Colombia:
Proceso de paz entre la agonía y la esperanza
Mike Shifter
ideele se ha
propuesto reforzar su sección internacional por una sencilla razón: en general
hay poco análisis de lo que ocurre en el mundo que tenga como punto de partida
códigos y preocupaciones nacionales. Iniciamos esta etapa con artículos que
sabemos nuestros lectores sabrán apreciar por su calidad.
La reciente
alza de Álvaro Uribe en las encuestas a solo cuatro meses de las cruciales
elecciones presidenciales colombianas es, antes que cualquier otra cosa, una
muestra muy elocuente de la extendida frustración ciudadana con los esfuerzos
del presidente Pastrana por poner fin al conflicto interno que asola el país
por cuatro décadas. Uribe, un ex gobernador de Antioquia, es conocido por su
línea dura en relación a cómo enfrentar a la insurgencia colombiana,
especialmente a las FARC.
Entre los principales candidatos
presidenciales, es el que más duramente ha criticado el acuerdo del 20 de enero
entre las FARC y el gobierno colombiano, en el que se aprueba un cronograma
hacia el cese del fuego el 7 de abril. En otras palabras, Uribe es percibido
como el anti-Pastrana.
El hecho de que Uribe lidere las
actuales encuestas con 39% da más cuenta de la profunda decepción de la mayoría
de los colombianos con los esfuerzos de Pastrana que de una real intención de
votar por él el 26 de mayo. Aunque todo parece indicar que cuando la elección
se acerque la maquinaria del Partido Liberal se activará plenamente, no está
claro si su candidato, Horacio Serpa (quien perdió con Pastrana en 1998 y tiene
ahora el 30% de la intención de voto), finalmente se pondrá adelante. En la
actualidad Uribe tiene mucha fuerza. En todo caso, parece probable que habrá que
ir a una segunda vuelta en junio.
El fenómeno Uribe se explica en
gran medida por la indetenible violencia, el cuestionable manejo por el
gobierno del proceso de paz y por la intransigencia de las FARC. (Cuando le
pregunté a un colega colombiano cómo pensaba que veían las FARC a Uribe, me
dijo: "oscilan entre querer matarlo y querer elegirlo presidente".)
La sensación compartida por la mayoría de los colombianos es que poco ha
cambiado luego de la última rueda de conversaciones entre el gobierno y las
FARC, que son percibidas como un ritual ya conocido. El incremento de la
violencia luego del reciente acuerdo no hace sino reforzar esta percepción
general.
Pese a ello, es importante hacer
un análisis más profundo y sacar las lecciones adecuadas de lo que los
diplomáticos llaman el "acuerdo sobre el cronograma". Este acuerdo
demuestra que buscar negociar con las FARC no es necesariamente un vuelo de la
imaginación. Con la correcta medida de control político y presión militar
aplicada por el gobierno colombiano, las FARC tuvieron después de todo que
cambiar sus cálculos y actuaron de acuerdo con sus intereses. En el momento en que Pastra-
na se puso firme, el grupo
guerrillero retiró su demanda de que el gobierno eliminase todos los controles
de seguridad de la zona desmilitarizada controlada por ellos desde hace tres
años, aceptando discutir el fin de los secuestros y de todas las hostilidades.
La lección es que cierta firmeza e iniciativa del gobierno y una saludable
dosis de realismo pueden funcionar. Aunque la hipótesis de que negociar con las
FARC vale la pena dista mucho de estar probada, por lo menos cabe ensayarla.
Sin embargo, al mismo tiempo hay amplio terreno para el
escepticismo. Sería un error interpretar el último acuerdo como un paso
importante o cualitativo en las conversaciones con las FARC. Los cambios que
emergen son sobre todo cosméticos y poco sustantivos. Independientemente del
incremento de la violencia por las FARC –el alcalde de Bogotá Antanas Mockus
puso la ciudad en estado de alerta máxima menos de una semana después del
acuerdo debido a una serie de ataques–, hay serias preguntas sobre si el
cronograma y la agenda son mínimamente realistas. El 21 de enero, un artículo
del Washington Post
–increíblemente, sin ninguna señal de ironía– describía cómo definía cada lado
el cese del fuego: "el gobierno quiere que las FARC dejen de atacar
pueblos y tropas y dejen de secuestrar y extorsionar, justamente los métodos
que les permiten conseguir mucho de su dinero. Las FARC entre tanto sostienen que
un cese al fuego debe incluir un compromiso del gobierno de no privatizar las
empresas y agencias estatales, suspender la extradición de nacionales
colombianos y proporcionar subsidios para el creciente número de desempleados
en el país". No es necesario decir que los obstáculos por delante son
formidables.
Uno de los más alentadores resultados del acuerdo de enero
es que las terceras partes se han convertido en una característica permanente
en el proceso entre el gobierno colombiano y las FARC. Tenía poco sentido para
el gobierno actuar a la vez como mediador y como parte en el conflicto. Se
estaba frente a una situación que parecía fuera de control, pero el entusiasta
y activo representante de las Naciones Unidas, James Lemoyne, demostró que
podía marcar una diferencia positiva en construir confianza entre las dos
partes y llevarlas hacia un acuerdo. Lemoyne merece reconocimiento por esta
acertada labor diplomática. Después de todo, él no contaba con mucho con qué
trabajar, sobre todo si se toma en cuenta que tenía de un lado a un presidente
de salida y del otro a una terca e inflexible guerrilla. Además, los diez
"amigos" del proceso con las FARC fueron también útiles para evitar
una ruptura y encarrilar de nuevo las discusiones. El hecho de que el papel de
estos actores claves esté ahora institucionalizado llama positivamente la
atención, si tomamos en cuenta las profundas suspicacias de las FARC hacia esos
actores, así como la histórica ambivalencia del gobierno colombiano frente a
ellos.
Por supuesto, la pieza que falta y la gran pregunta en todo
esto es el papel de los Estados Unidos. Hasta ahora hay poca evidencia de que
los Estados Unidos esté preparado para involucrarse políticamente y jugar un
papel catalizador para que todos los sectores aprovechen la oportunidad para un
acuerdo negociado. Como ha sido ampliamente reportado, existe un profundo
debate en el gobierno de los Estados Unidos sobre Colombia. Hay una creciente
tentación, especialmente en ciertos niveles del Departamento de Defensa, por desarrollar
una línea más dura en relación con las FARC, la que podría caracterizarse como
una aproximación "contrainsurgente". Este cambio puede ser atribuido
no solo al clima menos tolerante luego del 11 de setiembre en los Estados
Unidos, sino también a la creciente frustración de lo que es percibido en
Washington como el cruel juego de las FARC y su falta de voluntad de negociar
de buena fe. La reciente solicitud de Pastrana de usar parte de la asistencia
de seguridad de los Estados Unidos para ayudar a proteger oleoductos
vulnerables y otra infraestructura les brinda una justificación para insistir
en su punto de vista.
Si bien esta perspectiva puede estar ganando terreno, no
puede ser vista todavía como una posición oficial de los Estados Unidos. Hasta el
momento no hay consenso ni claridad. Algunas oficinas del Departamento de
Estado, por ejemplo, tienen una visión más clara de los propósitos políticos
involucrados en el fortalecimiento de la capacidad del aparato de seguridad del
gobierno colombiano, y en particular en el Congreso, hay profundas dudas
especialmente sobre el compromiso del gobierno colombiano para controlar a las
brutales fuerzas paramilitares.
Después de todo, el 10 de setiembre su organización central,
las AUC, fueron colocadas junto con las FARC y el ELN en la lista oficial de
organizaciones terroristas del Departamento de Estado. Las preguntas sobre
derechos humanos ocupan un lugar prominente en la agenda de la política
exterior de los Estados Unidos y van a seguir siendo un asunto de preocupación
en la política hacia Colombia, sobre todo en el Congreso.
Sería por tanto un error asumir que el gobierno de los
Estados Unidos necesariamente querría ver a Uribe como el próximo presidente de
Colombia (a pesar de que este haya nacido el 4 de julio). Los informes sobre
las relaciones que mantienen algunos colaboradores de Uribe con gente cercana
al paramilitarismo preocupan a muchos funcionarios norteamericanos.
Sin embargo, no hay que olvidar que en los Estados Unidos se
vive aún en el clima post-11 de setiembre y, más todavía, después del discurso
a la nación del presidente Bush del 29 de enero, es razonable anticipar un
endurecimiento de la política hacia Colombia. Después de todo, ese discurso no
se distingue particularmente por sus matices y tiende a ver el mundo dividido
entre "buenos" y "malos". El tradicional, estrecho y
equivocado foco en el tema drogas puede ser reemplazado por la lucha contra el
"terrorismo"; pero enmarcar el asunto en términos de luchar contra
las drogas o luchar contra los terroristas (al menos de la manera como Estados
Unidos está haciendo esto en Afganistán y en Filipinas) no va a ser muy
constructivo para ayudar a los colombianos a lidiar con sus problemas
fundamentales.
Lo que los días previos al 20 de
enero –cuando se firmó el acuerdo del cronograma– han mostrado es que la
mayoría de los colombianos están frustrados y son críticos de la manera en que
la administración de Pastrana ha manejado el asunto de la paz, pero que a la
vez continúan favoreciendo una solución política al conflicto. Como es natural,
ante la alternativa de una guerra total, la mayoría de los colombianos se
sienten muy nerviosos. Mientras Colombia lucha por encarrilar su proceso de
paz, los Estados Unidos deberían tratar de comprender bien la situación y
evitar tratar al país de una manera distorsionada, sea mirándolo a través de la
óptica de "drogas" o de "terrorismo", aun a pesar del
atractivo que esto tenga para las sensibilidades políticas internas.
Por cierto, es importante ser realista. Washington
está dedicado a responder a los sin precedentes ataques del 11 de setiembre, y
ahora a los indignantes escándalos asociados con la más grande bancarrota
empresarial en la historia de los Estados Unidos. Va a ser enormemente difícil
conquistar el interés de los más importantes líderes políticos de los Estados
Unidos para que le presten atención al asunto colombiano. ¿Percibirán los
Estados Unidos esta nueva oportunidad que ahora nace para buscar en los
próximos meses una salida política coherente al conflicto colombiano,
trabajando en colaboración con la nueva administración y otros gobiernos
europeos y latinoamericanos? Esta pregunta, siempre pertinente, es hoy día más
urgente que nunca.
Mike Shifter es vice presidente del Diálogo
Interamericano.