A 80 días de Toledo:
Expectativas y preocupaciones de un comienzo
Es cierto que estamos ante un gobierno que acaba de partir, pero el comienzo es importante y puede hasta marcar la carrera.
Habiendo transcurrido tan poco tiempo desde que Fujimori y Montesinos eran el poder en el Perú, todavía es justo comenzar el balance de la situación política con un recuento de lo que nos permite decir que estamos muchísimo mejor que antes y que todavía hay sólidas razones para el buen ánimo y las expectativas.
Comencemos una vez más por el hecho mismo de que Fujimori y Montesinos ya no están ¿podemos imaginar en qué estaríamos y todo lo que se estaría cocinando y hasta quemando por debajo de la mesa si ellos hubiesen continuado?
Pero a estas alturas lo avanzado va bastante más allá, tomando en cuenta que la primera parte de la transición democrática ha sido sumamente exitosa, pues se han logrado puntos fundamentales en tan sólo nueve meses: proceso electoral impecable; se comenzó a ajustar cuentas con el régimen anterior; se redignificó la figura del Presidente; se dejaron amarradas algunas cosas para el futuro (Comisión de la Verdad) y, por si fuera poco, se gobernó. Sobre lo último, es cierto que no se tomaron grandes decisiones económicas, por no corresponder a la naturaleza del período, pero en términos generales y en cada sector se demostró que el país no era tan ingobernable.
Es absurdo decir que todo esto fue fácil por una supuesta luna de miel o período de gracia (véase artículo siguiente), pues más bien era dificilísimo hacer todo a la vez y en tan poco tiempo, y por eso hasta hubo quienes llegaron a creer que no habría elecciones por tanta inestabilidad. Pero las hubo.
Esta acumulación de avances y puntos positivos continúa sin dudas con Toledo. Para comenzar, por lo que significa él mismo como Presidente absolutamente legítimo, tanto por provenir de elecciones libres y justas como por representar la continuidad de la lucha por la recuperación de la democracia; algo así como que quien la luchó está hoy en el poder, cosa que no habría ocurrido con Alan García si hubiese ganado las elecciones. Esto nos lleva a otro punto positivo en el inventario: ganó Toledo y no García, y creemos que no hay necesidad de explicar por qué celebramos ese hecho.
El entorno de Toledo, nos parece, puede también ser puesto hasta ahora del lado positivo. Es posible que haya cuestionamientos puntuales respecto de uno u otro o preferencias sobre el mayor o menor peso que debería tener cada tendencia presente, pero hay consenso en reconocer que el gabinete no está mal, en que hay buenos nombres entre los asesores y que es un alivio que Toledo no haya optado por un entorno 100% partidarizado. Prueba de lo dicho es que ante las incertidumbres, de las que hablaremos más adelante, se suele pensar en el entorno de Toledo como tranquilizante.
También es un hecho positivo que Toledo haya decidido continuar con una serie de procesos importantísimos iniciados durante la gestión de Paniagua, como por ejemplo, la lucha contra la corrupción del anterior régimen o la Comisión de la Verdad, para citar sólo dos casos.
En la misma línea de lo positivo del nuevo gobierno podemos agrupar los siguientes puntos: 1) el discurso; 2) aciertos puntuales; y, 3) no hay nada grave en su contra. Efectivamente, el discurso del gobierno en los diferentes temas es el “políticamente correcto” al margen, como es obvio, de algunos exabruptos (como cuando se intentó explicar algunas demandas recurriendo al intento desestabilizador de la red Fujimori-Montesinos-Sendero Luminoso), lo que no deja de tener su importancia en un país acostumbrado durante tanto tiempo a un discurso en sí mismo cuestionable).
Respecto a las diversas medidas específicas que se han ido adoptando (desde el programa “A trabajar” hasta la creación del zar antidrogas), son consideradas positivas en casi la mayoría de los casos según las últimas encuestas; no hay ninguna para oponerse y, menos, para hacer cuestión de estado; por tanto, hasta ahora no hay nada gravísimo que achacarle al régimen.
Dudas y murmuraciones
A la vez, no obstante lo dicho, y pese al poco tiempo transcurrido, no se puede negar que ya existen preocupaciones e incertidumbres importantes.
Una primera preocupación es que estamos frente a un gobierno que -como señalamos en la edición anterior– no presenta todavía las grandes directrices por donde piensa discurrir. No se perciben en la mayoría de los sectores ni grandes orientaciones generales ni políticas.
Obviamente, no nos estamos refiriendo al planteamiento de objetivos genéricos como “trabajo” o “lucha contra la pobreza”, sino a lo que se piensa hacer concretamente. Tampoco es suficiente, lo que se está haciendo y hará frente a la corrupción del régimen pasado, puesto si bien esta parte es indispensable, al mismo tiempo resulta obvio que no basta como plan de gobierno.
Esta carencia ha producido una especie de sensación de falta de gobierno y hasta de desgobierno que no resulta nada buena, tratándose de un gobierno que apenas se estrena, situación que algunos han considerado la primera crisis del régimen, al punto que obligó a Toledo a convocar un mitin de respaldo.
La falta de políticas claras y definidas determina muy poca capacidad de prevención de conflictos, y hace que se actúe sólo cuando éstos ya han estallado. Ésta es otra de las críticas que con fundamento se suele hacer, y que tiene el peligro adicional de estar generando una dinámica en la que sólo los problemas graves logran captar la atención del gobierno.
Sobre las razones de esta falta de directrices claras hay muchas hipótesis, que van desde las más benévolas (es un gobierno que todavía no ha cumplido los famosos 100 días, no se tiene experiencia de gobierno, etcétera), hasta otras mucho más peligrosas, como el estilo presidencial de Toledo, otro de los puntos que, no se puede negar, está ya entre las preocupaciones que se murmuran y hasta se manifiestan en voz alta.
Así como el estilo Paniagua facilitó enormemente que las cosas salieran muy bien, el estilo Toledo, por el contrario, estaría dificultándolo todo, y corren chismes y rumores sobre la manera de ser y gobernar de Toledo. ¿Es esto cierto, o se trata de parte de una campaña anti-Toledo sobre la base de una mala fama que arrastra del pasado y de la que no logra liberarse? Sólo el tiempo y los hechos lo dirán, pero que ya hay una preocupación por acá, la hay.
Frente a esta percepción de estar en manos de quienes –paradójicamente– lucharon tanto por el poder pero ahora no saben qué hacer con él, hay que reconocer que recientemente se han producido avances importantes. Es una muy buen iniciativa, por ejemplo, el intento de lograr una concertación entre las principales fuerzas políticas, impulsada por el ministro Dañino, pues es de esta concertación que pueden surgir las políticas que se reclaman. También es positivo que haya ministerios que, aunque sea un poco por la libre y sin un plan de conjunto, hayan decidido actuar y estén agarrando pista, como son los casos del Ministerio de Educación o el del Interior.
Otro nivel de preocupación son las diferencias, contradicciones y hasta enfrentamientos que han salido a la luz pública entre los “toledistas”. Pueden ser gajes de la pluralidad, pero si se agudizan serían más bien indicador de una mezcolanza de posiciones irreconciliables que pueden hacer imposible el arte de gobernar.
Por eso ha sido muy bien recibida por la opinión pública la reunión impulsada por el propio Toledo en la que a puerta cerrada y durante dos días el gobierno y sus amigos han intentado unificar criterios y limar asperezas.
Pero ha surgido una nueva veta de preocupaciones: ¿qué tanto está dispuesto Toledo a comprarse el pleito de la transición democrática, pero no sólo en lo que se refiere a sentar en el banquillo de los acusados a los fujimontesinistas que delinquieron, sino en términos de institucionalizar dicha transición, de crear las condiciones y bases para que su profundización y preservación continúen pase lo que pase?
Toledo suele decir que él es consciente de que su gobierno es parte también de la transición democrática, pero hay señales que demostrarían que no está sacando todas las consecuencias prácticas de esta afirmación (véase el idl-mail: “Transición en tensión”, de Susana Villarán). Señalemos algunas de estas señales.
Fuerzas Armadas: Preocupa lo poco que se ha avanzado en aprovechar las actuales circunstancias para poner orden, no por una actitud antimilitarista, sino por convicción democrática. Descentralización: Las marchas y contramarchas impiden que se den pasos concretos en algo que puede ser un verdadero cambio.
Reforma constitucional: Existen varias opciones al respecto, pero la única que no puede prosperar es seguir con la Constitución de 1993, como si nada hubiese pasado.
Poder Judicial: Hay sectores que están funcionando bien e independientemente, pero no se ve todavía una voluntad política a favor de refundar el poder de la administración de justicia.
Televisión: ¿Cuánto más se permitirá que quienes hoy están presos o perseguidos por haber hecho un uso ilícito de la señal de televisión que se les concedió sigan manejando los medios de comunicación, fundamentales como fuente de información y opinión?
Y no podemos cerrar el listado sin hacer una mención especial a lo que estaría ocurriendo en el Promudeh. Existen cada vez más denuncias sobre una politización del sector, que consistiría en llenar el ministerio de gente de Perú Posible y en haber frenado y desandado los esfuerzos que se habían iniciado por garantizar la independencia de todos los programas de ayuda social. No se puede descartar que se trate de un estilo personal de la ministra Doris Sánchez, pero en cualquier caso hay que esclarecer y corregir la situación.
Insistimos en que la importancia de este tipo de puntos está en que no sólo retrasan la transición democrática, sino que pueden llegar a ponerla en peligro, tanto frente a las fuerzas contrarias vinculadas al régimen pasado, todavía activas y esperando la oportunidad, como frente a nuevas tendencias que puedan ir surgiendo contra una verdadera democratización.
Ahora, así como es justo reconocer las preocupaciones que ya hay en relación con el gobierno de Toledo, al mismo tiempo es preciso tomar en cuenta: 1) el contexto; 2) el poco tiempo que ha trascurrido; y, 3) que lo que está en juego es mucho más que el éxito o fracaso de un gobierno o de un partido.
1) El contexto. La situación económica del país es un límite de la realidad contra el que se puede estrellar la mejor voluntad política y el mejor proyecto de gobierno. ¿Cómo manejar ese abanico de demandas justas y urgentes, con recursos muy limitados y sin caer en la demagogia? ¿Cómo impedir que cada sector intente imponer su demanda sin importarle el conjunto del país? ¿Cómo lograr sentido de realidad después de elecciones en las que se ha ofrecido a todos el oro y el moro? Desafíos que lindan casi con el milagro.
No solamente somos un país pobrísimo, sino que venimos de más de una década perdida, de destrucción y de saqueo. Tiene razón Toledo cuando nos lo recuerda, pero a la vez sabíamos que ése era el punto de partida.
Situación sumamente precaria la nuestra que se agravará aún más por el nuevo escenario internacional, generado a partir de los sucesos del 11 de septiembre.
2) No se han cumplido ni siquiera los famosos 100 primeros días. Por tanto, no hay nada que pueda plantearse a estas alturas como hecho consumado o irreversible; todavía estamos en un momento en el que se pueden apuntalar los éxitos y las tendencias positivas y a la vez corregir errores o vacíos.
3) Dadas las actuales circunstancias políticas, económicas y sociales del país, lo que está en juego es el futuro del Perú y no sólo el éxito o el fracaso de Toledo y su partido. Uno de los desafíos más importantes es entonces ¿cómo lograr exigir, fiscalizar y poner puntos de agenda, y, a la vez, aportar en la reconstrucción del país y la consolidación de la transición democrática? (Ernesto de la Jara)