Experiencias exitosas de concertación local

Se ha producido en el interior del país una serie de experiencias exitosas de concertación de las que deberíamos extraer lecciones ahora que la concertación se plantea como una necesidad nacional impostergable. Lo nacional aprendiendo de lo local es, de por sí, un buen punto de partida.

 

Huancavelica

Diana Ávila

Huk Humalla!: Un solo pensamiento
Huk Maquilla!: Una sola fuerza
Huk Sunqolla!: Un solo sentimiento

 

En algún momento del gobierno de transición del doctor Valentín Paniagua hacíamos un comentario en el sentido de que "el país no es un restaurante lleno de mesas a las que se sientan los mismos y en las que finalmente los pobres del Perú no comen".

Este comentario se refería a la creación de las Mesas de Lucha contra la Pobreza: a veces, por la premura del proceso, no se incluía en ellas a todos los que se debía incluir, además de que se designaba para su conducción a personas cuestionadas o poco representativas. A esto se sumaban los esfuerzos del Programa de Apoyo al Repoblamiento por crear en un mes las Mesas por la Paz en los departamentos más pobres, los que más sufrieron el conflicto y el desplazamiento interno: se nombraba como sus responsables a personas que no conocían mucho del proceso de reconstrucción posviolencia política. Ha habido además coordinaciones de organizaciones no gubernamentales (ONG) que a veces participaban en alguna de las iniciativas, mesas de vigilancia ciudadana, mesas contra la corrupción, etcétera.

En Huancavelica, la concertación iniciada en 1998 formaba parte de un proceso de reflexión de organizaciones del departamento sobre la situación de pobreza imperante en él y sobre la cabalgata de campesinos encabezada por el hoy tristemente célebre y entonces alcalde Federico Salas. Esta experiencia fue parte de los esfuerzos por la reconstrucción de las organizaciones luego de la violencia política, en momentos de retorno de población desplazada y de empeños de sus actores para explicarse el proceso vivido.

Los huancavelicanos comenzaron a mirar su historia de los últimos años, su pobreza, la destrucción provocada por el conflicto interno, el desplazamiento, su temor frente al autoritarismo, la corrupción del aparato del Estado.

Varias ONG, la universidad y organizaciones campesinas de hombres y mujeres iniciaron así el proceso de elaboración del plan para el departamento. Contaron con el apoyo de expertos en camélidos peruanos, en la problemática agraria, en educación bilingüe, en suelos, en minería y medio ambiente. Se dialogó con los empresarios mineros y se buscó a técnicos reconocidos para que transfirieran capacidades a los líderes huancavelicanos, lo que es reconocido como un logro del proceso. Se han fortalecido las capacidades de intelectuales locales y los aportes de diversos espacios como SEPIA, la Mesa Nacional de Desplazados, el Foro Educativo, el Grupo Propuesta, el Foro Ecológico, Taripaq, la Red Perú y organismos de derechos humanos. Asimismo, ha crecido el interés de diversos actores de la cooperación internacional (PCS, CICDA, SNV, la Unión Europea).

Hasta el cambio de gobierno, la participación del Estado tuvo sus altibajos. En los peores momentos de tensión con el gobierno y las autoridades fujimoristas, se prohibió a los funcionarios públicos asistir a las invitaciones de la Mesa de Concertación. Algunos siguieron colaborando en espacios cerrados. Las ONG locales más antiguas, que tenían contratos con Foncodes, Pronamachcs y el CTAR, preferían no enfrentarse al Estado, no participar, no hacer política.

Se desarrollaron entonces liderazgos locales reconocidos en la región y otros espacios. Los huancavelicanos hablaron en la Marcha de los Cuatro Suyos desde el estrado del Paseo de la República.

La Mesa de Concertación de Huancavelica (MECODEH) participaba de la creación de espacios como la Red Perú y de las reuniones y coordinaciones de los frentes regionales. Un tema relevante era el crecimiento de estos espacios y de estas voces, y la socialización de esa presencia en el propio departamento. De pronto los actores del proceso hablaban de la Mesa como algo ajeno. Aquí el tema es comunicación, formación de liderazgos colectivos, participación. Vino la Marcha de la Esperanza de los campesinos para marcar distancia de lo que Salas pudo significar en el proceso, pero también de los métodos de dirección que la Mesa había desarrollado. Faltó un papel más activo de las organizaciones, más líderes en las discusiones.

A pesar de los problemas mencionados, los huancavelicanos han avanzado mucho. Se trata de un proceso departamental interesante y rico. Han validado y enriquecido una metodología de planificación participativa y concertada sobre la base de las metodologías de la planificación comunitaria participativa y la planificación estratégica. Así, han logrado desarrollar talleres departamentales por ejes temáticos y procesos de planificación participativa desde las bases para los niveles distrital y provincial. Se ha formado a facilitadores provinciales y distritales, que han sido los promotores de este proceso y, sobre todo, de la elaboración participativa de los planes de desarrollo distritales. Esas son capacidades para lo que viene ahora en materia de descentralización: la construcción de las regiones.

El proceso, sin embargo, está hoy en un momento difícil. El tema son los liderazgos, sus fortalezas y debilidades. ¿Quiénes crecieron en este proceso? ¿Quiénes se desarrollaron más? ¿Quiénes lo lideraron? Si bien reconocemos el crecimiento y consolidación de las organizaciones campesinas y agrupaciones de jóvenes, así como la participación de la universidad, de distintas ONG y sindicatos, podemos decir que el punto de partida de las organizaciones sociales de base estaba ubicado muy atrás, razón por la cual hoy son las ONG las que marcan el ritmo.

Más aún: llegan al departamento diversas ONG de Lima con indudables aportes al proceso, pero también con sus propias agendas y prioridades institucionales. Las relaciones entre Lima y Huancavelica no son de equidad, y eso se siente en todos los niveles (entre las ONG, en el Estado, en las organizaciones). Por tanto, resulta difícil apoyar ese fortalecimiento y lograr un desarrollo de las voces locales que lideren los procesos.

Pero si las relaciones Lima-Huancavelica son difíciles, las de Huancavelica con sus provincias tampoco son sencillas. La descentralización y la concertación, que debe ser la columna vertebral de ese proceso, son muy complicadas. Hay momentos de vacío de liderazgo, de competencias insanas que privilegian lo propio sobre lo colectivo.

Los periodos electorales agudizan las contradicciones. La inexistencia en el departamento de estructuras político-partidarias agrava esa carencia de liderazgo. Los partidos deciden en Lima y en el interior no conciertan, sino que imponen y generan los conflictos. Por eso, en las elecciones no se viven procesos participativos ni democráticos.

La experiencia de estos años, sin embargo, coloca a Huancavelica en una buena posibilidad: la de validar el Plan de Desarrollo de la MECODEH conjuntamente con las nuevas autoridades gubernamentales, con la Mesa de Lucha contra la Pobreza, con más actores sociales y políticos dispuestos a participar. Muchos actores del proceso ocupan hoy día cargos públicos desde los que podrían aportar.

En la MECODEH se discuten nuevos mecanismos para fortalecerse, para ganar en presencia y participación. Pero ni ella ni la Mesa de Lucha contra la Pobreza quieren buscar lo esencial para avanzar hacia la dignidad del pueblo huancavelicano. Siempre será un departamento pobre, pero la vida puede y debe ser digna: el respeto de los derechos humanos puede existir, la corrupción puede terminar.

Se buscan nuevos mecanismos para asegurar esos liderazgos, para desarrollarlos. La participación a través de asambleas provinciales como paso siguiente de los foros departamentales se ofrece como una vía. También un comité ejecutivo de la concertación, amplio, representativo, que coordine, que concierte en espacios comunes con organismos públicos, el CTAR y el gobierno regional.

En la experiencia huancavelicana, los alcaldes participaron siempre de la Mesa. Se plantean grupos temáticos (algunos ya trabajan) que vayan avanzando en la gestión del Plan, en la implementación de proyectos específicos.

Los huancavelicanos requieren un espacio de concertación que fortalezca la democracia y la institucionalidad y en el que deben participar las organizaciones de la sociedad civil. Buscan garantizar el ejercicio de la vigilancia ciudadana al Estado, a las ONG, a sus organizaciones y representantes.

Las tareas son aún muy grandes. El país ha iniciado su transición a la democracia. Los aportes de las experiencias locales están para ser recogidos, mejorados. Así se avanzará en la construcción de un país sin centralismo, más justo.

Diana Ávila es directora regional de Consejería en Proyectos (PCS).

 

Antecedentes del proceso

El departamento de Huancavelica, el más pobre del país, está ubicado en la región central de los Andes. Tiene una población aproximada de 430 000 habitantes. Según INEI, en 1999 el 92,2% de sus pobladores no satisfacía sus necesidades básicas.

Esfuerzos de concertación y planeación departamental se remontan al I Foro Huancavelica Siglo XXI, realizado en 1998, cuando se acordó elaborar un plan de desarrollo. Entonces se inició el proceso de elaboración participativa del Plan. La MECODEH se legitimó como un espacio de concertación departamental desde la sociedad civil y sobre todo como propuesta de planificación concertada. El proceso de elaboración concluyó con la aprobación del Plan para una Vida Digna en el II Foro Huancavelica Siglo XXI, realizado en noviembre de 1999.

Aprobado el Plan, la MECODEH está en una nueva fase marcada por los cambios políticos en el país y el proceso de transición a la democracia. La gestión del Plan de Desarrollo de la Mesa se coordina e intercambia con la Mesa de Concertación para la Lucha contra la Pobreza. En la actualidad se busca integrar el esfuerzo de la MECODEH, de la Mesa de Lucha contra la Pobreza y del CTAR Huancavelica en un solo plan de desarrollo. Al mismo tiempo, en las provincias y en muchos distritos se están elaborando planes participativos donde conciertan actores sociales y políticos, ONG, Estado y gobiernos locales.

Asimismo, se ha reactivado el Frente de Defensa de la Central Hidroeléctrica del Mantaro para impedir su privatización. Los ingresos generados por esta central son la principal fuente de financiamiento del departamento. Se está desarrollando un proceso de reconstrucción y renovación de las organizaciones sociales, especialmente de las de productores y productoras. Hay una Federación de Comunidades Campesinas que se expresó en la llamada Marcha de la Esperanza, en la que más de 150 dirigentes campesinos, con la solidaridad de todos los huancavelicanos, recorrió a pie más de 500 kilómetros hasta llegar a la capital del país. Está también el Comité de Productores Alpaqueros y hay un intenso proceso de organización de los sectores juveniles, urbanos y rurales. Las organizaciones de mujeres se fortalecen; las más importantes, FEMUCAY y ASMUC. Participan del proceso organizaciones urbanas como los comités cívicos y frentes de defensa de las diversas provincias del departamento (Tayacaja, Churcampa, Angaraes, Huancavelica). Se ha reactivado la Cámara de Comercio de Huancavelica. La universidad juega un papel de promoción del desarrollo. Existen ONG de desarrollo, y recientemente se ha creado la Coordinadora de Derechos Humanos. La Mesa de Lucha contra la Pobreza se reúne e interactúa con distintos actores públicos y privados.

Los gobiernos locales se mantienen con presupuestos bajísimos: 38 de los 93 municipios distritales de Huancavelica reciben apenas 11 400 nuevos soles (3500 dólares) mensuales. A ello se suma la práctica desaparición de los recursos del canon minero para el próximo año: las municipalidades provinciales de Angaraes, Castrovirreyna, Churcampa y Huancavelica son las más afectadas.

Huancavelica ha sido un eslabón más de la cadena de corrupción consolidada en el país en los diez años de fujimorismo. Por su pobreza, su población ha sufrido manipulación a través de los programas sociales y del aprovechamiento del temor provocado por el conflicto interno.

 

Piura:

Concertación y voluntad política

María Isabel Remy

 

La iniciativa del presidente Toledo y el premier Dañino de llevar adelante un proceso de concertación con las fuerzas políticas y sociales para lograr acuerdos de largo plazo que fortalezcan la democracia y permitan la recuperación de la economía tiene antecedentes diversos. Se puede tomar como ejemplo la propia Mesa de Negociaciones que facilitó la OEA para el procesamiento de la crisis política del fin del fujimontesinismo, o los exitosos pactos de transición en España y en Chile.

Pero los ejemplos de nivel nacional (nuestros o de otros países) no son los únicos referentes. En el Perú, desde los pioneros esfuerzos en Cajamarca y en Ilo, procesos de concertación de gobiernos locales forman parte del bagaje de experiencias con las que contamos, además de que constituyen avances en nuestra cultura política afirmados no tanto en las cúpulas nacionales cuanto en las bases del sistema político.

En Piura, diversas experiencias de elaboración concertada de planes de desarrollo provincial o distrital, entre los municipios y los actores locales, han llegado incluso a institucionalizar las comisiones de concertación que dan seguimiento a los planes de inversión municipal y a la ejecución de los presupuestos.

Pero la experiencia sobre la que interesa reflexionar en estas líneas es un proceso más amplio, cuyos alcances eran grandes pero que podría estar abortando: el proceso de concertación del plan de desarrollo regional y sus instrumentos de gestión, convocado por el CTAR-Piura. El contexto fue el post-Niño de 1998. El antecedente, el hecho de que en la región existían plataformas de concertación como la Coordinadora Interinstitucional, en la que había experiencia de trabajo compartido entre instituciones del sector público y organizaciones no gubernamentales y Propuesta Regional, que reúne universidades, medios de comunicación, sectores empresariales y organizaciones no gubernamentales.

El presidente del CTAR, uno de los pocos en el país que en pleno fujimorismo llegó a ese cargo por sus calidades profesionales y se manejó con bastante autonomía en sus relaciones interinstitucionales con el Ministerio de la Presidencia de entonces, convocó algo que pocos CTAR han visto de la ley: el Consejo Interinstitucional y Multisectorial de Desarrollo. Luego de concertar con la Coordinadora Interinstitucional de Políticas Sociales e invitar a gremios y Cámara de Comercio, propuso que entre todos se formulara el Plan de Desarrollo Regional 2010 como lineamiento orientador de las inversiones y como experiencia base para un futuro gobierno regional electo (cuya exigencia es parte del Plan).

Con apoyo técnico y económico de GTZ (cooperación alemana), se desarrollaron una serie de talleres; se organizaron comisiones, algunas de las cuales se han mantenido y siguen siendo espacios de coordinación público-privada (la Mesa de Agricultura, por ejemplo); se compartió información y se produjo la primera etapa: la orientación y los lineamientos del Plan con una metodología altamente participativa. Se comenta que la única ministra de la Presidencia del régimen de Fujimori que se interesó en la experiencia cayó rápidamente en desgracia cuando intentó que los otros CTAR la replicaran.

Sea como fuere, en estos lineamientos se profundizaron algunos temas que habían sido planteados antes, como la prioridad para Piura de inversiones en otros lugares del macronorte: la carretera Bagua-Sarameriza, que hará viable el corredor bioceánico Paita-Belem. Un espacio de concertación más amplio, con Cajamarca y Amazonas, se abre y empieza a ser "sentido común" de los liderazgos regionales.

A iniciativa de CIPCA, las diferentes instituciones (empresariales, sociales, universitarias, de desarrollo, además de representantes de municipios) empiezan a profundizar el Plan a través de la elaboración concertada de las bases para el Plan de Ordenamiento y Acondicionamiento Territorial. Funcionarios del más alto nivel del CTAR se incorporan y comparten muy valiosa información. Se está en pleno proceso.

Si bien el periodo de re-reelección y conflictividad política que trae abajo al gobierno de Fujimori enfría dichos procesos, estos son retomados con la instalación del gobierno de transición. El presidente del CTAR es cambiado, pero se mantiene la plana de altos funcionarios que impulsan la concertación, y él mismo se involucra en este dinamismo.

Al inicio del gobierno del presidente Toledo, y luego de superar algunos baches, parecía que se asumía que los cambios introducidos durante el gobierno de transición eran suficientes, y que se asentaría una renovada actitud de concertación y de apoyo a los procesos regionales autónomos, no sujetos a las manipulaciones del gobierno central, particularmente por la importancia que el Presidente declaró otorgar a la regionalización y a la concertación.

Todo llevaba a pensar que esta situación continuaría hasta que, al final del 2002, en elecciones regionales, la ciudadanía inaugurara con su voto los cambios que tienen sentido: los que provienen de una elección democrática.

La situación, sin embargo, se ha tornado incierta. A inicios de este año, en un escenario en el que el diálogo entre actores sociales y la administración regional ha sido sustituido por enfrentamientos en las calles de Piura entre fracciones del partido de gobierno, el Ministerio de la Presidencia ha optado por remover no solo a las autoridades sino a todos los funcionarios. No queda claro si esto tranquiliza el ambiente de Perú Posible, pero lo cierto es que hasta hoy no existen indicios de que se quiera retomar la dinámica de concertación institucional. Por ello, se podría correr el riesgo de perder lo avanzado y la continuidad del proceso. No se ha vuelto a convocar nada; no se sabe si el gasto se orientará por los planes concertados. No hay línea clara ni pronunciamientos al respecto, y solo se espera que el CTAR-Piura no se convierta en uno más de los CTAR, donde el destino de los recursos obedece a las prioridades definidas en la capital.

Hasta los últimos cambios, la experiencia había mostrado que una agenda clara de concertación, una actitud profesional del Estado y la voluntad de actores sociales permiten superar diferencias políticas incluso en momentos en que estas se agudizan.

Si bien la voluntad de los actores sociales se mantiene, el centralismo del Ministerio de la Presidencia y el desconocimiento de procesos fuera del entorno inmediato de autoridades en Lima no son un buen ambiente para la concertación. Quizá el primer punto que debería establecer un proceso de concertación nacional, para ser nacionalmente creíble, sea el de respetar las dinámicas de las regiones.

María Isabel Remy es directora del Centro de Investigación y Promoción del Campesinado (CIPCA).

 

Ilo:

Experiencia pionera

Julio Díaz Palacios

 

La experiencia de concertación en la ciudad de Ilo, ubicada al sur del Perú, es una de las más antiguas y exitosas. A continuación se revisan algunos de sus rasgos más distintivos.

El nacimiento

Esta experiencia nace a inicios de los ochenta, cuando Izquierda Unida asume por primera vez la gestión municipal provincial y se involucra con tres procesos claves: a) la identificación de los problemas económicos, sociales y ambientales de Ilo; b) el conocimiento de los problemas específicos de la gestión pública y privada del desarrollo; y, c) la consiguiente generación de sentimientos y actitudes en la ciudad ("Vivo afectada por muchas alteraciones, que hacen de mí una ciudad enferma.. quiero ser una ciudad muy diferente").

Estos tres procesos fueron motivando y creando nuevas formas de pensar el desarrollo, especialmente con las siguientes ideas fuerza: el desarrollo es un derecho de todos, pero hay que conquistarlo; en ciertos contextos, los problemas pueden convertirse en oportunidades; son necesarios los enfoques multisectoriales y transversales; es indispensable construir visiones integrales, conectando todas las partes de la realidad y articulando dichas visiones con acciones concretas; el crecimiento económico puede armonizarse con el medio ambiente; las ciudades no ocurren, se crean, son fruto de la producción social; sin planificación, descentralización y democracia no habrá desarrollo; y, finalmente, solo se quiere lo que se conoce y se protege lo que se quiere.

Los sentimientos de profunda preocupación por la realidad y las ideas innovadoras surgidas se convirtieron paso a paso en soporte de la manera concertada de hacer las cosas en Ilo, tratando de crear gradualmente "la ciudad que quiero ser... una ciudad integral, no una simple ciudad fábrica o dormitorio, que rescate su historia para que nadie se sienta en una ciudad sin raíces, que cuente con eficaces mecanismos de atención a las necesidades... quiero ser una ciudad humanista" (Díaz Palacios, 1983).

Respecto del futuro, a diferencia de quienes optaron por dejar que este ocurriese, o de aquellos otros que se preguntan qué ocurrió, los ileños apostaron por "hacerlo ocurrir".

La agenda articuladora y las etapas del proceso

Desde los enfoques multisectoriales y la gestión y lucha por hacer de Ilo una ciudad integral, la agenda ha venido involucrando todas las dimensiones del desarrollo, aunque en la evolución del proceso se van enfatizando algunos aspectos, como se puede apreciar en las etapas, sus objetivos fundamentales y "lemas orientadores":

– Primera (1981-1983), de afirmación de la unidad y organización popular para luchar: "El pueblo unido jamás será vencido".

– Segunda (1984-1987), de búsqueda de la calidad ambiental –"Agua sí, humos no"– y de reivindicación de los derechos humanos luchando "Por el pan y la belleza".

– Tercera (1988-1992), de consolidación de lo avanzado y afirmación de la identidad

–"Construir una ciudad habitable donde todos puedan y quieran vivir"–, y de aceleramiento del tránsito "De una ciudad de paso a una ciudad para vivir".

– Cuarta (1993-1998), de promoción del posicionamiento internacional: "Ilo, puerto ecológico, bioceánico y primer balneario turístico del sur".

– Quinta (1999 en adelante), de búsqueda del desarrollo sostenible local y de reimpulso a la articulación con la Macrorregión Sur.

En respuesta a las particularidades locales, en un primer momento se privilegió el eje ambiental y luego este, sin perder preeminencia, fue complementado con la promoción del desarrollo económico y el desarrollo social. En otros términos, las preocupaciones ambientales han facilitado la comprensión y apropiación de los enfoques de sostenibilidad del desarrollo. Los énfasis temáticos se reflejan en las varias versiones de planes integrales; la última, el Plan de Desarrollo Sostenible o Agenda 21 Local hacia el 2015, es la propuesta más integral de Agenda 21 que tenemos en el Perú hasta hoy.

Una mirada retrospectiva a la experiencia de Ilo indica que comenzó siendo pionera en muchos aspectos, hecho que se refleja con nitidez en la cita siguiente: "Construir una ciudad futura es una tarea de todos. Pero no hay creación sin proyecto, y el proyecto debe ser integrado, global. Es nuestro deber político crear y hacer accesibles los medios para que este proyecto incluya las necesidades y los deseos de la mayoría. Los medios deben adecuarse a los mecanismos culturales de la gente. Los ciudadanos existen, pero muchas veces los que monopolizan el poder y el saber prefieren ignorarlos" (Borja, 1995).

Principales actores participantes y modalidades de concertación

Sin duda, la municipalidad provincial ha sido el actor principal, pero en estrecha alianza con otros actores locales, algunos permanentes, como las ONG Labor y CEOP Ilo, otros coyunturales (en los ochenta, por ejemplo, fue muy destacado el protagonismo del frente de defensa, incluyendo los partidos políticos, y de las organizaciones vecinales y de mujeres); luego, ante el declive de estos por la crisis de institucionalidad tan profunda que padeció el Perú, pasaron a jugar un papel destacado los comités de gestión del hábitat, cuya fuerza motriz fue el mejoramiento de las condiciones de vida de cada barrio.

Con el correr del tiempo, las organizaciones sociales y de pequeños empresarios en situación de reactivación se han convertido en los actores decisivos a través de los comités de gestión del desarrollo por ejes temáticos, efectivos operadores del plan de desarrollo sostenible y del presupuesto participativo. En cada modalidad de concertación específica, los actores involucrados son diferentes. Así, por ejemplo, en los espacios para la gestión ambiental, las ONG y comités ambientalistas más el sector salud; en los espacios para la ejecución de obras y proyectos piloto, las asociaciones vecinales; en los espacios para planificar el desarrollo sostenible, líderes pro­vinciales y dirigentes intermedios; en los espacios para la toma de decisiones, autoridades locales y algunos sectores (especialmente educación y salud), y actores sociales principales.

Los resultados tangibles

De los resultados de la experiencia de desarrollo concertado en Ilo se pueden mencionar:

– La conversión de los pobladores reclamantes en ciudadanos propositivos, con elevada conciencia ambiental y cívica, una cultura política y de desarrollo democrática e importante capital social. Según algunos estudios, la comunidad local se está convirtiendo en sociedad local.

– El tránsito de los "problemas ambientales sin solución, considerados irreversibles", a la solución de estos.

– La transformación del antiguo campamento minero-pesquero en una ciudad integral, con un significativo equipamiento y dotada de estética urbana, hoy uno de sus principales atractivos y fuente de autoestima colectiva.

– La evolución de la municipalidad precaria de los ochenta al efectivo gobierno local de hoy, con capacidad de propuesta. En los ochenta y los noventa esta municipalidad contribuyó a crear el canon minero y el canon aduanero.

– El paso del uso ineficiente de los recursos a su uso más reciente a través del plan estratégico para los próximos 15 años y del presupuesto participativo.

– Una transformación positiva en las condiciones de vida de la ciudadanía, caracterizada por una creciente cobertura y calidad de los servicios públicos.

– Una municipalidad que cuenta con –y está aplicando– un plan de desarrollo institucional para adecuarse a los nuevos desafíos del desarrollo sostenible.

Se puede afirmar, entonces, que la experiencia ileña de concertación ha aportado a otras experiencias nacionales y extranjeras una propuesta metodológica básica que comprende la secuencia siguiente: identificación de problemas y oportunidades; identificación de actores involucrados; decisión de dialogar y organizarse para ello; negociar y concertar acuerdos y ejecución de estos; seguimiento y evaluación de los resultados, y rendición de cuentas. Como reflejo de todo esto, Ilo está actuando hoy como centro de referencia y de capacitación de autoridades y líderes en aspectos diversos de la gestión del desarrollo local y es integrante de varias redes: Foro Ciudades para la Vida, Red Perú de Iniciativas de Concertación para el Desarrollo, etcétera. Aún más: la experiencia ileña ha incidido positivamente en la escena nacional en los ámbitos de la promoción de políticas y normas ambientales nacionales, metodologías de resolución de conflictos, gestión democrática de la ciudad y fomento de la cultura del desarrollo.

El tema de la identidad local ha sido y sigue siendo un factor decisivo. El diseño y construcción participativo de importantes espacios públicos ha contribuido a ello. Los jóvenes, por ejemplo, señalan que "Ilo ha venido transformándose de ciudad de paso en ciudad para vivir, con tradición organizativa y democrática... con intensa participación se han construido malecones, plazas y calles para dar belleza e integrar transversalmente a la ciudad... El logro más importante es el fortalecimiento de la participación democrática, la generación de la identidad, el sentido de pertenencia en la población y la construcción de una visión positiva de futuro para la ciudad, con un medio ambiente de calidad y saludable y con desarrollo integral y sostenible" (Encuentro de Jóvenes, 1999).

Esta identidad se está convirtiendo en catalizador, en una fase aún incipiente, de la producción de capital social, que se refleja en el grado de participación y organización, en una creciente credibilidad y cooperación, en el desarrollo de una cultura de trabajo, en solidaridad y complementariedad, en la creatividad, en la calidad institucional, en la actitud emprendedora, todo lo que se expresa en sinergias de las energías sociales en camino hacia los objetivos del desarrollo.

Los factores que han favorecido el proceso de concertación

Por supuesto, las fuerzas motrices de estas acciones y procesos concertadores son el conocimiento profundo de la realidad; las ideas y principios innovadores y el protagonismo de las organizaciones; el ejercicio democrático del poder por el gobierno local; la autoestima y el descubrimiento de sus potencialidades por los ciudadanos; la creciente habilidad para articular problemas y soluciones comunales y la capacidad de hacer trabajo comunal (una expresión de solidaridad, influencia de la cultura andina); el propio conocimiento de los límites del desarrollo local y las oportunidades que se van generando, que estimulan fuertemente la voluntad y tradición planificadoras.

Pero estas fuerzas motrices se expresan en varios factores fundamentales, identificados por los estudios y publicaciones de esta experiencia:

– La voluntad política de las autoridades locales para democratizar la gestión y la voluntad social de los ciudadanos para asumir el costo/beneficio de los procesos de concertación.

– Las visiones compartidas de futuro que, respetando la heterogeneidad de intereses, han permitido construir objetivos compartidos y prioridades claras, expresadas en los planes integrales y planes sectoriales, lo que se ve favorecido por el incremento de las relaciones de confianza y de cooperación.

– El liderazgo concertador, compartido por varias organizaciones públicas y privadas y líderes con diferente capacidad de convocatoria, así como el impacto "pedagógico" de su gestión transparente y positiva.

– La factibilidad de realizar los objetivos o actividades privilegiadas y la ejecución de proyectos exitosos.

– La flexibilidad de los canales de participación y concertación, que se van recreando para adecuarse a la evolución de los contextos.

– El desarrollo de capacidades para la gestión, que amplía las posibilidades de gestiones más eficientes y eficaces.

– La institucionalización del derecho y oportunidades de participar y concertar mediante normas y procedimientos municipales formales, incluyendo el acceso a la información pública.

– La existencia de elementos exógenos dinamizadores del desarrollo local (una iniciativa privada, el papel de una ONG, etcétera).

– La creciente afirmación de la identidad local, asumida como el sentido de pertenencia a la sociedad y ciudad ileñas.

Los factores señalados no se han dado desconectados, sino que han tenido ciertos hilos articuladores, a manera de estrategias generales; entre ellos:

– La construcción flexible de sujetos sociales, fomentando la participación y organización popular, la información y comunicación, y los objetivos compartidos.

– La construcción de la sociedad local, buscando que la producción de la riqueza local beneficie a la población de la ciudad a través del canon y la reinversión de los excedentes de las empresas, y construyendo rasgos comunes en los ileños: trabajadores, solidarios, propositivos, orgullosos, con proyecto colectivo compartido.

– La creación del gobierno local, convirtiendo la municipalidad precaria de hace 20 años en un efectivo órgano de gobierno local, en estrecha asociación con las organizaciones de la comunidad.

Las limitaciones de la experiencia

Se pueden mencionar las siguientes:

– El impacto negativo en diversos niveles del centralismo del Estado que genera una actitud de dependencia y petición y traba las posibilidades de autogestión.

– La inicial inadecuación político-administrativa municipal favorable a los procesos participativos y de concertación.

– La escasa y desigual formación de los actores locales y los riesgos de personalización de los procesos.

– La precariedad de recursos económicos para financiar los proyectos y el riesgo de desencanto ante la imposibilidad de financiar los proyectos priorizados y el ritmo lento de los avances iniciales.

– La debilidad institucional de los actores involucrados y una cierta dependencia de actores sociales más fuertes por su capacidad financiera y de propuesta.

– La autoexclusión de algunos actores claves como los empresarios y los altibajos en la participación de los otros actores por los elevados costos sociales de los procesos participativos.

– La oposición –abierta o encubierta– de algunos sectores públicos por indicaciones políticas de los ministerios y la polarización política en las coyunturas electorales. Esto fue pan de todos los días cuando el fujimorismo: el paralelismo e interferencia eran la regla.

– La persistencia en determinados aspectos de los viejos patrones de comportamiento político: improvisación, manipulación, clientelismo, asistencialismo, etcétera.

Conclusión

Si nos orientamos por las lecciones positivas del proceso de desarrollo de Ilo, podemos entender muy rápidamente que la concertación representa un conjunto de enfoques y metodologías que enriquecen la democracia y ayudan a que la gestión pública sea más eficiente y eficaz, pero también contribuye a que la ciudadanía se fortalezca, es decir, "se empodere" en el ejercicio de sus derechos y en la toma de decisiones.

Hoy, casi 20 años después de iniciadas las experiencias pioneras de carácter local, la con­cer­­tación ha sido incorporada a las políticas estatales y al diálogo entre el gobierno, los partidos políticos y la sociedad civil. Los principios, las ideas innovadoras, los enfoques señalados, así como los hechos presentados, deben ser tomados en cuenta.

Julio Díaz Palacios, ex alcalde de Ilo (1981-1989), coordinador del Proyecto REDAL 21 (FCPV/ICLEI).

 

Los intentos de concertación nacional en la historia de la República

Carlos Contreras

 

El llamado del líder victorioso a todas las fuerzas políticas de la nación a sumarse a un "gran programa" de reconstrucción nacional ha funcionado lamentablemente más como un rito que como una realidad en la historia de la república peruana. Desde el manifiesto libertador del general San Martín hasta las invitaciones a una "concertación" con todos los sectores de Alejandro Toledo hace unas semanas, nuestra historia está llena de estos, sin duda loables, intentos por forjar una alianza de largo plazo para mirar hacia el futuro de manera estable y organizada.

Algunos de esos intentos tuvieron, no obstante, mejor suerte, y abrieron paso a ciclos de estabilidad y, al menos para ciertos sectores, también de progreso.

Luego de la Independencia, como es sabido, la estabilización del nuevo Estado independiente y de tipo republicano fue un parto doloroso y lento. Carecíamos de líderes y de instituciones verdaderamente "nacionales"; los Gamarras, De la Fuentes u Orbegozos valían solo para una región, pero parecían incapaces de forjar, y menos aún de mantener, alianzas duraderas con otros líderes regionales. Un cuarto de siglo después, la riqueza del guano permitió "comprar" la paz, la estabilidad y hasta la ilusión de estar "progresando".

En efecto, el Estado se hizo verdad, en el sentido de que apareció un "aparato" de gobernadores, jueces y funcionarios, instituciones y códigos de leyes. Ello tuvo, empero, un altísimo precio: hacer de ese aparato un gigante con pies de barro. Todo el desarrollo institucional, el presupuesto de la república y las alianzas y coaliciones políticas necesarias pendían del dinero dejado en manos del Estado por las exportaciones de guano, y después de guano y salitre.

El mérito de Manuel Pardo, el fundador de la Sociedad Independencia Electoral en 1871 (convertida después en Partido Civil), fue hacer un llamado contra esa mascarada de república erigida con las libras esterlinas de las exportaciones, y tratar de llevar a la acción lo que él llamó precisamente "la república práctica", que consistía en un programa de reforma en la línea del liberalismo emergido de las revoluciones europeas de 1848.

La estudiosa Carmen McEvoy ha llamado al intento de Pardo el más importante "proyecto nacional en el siglo XIX". La convocatoria que alcanzó el proyecto de "la república práctica" fue la más grande conseguida hasta ese momento, porque a él se sumaron no solo las elites costeñas sino también las de las ciudades del interior, así como artesanos y otras gentes que podríamos considerar del mundo popular. Gracias a ese arrastre del proyecto, la acción militar de los coroneles y hermanos Gutiérrez fue rápidamente derrotada. Solamente la Iglesia y el Ejército –tremendas instituciones, desde luego– se opusieron (o al menos permanecieron neutrales) al programa del primer civilismo.

No obstante, el proyecto de Manuel Pardo naufragó entre las acechanzas del pierolismo, la asfixia económica creada por la enorme deuda externa contraída para construir los ferrocarriles, la disminución de las exportaciones de guano y la vigencia en el interior del caciquismo rural tradicional, opuesto a la idea de una modernización social. La derrota en la Guerra con Chile terminó por traer abajo lo que quedaba del proyecto.

A dicha guerra entramos precisamente por la ausencia de un acuerdo nacional. Si los ingresos obtenidos por las ventas al exterior de guano y salitre iban a terminarse, ¿cómo debía sostenerse en adelante el Estado? En 1876, la Casa Dreyfus anunció la suspensión del pago de la deuda externa peruana; los dos fertilizantes, el guano y el salitre, competían entre sí perjudicando sus precios, y la crisis mundial iniciada en Europa en 1873 expandía sus efectos. Entonces, los encargados del gobierno en el Perú (vivíamos el primero de los regímenes de los Prado) fueron como ciegos buscando la salida de un túnel.

Uno de esos golpes de ciego fue la guerra de 1879. Si ganábamos... todo resuelto: tendríamos el monopolio ya no solo del guano sino también del salitre; sus precios se recuperarían; el Estado volvería a la riqueza de los años sesenta; no habría que poner impuestos; la construcción de los ferrocarriles hubiera proseguido. En cualquier caso, el problema se pateaba para adelante. Si perdíamos, claro, las cosas serían distintas... como finalmente lo fueron, aunque creo que para mejor.

Los intentos de concertación nacional han surgido de las grandes crisis nacionales. El que más destaca en esa línea es el que se plasmó en la revolución de 1895. Esta aún no ha recibido la atención de los estudiosos que se merece.

Después de la paz de Ancón, que puso término a la guerra del 79, hubo el corolario de la guerra civil entre iglesistas y caceristas, con el triunfo de estos últimos. La victoria militar y en las urnas del general Cáceres dio paso a lo que pareció ser, en 1886, una convergencia de propósitos. Un conjunto de reformas fiscales y económicas permitieron la reconstrucción del aparato estatal, con el apoyo del civilismo, movimiento que encarnaba los intereses de la clase propietaria.

El afán del régimen cacerista de perpetuarse en el poder, que en 1890 había logrado colocar en el sillón presidencial a un lugarteniente de Cáceres como era Remigio Morales Bermúdez, produjo sin embargo el desapego del civilismo, que mantenía una fuerza importante en el Congreso. La formación de la Coalición Nacional en 1894 fue resultado de los afanes reeleccionistas del cacerismo. En dicha coalición se unieron el Partido Demócrata, acaudillado por Nicolás de Piérola, y la Unión Cívica, cuya fuerza más importante era el Partido Civil.

La alianza de los pierolistas con los civilistas fue un hecho francamente llamativo, ya que habían sido movimientos enconadamente rivales en los años setenta. En el momento los unió la lucha contra el neomilitarismo encarnado por el régimen de Cáceres, que tras su programa de reformas iniciales (algunas bastante interesantes, como la descentralización fiscal) parecía empantanado y sin rumbo. Nada podía parecer más distinto que ambos partidos. El civilista lucía como un club de notables, y entre sus miembros más prominentes figuraban grandes comerciantes, empresarios mineros afincados en la sierra y hacendados azucareros y algodoneros de la costa; el demócrata (o pierolista) era en cambio un movimiento de raigambre popular, cuya fuerza de choque estaba constituida por los famosos "montoneros" que desafiaron exitosamente al ejército regular en la batalla librada en las calles del centro de Lima los días 17 y 18 de marzo de 1895.

Se puede decir que en la Coalición Nacional el civilismo puso el programa de gobierno y el pierolismo el apoyo popular necesario tanto para derrotar al neomilitarismo cacerista cuanto para respaldar el nuevo régimen. El Partido Civil había quedado desprestigiado con la Guerra del Pacífico, ya que era sindicado como el responsable de la tragedia.

Desde luego, podría parecer discutible llamar "concertación" a ese pacto en el que el programa y las ideas de gobierno corrían de un solo lado, pero es indudable que la revolución del 95 dio paso a uno de los periodos de estabilidad más prolongados de la historia de la República: el ciclo 1895-1914.

En él la producción agrícola y minera creció de manera impresionante; prosperaron las exportaciones de azúcar, algodón, lanas, cobre, petróleo e incluso caucho, este último en la Amazonia, que se integraba así a la economía nacional. Con el arribo de una misión francesa se dieron importantes pasos hacia la profesionalización de las Fuerzas Armadas. Además, se promulgaron las primeras leyes "sociales" y de regulación del trabajo.

Después de los gobiernos de Piérola y López de Romaña, hombres del Partido Demócrata, vinieron los presidentes civilistas Manuel Candamo, José Pardo y Augusto Leguía; y el ciclo se cerró con Guillermo Billinghurst, otro hombre del pierolismo. Con este, sin embargo, terminaría por romperse la alianza de dos décadas entre pierolistas y civilistas.

Respaldado ampliamente por los sectores populares limeños, Billinghurst comenzó a tomar medidas para controlar el alza de precios que la bonanza exportadora había traído consigo, pero estas medidas no fueron bien vistas por la clase propietaria. Muerto Nicolás de Piérola en 1913, en pleno gobierno de aquel, desapareció el hombre que representaba para los civilistas la garantía de la Coalición. El Ejército, donde los civilistas contaban con una gran influencia, interrumpió la continuidad democrática con el golpe del 4 de febrero de 1914, dirigido por el coronel Benavides.

La crisis de sucesión fue entonces resuelta por un singular mecanismo que en cierta forma recordaba las prácticas del Antiguo Régimen: una suerte de asamblea a la que acudirían representantes de los principales partidos políticos para definir quién sería el candidato presidencial. Los invitados a lo que se llamó la "Convención de Partidos" de 1915 fueron el Partido Civil, el Constitucionalista (de Cáceres) y el Liberal (de Augusto Durand). Quedaron excluidos el Partido Demócrata, cuyos principales dirigentes habían muerto o habían sido desterrados, y otros movimientos menores. El mecanismo para la elección del candidato presidencial consistía en sucesivas votaciones hasta que el ganador alcanzase una mayoría de 85%, lo que exigía al ganador contar con el apoyo de los tres partidos participantes. Triunfó finalmente José Pardo, hijo del fundador del civilismo, aunque en la ronda final se ausentaron muchos de los convencionistas.

Aun cuando la Convención de 1915 no fue una discusión de ideas sino más bien una suerte de "elecciones primarias" dentro de un bloque político dominado claramente por el civilismo, sirvió como una oportunidad para pensar en programas nacionales de largo plazo. Una de sus secuelas fue la renuncia al civilismo de algunos jóvenes intelectuales como José de la Riva Agüero, quienes fundaron con otros jóvenes del pierolismo un nuevo partido, el Partido Nacional Democrático, conocido como "futurista". Aunque desapareció al poco tiempo, el PND representaba un alejamiento de la vieja política y de un civilismo que parecía haber agotado su programa.

La crisis del civilismo, como es sabido, tuvo su epílogo en el régimen del oncenio encabezado por Leguía, un antiguo miembro del partido. Su derrocamiento en 1930 abrió paso a una aguda crisis de todo tipo y a una situación de virtual guerra civil que trajo como consecuencia un nuevo régimen de alianza entre la Fuerza Armada y la clase propietaria. La primera representada por Óscar Benavides, miembro del civilismo; la segunda por Manuel Prado. Los mismos hombres que en 1915 habían estado detrás de la convención de partidos.

En 1945 se abrió una nueva oportunidad para una concertación nacional. Desaparecidos durante la convulsión de los años treinta, los viejos partidos dejaron su lugar a nuevas fuerzas políticas con arraigo popular como el aprismo y el comunismo. La política se había descen­tralizado. Recordemos que el aprismo tiene su origen en la costa norte, mientras que en las ciudades del sur emergían corrientes de opinión que pugnaban por la descentralización. La creación de una alianza que garantizara la gobernabilidad del país se imponía como un desafío.

Carlos Contreras  es historiador y profesor universitario.