¿Toledo contra Toledo?
Toledo cumplió hace poco los tradicionales y reveladores 100 primeros días, y muchos cumplieron el rito del balance. ideele intenta un balance del balance.
Ala luz de los muchos balances que se han hecho sobre los tradicionales y simbólicos primeros 100 días del nuevo gobierno, el presidente Toledo y su entorno deberían comenzar por reconocer un elemento muy importante: se ha sedimentado ya en la percepción de le gente un sentido común en contra. Un feelling negativo que abarca dos aspectos muy concretos: 1) el nuevo gobierno no lo está haciendo bien, o, por lo menos, no del todo bien; 2) el estilo presidencial de Toledo es parte del problema.
En efecto, si nos remitimos a los balances escritos o a la conversación de la calle, luego de descartar las dos posiciones extremas –la del país de las maravillas, que sólo sostienen algunos oficialistas, y la de todo pésimo, incluso peor que antes, versión de los ex oficialistas–, la gran mayoría, aunque distingue puntos a favor y puntos en contra, al final transmite una sensación de esperábamos más, debió ser mejor y hasta de desaprobación, sobre todo considerando –se suele decir– que se trata de un gobierno que apenas empieza y frente al que se tenía –se tiene– entusiasmo y expectativas.
¿Y luego qué viene? Anécdotas y chismes en los que el presidente Toledo no sale bien librado.
Es posible entrar a discutir cuán justas o injustas pueden ser estas apreciaciones, sustentar que son más los puntos positivos que los negativos, que no hay nada gravísimo, o que las críticas a la vida personal de Toledo son exageradas, pero hay que partir por reconocer el hecho de que, sea como sea, el runrún negativo existe, y que se ha desatado en un tiempo record: menos de tres meses.
Y la cosa tiene repercusiones prácticas muy concretas, porque así como un sentido común positivo facilita todo, pues es una viada a favor, el sentido común negativo lo complica y hace que todo sea más cuesta arriba. En el caso de Paniagua se generó casi de inmediato la sensación de estar en muy buenas manos y de mucha confianza frente al equipo de gobierno, lo que aumentó la buena predisposición de la gente a la hora de evaluar medidas, resultados y hasta limitaciones o errores. En el caso de Toledo, en cambio, ocurre lo contrario, pues como ya hay ese las cosas no van bien, lo instintivo es ver mucho más la parte negativa, y hasta desconfiar de lo objetivamente positivo.
Es triste recordarlo, pero en el caso de Fujimori el sentido común positivo rápidamente logrado produjo el famoso "efecto teflón", que permitió que durante años pudieran ocurrir mil cosas negativas, desde catástrofes naturales hasta arbitrariedades mayúsculas, pero nada –como se decía en la época– se le pegaba: gracias a su áurea positiva, todo en él resbalaba.
Y, obviamente, con esto no estamos planteando que a Toledo le falta marketing o que tiene que cambiar de agencia de publicidad porque ha equivocado la manera de construir y vender su imagen. Creemos más bien que hay razones de fondo que analizar. Y ya en el debate sobre los 100 días de Toledo han salido a relucir muchas y de muy diferente clase: exceso de ofertas electorales imposibles de cumplir dadas las condiciones del país; demandas y expectativas acumuladas; el período de gracia se lo llevó Paniagua; el contexto internacional adverso, entre otras. Pero en esta oportunidad nos interesa destacar dos: una que podríamos considerar "interna" y otra "externa".
La interna se refiere a los méritos propios de Toledo, y la externa corresponde a una especie de cargamontón que contra él se ha generado un poco sin querer queriendo.
El talón de Aquiles de Toledo
Méritos propios, porque a estas alturas todo indica que el principal enemigo de Toledo es el propio Toledo. Esto quiere decir que, si siguen así las cosas, lo que no pudo hacer contra él toda la adversidad económica y social que ha tenido que enfrentar para llegar hasta donde ha llegado (nada menos que a la Presidencia de la República); lo que no pudo toda la maquinaria del fraude y la famosa red fujimontesinista, lo logrará él mismo. Algo así como que la terquedad del Cholo puede terminar siendo el talón de Aquiles del Cholo. Prueba de esto es que estamos seguros de que ya todos saben a qué nos estamos refiriendo sin haber tenido que hacer ni una sola mención explícita.
Es esta parte de Toledo lo que está haciendo que los aciertos pasen casi desapercibidos y que los errores se vean con luna de aumento. Así, por ejemplo, lo conseguido por la Mesa de Donantes casi no ha sonado, mientras que Coqui Toledo es visto poco menos que como el nuevo Montesinos.
Además, el estilo presidencial de Toledo no sólo es un punto en contra en sí mismo, sino que estaría haciendo muy difícil
–cuando no imposible– las labores de gobierno del día a día. Cada vez es más frecuente el "no gobierna ni deja gobernar". Por acá también puede estar esa falta de grandes decisiones y orientaciones que ha producido una sensación de un cierto desgobierno, una de las principales críticas en el balance de esta primera etapa. Cómo habrá sido, que el propio Toledo ha tenido que acuñar la expresión "el relanzamiento del gobierno".Entonces, no se trata de cuestiones anecdóticas o sin importancia, como han salido a decir algunos, sino de señales que pueden estar marcando literalmente el derrotero del gobierno. Más, si estamos en un país que, por lo que acaba de vivir y por el estado generalizado de carencia económica, tiene la desconfianza y la irritabilidad a flor de piel.
Ahora, todavía estamos a tiempo. Toledo ya ha demostrado en otras circunstancias ser capaz de crecerse, de ponerse a la altura de las circunstancias cuando la realidad lo desafía. Sólo queda la esperanza de que tome conciencia del papel histórico que le toca cumplir y de lo patético que sería que sea él la causa del fracaso de su propio gobierno, por el que luchó
–luchamos– tanto.El entorno presidencial puede ayudar mucho a que Toledo saque su mejor parte, siempre y cuando se dejen de lado las habituales actitudes de quienes están cerca del poder. Nos referimos a esa actitud cortesana, tan de nuestro medio, por la que sólo se le dice al Presidente lo que quiere escuchar, por miedo a ser expulsado del Paraíso; o la actitud del perro guardián, ese del "nadie toque al Presidente".
Un cargamontón sin querer queriendo
Sin negar para nada lo anterior, que es lo principal, creemos que hay también otros elementos externos, como el que a continuación planteamos.
Es sabido que las peores alianzas a enfrentar son aquellas que se dan de hecho, involuntariamente, entre sectores muy distintos pero que comparten un "adversario" común.
Algo así también está pasando con Toledo. Hay muchos y muy variados intereses que juegan en su contra. Primero están, y por razones obvias, todos los que tienen que ver con lo que ocurrió en el régimen anterior: todos los que están sentados en el banquillo de los acusados por sus vínculos con la red de corrupción de Fujimori y Montesinos; o los que temen estarlo. Los que sin haber sido corruptos quieren que rápidamente extrañemos al régimen pasado para que así haya posibilidades de volver. Los que de una u otra manera se beneficiaron económicamente, no de manera ilícita pero sí pescando a río revuelto. Los que se jugaron por el anterior régimen en términos de análisis (Fujimori como garantía de estabilidad) y creen que si Toledo dura poco tan equivocados no habrían estado.
Sectores todos éstos que son poderosísimos en el país, pues o están vinculados a los principales grupos económicos o mantienen en sus manos instrumentos de presión; por ejemplo, algunos canales de televisión.
En otro nivel, también están todos aquellos sectores que saben que si la transición continúa, llegarán a ser tarde o temprano afectados de una u otra forma. Por acá podemos ubicar a todos los que se sienten nerviosos cuando se habla de las reformas institucionales como Fuerzas Armadas, Policía, Poder Judicial, etcétera.
Se suman también, aunque de una manera completamente diferente, los distintos sectores que tienen aspiraciones políticas legítimas y que por estar disputándose los liderazgos en el amplio espectro de la actual oposición, necesitan marcar claramente las diferencias con el actual régimen, para levantarse así como alternativa, más si el próximo año habrá elecciones municipales y regionales.
Siguen en la fila todos los que luchan por "su reivindicación", la que le compete personalmente, justa y sentida, sobre todo porque en la campaña electoral hubo una promesa muy concreta, hoy incumplida.
Y así podríamos continuar con la lista: determinados medios acostumbrados a vivir de la primicia en términos de escándalo; los que podrían beneficiarse si el gobierno experimenta una crisis política de magnitud, etcétera, etcétera. Motivaciones e intereses muy distintos, algunos –insistimos– absolutamente legítimos, pero que, juntos, adquieren por momentos un efecto arrollador.
Obviamente, si no existiera lo primero –es decir, si el gobierno y Toledo tuvieran una buena performance en materia de capacidad de gobierno–, lo segundo no pasaría de ser un dato de la realidad, propio de una época de transición y parte del juego democrático.
Si bien no se puede caer en el sofisma de que fiscalizar o exigir a Toledo es hacerle el juego a Fujimori-Montesinos y poner en riesgo la transición, sí hay un desafío de separarnos de quien lo hace tratando de jalar agua para su guarida.
Todo esto quiere decir que el gobierno tiene un nuevo y apremiante desafío: revertir ese sentido común negativo que está facilitando el efecto teflón al revés. Y el camino sólo pueden ser señales muy concretas de que lo que produjo esa percepción no va más. (Ernesto de la Jara Basombrío)