´ll kick asses” (“Hoy lloramos, mañana patearemos traseros”)–, inscrito en una camioneta embanderada, nos recuerda el horrible rostro del jingoísmo y la soberbia. Por todos lados, las contradictorias expresiones de un patriotismo de melting pot. Se cuentan por cientos los actos hostiles contra personas de origen árabe. La prensa de ayer conjetura si la muerte de un tendero árabe, en California, es un crimen de odio o un delito común. Miles de árabes han respondido al llamado de la CIA y del FBI solicitando intérpretes y traductores. Es nuestro deber de buenos americanos, ha declarado un dirigente de la asociación árabe-americana. Del Presidente al alcalde local, las autoridades han insistido en que la cuestión no es contra el Islam sino contra los terroristas. El propio Bush se ha animado a declarar que el Islam “es una religión de paz” y a descalificar como blasfemos a sus practicantes armados.

De la derecha cristiana no sólo a los enturbantados, también los gays, a los radicales, a los pacifistas y a los migrantes en general se les ha querido endilgar su cuota de culpa en la tragedia del 11. La esposa del vicepresidente ha dicho que antes que multiculturalismo, los chicos deberían recibir lecciones de patriotismo. De Nueva York ya varios se lanzaron a refutarla. En la TV, la célebre Susan Sontag recordaba que todas las guerras, en este país, habían sido ardorosamente debatidas y que ésta no podía ser la excepción. Pero ya ha habido al menos un caso de un redactor despedido por criticar al Presidente. Los almacenes Walmart informan que han batido sus marcas de ventas de parafernalia patriótica. Los mexicanos que vendían flores en un cruce cercano a casa venden ahora banderas de barras y estrellas, y en Cosmos –un conocido almacén de productos latinoamericanos en la populosa avenida Bergenline de Union City– regalan “una bandera de tu país” por la compra de una “bandera americana”.

Y anécdotas al margen, un hecho macizo: de más de 60 nacionalidades procedían los cerca de 5000 muertos en las torres; de unos 300 a 400 desaparecidos acaso jamás se tenga registro: eran indocumentados. En mi recuerdo, el World Trade Center, una especie de colmena multicolor y multilingüística; el universo resumido en dos columnas tan espectaculares como sin gracia, convertidas hoy en el símbolo máximo de esta Norteamérica herida.

Octubre 2: A tres semanas del ataque, la guerra en curso sigue aún sin definirse. Los ultimátums han ido y regresado. Los europeos se han embarcado con todo en el esfuerzo guerrero. Se perfilan los contornos de una gran coalición antiterror. Veinte años de alineamientos se pulverizan en cuestión de horas: Putin, Pekín, y aun Castro, han manifestado diversos grados de apoyo. Surge, contra las posiciones más duras, un cierto consenso de tono moderado: tendrá que ser una guerra de nuevo tipo. Quien conozca algo del mundo árabe –escribe Nicolas Lemann en The New Yorker– opina que un golpe mal planeado que provoque víctimas civiles inocentes sin afectar a los verdaderos culpables, como los ataques previos contra Osama bin Laden en 1998, convertirá a éste  en  un  problema  peor.  Será –sostiene el secretario de Defensa Rumsfeld– una larga guerra en la sombra. Disidentes y radicales locales advierten en todos los tonos de las letales consecuencias de reincidir en el viejo estilo. No logran, sin embargo, esbozar un visión común. ¿Será posible lanzar un movimiento por la paz sin olvidar la sangre aquí derramada, una reedición de los setenta?

Octubre 5: En el umbral de la guerra, mirando al mundo desde su epicentro, las preguntas, más que cualquier certeza, definen mi ánimo. Un compatriota verbaliza, por el teléfono, la más dramática de todas ellas: ¿no será mejor no estar aquí para cuando comience el ataque? Tras ella, el cuestionario fluye incontinente: ¿y qué forma tomará el ataque?; ¿y cuál será la réplica de Al Qaeda?; ¿llegará a ser éste, como dicen, un conflicto civilizatorio?; y si es así, ¿dónde deberían estar nuestras lealtades? ¿Son Bush, Blair o Putin los representantes legítimos de una causa universal que se superpone, en este caso, con la defensa del llamado “Occidente”? ¿Hay algo digno de ser defendido en esta sociedad multiétnica que Nueva York representa frente al atavismo milenarista en que se sustenta el terror de Al Qaeda? ¿Será la batalla que ahora comienza una acción de policía global contra una red de delincuentes terroristas o algo mayor, una segunda guerra fría más sangrienta y prolongada o una tercera guerra mundial con reverberaciones de guerras médicas y epopeyas tamerlánicas? Y a fin de cuentas, a nosotros, ¿qué lugar nos corresponde en todo esto?

Octubre 6: “Si preguntan, les van decir que son cosas de grandes, pero ustedes deben insistir en que tienen derecho a saber. Y si les dicen que no estamos en peligro, no les crean, porque sí lo estamos, y pidan que les expliquen bien qué es lo que tienen que hacer.” Así de pedagógica, Linda Elerbee se dirige a su audiencia infantil por la TV.

Inés me interroga una vez más con la mirada. Desde la casa vemos, cruzando el Hudson, el Empire State, iluminado con los colores de la bandera norteamericana. Hacia la derecha, a la distancia, el hueco negro del World Trade Center, epicentro quemante de la historia de estos días excepcionales. “Todos nos vamos a acordar siempre del 11 de septiembre –comenta Inés–, menos unas personas.” “¿Quiénes?” –replico con cierta intriga. “Los terroristas” –responde–, “porque tienen la cabeza ocupada pensando adónde y en qué momento van a hacer cosas peores.”

Octubre 7: El día, seco, soleado pero no caluroso, es perfecto para visitar el bello Jardín Botánico del Bronx. La noticia del bombardeo altera por completo los planes. De inmediato Blanca Rosa –corresponsal de una cadena televisiva– parte a ocupar su puesto de combate. Armada de lápices de colores, Inés corre al escritorio de donde vuelve con una bandera de barras y estrellas que insiste en colocar en la ventana. Manhattan, curiosamente, luce más normal que nunca. La calle 42, más llena de turistas que en días previos; el Parque Central, sereno y bello como en sus mejores días: las novias japonesas retratándose en el Great Lawn, los niños trepados sobre la cabeza broncínea de Alicia, la del país de las maravillas; el Museo Metropolitano con la multitud de siempre.

Un viento frío recorre la ciudad al caer la tarde al tiempo que se emite el mensaje de nuestro némesis de turno: América, la pecadora, ha recibido su castigo. No volverán a sentirse seguros hasta que nosotros nos sintamos seguros en Palestina. “La batalla será decisiva y será una guerra entre el Islam y los infieles”, complementa su socio Suleiman Abu Gehiz.

Ellos, como Bush, dicen tener a dios de su lado. Busco entre las informaciones indicios de que ésta sea, en efecto, una “nueva guerra”. No los encuentro. Me harto de la monotonía de la TV. La Internet, por el contrario, hierve de fiebre polémica. Desde Lima, juega al Spengler andino un viejo compañero de facultad: América y sus aliados se han visto forzados a iniciar una escalada bélica que recuerda las luchas de la antigua Roma contra los bárbaros germánicos. También era difícil imaginar que el Coliseo Romano llegaría a ser una ruina. Ha terminado el “sueño americano”. Y en ese conflictivo marco –continúa–, “bien metidos en la periferia”, como los pueblos    germanos,   nosotros –los peruanos– “a la larga podremos beneficiarnos de los enfrentamientos entre Oriente y Occidente. Porque en circunstancias como éstas, el hecho de estar en el otro extremo del mundo puede significar la diferencia entre sobrevivir o desaparecer”.

El Perú, suspendido en el aire, ni Oriente ni Occidente, simplemente el Perú; como en los mitos, escenario de un posible nuevo comienzo. ¿Spengler andino o Nostradamus criollo? La distancia permite  reflexionar en términos de años o décadas. No hay tiempo aquí para fatalismos historicistas. Hoy como ayer, la guerra encabrita las pasiones y agita la imaginación; y con ello, del crepúsculo del fenecido siglo de la modernidad resurge el rumor –sensual, atávico y peligroso– de las nunca obliteradas sensibilidades milenarias.

Octubre 8: He visto la faz absurda de la guerra en el rostro de una jovencita de la Guardia Nacional a la entrada del puente que separa Manhattan del barrio de Queens. Esa marcialidad sobreimpuesta, el eco todavía fresco del tobogán y la papilla, empaquetado en camuflaje y herramientas de matar. Un detalle apenas. Lo suficiente para erizarme. Cuarenta mil efectivos de la Guardia Nacional, dicen, se han desplazado por la ciudad. La cobertura local se hunde cada vez más en la rutina. No capturan, me parece, la excepcionalidad del momento. ¿Censura o control? No lo creo. Doblegamiento, en todo caso; el espíritu de guerra patriótica que envuelve a este país por tres semanas ya.

Al vientre de un cazabombardero entra un obús con una frase escalofriante: por los bomberos y los policías de Nueva York. ¿Ha comenzado la venganza? Un jet militar vuela bajo sobre Manhattan, acrecentando mi sensación de encierro. A mano queda la autopista virtual. ¿Qué autoridad moral puede tener –pregunta un amigo desde Lima– un orden internacional que en el 2000 gastó 780 mil millones de dólares en armamento cuando con sólo 6 se podría haber dado educación básica a todo el tercer mundo y con 13 más solucionado todas sus necesidades básicas: alimentación, salud, vivienda? “Qué maravilloso sería” –continúa– “que entraran los chicos buenos a las montañas y tomaran a bin Laden y lo llevaran a casa, para ponerle su traje naranja y encerrarlo en una cárcel ascéptica con TV y tres comidas nutricionalmente balanceadas al día.”

En Latinoamérica, la prensa más crítica, progresista e izquierdosa bulle entre la desconfianza y la denuncia. “El terror de bin Laden, personaje creado y entrenado por la CIA, es hoy opacado por los bombardeos de sus creadores contra un país pobre e indefenso”, escribe Adolfo Gilly en La Jornada de México. Pareciera cancelarse el beneficio de la duda que “el coloso del Norte” ha gozado desde el 11 de septiembre. Una sola palabra sintetiza ahora –para estos críticos– el sentido último de la agresión a Afganistán: petróleo. ¿Sabía usted –inquiere Luis Hernández Navarro en La Jornada– que antes de entrar en la Casa Blanca, Condoleezza Rice –consejera nacional de Seguridad y una de los más prominentes halcones del gobierno estadounidense– integró el directorio de la poderosa empresa petrolera Chevron? En Miami, mientras tanto, un segundo caso de contagio de antrax pone al país con los pelos de punta; se agotan las máscaras antigases, aunque los especialistas adviertan, una y otra vez, que de nada servirían frente a un ataque químico.

A las 4 de la tarde, Gaby –la niña de al lado, nacida un mes antes que Inés– comienza su práctica de piano. Lleva varios días intentando tocar “God saves the Queen”. Me trae memorias de mis profesores escoceses del Colegio San Andrés de Lima, sus recuerdos de la guerra, el documental aquel que nos pasaron mostrando a Churchill demandando blood, sweat, and tears del pueblo inglés. Historias de caballeros andantes, pienso, frente a la suciedad de la guerra de hoy. En el piso de abajo, Inés abriga sus barbies con la misma frazadita con que la trajimos a esta casa del New York University Medical Center. “I´m a survivor, I´m gonna make it, keep on surving” (“Soy una sobreviviente, voy a lograrlo, sigue sobreviviendo”) –el hit de Destiny’s Child–, canta ella mientras juega, felizmente ajena a la angustia globalizada que, infelizmente, embarga a su padre en el piso de arriba (10 de octubre del 2001).

José Luis Rénique  es historiador.

 

Un hombre que murió 6000 veces

Hubert Lanssiers

 

El asesinato de 6000 personas inocentes provocado por el atentado contra las torres gemelas de Nueva York ha sido calificado de crimen contra la humanidad y, sin duda alguna, lo fue –sobre todo si es cierto que costó la vida a personas de 78 nacionalidades diferentes–; sin embargo, si las estadísticas dan cuenta de la magnitud de la masacre, nos ofrecen una idea falsa de lo que realmente pasó. Quiero decir que la “humanidad” es una abstracción y por lo tanto borra lo atroz de las tragedias individuales, las coloca púdicamente en la neblina de las generalidades. Prefiero decir que fue un hombre que murió 6000 veces.

Por eso es que yo soy una víctima, cada uno de nosotros lo es, y llevamos nuestro propio luto y el luto de lo poco decente que subiste en el planeta.

Felizmente, en medio del caos, de la desesperanza y de la ciega abominación, algunos salvaron el honor y la grandeza de la especie y nos dejaron en herencia un ejemplo de dignidad: fueron los pasajeros del avión secuestrado que se alzaron contra los asesinos y los policías y bomberos que se precipitaron en el infierno para rescatar a perfectos desconocidos. Estos héroes, porque lo son en el sentido más estricto de la palabra, desmienten categóricamente el concepto –demasiado simplista– que tenemos del americano común y corriente según el cual el dinero constituye el valor supremo: one day, one dollar.

El 11 de septiembre, este día de la infamia, debería incitarnos a una introspección profunda, a una revisión de la historia y de los mitos, al reajuste periódico de teorías anticuadas, a la búsqueda de un constante equilibrio mental. Este patriotismo furioso que se apoderó de los norteamericanos, furia atizada por el mismo Presidente de la República y algunos halcones de su gabinete con vocación de buitres, estos lemas matonescos de America, love it or leave it, “estamos en guerra”, “quien no está con nosotros está a favor de los terroristas”, “justicia infinita”, esta persecución delirante contra grupos étnicos sospechosos de ser sospechosos, estas manifestaciones que contradicen el mismo american way of life y la Constitución han sido rápidamente reemplazadas por united we stand y “seguridad perpetua” y se ha clarificado que no estamos en guerra contra el Islam sino contra los terroristas. Esto no es un detalle, porque las palabras constantemente repetidas tienen la tendencia a transformarse en imágenes mentales, dinámicas, que se convierten en acciones. “La guerra... la guerra... a fuerza de invocarla terminamos por hacerla.” Bush está acorralado por su propia retórica, la opinión pública reclama fuegos artificiales espectaculares, al igual que bin Laden, pero cuando se les quita el collar a los perros de la guerra los mastines se vuelven incontrolables y los animales se apoderan del zoológico.

Los hombres se imaginan que pueden controlar a su antojo los acontecimientos; los hechos, desgraciadamente, desmienten esta ingenua pretensión. Lo mismo sucede con la técnica que se pone dócilmente al servicio de buenos y malos. Periódicamente surgen teorías que tienen la ambición de poner orden en lo que es desordenado por esencia y captan así la adhesión de la gente que detesta la confusión y se alimenta de ideas simples.

En un ensayo brillante, Francis Fukuyama nos anunció el “fin de la historia”, pero su teoría yace bajo los escombros de las torres gemelas. En su “choque de las civilizaciones”, publicado hace una década, Huntington argumenta que las grandes convulsiones que sacudirán el planeta en el siglo XXI tendrán como origen no precisamente la lucha de los ricos contra los pobres sino la incompatibilidad que existe entre las diversas civilizaciones. El sueño de una emergencia de la conciliación de los valores con el respeto de las culturas diversas promovido por la mundialización no tiene sustancia porque no hay valores universales, y lo más urgente consiste en forjar una solidaridad occidental capaz de oponerse a las agresiones inevitables.

La tesis seduce –sobre todo en las circunstancias actuales–; sin embargo, no habría que olvidar que los conflictos entre fieles de una misma religión –es decir, de una común civilización– hayan cobrado tantas víctimas en las últimas décadas del siglo XX. La guerra entre Irán e Irak entre 1980 y 1990 ha provocado, según el Instituto Estratégico de Londres, 750 000 muertos, y los imames de ambos campos bendecían a los adolescentes, a quienes mandaban al camal. En otros términos, las primeras y más numerosas víctimas del terrorismo islámico fueron los mismos musulmanes.

El conflicto interno en Argelia añade cada día nuevos nombres a la lista fúnebre que suma ya 100 000 cadáveres. En el último mes de septiembre se deplora 250 caídos, más que en Israel-Palestina desde el principio de la segunda Intifada. Todas las religiones han tenido sus fundamentalistas y sus integristas que se han apoderado de Dios para santificar sus propias ambiciones. Cuando el hijo y heredero de Billy Graham proclama que el Islam ataca a los Estados Unidos por su fe cristiana, peca por ligereza y practica la amalgama con un soberano desparpajo: no hay que confundir el Islam con sus desviaciones. No son pocos los versículos del Corán que contradicen a Graham II. “Con los judíos y cristianos no discutan sino del modo más afable... díganles: creemos en lo que nos ha sido revelado y en lo que les ha sido revelado. Nuestro Dios y el suyo es el mismo Dios y le estamos sometidos” (Al-‘ankabut, XXXIX, 46). “No coacción en religión, la verdad se distingue del error” (II 256), “... Te darás seguramente cuenta de que aquellos que son más cercanos a los musulmanes por la amistad, son los que dicen: ‘somos cristianos’...” (Al-Ma‘Ida, V, 82).

Dios logre que los americanos adquieran un mínimo de humildad, que consideren a los otros países como partenarios y no como sujetos. Lo que actualmente constituye un handicap para la libertad no es tanto el ego de los estadounidenses como la nulidad de su diplomacia y la exasperante yuxtaposición de su idealismo ad usum internum con el cinismo de su política exterior. Dirigiéndose a los ingleses en 1075, Gladstone exclamó: “Acuérdense de que la santidad de la vida en las aldeas afganas cubiertas por las nieves del invierno es tan inviolable a los ojos del Todopoderoso como nuestras ciudades”. Lo que en realidad necesitamos en esta época sombría no es una coalición contra una civilización, sino en su favor. ¿No decía Mahoma en la surata Al-Ma’Ida del 26 de febrero del 632: “los cristianos son los amigos de los musulmanes porque no exsudan orgullo?”. Inch Allah.

 

Sobre cómo cubrir periodísticamente los acontecimientos.

Reportando el terror

Blanca Rosa Vílchez

 

¿Cómo cubrir, sin ser sensacionalista, un ataque terrorista que deja sepultadas a más de 5000 personas? Es la pregunta que ni siquiera tuvimos tiempo de plantearnos quienes estábamos en el distrito financiero de Nueva York la mañana del 11 de septiembre último. En mi caso, en circunstancias normales, jamás hubiese puesto en el aire a un ser humano arrojándose por una ventana. Esto, sin embargo, no era propiamente un suicidio. Era una secuencia más de un acontecimiento de proporciones desconocidas, inmanejables: escogían lanzarse al vacío para no morir envueltos por las llamas. Eran las víctimas de una opción extrema. Conté para mí misma, antes de quebrarme emocionalmente, al menos hasta 20.

En circunstancias normales, tampoco le hubiese pedido al camarógrafo que grabase estas escenas. En realidad, no se lo pedí, pero tampoco impedí que lo hiciera. Cuando vi que apuntaba hacia lo alto de las torres, sentí que hacía algo hasta cierto punto lógico: acaso más que suicidas, aquellos infortunados estaban tratando de aferrarse a la vida.

El horror aparecía ante mis ojos y lo vi, más que en ninguna otra parte, en los ojos de esas personas. El lente nos permitía estar asombrosamente cerca de ellos. El juego era macabro. La vista que se movía de izquierda a derecha, que iba entre las llamas y el vacío. Y el vacío, en tales circunstancias, aún encerraba una brizna de vida. O, si se quiere: la muerte era inevitable y sólo les quedaba escoger cómo llegar a ella. Una opción humana en el límite. Ésa era la historia, y eso lo que yo tenía que reportar. Y no me arrepiento de haberlo hecho. Ni se me ocurrió, de otro lado, obtener imágenes de sus cuerpos malogrados; eso sí hubiese sido incurrir en sensacionalismo.

Por donde miraba había terror. El terror era el protagonista de esa mañana dantesca. A veces uno reporta sobre un acontecimiento; otras veces, las menos y más excepcionales, es un sentimiento el eje de la noticia. Ésta fue una de esas veces. Y mi instrumento era la cámara y mi memoria. En medio de la confusión, del caos terrible, del propio miedo, no recuerdo haber dudado de la pertinencia de registrar tales imágenes. Tampoco después de haberlas usado. A un purista, en esa ocasión se le habría ido la noticia, simple y llanamente.

Pero hay otras cosas que ocurrieron ese día detrás de las cámaras y a las que también vale la pena referirse. El Canal 12 de Nueva York anunció, a través de un editorial leído en vivo por su director, que ninguno de sus reporteros usaría en el aire un prendedor de la bandera norteamericana en la solapa. Las llamadas que recibieron fueron numerosas: televidentes indignados dispuestos a boicotearlos por su falta de patriotismo, auspiciadores que los amenazaban con retirar sus comerciales porque no querían “ninguna conexión entre sus productos y un canal que no respetaba el sentimiento patriótico nacional”. Las presiones fueron tantas que el mismo director tuvo que salir al aire a disculparse por sus comentarios “que no querían ofender a nadie, porque nosotros en esta estación somos muy norteamericanos”.

Otra historia interesante es que a partir del 11 se había generado un clima inédito de colaboración entre las principales cadenas televisivas. Todas ellas, en efecto, compartieron sus materiales sobre las torres gemelas. La camaradería, sin embargo, se evaporó con el correr de los días, y al momento del contraataque norteamericano ya se había regresado a una lucha intensa por obtener la exclusividad de los vídeos del bombardeo en Afganistán.

Las tragedias, como toda situación extrema, pueden sacar lo mejor y lo peor de las personas. Y esto ocurrió también en esta ocasión. Nadie, si se piensa con cierta objetividad, podía estar preparado para cubrir algo de proporciones similares. Para mi memoria queda el temple y el coraje de decenas de reporteros que trataban de sobreponerse a cualquier sentimiento personal para informar fidedignamente de lo que estaba pasando. Y la intensidad misma de los hechos hizo saltar las formas escritas y no escritas del reportaje. Pocas veces, por ejemplo, expresar nuestros sentimientos, más que un exceso, fue una condición de la cobertura. Y eso, precisamente, hizo de ese trabajo un acontecimiento excepcional (8 de octubre del 2001).

 

 

Blanca Rosa Vílchez es corresponsal en Nueva York del Noticiero Nacional de la Cadena Univisión.

 

Desde nuestra "cara" experiencia con el terrorismo

Ernesto de la Jara

 

En tanto en esta edición de ideele hemos logrado presentar una variedad riquísima de opiniones sobre lo que está ocurriendo a partir de los atentados del 11 de septiembre, opto en estas líneas por centrarme en lo que podemos decir como país que tuvo que enfrentar durante más de 15 años un fenómeno terrorista, por más que bin Laden no sea Abimael Guzmán y que las distancias, realidades y escalas sean muy distintas. Y lo que podemos decir no lo decimos desde una posición triunfalista, como han pretendido algunos, que hasta se han ofrecido a ayudar a Estados Unidos, sino más bien desde la perspectiva de un país que, por sus errores, estuvo a punto de perecer frente a una organización terrorista.

Los errores cometidos contra el terrorismo se pagan muy caro

Equivocarse en la manera de combatir el terrorismo no sólo es ineficaz sino un pésimo negocio, por ser sumamente contraproducente, pues los errores se convierten en alimento y hasta en armas a su favor.

En el caso del Perú hay muchos ejemplos que demuestran que lo que hizo avanzar a SL mucho más allá de toda posibilidad original, casi violentando la ley de gravedad, fueron las equivocaciones en la estrategia antisubversiva, como fue el caso de la represión indiscriminada que puso a la población local entre dos fuegos equidistantes (el Estado y SL; véase nuestra edición anterior). El que justos paguen por pecadores no sólo es inmoral sino muy peligroso.

Hay que buscar los golpes estratégicos (inteligentes)

Es la otra cara del punto anterior, pero vale explicitarlo. En el caso peruano un solo golpe fue demoledor: la captura de Guzmán. Como también fueron demoledoras las rondas campesinas en el campo, después de que se descubrió que era clave
–otra vez– tener como aliado al entorno, a la población local, también víctima del terrorismo.

Los ultimátums para acabar con el terrorismo de cualquier forma no conducen a nada

En la línea de lo dicho hasta ahora, nuestra experiencia nos ha demostrado que frente al terrorismo no existen las soluciones fáciles, fulminantes e inmediatas. Lo único que logramos es márketing, pero en el Perú, cada vez que el Perú lo intentó, no sólo se fracasó sino que fue para peor. Más bien, a veces se logra provocar al monstruo, que se siente que tiene que actuar para demostrar que el gobierno fracasó y que está vivito y matando.

El terrorismo tiene fines “políticos” que hay que entender sin que ello signifique algún tipo de justificación de lo injustificable

Por más que se trate de terrorismo, en cuanto a métodos y acciones, repudiables desde todo punto de vista, a la vez subyacen convicciones muy fuertes (fundamentalismo), estrategias y objetivos políticos, y, por tanto, hay una “racionalidad” y una lógica. De nada sirve negarlo, pues la comprensión de esa lógica y de esa racionalidad será clave.

En el Perú costó mucho que se entendiera que lo de Sendero Luminoso, a pesar de todo, era violencia política, y que era un absurdo combatirla como violencia común.

Lo que pasa es que muchas veces cualquier intento de “comprensión” en términos de análisis es interpretado como complicidad con el enemigo, lo que hace actuar a ciegas.

Hay que impedir que el terrorismo se superponga a causas y conflictos reales

Es sumamente peligroso cuando el terrorismo logra aprovecharse de lo que en el Perú se llamaron las grietas o fisuras, en el sentido de conflictos políticos, económicos, sociales y culturales que, por reales, pueden ser fácilmente azuzados, o manipulados, sobre todo si no hay quién busque impedir que esto suceda. Si algo supo aprovechar muy bien SL fue la poca presencia del Estado en una zona, o las contradicciones entre autoridades locales y población en otras, o las condiciones de marginalidad, o conflictos específicos.

Aplicado esto a los recientes acontecimientos, significa evitar que las diferencias y enfrentamientos entre Occidente y el mundo musulmán, o el conflicto árabe/israelí, puedan ser convertidos en el famoso y peligrosísimo “caldo de cultivo” a favor de quienes están por el terrorismo como modalidad de acción. Es tiempo, entonces, de revisar las relaciones internacionales y lo ocurrido en el pasado, con apertura de mente y vocación de flexibilidad y de autocrítica.

El punto más vulnerable del terrorismo está en su aislamiento

Esto es