Cuesta abajo en la rodada
las ilusiones pasadas...
Patricia Valdez
¿Cómo y por qué Argentina
llegó a la situación actual? A fuerza de repetición, esta pregunta se convirtió
en un lugar común entre los extranjeros que tratan de entender lo que nos ocurre.
En este artículo intentaremos algunas explicaciones que buscan un sentido en
los acontecimientos que desencadenaron la profunda crisis que hoy atravesamos.
Los títulos de algunas notas periodísticas publicadas desde
entonces dicen: "Su problema es que no se pusieron a trabajar"
(A. Touraine), "Los patrones argentinos están acostumbrados a ganar
beneficios en los pasillos de la Casa Rosada (Casa de Gobierno)" (D.
Rock); "Meditación sobre el derrumbe" y "Crisis de la
República" (N. Botana); "La historia de la Argentina es la de un
milagro al revés" (J.J. Sebrelli); "Las mejores ideas, sin
poder"
(B. Sarlo); "Se está cuestionando una forma de
democracia" (A. Argumedo). El actual y quinto presidente en ejercicio
desde que el deterioro comenzó a fagocitarlos cual pac-man ha repetido en las últimas semanas dos afirmaciones:
"Estamos fundidos, estamos re-fundidos" y, parafraseando a H.
Jaguaribe, "La Argentina está condenada al éxito".
Es probable que cada una de las afirmaciones anteriores
contenga una parte de la verdad. En la crisis actual convergen múltiples
factores, y ninguno de ellos aparece siquiera como el que precipitó la caída.
Se trata en todo caso de un encadenamiento de hechos que marcarán sin duda un cambio de etapa en la historia
política e institucional de este país. Las explicaciones
–todas aún parciales– conducen necesariamente a buscar la clave de cómo se
configuró la pervertida estructura que hoy ofrece el Estado en la historia de
los ciclos económicos y políticos de Argentina.
Los hitos más claros de las últimas décadas estaban marcados
por el tránsito de la dictadura a la democracia, la crisis de la deuda y la
apertura del país al mercado global. Estamos más o menos acostumbrados,
entonces, a recurrir a los estudios de la transición y las teorías del ajuste
para explicar los rasgos centrales de la situación actual: presencia débil de
un Estado además maltrecho; escasa representatividad de los partidos políticos,
que hoy son apenas aparatos electorales, y una consecuente ausencia de instituciones
previsibles y entrenadas en el funcionamiento democrático.
La salida de la última y más cruel dictadura militar de la
historia y el advenimiento de la democracia política (1983) no inauguró una
línea de crecimiento en las condiciones de participación ciudadana que
acompañara las expectativas despertadas por la nueva etapa y permitiera
establecer una relación nueva con la sociedad civil. Tampoco se produjo un
recambio de los personajes, ni en las formas de expresión y de relación de las
fuerzas políticas con la sociedad.
Los sindicatos volvieron a la
arena democrática con los mismos reflejos corporativos de antaño, reforzando un
estilo de relación burocrático y autoritario entre los intereses que dicen
defender y el Estado regulador de políticas. La justicia, que había mostrado un
nuevo rostro en el ejemplar juicio a las juntas militares y en la prosecución
de otros múltiples procesos vinculados, no impulsó ninguna reforma seria a su
trabada estructura. Y durante el gobierno de Menem fue inundada desde el poder
con el nombramiento de magistrados adictos que fueron cuidadosamente ubicados
unos, promovidos otros, para construir una eficaz arquitectura del aparato
judicial que asegurara la impunidad. Para coronar este proceso de
neutralización, se amplió –de cinco a nueve– el número de miembros de la Corte
Suprema.
Pero esta no es una enumeración tardía. A poco andar, los
comportamientos descritos aparecieron como déficit evidentes del régimen
democrático recobrado. A la luz de las teorías de la transición, se
interpretaron algunas conductas como resabios de una relación antinómica entre
autoritarismo y democracia que estaba en proceso de licuación. Y, más aún, las
posteriores teorías del ajuste anunciaron que los procesos de democratización
avanzarían de la mano del mercado y la desregulación de la economía
(privatizaciones y apertura al mercado global mediante). De este modo se irían
abandonando los patrones de vinculación vertical y clientelista entre el Estado
y los diferentes grupos sociales y económicos que parecían ser la
característica central de la matriz bajo la cual se había producido el proceso
de crecimiento del país y establecido un modelo de hiperpolitización de las
demandas.
Nada de eso ocurrió en Argentina. El resultado electoral que
terminó con la dictadura en 1983 logró inspirar en la sociedad un aprecio por
la vida en democracia y motivar el rechazo claro a los intentos de jaquearla
desde el autoritarismo militar. Pero la crisis desatada por la deuda, la
vulnerabilidad y el caos terminaron con el gobierno de Alfonsín.
La década Menem ofreció a las
manos privadas, y sin condiciones, los pocos activos que entonces le quedaban
al país en un proceso que se llamó "el desguace del Estado". Para
entonces Argentina seguía exclusivamente el ritmo de los acreedores de la
abultadísima deuda externa y cumplía a rajatabla el papel de "alumno
modelo" que Estados Unidos y los bancos le habían asignado. Pero hay que
destacar –y no es un dato menor– que la cifra del dinero de los argentinos en el
exterior es equivalente o mayor que la mencionada deuda externa.
Los resultados de estas políticas
que llevaron a que hoy haya en Argentina 15 millones de personas bajo la línea
de pobreza, una fragmentación social profunda, ausencia de liderazgos
significativos y una perspectiva árida sobre el surgimiento de otros nuevos, no
constituyen una novedad. En los últimos diez años muchas voces lo advirtieron
(analistas, líderes políticos, organizaciones no gubernamentales, escritores,
periodistas), e incluso los lemas electorales de la "Alianza para la
Justicia, el Trabajo y la Educación" con la fórmula De la Rúa-Álvarez
recogió las ideas centrales que expresaban el hartazgo ante la corrupción, el
poder absoluto, la falta de transparencia y la frivolidad que habían caracterizado
a la década menemista.
La fractura veloz de la Alianza
con la renuncia del ya vicepresidente Álvarez contrastó con el ritmo cansino y
pesado de las escasas medidas orientadas a producir cambios en las áreas que le
dieron nombre a la Alianza. Antes bien, y una vez más, el gobierno quedó
atascado en las variables macroeconómicas que la deuda imponía. Y fue probando
sin éxito fórmulas insólitas de la mano de tres ministros de Economía. Pero al
no alterar las reglas de juego con los grupos económicos nacionales y
extranjeros, el país nuevamente quedó en jaque.
En este contexto, los temas vinculados a la reforma política
imprescindible y a la necesidad de detener el progresivo aumento de la pobreza
alterando el patrón de distribución quedaron desterrados por la urgencia
totalizante de reducir el gasto público, el contexto recesivo y la aplicación
de la "Ley de Equilibrio Fiscal" de julio del 2001 –más conocida como
"Ley de Déficit Cero"–.
Mientras se profundizaba la
desigual distribución del ingreso y cada día ingresaban nuevos argentinos a la
categoría de "pobres" –700 000 en el último año–, se multiplicaban
los conflictos sociales, el desempleo alcanzaba el 18,3% y el subempleo el
16,3%; además, 41,1% de los asalariados trabaja hoy por fuera del sistema de
seguridad social.
Mientras, la población se enteraba con más detalle de los
montos percibidos por los miembros del Congreso nacional y las Legislaturas
provinciales y locales por concepto de salarios, pasajes y otros beneficios.
Los contrastes son abrumadoramente significativos y por cierto indignantes. Más
allá de una campaña simplista y favorecedora de un inconducente sentimiento
antipolítico, este era el último botón de muestra para confirmar el divorcio
entre la clase política, los partidos políticos y los ciudadanos.
En tal situación, los apremios económicos que la población
debe enfrentar como consecuencia de las medidas del ministro Cavallo superaron
el límite de tolerancia de la sociedad, ya acosada por una larga crisis.
Con el antecedente de saqueos en diversos lugares del país,
las formas de protesta activa de los sectores medios urbanos comenzaron el 19
de diciembre1 y no se han detenido. Bajo el novedoso formato
inicial de los "cacerolazos", surgidos minutos después de los
anuncios presidenciales, la población salió a la calle masivamente y se dirigió
a dos lugares de relevante simbolismo político: la Plaza de Mayo y la Plaza del
Congreso.
El ministro de Economía renunció durante la movilización.
Pero la suerte estaba ya echada. En esa tensa madrugada los ánimos se fueron
caldeando. Al promediar la mañana del día 20 y cuando el estado de sitio ya
había sido declarado, comenzaron los enfrentamientos entre los manifestantes y
la Policía. El resultado fue trágico: seis muertos sólo en la plaza2. Al caer
la tarde, en uno de los peores momentos de la República, el presidente De la
Rúa renunció.
Ya es conocido lo que ocurrió luego, hasta culminar en la
presidencia de Eduardo Duhalde, quinto presidente en diez días.
La salida de la
"convertibilidad" por la cual un peso valía un dólar está siendo
traumática, pero se observa claramente quiénes ganan y quiénes pierden. La
"pesificación" de las deudas y depósitos y la prohibición de disponer
de ellos salvo en los plazos y modalidades establecidos desde el Ejecutivo, ha
significado la disponibilidad por parte del Estado del dinero de los ahorristas
y, a través de la devaluación y la caída del salario real, una transferencia
varias veces millonaria a los grupos económicos dominantes.
La Corte Suprema –cuya renuncia
exigen casi desde el primer día los reclamos caceroleros– denegó los pedidos de
desbloqueo que rápidamente habían iniciado algunos ahorristas y adoptó la
posición contraria en un fallo reciente, cuando el proceso de juicio político a
algunos de sus miembros se estaba iniciando en el Congreso de la Nación. Este
gesto añade un nuevo ingrediente a la crisis, no solo por las consecuencias
económicas del fallo, sino por el significado del enfrentamiento entre dos
poderes del Estado: el Ejecutivo y el Judicial.
Lo que viene después es difícil de prever. La crisis puede
precipitarse, pero es posible también que las medidas económicas –al redefinir
quiénes se benefician con el nuevo programa– tengan la capacidad de conducir a
una dinamización de la economía argentina. Sin embargo, lo que está claro es
que el problema de la distribución de la riqueza se ha acentuado en el mismo
sentido dominante de las últimas décadas. Los más ganarán menos y los bienes
seguirán concentrándose en un sector reducido y cada vez más poderoso.
Cualquiera que sea el próximo escenario, la ecuación es clara.
Argentina enfrenta una situación crítica sin precedentes. Es
obvio que, aun dentro del esquema neoliberal, no habrá salidas en el corto
plazo. Podemos sostener entonces que lo que suceda en el futuro puede tener las
señales y direcciones más imprevisibles.
Pareciera que la sociedad argentina está identificando a los
responsables más directos de la crisis. Pero al menos por ahora, no muestra
signos de su capacidad para establecer vínculos entre todos los sectores
sociales que –con efectos distintos en la vida cotidiana– sufren las
consecuencias. Una cosa más queda clara: en esta crisis, más allá de las
intervenciones de los organismos internacionales en el manejo económico, las
instituciones de gobierno del país, los líderes políticos y la sociedad toda
tienen una significativa responsabilidad en su devenir y en sus resultados.
1 La
más significativa expresión anterior a diciembre habían sido los resultados de
las elecciones de renovación legislativa de octubre del 2001, cuando se expresó
el "voto bronca" que significó cerca del 50% de los votos en blanco.
2 Sin
embargo, durante el tiempo en que el estado de sitio estuvo en vigencia –algo
menos de 48 horas– murieron alrededor de 30 personas, otras 4500 fueron
detenidas y numerosos policías resultaron heridos.