Comisión de la Verdad   y perspectiva de género

La Comisión de la Verdad debe tener una perspectiva de género. Obvio. Pero, ¿qué quiere decir exactamente y cuáles son los supuestos y consecuencias prácticas de esta afirmación? Presentamos textos y recuadros que ayudan a plantear y asumir el tema.

 

Género y justicia

"Siempre estamos caminando en quejas porque no hay justicia acá."

Entrevista, Club de Madres, una comunidad en las alturas de Huanta, Ayacucho.

Kimberly Theidon

 

Las Comisiones de la Verdad se han convertido en estructuras estándar para contextos posconflicto, estableciéndose como el modelo reinante para construir la nación después de periodos sostenidos de violencia estatal. Como una manifestación de la globalización de los derechos humanos, han asumido una validez transnacional como un mecanismo central para anunciar un nuevo orden democrático.

En este artículo quiero ir más allá de la filosofía trascendente de los derechos humanos, la verdad y la justicia, para examinar la "vida social" de estos conceptos tal y como están puestos en práctica en las comunidades campesinas ayacuchanas. Como intentaré mostrar, cuando "aterrizamos" estos conceptos vemos que la justicia tiene dimensión de género.

Comisionando la verdad, narrando el pasado

Una meta de las Comisiones de la Verdad es construir nuevas narrativas de la nación que sean más inclusivas de las experiencias de los grupos que han sido históricamente marginados. Desde esta óptica, la idea es suplantar la "memoria oficial" por la "memoria popular".

Quiero problematizar esta estrategia explorando las narrativas que se han ido desarrollando en el campo ayacuchano respecto de la guerra interna. Estas narrativas sirven como un componente central en la elaboración de identidades locales, tomando a la épica heroica de la guerra como la estructura que guía tanto la forma como el contenido de dichas historias. Este estilo épico hace hincapié en el heroísmo masculino, y ha sido canonizado no solo por las comunidades mismas sino por la literatura académica. Esta versión masculinizada de la guerra –de ronderos defendiendo sus pueblos, derrotando a Sendero Luminoso y estableciendo nuevas prácticas democráticas y demandas de ciudadanía– oscurece los procesos disyuntivos y contradictorios de la construcción de ciudadanía dentro de estos pueblos. Sugiero que estas disyunciones reflejan los ejes de diferenciación que operan en estos pueblos, y un eje central es la dimensión de género.

Entonces, si bien su participación armada en la guerra contra Sendero Luminoso ha permitido a los sectores subalternos del campo ayacuchano conquistar escenarios nacionales en el proceso de construcción de ciudadanía, esa misma participación armada y la relación que las rondas establecieron con las Fuerzas Armadas han reforzado de manera decisiva las relaciones patriarcales dentro de estos pueblos, lo que ha dado como resultado una desigual conquista del ejercicio de derechos y sentido de pertenencia a esa comunidad imaginada llamada nación.

La integración nacional producto de la participación en un conflicto armado influye la cultura política que sigue, contribuyendo a lo que Caldeira y Holston llaman "la democracia disyuntiva". Como ellos explican:

"[Con la] democracia disyuntiva queremos enfatizar que ella abarca procesos en la institucionalización, práctica y significado de la ciudadanía que nunca son uniformes ni homogéneos. El concepto de democracia disyuntiva pone énfasis, por lo tanto, en que en un momento dado la ciudadanía puede ampliar los derechos en un campo mientras que los contrae en otro. El concepto también significa que la distribución y profundidad de la democracia entre una población de ciudadanos en un espacio político dado son desiguales".

Que la distribución de la democracia varía según los ejes de diferenciación que atraviesan cualquier espacio político –sea el estado-nación, sea una comunidad campesina–, hace estallar la idea de que se puede hablar de lo "subalterno" o "popular" como un grupo monolítico cuyos intereses fluyen "naturalmente" de su posición de marginación. Cualquier lógica binaria que pretenda construir una dicotomía rígida entre "lo oficial" y "lo popular" oscurece tanto la fluidez dentro de tal dicotomía como la fragmentación que existe en ambos lados.

Esta misma lógica binaria se manifiesta en la gran mayoría de los textos sobre represión política, procesos posguerra y memoria. Hay una estructura analítica repetitiva que informa tanto la producción académica como la de los activistas respecto de estos temas.

Por un lado de la dicotomía se encuentra la categoría "memoria oficial". Ella aparece bajo varios nombres y adjetivos: "Estado", "grupos dominantes", "memoria hegemónica" –en fin, "memoria mala o represiva"–. Por el otro lado se encuentra la "memoria popular". Esta vez los nombres y adjetivos son: "grupos subalternos" o "marginalizados", "sociedad civil", "memoria contrahegemónica" –en suma, la "memoria buena o emancipatoria"–. Entonces, la meta implícita es suplantar "la memoria oficial" por "la memoria popular" como un proyecto intrínsecamente democrático.

Sin embargo, ¿es verdad que el poder y la estratificación no operan dentro de lo subalterno o lo popular? ¿Qué pasa con los ejes de diferenciación ya mencionados? Homogeneizar "lo popular" es borrar el hecho de que ello puede ser simultáneamente oposicional y hegemónico en un determinado contexto. Cualquier persona que ha pasado tiempo en una comunidad rural sabe que estamos lejos de la imagen indigenista de la comunidad andina como una entidad eterna y armoniosa. Si bien existe una "ideología de la armonía", esta coexiste con los conflictos perpetuos. La comunidad es más bien una identidad estratégica y construida, y su mantenimiento recurre a procesos que buscan perpetuar lo que Mallón llama la "hegemonía comunal".

Es decir, si bien los procesos comunales intentan mantener la comunidad porque los comuneros se benefician de su pertenencia a un colectivo, ello no significa que todos –y todas– los comuneros y comuneras perciben que la comunidad brinda igualdad o justicia. Así como el poder de la palabra –la autoridad de narrar los años de la guerra– se ha quedado sólidamente en las bocas de los varones, la administración de justicia se ha quedado en sus manos.

Administrando "lo comunal"

El tema de la complementariedad ha tenido una influencia tenaz en los estudios de género en la región andina. Aprecio este acercamiento feminista que ha buscado ir más allá de los estereotipos insultantes de las mujeres campesinas, que oscilan entre las representaciones de mujeres campesinas como mujeres reprimidas, tímidas –como poco más que "bestias de carga" caminando pasivamente atrás del varón– y la chola Jacinta mediática con sus trenzas sucias, carcajadas vulgares y sonrisa desdentada.

Tengo que aplaudir cualquier intento de desafiar el racismo que ha permitido a muchos limeños distanciarse del dolor de los pueblos rurales ayacuchanos. La reconciliación en el Perú tendrá mucho que ver con un proceso de sensibilización de la población nacional respecto del sufrimiento del "otro".

Sin embargo, tengo que notar una cierta miopía en esta literatura, que construye un modelo de complementariedad utilizando el hogar como la unidad de análisis, oscureciendo tanto las desigualdades en la familia como los conceptos de género que moldean el mundo más grande dentro del cual estos hogares se encuentran. Enfáticamente, la complementariedad no es la igualdad. Tampoco me siento satisfecha con la idea de que "el silencio" en sí mismo es una forma de comunicación. Cuando el equipo de la Comisión de la Verdad y Reconciliación llegue a estas comunidades, buscará testimonios perceptibles al oído: es difícil registrar el silencio.

En un cierto momento de mi trabajo de campo decidí invertir mi pregunta. En vez de plantearme por qué las mujeres no hablan en las asambleas, busqué los espacios comunales donde sí se les escucha, donde las mujeres no solamente estaban presentes sino eran además locuaces. Mi búsqueda me llevó a analizar el qarawi y las quejas.

Si bien la administración de justicia está bajo la autoridad masculina, las mujeres nunca dejan de presentar sus quejas, aun sabiendo que muy a menudo la solución estará más dirigida a mantener la ya mencionada hegemonía comunal que hacia la satisfacción de sus pleitos. Quiero concentrarme en dos ejemplos que iluminan los procesos del perdón y reconciliación que practican en estas comunidades.

Un componente de mi investigación fue la genealogía de la moralidad y la micropolítica de la reconciliación entre "enemigos íntimos". Una particularidad de las guerras internas es que el enemigo muy a menudo fue un vecino, un padrino, una nuera o la comunidad que está al frente. Me interesó cómo la gente construye y deconstruye la violencia letal, y cómo recupera no solamente la humanidad del otro, sino su propia humanidad después del sufrimiento experimentado e infligido. Al rastrear casos de arrepentimiento en estas comunidades encontré mecanismos impresionantes para administrar tanto la justicia retributiva como la restaurativa, siempre tomando en cuenta lo que significó la comunidad antes de y durante la violencia, y reafirmando la importancia de mantenerla en el presente.

Pero fue durante mis tardes hablando con las viudas que aprendí a apreciar los límites del perdón. Sugiero que pensemos en una "economía política del perdón". Las condiciones duraderas de la vasta desigualdad social y económica no son conducentes al perdón. Insisto en que en condiciones de pobreza extrema la compasión también se restringe. En mi experiencia, es precisamente el sector más pobre de estas comunidades el que expresa el mayor rencor –las viudas, cuya pobreza les sirve como un recuerdo constante de todo lo que han perdido–. Como nos preguntó la mamá Benita: "¿cómo voy a perdonar a ese cuando vive tranquilito allá en su casa, mientras que yo no tengo ni ropa, ni techo, ni nada?". Los conceptos morales no son ni ahistóricos ni abstractos: nacen en las condiciones materiales, en nuestro empeño "senciente" con el mundo. En un mundo de privación, es poco probable que el perdón florezca.

Además, hay que diferenciar entre la "reconciliación horizontal" y la "reconciliación vertical". Mientras las prácticas de la reconciliación que estudié al nivel comunal son notables por su capacidad de frenar la violencia letal, sugiero que es mucho menos aceptable para los campesinos el solo perdonar a las Fuerzas Armadas que saquearon sus comunidades, mataron a sus familiares y violaron a sus mujeres y niñas. Los campesinos, como cualquier grupo dominado, están muy atentos al desbalance del poder entre ellos y el Estado, y hasta ahora el Estado no ha sido ni castigado ni perdonado. Es notable el uso de las palabras "engaño" y "burla" cuando hablan de su interacción con los representantes del Estado. Se utilizan estas palabras tanto para hablar de cómo los hombres "aprovechan" de las mujeres cuanto para referir a la relación que sus comunidades tienen con el Estado. Estas palabras constituyen un discurso sobre el poder y la desigualdad, y este discurso tiene dimensión de género.

Conclusiones

Termino con una reflexión sobre los modelos de las Comisiones de la Verdad que son restringidamente "factuales-forenses". Hay que contrastar el proceso de recomponer la vida humana y las relaciones sociales posguerra con las limitaciones de un acercamiento excesivamente tecnócrata que no puede responder a preguntas profundamente filosóficas y morales. Pienso en Weber y sus comentarios sobre la ciencia: los métodos científicos pueden determinar cómo alguien ha muerto, pero nunca van a satisfacer a una madre que quería saber por qué es su hijo el que ha muerto. El mundo del sentido y el de la significación escapan de los perímetros de una ecuación matemática: los estadísticos no tienen ni rostro ni alma.

Reflexiono sobre mi última estadía en Ayacucho. Pasé una tarde hablando con la señora Angélica Mendoza, de ANFASEP. Me habló de los años que ha pasado buscando a su hijo desaparecido. De hecho, el tema de "la búsqueda" es una constante en las entrevistas que he llevado a cabo durante varios años trabajando en Ayacucho. "La búsqueda" llevó a mucha gente –en su mayoría mujeres– hasta las puertas de los poderosos, puertas que quedaron cerradas en sus caras por dos décadas. Estas no son solamente narrativas de la pérdida, sino que indican la naturaleza de las relaciones Estado-sociedad durante muchos años de "democracias inciviles".

La señora Angélica describió cómo las mujeres salían cada vez que llegaban los rumores de que había más cadáveres amontonados en las afueras de la ciudad. Salían a buscar entre los cuerpos, gritando los nombres de sus seres queridos desaparecidos: "¡Cómo gritábamos sus nombres! Pero solamente los barrancos nos contestaron". Con los ojos llenos de lágrimas, ella sacudió la cabeza: "Después de tanto tiempo, posiblemente es el Estado el que nos va a contestar".

Ojalá que sí, pero antes de contestarles hay que pensar bien cómo y dónde escuchar sus voces. Hay que deconstruir "el popular" para examinar sus fragmentos múltiples y su totalidad compleja, articulando ambos con relaciones de poder al nivel local, regional y nacional. Y una vez que la polifonía de voces históricas sea registrada, posiblemente se podría desarrollar una democracia más amplia que permitiría a todos –y a todas– los miembros de estas comunidades reconocer sus historias en las nuevas narrativas de la nación.

Kimberly Theidon es antropóloga, Syracuse University.

 

Indonesia: Educación para una nueva mentalidad

Muchos de los habitantes de Indonesia ignoran que durante la II Guerra Mundial varias de sus mujeres fueron forzadas a convertirse en "mujeres consoladoras" por las tropas japonesas. Así, las mujeres de su país se encontrarían también entre las más de 200 000 que fueron forzadas a la esclavitud sexual por el ejército imperial japonés en toda Asia Oriental. Como solución a este grave olvido, estos crímenes sexuales han sido incluidos finalmente en los temas escolares de los estudiantes indonesios. Así, poco a poco se abre el camino a una memoria más honesta de una época de su historia.

 

Guatemala: Extractos de un informe revelador

"La violación sexual fue una práctica generalizada y sistemática realizada por agentes del Estado en el marco de la estrategia contrainsurgente, llegando a constituirse en una verdadera arma de terror, en grave vulneración de los derechos humanos y del derecho internacional humanitario. Las víctimas directas de los derechos humanos fueron principalmente mujeres y niñas, pero también fueron ultrajados sexualmente niños y hombres. Las violaciones sexuales causaron sufrimientos y secuelas profundas tanto en las víctimas directas como en sus familiares, cónyuges y comunidad entera. Igualmente tuvieron graves efectos de carácter colectivo para el grupo étnico de las víctimas.

"El hecho de la violación sexual estuvo acompañado por la vulneración de muchos derechos. Por lo general, los casos de violaciones sexuales individuales o selectivas se dieron en el contexto de la detención de las víctimas y muchas veces fueron seguidas de su muerte o desaparición. Los casos de violaciones masivas o indiscriminadas y públicas se registraron en áreas de gran concentración indígena, como una práctica común luego de la instalación de destacamentos militares y PAC, de modo previo a masacres o como parte de operaciones de tierra arrasada. También se dieron acompañadas de la muerte de mujeres embarazadas y la destrucción de los fetos.

"Por su modus operandi, las violaciones sexuales originaron el éxodo de mujeres y la dispersión de comunidades enteras, rompieron lazos conyugales y sociales, generaron aislamiento social y vergüenza comunitaria, provocaron abortos y filicidios, impidieron matrimonios y nacimientos dentro del grupo, facilitando la destrucción de los grupos indígenas."

 

Violencia sexual contra la mujer

Julissa Mantilla

 

Uno de los grupos más afectados en un contexto de enfrentamiento armado está constituido por las mujeres, quienes deben sufrir no solo los efectos generales de este tipo de situaciones, sino además numerosas violaciones de sus derechos por el solo hecho de ser mujeres. Esto es lo que en el Informe de Guatemala se conoce como "violencia de género", es decir, aquellos actos de violencia cuyas principales víctimas son mujeres o que son dirigidos específicamente a las mujeres por el solo hecho de serlo. Estos actos, sea que se realicen en el nivel público o en el privado, han sido reconocidos internacionalmente como violatorios de una serie de derechos como la vida, la libertad, la integridad, la igualdad, etcétera.

Con esto en mente, se hace necesario reconocer que la violencia contra la mujer es una práctica violatoria de los derechos humanos condenada internacionalmente en las numerosas conferencias y documentos que se han ocupado del tema. Al respecto, por ejemplo, debe decirse que durante la Conferencia de Derechos Humanos se sostuvo que las violaciones de los derechos humanos de la mujer en situaciones de conflicto armado constituyen violaciones de los principios fundamentales de los derechos humanos y el derecho internacional humanitario.

El caso concreto de la violencia sexual merece además especial atención, sobre todo en un contexto amplio de violencia política, dado que su empleo como táctica de guerra es reconocido como una práctica habitual.

Al respecto, Naciones Unidas ha señalado que si bien la violencia sexual afecta tanto a hombres como a mujeres durante un conflicto armado, es evidente que las mujeres están más expuestas a ser víctimas de este abuso. Lo que debe quedar claro es que las razones que originan la violencia sexual y los efectos que se derivan de esta son diferentes para los hombres y las mujeres. Así, por ejemplo, solo las mujeres corren el riesgo del embarazo a consecuencia de la violación sexual, los efectos en el sistema reproductivo de hombres y mujeres es diferente, etcétera.

Hablar de violencia sexual implica referirse a crímenes como la violación sexual, mutilación sexual, humillación sexual, prostitución forzada, embarazo forzado, entre otros, hechos todos que pueden llegar a configurar un crimen contra la humanidad y de guerra. Al respecto, un momento importante en la materia se dio en el caso del tribunal de Ruanda y la ex Yugoslavia, cuya jurisprudencia ha permitido la condena específica y directa de una serie de situaciones de violencia sexual presentes en los conflictos y enfrentamientos armados. Así, por ejemplo, el 22 de febrero del 2001 el tribunal para la ex Yugoslavia dio la sentencia del caso Foca, por medio de la cual se condenó a tres serbios por su participación en el rapto, tráfico y violación sexual de mujeres y niñas desde los 12 años. La importancia de esta sentencia para el derecho internacional radica en el hecho de que finalmente los crímenes sexuales dejan de ser un daño colateral y que las modalidades de violación masiva y esclavitud sexual pasan a ser consideradas como un crimen contra la humanidad.

El Estatuto de Roma, que da origen a la Corte Penal Internacional, sigue esta línea cuando, al hablar de este tipo de crímenes, condena como tales "la violación, esclavitud sexual, prostitución forzada, embarazo forzado, esterilización forzada o cualquier otra forma de violencia sexual de gravedad comparable", cuando se cometa "como parte de un ataque generalizado o sistemático contra una población civil y con conocimiento de dicho ataque".

Es necesario, además, tener presentes ciertos aspectos importantes:

a) La violencia sexual ha sido empleada tradicionalmente como una manera de afectar a los varones de una comunidad. En el caso guatemalteco, por ejemplo, hubo una estrategia destinada a debilitar la resistencia civil mediante la culpa y el miedo, así como la sensación de vulnerabilidad que generaba en los varones el hecho de no haber cumplido con su papel de protector de las comunidades.

b) La violencia sexual –y de manera especial la violación– no se dio aisladamente ni como actos meramente espontáneos, sino como parte de una estrategia más amplia de entrenamiento militar que supuso la existencia de una infraestructura y organización previa (recintos especiales, presión para el uso de métodos anticonceptivos en las mujeres violadas, etcétera).

c) El rol de la mujer como madre y esposa fue utilizado permanentemente como una forma de tortura psicológica, presión y amenaza que afectó de manera específica a las mujeres. Frases del tipo "si no hubieras salido de la casa", "si no te hubieras metido en esto", son comunes en estos casos y han contribuido a trasladar la culpa de lo sucedido del victimario a la víctima.

d) La violencia sexual fue utilizada también como forma de castigo tanto para aquellas mujeres que desarrollaban un rol activo de organización o representación, cuanto para aquellas que tenían un vínculo familiar con miembros de las organizaciones terroristas (madres, esposas, hermanas, etcétera).

e) El tema de la discriminación racial ha sido un factor adicional que ha contribuido al desarrollo de la violencia sexual.

f) Gran parte de estos casos no han sido denunciados, y en muchas ocasiones ni siquiera la propia víctima los ha asumido como tales, adoptando más bien un papel de testigo presencial de otras violaciones y no de víctima directa. Esto va ligado al sentimiento de culpa y vergüenza que estos hechos ocasionan en las víctimas.

g) Los efectos y secuelas de la violencia sexual van más allá del caso individual y han afectado la existencia y el desarrollo de las comunidades enteras; uno de sus efectos es el desplazamiento. Debe tenerse en cuenta que las violaciones sexuales originan el éxodo de las mujeres y la dispersión de comunidades enteras, la ruptura de lazos conyugales y sociales, el aislamiento social y la vergüenza comunitaria, abortos y filicidios, etcétera.

Estos aspectos no agotan el tema, pero dan una idea aproximada de la complejidad del fenómeno que la CVR debe explorar.

Julissa Mantilla es consultora en el tema de género en la Comisión de la Verdad y Reconciliación.

 

Yugoslavia: Violación sexual, de "daño colateral" a crimen contra la humanidad

Se ha instalado ya un hito en la lucha por la condena de los crímenes sexuales cometidos contra las mujeres en casos de conflicto armado. Estos no serán vistos nunca más como "daños colaterales" en situaciones de conflicto bélico –ubicados dentro del ámbito privado–, sino que los culpables de violación masiva y esclavitud sexual serán juzgados por crímenes contra la humanidad. Gracias al valor de mujeres que acusaron a sus agresores en medio de un contexto terriblemente hostil, el Tribunal Penal Internacional para la ex Yugoslavia dictó sentencia histórica el 22 de febrero del 2001 y condenó así a tres oficiales serbiobosnios a 60 años de cárcel por crímenes sexuales en la guerra de Bosnia, como parte de la campaña de limpieza étnica contra los musulmanes. (Mabel Gonzales Bustelo, España.)