La mirada de la gente
Susana Villarán
Mucho se ha escrito en este último tiempo sobre los primeros 100 días de gestión del gobierno de Perú Posible. Como suele suceder en estas circunstancias, han sido los analistas y los líderes políticos quienes han hecho oír su voz. Pero, ¿qué dice la gente de todo esto? ¿Anda realmente preocupada sólo por el sueldo de Coqui Toledo o los líos en la Base Naval del Callao?
Hace pocos días acudí a la convocatoria del Comité de
Derechos Humanos de El Agustino. Como todos los años durante los últimos 20,
esta institución reunió a pobladores organizados en comedores populares, juntas
vecinales, organizaciones educativas, la Policía, dirigentes sindicales,
organizaciones no gubernamentales y vecinos y vecinas en general, para hacer un
balance de las inquietudes y propuestas de todos ellos frente a las
dificultades y oportunidades del país en este momento de transición a la
democracia.
Cuando una
escucha a los pobladores de un lugar como El Agustino, en Lima, estremece descubrir
la distancia existente entre la urgencia de sus angustias y el ritmo en que
transcurre la actividad de quienes definen las políticas públicas. Por ello, me
parece oportuno cambiar la perspectiva y el enfoque para colocar los
reflectores en lo que la gente siente y piensa que está aún por hacerse y en
sus prioridades y preocupaciones. Esto nos permitirá recordar lo que con
frecuencia se olvida: que el pueblo puede tornarse rápidamente esquivo a
quienes desoyen su clamor.
Confianza
Es mayor
la desconfianza que la confianza en quienes ejercen la función dirigencial y
pública, tanto en el ámbito local, municipal, como en el Ejecutivo, el
Legislativo y el Poder Judicial. La experiencia del Gobierno de Transición y la
legitimidad del origen del actual gobierno son evidentemente valorados por la
gente: "Estamos en un nuevo momento", dicen. Sin embargo, las
críticas al gobierno actual, a los alcaldes y dirigentes sociales, así como a
jueces, policías, congresistas y fiscales expresan la profunda corrosión del
crédito concedido a las autoridades en las últimas décadas en el Perú. Todavía
se asocian a la autoridad, elegida o designada, características muy
preocupantes para la gobernabilidad: nepotismo, corrupción, interés privado,
falta de transparencia, utilización del pueblo, promesas incumplidas, lejanía.
Vencer la
profunda incertidumbre de la gente de a pie sobre quienes dicen ser sus
representantes y recuperar la confianza en una autoridad legítima se vuelve el
primer punto de la agenda de la transición democrática. Ello supondrá dar
muestras concretas de un estilo distinto de gobernar que eleve radicalmente el
estándar de la gestión pública. La cercanía y transparencia (es decir, el abrir
espacios institucionales para escuchar, informar, rendir cuentas y promover la
fiscalización y vigilancia ciudadanas); la capacidad de entrega y actitud de
servicio exhibida por las autoridades; el prometer con responsabilidad, así
como la austeridad –los sueldos altos y la brecha de ingresos son una herida
abierta y dolorosa–, son, todos, rasgos asociados al tipo de autoridad que la
gente reclama para creer y confiar en la democracia.
Equidad
Desde la
perspectiva de la gente, se trata de una agenda social impregnada de angustia
cotidiana: "me avergüenza no tener trabajo", "los services nos explotan",
"las tarifas son impagables", "no hay justicia para las mujeres
maltratadas", "no hay salud gratuita", "la Policía es
corrupta y no hay seguridad en las calles".
La gente
no espera una reactivación inmediata; es más: existe un gran realismo acerca de
los escasos recursos con los que cuenta el presupuesto nacional y del tiempo
que demorará la generación de nuevos puestos de trabajo. La demanda es, pues,
de una intervención más decidida y coherente en estas áreas sociales tan importantes
en la vida diaria de la gente: seguridad, programas sociales reactivadores de
la economía local y acceso a la justicia. Si se leen con profundidad estas
expresiones ansiosas, lo que se reclama son políticas públicas que incluyan a
todos y, especialmente, un cambio de prioridades. Se trata, en suma, de una
exigencia de equidad. La impaciencia social se nutre de la desigualdad.
De la
manera en que se asuma esta agenda de prioridades sociales dependerá en gran
parte el éxito de la transición democrática, porque una democracia sin
resultados concretos o con resultados sólo para una porción siempre
privilegiada de la población no va a ser defendida por la inmensa mayoría de la
gente.
Participación
"Tenemos
la esperanza de que la democracia sea participativa", escribieron en los
papelógrafos pegados en las paredes de la Parroquia Virgen de Fátima en El
Agustino. En un momento oportuno y decisivo de la transición a la democracia,
habrá que tomar muy en serio esta expectativa. Existe un genuino deseo de ser parte
de los procesos de toma de decisiones que afectan la vida de la gente. Abrir y
consolidar los espacios de consulta, concertación y diálogo, así como
fortalecer y democratizar las organizaciones sociales, las instituciones
cívicas y los partidos políticos constituyen también demandas sociales
impostergables.
Se trata,
pues, de establecer una línea de quiebre clara y definitiva con los métodos y
estilos con los que el régimen político anterior impregnó las instituciones:
clientelismo, intervención, desprecio de la autonomía, subordinación,
asistencialismo, verticalidad. Ésta es una tarea que desafía radicalmente a
cambiar los estilos de los dirigentes sociales y políticos, así como a abrir
las instituciones públicas a la participación, descentralización de las
decisiones, fiscalización y vigilancia de la sociedad.
Valores
Existe
finalmente una añoranza de valores que parecen haberse perdido en la
convivencia social: "no existe solidaridad ni civismo", "la
corrupción se encuentra en todas partes". Quienes están decididamente a
favor de la transición democrática tienen ante sí una tarea descomunal:
entronizar la ética en la acción pública pero, más allá de esto, dar ejemplos
concretos y personales de solidaridad, transparencia, probidad y
responsabilidad.
En otra
dimensión, mucho más profunda, se ubica la enorme preocupación por los cambios
radicales que han ocurrido en una de las estructuras básicas de la sociedad
como es la familia. Muchos de los problemas que angustian a la gente tienen que
ver con problemas relacionados con la llamada "desestructuración de la
familia": "los niños están abandonados en las calles", "hay
más violencia familiar", "crece la prostitución", "aumenta
el número de madres solteras", "¿qué hacemos con nuestros hijos que
se unen a las pandillas?".
El asunto
es complejo y no puede ser visto con una mirada de corto plazo. La pérdida del
papel proveedor del varón por el desempleo y por el ingreso de la mujer en el
mercado laboral; la mayor sobrecarga de las mujeres; los problemas culturales
de profunda raigambre cultural como el machismo, configuran una problemática
que reclama ser comprendida y atendida con decisión, y establecer políticas
sociales que tomen en cuenta el proceso de cambio que se opera en este espacio
básico de socialización que es la familia.
Atender
los síntomas no basta. La familia convencional está profundamente afectada y
ello constituye un problema muy grave porque se trata del espacio primario de
amparo, socialización y protección de las personas, especialmente de los niños
y las niñas.
La gente reclama dar prioridad a las políticas de largo
aliento. Pero hablar de mediano y largo plazo no excluye la evaluación de si
los primeros pasos se ubican en la dirección correcta. Cada una de las demandas
–autoridades legítimas, desarrollo con equidad, participación democrática,
nuevos valores en la convivencia social– plantea desafíos que el régimen
democrático tendrá que enfrentar desde ya, en los próximos años y décadas, para
ser valorado, disfrutado por todos y todas y, por consiguiente, defendido por
la gente.