11 de setiembre: entre el ataque y la respuesta
Los atentados del 11 de
setiembre, lamentablemente, cumplieron su objetivo de desatar una espiral de
violencia. A las víctimas de las Twin Towers, del Pentágono, de los aviones, se
sumaron las de Afganistán y las del Ántrax. El
panorama es incierto y oscuro para todos. A continuación, más opiniones sobre
el curso de los acontecimientos, a dos meses de los atentados.
¿Quién odia a quién?
Rocío Silva Santisteban
Una de las mayores
desilusiones que me he llevado en la vida ha sido constatar la falta de
auditorio para una recital de poesía o la poca afluencia a una movilización por
la democracia o la paz. Pero ambas experiencias son comunes; las he vivido, las
sigo viviendo.
Esa noche salía junto con mi hija de la biblioteca pública
de Boston, situada en la Plaza Copley, en el centro de la ciudad, y pudimos
verlos a todos en su minúscula reunión. Serían treinta, o de repente soy
demasiado generosa. Pero eran pocos, muy pocos, casi tan pocos como las mujeres
que nos reuníamos a fines de 1999 para gritar por los derechos de la mujer; y
así como nosotras, todos, absolutamente todos, llevaban pancartas que alzaban
sobre sus cabezas mientras gritaban consignas intentando expandirse,
extenderse, multiplicarse.
Un muchacho con cierta apariencia grunge –los pelos rubios revueltos, el jean totalmente trajeado– se me acercó y me dijo algunas
palabras con rabia que no pude entender. Una rabia totalmente explicable: son
apenas unos cuantos los que se rebelan contra los designios de sus dioses y se
yerguen contra la prepotencia. Era –ya lo habrá notado el lector– una marcha
por la paz y contra la guerra en la que está empeñado el presidente Bush. Un
movimiento que durante los setenta hubiera tenido miles de militantes, ahora, a
comienzos del nuevo milenio, apenas reúne a veinte simpatizantes. Un retroceso.
Una derrota.
La soberbia de un país poderoso como los Estados Unidos se
ha expresado de mil maneras, y esta vez se ha desmoronado de una sola. Los
ciudadanos del Imperio han
bajado del último peldaño donde se encontraban situados para darse cuenta de
que, junto con los millones de latinoamericanos que hemos padecido el terror
durante años anteriores, el miedo también existe, está a la vuelta de la
esquina, puede acorralarnos sin previo aviso y puede amenazarlos (a ellos, a la
nación más poderosa del mundo, a los intocables). Han tenido que caer dos
torres de babel para que se asome esta brizna de vulnerabilidad.
De las múltiples reacciones que me han llamado la atención
en relación con los sucesos del 11 de setiembre se encuentra en primer lugar la
increíble indiferencia que algunos estadounidenses han demostrado: arrinconados
en su mundo de consumo, la guerra que se libra contra Al Qaeda, Bin Laden y el
pueblo afgano es apenas percibida como una lejana amenaza de Ántrax. No pasa nada, lo de Nueva York ahora está
totalmente controlado, la amenaza terrorista es real pero no pueden tocarnos. God bless America. La vida loca sigue, y hasta durante el Halloween algunos,
los más lisos, se disfrazan de Bin Laden.
Otra de las reacciones que no me sorprende y que dice mucho
de este país es el nacionalismo, el patriotismo, la estampa de la bandera
estadounidense hasta en las caderas de los vestidos prêt-a-porter de Donna Karan. Sabíamos que Madonna llegó a la
cúspide con canciones como "American Pie" y que el leit motiv de la bandera es un cliché
típico en gorros, polos, toallas y sábanas. Pero las banderitas en las antenas
de los carros, en las ventanas de las casas, y sobre todo la letra del himno
nacional resonando en los pechos de todos los cantantes, incluso dentro de los
lampiños pectorales de Ricky Martin, dicen mucho sobre cómo se entiende el
colapso. No es de sorprenderse, entonces, que un columnista de The New York Times, Thomas L.
Friedman, en un artículo titulado "World War III", haya sostenido al
día siguiente del desastre que los "otros", los no-occidentales,
"no sólo odian nuestras costumbres y nuestra manera de ser, odian nuestra
existencia".
Felizmente existen
mentes libres de verdad que pueden hablar sobre el mismo tema, con el mismo
sentimiento de pérdida, pero sin dejar la perspectiva de lo que significa el
resurgimiento de un nacionalismo primitivo. En el último número de Interview, Patti Smith, la roquera
contestataria de los setenta, ha escrito un réquiem a las torres titulado
"Twin Death" que, entre otras cosas, subraya:
"Las torres se han ido y la piel de nuestro cielo
permanece herida. Se han ido. ¿Qué tipo de inteligencia ha cometido este acto?,
¿qué retrato puedo pintar?, ¿qué líneas puedo dibujar?, ¿para qué memoria
humana puedo hacer esto? [...] Desperté con los gritos: yu-es-ei, yu-es-ei...
Renace el nacionalismo. Las banderas vuelan. Esta visión me sumerge en un
conflicto, ¿para nosotros es un interés global? Vivimos en el tiempo más humano
de todos. Nosotros somos Nueva York. Una ciudad completamente humana. La
diversidad es nuestro orgullo".
Pero es un lunar. Patti Smith y los activistas de la Plaza
Copley son apenas las excepciones que confirman la regla. Esa regla de tres que
termina siempre dividiendo y dividiendo. ¿Y qué se podía esperar de un país
cuyos símbolos nacionales son los actores de Hollywood? ¿De un país que, como
sostiene David Brooks, convirtió a la serie Seinfeld, una serie sobre "exactamente
nada", en su principal comedia? ¿De un país pendiente durante meses de una
definición "políticamente correcta" sobre sexo oral? ¿De un país que
ostentaba su invulnerabilidad en una teoría económica universal?
En todo caso, el 11 de setiembre,
fecha repetida hasta el hartazgo por los noticiarios parametrados, ha sido un
quiebre: de una manera terriblemente dolorosa y con la pérdida de vidas
humanas, los estadounidenses han comprendido que forman también parte del
mundo. No del sueño americano: del mundo real, con África al borde de la
inanición en cada momento, con América Latina y su violencia en espiral, con
Europa y sus crisis nacionalistas, con Rusia y sus mafias, con la India, sus
hambrunas y su bomba atómica. Y, claro, con el mundo árabe y sus contradictorias
teocracias, sus luchas por pedazos áridos de suelo y su desesperación
convertida en suicidio. El peligro es que olviden su pertenencia y consigan,
nuevamente, levantar una torre de marfil sobre los escombros.
Les cedo el beneficio de la duda: el ciudadano de a
pie ha sido en verdad zamaqueado. No puede huir de la realidad aun cuando
pretenda zambullirse debajo de tarjetas de crédito, ofertas de todo tipo o
anuncios de publicidad. El ruido del derrumbe ensordece a los más conscientes;
los otros se tapan los oídos, pero ya lo escucharán. Están (¿tendría que decir
"estamos"?) al borde de un cambio que puede ser un corte en la
historia del mundo. El Imperio
ha empezado a trastabillar, en la cima de su hegemonía ha demostrado que se
encuentra vulnerable al centro del corazón que lo impulsa. La sensación de
poderío y omnipotencia se convierten, a pasos agigantados, en el recuerdo
hollywoodense de una mala película de acción.
Rocío Silva Santisteban es periodista y escritora.
Más allá del principio del placer
Roberto Lerner
El ataque
producido el 11 de setiembre, un evento sin duda apocalíptico, ha suscitado las
más variadas reacciones y comentarios. Desde el horror que no logra despegar a
quienes lo experimentan de las imágenes mediáticas, hasta las reivindicaciones
histéricas de Nostradamus, pasando por el cambio de hábitos y conductas, las
personas y los grupos han ido procesando el golpe. Es en circunstancias de este
tipo que los intelectuales deben tratar de poner conceptos y hechos en un contexto
con el fin de que la opinión pública vaya más allá de la reacción.
En
primer lugar, el sentimiento de ruptura
La mente humana no está hecha para
procesar la información continua; mejor dicho, al serlo, ésta se convierte en un
ruido de fondo que deja de ser un dato de la conciencia. Es un fenómeno –en el
nivel más elemental se llama habituación– que permite a los organismos no
responder a la estimulación que se convierte en redundante y permite
discriminar aquellas ocurrencias de la realidad que son relevantes y, sobre
todo, significativas para la supervivencia. Ni el ritmo al que late nuestro
corazón, ni las muertes que ocurren de manera acumulativa a lo largo de los
días, son algo que nos conmociona. Harina de otro costal, aunque en términos de
salud o moral la cosa se podría discutir, es cuando algo ocurre de manera
súbita, inesperada, brutal y cortante. Que se trate de una taquicardia o de un
accidente aéreo, nuestros cerebros se atribulan ante la magnitud de las alarmas
que el mundo interno o el externo parecen emitir.
Dos
comentarios adicionales al sentimiento de quiebre
Hay una parte de la humanidad que
asumió demasiado fácilmente la ilusión de un horizonte de continuidad. Los
únicos tumultos y turbulencias serían los baches temporales en los valores
bursátiles, y todas las energías estarían dedicadas a ir haciendo la vida más
fácil y combatir las pocas enfermedades que aún no hemos logrado dominar. Ante
la magnitud del terrible golpe a las torres gemelas –de paso, no deja de
sorprenderme la modestísima atención prestada al Pentágono: aunque las primeras
se conjugan en femenino y el segundo en masculino, sus geometrías sugieren
otras asociaciones–, una mente acostumbrada durante millones de años a lo
discontinuo, a lo incierto y a lo precario reacciona como siempre lo ha hecho,
pero además con un enorme nivel de desilusión. Al fin y al cabo, el mundo sí es
un lugar donde pueden pasar cosas peores que un ataque al corazón o un descenso
más o menos brusco del NASDAQ.
Pero también hay un sentimiento de
sorpresa que tiene algo de infundado desde el punto de vista de la seguridad,
esta vez no de las mentes sino de los equilibrios de fuerzas mundiales. Los
intereses norteamericanos estaban siendo atacados sin misericordia desde hace
varios años: sedes diplomáticas, barcos de guerra y... las torres gemelas,
fueron escenarios en los que cientos de personas perdieron la vida. Por otro
lado, el fortalecimiento de las opciones fundamentalistas en todo el mundo –la
derecha religiosa, los partidos extremistas judíos–, pero especialmente en el
mundo musulmán, ha sido un hecho central en los desarrollos políticos de los
últimos años y permitía esperar una acción como la ocurrida.
En
segundo lugar, la confusión en cuanto a los actores
Árabes y musulmanes se confunden
en un todo indiscriminado. Se olvida que el país musulmán más grande es
Indonesia; que una de las guerras más cruentas luego de la II Guerra Mundial se
peleó entre dos países musulmanes: uno árabe, Irak, y otro no árabe, Irán; que
los países árabes tienen una historia de conflictos intensos y muchas veces
violentos, entre los que la represión brutal del Islam ha sido uno de los más
frecuentes; que el conflicto entre israelíes y palestinos obedece a una lógica
nacional y bastante occidental –tanto las organizaciones que estuvieron en la
base de la creación del Estado de Israel como las que reivindicaron las
aspiraciones palestinas tienen un indudable origen marxista– y que ha tenido
muy poco que ver con las reivindicaciones cósmicas presentes en la prédica de
los perpetradores del 11 de setiembre, cuyo origen está en el movimiento
egipcio de los Hermanos Musulmanes; para mencionar algunos de los datos que
conforman el contexto dentro del cual colapsaron las torres y en el que nos
tendremos que mover en el futuro.
En
tercer lugar, el escenario
Las
sociedades abiertas, con todos sus defectos, uno de los cuales es reaccionar
con algo de lentitud inicial, son un logro excepcional de la civilización.
Aunque no constituyen la única forma de organizarse de manera colectiva –a
veces parecieran un paréntesis que está a punto de cerrarse permanentemente–,
sí aseguran el mejor equilibrio entre justicia y libertad, individuo y
comunidad, poder y debilidad, público y privado. Quien escribe estas líneas
adhiere firmemente y sin complejos a lo que representan y que está bajo ataque.
Las ridiculeces, las exageraciones y las injusticias de sus sistemas, o la
soberbia y la torpeza en el manejo de las relaciones internacionales de los
Estados Unidos, no pueden obviar el que las torres gemelas están en nuestro
territorio y que tienen un equivalente, aunque con varios pisos de menos, en
Tarata.
La incertidumbre, las presiones sobre la vida en
común, la disciplina colectiva, la presencia permanente del peligro, la
necesidad de asumir dosis no desdeñables de riesgo y sufrimiento, la vigilancia
inteligente, la superación del miedo, deberán ser conciliados con la
tolerancia, el respeto de la diferencia, el cumplimiento de la ley, el Estado
de derecho y el control de los poderes. En realidad, nunca entendí a quienes
pensaron que libertad política y económica se reduce al puro ejercicio del
placer.
Roberto Lerner es psicólogo.
Crónica de un desencuentro
anunciado
Marco Zeisser
Torkham, frontera entre
Pakistán y Afganistán, inicios del 2001. Las autoridades pakistaníes han
decidido, de golpe, impedir la entrada de ciudadanos afganos para frenar las
migraciones compulsivas de familias que escapan de la terrible sequía que azota
su país. Son centenares de hombres y mujeres que a veces llevan bebes en sus
brazos, ancianos o enfermos que empujan, suplican o negocian para abrirse paso.
De ambos lados, guardias fronterizos agresivos, violentos, distribuyen golpes y
azotes para contener a la muchedumbre. Un grupo de funcionarios afganos de una
ONG internacional se encuentra impedido de cruzar la frontera, como suelen
hacerlo cada semana, para visitar a sus familias instaladas en Peshawar, a 50
kilómetros de allí, en territorio pakistaní. Después de largas transacciones y
luego de mostrar su pasaporte o su carné institucional, uno a uno estos
trabajadores logran por fin cruzar la frontera. Uno de ellos comenta:
"¡Qué triste, tenemos que alegrarnos de dejar nuestro propio país!".
Esta frase resume más de 20 años del drama afgano que no
empieza sino se ahonda tras los atentados de Nueva York. Veinte años de vida
suspendida y esperanzas abortadas, buscando refugio y salvación fuera de sus
fronteras.
Escenas de alborotos fronterizos se hacen cotidianas desde
entonces, cuando aún pocos hablaban de la miseria del pueblo afgano. Son las
mismas que se ven ahora en las cadenas del mundo, cuando de golpe, a raíz de
los eventos del 11 de setiembre, el planeta descubre la existencia de este país
y la miseria de su pueblo.
Miseria debida a los años de guerra –primero contra la Unión
Soviética y luego guerra civil– que destruyeron infraestructuras y capacidades
productivas, dejaron los campos sembrados de minas, la economía agotada y el
conjunto de la sociedad desmantelada. Alrededor de 20% de la población aún vive
refugiada en los países limítrofes. La sequía de los últimos años significa una
catástrofe suplementaria para el pueblo afgano: en el norte y oeste del país,
regiones enteras han perdido sus cosechas, los animales han sido vendidos a
bajo precio y las semillas para la siembra siguiente han sido consumidas. Miles
de familias campesinas han abandonado sus pueblos, muchos para llegar hasta las
grandes ciudades afganas como Herat y Kabul, mientras otros tratan de alcanzar
Pakistán.
En este contexto, los bombardeos de Estados Unidos no sólo
significan un riesgo directo de muerte violenta y destrucción, sino también
penurias, alza de precios, disminución de programas de ayuda alimentaria, de asistencia
médica y de funcionamiento medianamente normal de la sociedad. Al igual que las
víctimas inocentes de las torres de Nueva York, el pueblo afgano es víctima
inocente de una guerra que no ha deseado.
La
realidad trastornada, vista con el prisma de Occidente
Una característica recurrente de la crisis afgana es la
miopía del mundo occidental, que ignora la peculiaridad de su sociedad y no
toma en cuenta la extrema complejidad del contexto regional. Esto conduce a
adoptar "recetas estándares" para la resolución del conflicto que
resultan totalmente inadecuadas y hasta peligrosas para el equilibrio
geopolítico de la zona. Conduce asimismo a simplificaciones abusivas que
asocian sin precauciones a terroristas e islamistas, bin Laden y talibán,
talibán y musulmanes, etcétera. Allí Estados Unidos termina de encontrar a sus
malos absolutos que requiere de vez en cuando para asentar su hegemonía
planetaria.
El
contexto regional, una maraña de alianzas contradictorias
Algunos ejemplos nos muestran la complejidad de la situación
en esta amplia región entre Asia Central y el subcontinente índico. Aliados
fieles de Estados Unidos en la región son Pakistán1 y Arabia
Saudita, se dice. Sin embargo, ambos se apresuraron en reconocer al régimen
talibán en 1996. Los servicios secretos pakistaníes fueron los mismos
instigadores del movimiento, y la dinastía Saoud la que financió ampliamente el
gobierno fundamentalista de Kabul hasta un período reciente. Los talibán
contaron incluso con la anuencia del gobierno estadounidense por lo menos hasta
1997, cuando la secretaria Madeleine Albright se horrorizó del oscurantismo del
régimen de Kabul, y particularmente del trato reservado a las mujeres. Apenas
recordaba entonces el papel de su país en el fomento y apoyo a grupos islamistas
extremistas para luchar contra el régimen comunista afgano y el invasor
soviético, cuando financiaba Gulbuddin Hekmatiar, el mismo que rociaría de
ácido a mujeres que andaban a rostro descubierto por allí, en el Kabul de los
años setenta.
Relaciones ambiguas también las de Pakistán y Afganistán. La
estrategia pakistaní es clara: busca instaurar una suerte de protectorado sobre
su vecino, garantizando así sus espaldas en el conflicto histórico que mantiene
con su poderoso rival oriental, la India. Es más: apoyando a los talibán
mayoritariamente pashtun, tratan de ocultar el problema del país pashtun
(Pashtunistan), dividido artificialmente en 1893 por la línea Durand, que
establecía la frontera entre el Imperio Británico y Afganistán. Desde 1947, fecha
de fundación del Estado pakistaní, Afganistán adopta una posición hostil en
relación con su nuevo vecino, oponiéndose a su admisión en la ONU y
reivindicando el derecho para los pashtun de escoger entre formar un estado
independiente, ser afganos o pakistaníes. Desde este tiempo, ningún gobierno
afgano ha reconocido la frontera actual con Pakistán.
Al oeste, la misma complejidad. El otro vecino poderoso de
Afganistán, Irán, abanderado de la Revolución islamista y supuesto gran enemigo
de los Estados Unidos, tendría que ser próximo al talibán y bin Laden, pero los
iraníes, de confesión shiíta, quieren contener toda extensión de un
fundamentalismo sunita. Apoyan entonces la Alianza del Norte, liderada por el
grupo étnico tadjik, pero sunita. Al mismo tiempo, velan también por los
intereses de la minoría shiíta hazara, que vive en el centro de Afganistán.
Podríamos seguir con más ejemplos de la compleja situación
de Asia Central, de estas alianzas que se hacen y deshacen, de estos conflictos
que a menudo ignoran las fronteras formales de los estados. Habría que hablar
de la China y su afán de controlar la minoría musulmana oigur, en el Sinkiang;
de la India, preocupada por cualquier agitación islamista con el conflicto del
Kashmir y con los casi 130 millones de musulmanes diseminados en todo su
territorio; de Rusia, por supuesto, siempre obsesionada por la estabilidad de
sus fronteras asiáticas y su relación con las ex repúblicas soviéticas de Asia
Central.
Es fácil imaginar que cualquier intervención en la región
puede terminar con los frágiles equilibrios, difícilmente alcanzados a lo largo
de la historia. En el siglo XIX se hablaba del "gran juego", el que
jugaban las grandes potencias de esta época, los imperios ruso y británico,
para el dominio del Medio Oriente y Asia Central, que usaron Afganistán, país
montañoso y sin muchos recursos, como estado tampón. Desde ese tiempo se sigue
usando este país como un peón que se puede sacrificar con facilidad.
Afganistán,
talibán y Occidente, crónica de un desencuentro anunciado
A la complejidad del contexto regional se suma la de la
situación interna de Afganistán. Rápidamente a partir de 1997 y sobre todo de
1998, el régimen talibán se ha vuelto el mal absoluto para el Occidente. Es
cierto que los derechos humanos –y particularmente los de las mujeres, tal como
los entendemos– no son respetados; que se instauró la sharia, anticuada ley
islámica, y que la policía religiosa tiende a regir toda la vida social y los
comportamientos morales, prohibiendo música, juegos, bailes, etcétera. Desde
nuestro punto de vista occidental, esta situación es insoportable. A la inmensa
mayoría de la población, esencialmente rural, campesina y a menudo analfabeta,
con más de una generación privada de educación, cuyas elites han dejado el
país, cuyos jefes de guerra han perdido toda credibilidad, la única certidumbre
que le queda es el Islam sunita de sus antepasados, por lo cual el proyecto
político de los talibán de instaurar estrictamente la sharia representa no sólo
una alternativa aceptable, sino que se reconocen en ella. Así, los jóvenes
fundamentalistas lograron, convenciendo más que venciendo militarmente2, desarmar
los numerosos grupos armados y restablecer la seguridad, permitiendo un tímido
arranque de las actividades económicas y comerciales y la reconstrucción
paulatina del aparato administrativo del Estado.
Por otra parte, los talibán encarnan también el nacionalismo
pashtun, otro elemento histórico constitutivo del Estado afgano. Afganistán es
antes que todo pashtun, al punto que la palabra afgano significa literalmente
pashtun. Todos los reyes e incluso los dirigentes del régimen comunista de
Taraki a Najibullah fueron pashtun. La única excepción ocurrió en 1929, cuando
el tadjik Bacha-i-Saqao3, ayudado por familias pashtun,
derrocó al rey Amanullah, considerado demasiado moderno y reformista. Al poco
tiempo, dándose cuenta de que habían contribuido a instalar a un tadjik en el
trono, las tribus pashtun reaccionaron y eliminaron a Bacha para instalar al
rey Nader, de la familia pashtun Durrani, padre de Saher, último monarca afgano
refugiado desde 1973 en Roma. Es un reflejo: un tadjik no puede encarnar el
Estado afgano.
Así, la exigencia de las Naciones Unidas de constituir un
gobierno de amplio espectro étnico fracasa periódicamente. Hay que lamentarlo,
pero es la realidad sociopolítica del país. En otros términos, el régimen
talibán es tal vez un paso obligado para una sociedad que busca sus marcas y
las encuentra volviendo a sus orígenes: Islam y hegemonía pashtun. La ONU –y a
través ella el Occidente– no supo o no quiso reconocer esta realidad y
acompañar el proceso de recomposición.
Conviene, por otra parte, resaltar
que el Islam como proyecto fundamentalista de los talibán no se inscribe en un
proceso revolucionario antiimperialista. Por cierto, Afganistán (y la zona
tribal pakistaní) albergan toda clase de grupos fanáticos, bien armados,
dispuestos a intervenir en cuantos escenarios exista una causa a la vez
nacionalista e islamista por defender: Bosnia, Kosovo, Daghestan, Tchetchenia,
Kashmir... Grupos, lo hemos citado anteriormente, promovidos, instalados y
armados por el Occidente en tiempo de la lucha contra los soviéticos. Pero los
talibán mismos nunca profesaron una lucha contra el Occidente, ni pretendieron
expandir su fundamentalismo. Es más: buscaron reiterativamente acercarse a la
comunidad internacional y particularmente a Estados Unidos. Lo hicieron muy a
menudo de manera torpe, particularmente en lo que se refiere a la situación de
las mujeres.
El caso de la producción de opio es un buen ejemplo del
desencuentro entre la comunidad internacional y los talibán. En 1999 Afganistán
era, de lejos, el primer productor mundial. En el 2000, Mullah Omar, jefe
espiritual de los talibán, lanza una fatwa
que prohíbe su cultivo. En el 2001, el Programa de las Naciones Unidas de
Control de las Drogas (PNUCD) ha podido constatar la erradicación total de este cultivo, sin que eso le
traiga ningún reconocimiento de la comunidad internacional, que presiona para
que se acabe con el tráfico de droga; y cuando los talibán toman medidas al
respecto, no le otorgan los medios de acompañamiento prometidos, ya que fondos
del PNUCD para fomentar cultivos de sustitución han sido recortados.
Lástima que en el trato de la crisis afgana, la comunidad
internacional no haya tomado en cuenta la advertencia de un ministro de Asuntos
Exteriores europeo4 que decía: "hay que corregir
el hubris5 de un Occidente olvidadizo de su propia historia y
que exige todo enseguida, allí donde habría que saber acompañar los procesos si
se quiere acelerarlos sin hacerles fracasar". Las exigencias y luego las
sanciones de la ONU acorralaron y marginaron a los talibán. Empujados o
manipulados por los grupos islamistas presentes en su territorio, se volvieron
aún más radicales. Dos meses después de las sanciones votadas por el Consejo de
Seguridad de la ONU, decretaron la destrucción de los Budas de Bamyian.
Sugerir que las recientes
atrocidades en Nueva York se inscriben en un contexto histórico dado, no
significa implícitamente disculparlas, ni, menos aún, avalarlas. Por el
contrario, debe permitir afinar la lucha democrática contra la lógica del
terror, evitando el enfrentamiento de religiones o civilizaciones que algunos
nos prometen.
Debería también permitir, por fin, que la comunidad
internacional participe con una verdadera solución al drama del pueblo afgano,
respetando los procesos internos propios de su sociedad y velando por los
equilibrios regionales.
Marco Zeisser,
ingeniero francés que como cooperante internacional vivió hasta hace poco en
Afganistán. Hoy trabaja en la Casa Campesina del Cusco.
1 Desde los viejos tiempos de la Guerra Fría,
cuando se trataba de contrarrestar el eje Moscú-Delhi.
2 Salvo en el caso de los hazara shiítas.
3 Literalmente, "el hijo del portador de
agua", es decir… un Don Nadie.
4 Hubert Védrine, ministro francés de Asuntos
Exteriores, en Le Monde Diplomatique,
12/2000.
5 Hubris,
del griego ubris, término muy
profundo que se encuentra al centro de la concepción del mundo que tenían los
antiguos griegos (ver en especial Empédocles) y que significa la desmedida, el
exceso. Es una manifestación y un desarrollo del ser que amenaza a las demás
entidades que conforman el universo, y por ende al universo en su conjunto.