Conferencia de Durban:
Racismo, intolerancia y xenofobia...
Wilfredo Ardito V.
La caída del muro de Berlín
trajo a los organismos internacionales una brisa de optimismo y la esperanza de
que se pudiera encontrar consensos mundiales. Doce años después, el fracaso de
la Conferencia contra el Racismo demostró que la escena internacional dista
mucho de ser pacífica. Durban no sólo fue la gran oportunidad perdida, sino un
preludio de la violencia de la semana siguiente.
En plena guerra fría, la ONU
pudo elaborar una Convención contra la Discriminación Racial. Ahora es imposible llegar a un acuerdo sobre
una declaración que ni siquiera es vinculante. ¿Cómo se pudo empantanar un tema
como la lucha contra el racismo, respecto del cual supuestamente ningún
gobierno u ONG estaba en contra?
Intolerancia
1: Las demandas
En un mundo en el que los medios prestan más atención al
divorcio de Nicole Kidman que a la dictadura de Birmania, la Conferencia contra
el Racismo representaba para muchos grupos la oportunidad de presentar sus
problemas, aunque no tuvieran mucho que ver con la discriminación racial, desde
la persecución a la secta china Falun Gong hasta la invasión del Congo, desde
los sordomudos chilenos hasta la escasez de tierras en los alrededores de Durban.
Una semana antes de la Conferencia
se realizó en un estadio de cricket un gran Foro de ONG, pero en lugar de ser
la ocasión de plantear una plataforma común sobre el racismo, se transformó en
una suma de reivindicaciones aisladas, muchas veces económicas. Cada grupo
parecía enfrascado en demostrar que sufría más, mostrando una notable
incapacidad para realizar acuerdos o alianzas.
Organizaciones negras e indígenas se asumían como rivales, y aun entre
los mismos grupos de una etnia eran evidentes los conflictos por poder o
protagonismo. Muchas veces, es verdad, no se trataba de insensibilidad frente
al sufrimiento ajeno, sino de muchas dificultades lingüísticas que impedían la
comunicacíón entre pueblos de regiones diversas. Sería absurdo también negar la
existencia de prejuicios raciales entre los integrantes de las ONG: “Si ese
señor estuviera en un ascensor, me daría miedo subir”, me dijo una indígena
latinoamericana refiriéndose a un corpulento negro.
Algo parecido se había visto en la
Conferencia Preparatoria de Santiago de Chile, cuando los delegados negros e
indígenas se oponían a que se incluyera la discriminación de la población
mestiza en la declaración regional: “Ellos ven esto como una torta”, me comentó
entonces un diplomático peruano, “y no quieren compartir su porción, cuando
deberían tratar que la torta fuera más grande”. En la misma conferencia,
mientras los aimaras y mapuches disputaban el protagonismo, ninguno mencionaba
a quienes más sufrían la discriminación en Chile: los migrantes peruanos. En Durban, la mayoría de grupos estaba más
preocupada por obtener su porción de la torta que por solidarizarse con las
poblaciones cuya vida estaba realmente amenazada, como los indígenas
colombianos o los dalit (intocables) en la India.
En buena medida, las reivindicaciones tenían una fuerte
carga ideológica: las ONG y los gobiernos africanos, junto con los negros
norteamericanos, buscaban exigir a los países desarrollados una reparación
económica para los descendientes de los esclavos: “Yo no puedo hablar mi
antiguo idioma africano”, me decía un abogado negro norteamericano. “¿Cómo no
voy a merecer una reparación?”. Sin embargo, las actuales prácticas de
esclavitud por motivos raciales, que subsisten en Níger, Mauritania y Sudán,
con el respaldo de sus gobiernos, eran totalmente ignoradas.
Evidentemente, pensar que Estados Unidos iba a aceptar
indemnizar a todos los descendientes de esclavos era una pretensión
descabellada e inviable. ¿Puede un país independiente ser responsable por lo
que ocurrió cuando era una colonia? Y los países latinoamericanos, ¿deberíamos
ser considerados víctimas o victimarios de procesos como la conquista, la
colonización o la esclavitud?
Por otro lado, los países árabes exigían que la Conferencia
condenara explícitamente a Israel como un régimen de apartheid y al sionismo como racismo. En estos países, y en
muchos otros lugares, la causa de los palestinos se ve con mucha simpatía y se
condena abiertamente las masacres cometidas por Israel... pero, ¿era este un
problema racial? ¿Podía esperarse consenso en este punto?
Intolerancia
2: Desde el poder
“La actuación de los Estados
Unidos en la ONU es como un juego de fútbol donde el niño más grande y fuerte
quiere imponer sus reglas, y si los demás no le hacen caso, dice que se va con
la pelota”, me decía un funcionario croata antes del ascenso de George Bush a
la Presidencia.
Después de haber bloqueado los
consensos sobre el control de armas químicas y el medio ambiente, la
administración de Bush buscó desde un inicio disminuir el perfil de la
Conferencia, al impedir que estuviera presente el secretario de Estado, Colin
Powell, aunque él encarna en su propia vida la lucha exitosa contra el racismo.
Luego, al conocer las demandas de los países africanos y árabes, la delegación
norteamericana se retiró de la Conferencia, junto con Israel. De esta forma
Estados Unidos desairaba a toda la comunidad internacional, sin imaginar que
pocos días después debía buscar, ansioso, su respaldo.
Seguramente pensaba que sus aliados europeos y Canadá lo
seguirían dócilmente, pero éstos, lejos de partir, se quedaron a negociar
arduamente un texto que pudiera representar la realidad de todos los pueblos.
Un comentarista del diario español El
País señaló que esta creciente intolerancia exponía a los
estadounidenses a ser blanco de ataques violentos, pero que el gobierno de Bush
parecía no tomarlo en cuenta.
El gobierno de Estados Unidos pudo aprovechar Durban para
comprender que mucha gente en el mundo rechaza los periódicos bombardeos sobre
Irak, el embargo contra Cuba y los abusos de las transnacionales. Yo me
sorprendí viendo a miles de jóvenes zulúes aclamando a Fidel Castro con el
toyi-toyi, unos saltos rítmicos. No dejo de preguntarme: ¿cuál habría sido la
reacción si los atentados contra Washington y Nueva York hubieran ocurrido
durante la Conferencia? ¿Alguien habría bailado toyi-toyi?
¿Y
América Latina?
La polarización entre países desarrollados y “tercer mundo”
dejaba desubicados a los diplomáticos e integrantes de ONG latinoamericanas, especialmente
cuando los representantes de crueles dictaduras africanas y asiáticas y sus
siniestras seudo ONG pretendían aliarse con sus “amigos del Sur”. Los
latinoamericanos sentíamos en muchos momentos que no teníamos un lugar en esa
conferencia. De hecho, los organizadores parecían haberlo pensado así, porque,
aunque el español es uno de los idiomas oficiales de las Naciones Unidas,
actuaron como si todos los delegados supieran inglés, generando mucha
marginación de los latinoamericanos, que no contaban con servicio de
intérpretes para los serios problemas que vivían: cientos de formularios
llenados por los delegados latinoamericanos se perdieron en algún rincón de
Ginebra y había que pasar un día o dos intentando acreditarse.
Además, Durban tiene serios
problemas de inseguridad e infraestructura hotelera. Muchos delegados fueron
instalados en las hermosas colonias de playa, donde los acaudalados blancos se
han establecido huyendo de la criminalidad de sus compatriotas negros... hasta a 170 km de distancia del lugar de la
Conferencia y sin contar con transporte público. A otros se les asignaron
alojamientos en lugares peligrosos y fueron asaltados (un marroquí fue
asesinado en su hotel).
Algunos africanos inclusive increpaban a los
latinoamericanos por su “incapacidad” para hablar inglés. “No tengo por qué
aprender un idioma imperialista”, manifestó un delegado brasileño, hastiado del
maltrato.
En cuanto a la problemática, los negros
e indígenas norteamericanos repetían la arrogancia de su gobierno, actuando
como si no tuvieran necesidad de conocer las demandas de sus “hermanos del
Sur”. De esta manera, la abierta confrontación que existe entre los indígenas y
los gobiernos de Estados Unidos, Canadá y Australia era mucho más visible que
la permanente coordinación entre los gobiernos y delegados indígenas
latinoamericanos. Aunque en las
conferencias paralelas sí había traducción simultánea, en muy pocos casos se
concedía el uso de la palabra a las personas de habla hispana; y de formularse
una pregunta, nadie se daba por aludido para contestarla.
¿Cuál fue el saldo positivo de la
Conferencia? Pues demostrar que los
mejores consensos deben buscarse en el nivel regional: una conferencia europea
o latinoamericana sobre el racismo puede ser más útil. Temas como la publicidad
discriminatoria o la discriminación racial en el acceso al empleo sólo pueden
discutirse eficazmente cuando existen mínimas características comunes entre los
países.
Afortunadamente, los países
latinoamericanos reafirmaron su respaldo al documento elaborado en la
Conferencia de Santiago, lo que es muy positivo para nuestro país, dado que
encierra el aporte del Perú respecto de la población mestiza.
Y finalmente, escuchando que los
tutsi de Ruanda (los que sobrevivieron al genocidio) han matado a dos millones
en el Congo, que hay mujeres dalit reservadas para que cualquier hombre duerma
con ellas, que no parece haber esperanzas para Chechenia o los refugiados palestinos,
los problemas de racismo en América Latina parecen serios, pero no tan
mortales... y darse cuenta de cuánto sufrimiento hay en este mundo ya es
bastante importante, especialmente porque los responsables lograron marcharse
impunes de Durban... y los atentados del 11 de septiembre ayudarán a que muchos
se olviden de ellos.