Joaquín
Villalobos:
"En Latinoamérica, la
crisis es la de los partidos"
El Diálogo Interamericano es un
centro de estudio, intercambio y difusión de políticas relativas al hemisferio occidental
cuya sede se encuentra en Washington. Hace poco invitó a Joaquín Villalobos
–destacado investigador social de la Universidad de Oxford y ex guerrillero de
El Salvador, donde es una suerte de asesor del Gobierno y escribe para un
periódico– a dar una conferencia en la que se abordaron con agudeza diferentes
temas referidos a la situación política en Latinoamérica y particularmente en
Colombia.
Al presentar a Villalobos, Michael Shifter,
vicepresidente de Diálogo Interamericano, señaló que su mirada combina la
perspectiva analítica con el conocimiento práctico. ideele reproduce
la conferencia de Villalobos y las principales preguntas de los participantes.
Empecemos por abordar la situación de
Colombia. Si comparamos este conflicto con el de El Salvador, encontramos que
el segundo era bastante más fácil de entender. Era claro que se trataba de un
enfrentamiento ideológico-político surgido, entre otros factores, del impacto
de la Guerra Fría sobre la región. En el caso de Colombia, uno no sabe si se trata
de un residuo de la Guerra Fría o de una manifestación sociopolítica del
narcotráfico; no se logra entender cuál de las dos facetas es la más fuerte.
En El Salvador, todo el país
–incluido el Ejército, la Iglesia, el sector privado, la intelectualidad–
estaba dividido. En 1972, antes de que se produjera el enfrentamiento militar,
dos facciones del Ejército combatieron en la capital utilizando hasta a la
fuerza aérea. Destruyeron un cuartel, un hospicio de niños, hubo más de 100
muertos. ¿Qué estaba en debate? La reforma educativa, la reforma agraria, el
proceso de industrialización, la integración centroamericana. Básicamente, era
el enfrentamiento entre una corriente que estaba a favor de la
industrialización del país y quería convertir a los campesinos en consumidores,
y otra que los quería mantener sin educación y como peones de fincas. El
proyecto de los terratenientes y los coroneles se enfrentaba al proyecto de
quienes querían industrializar el país e instaurar un mercado.
En Colombia no se ha producido esa división de toda la
sociedad. Ni el Ejército, ni el sector privado ni los intelectuales están
divididos. Al contrario, pareciera que toda la sociedad está unida contra la
guerra. Lo que sí es evidente es que hay una división muy marcada entre la
Colombia rural y la Colombia urbana. La primera comprende 24% de la población y
la segunda 76%, pero la relación entre los territorios que controlan una y otra
es muy desproporcionada: la Colombia rural tiene extensos espacios en los que
se pueden encontrar esmeraldas, coca, marihuana, petróleo... El poder urbano no
está en capacidad de controlar esas áreas en las que el narcotráfico tiene una
gran influencia.
Uno de los temas más críticos es el de los derechos humanos.
La opinión pública se pregunta: ¿pero por qué la guerrilla es tan cruel?, ¿por
qué, si los guerrilleros buscan apoyo, se comportan como bandidos? Desde la
perspectiva de la Colombia urbana, las actividades militares de las FARC
resultan muy difíciles de entender.
Si a esto se agrega el narcotráfico, que le está disputando
al Estado el control de la Colombia rural, tenemos otro elemento que nos va
acercando a la naturaleza del conflicto. En El Salvador el Estado estaba
constituido por un poderoso régimen autoritario. Cuando el conflicto comenzó,
el Ejército tenía aproximadamente 15 000 hombres, pero contaba con una
estructura paramilitar de 150 000 para controlar 21 000 kilómetros cuadrados.
Prácticamente no se movía una mosca sin que el coronel que estaba de presidente
se enterara. En el caso de Colombia, el Estado no controla el territorio; el
problema es más bien la falta de presencia estatal. En El Salvador había que
regular y controlar el poder del Estado; en Colombia el reto consiste en que el
Estado ocupe el territorio.
En El Salvador, la guerrilla y el conflicto eran únicos.
Esto permitió que el cese del fuego resultase prácticamente perfecto; que los
acuerdos, una vez tomados, funcionaran. En Colombia, el conflicto y la
guerrilla son dispersos: se trata de varios grupos ubicados en distintos
lugares. El Gobierno, los paramilitares, el ELN, las FARC, otros grupos
guerrilleros más pequeños, aparte de los narcotraficantes, todos cuentan con
grupos armados. Hay un grupo distinto prácticamente en cada región, y eso hace
que el conflicto sea más difícil de controlar. En El Salvador, la solución
consistió en regular el poder del Estado; en Colombia, es posible que esta pase
por establecer el poder del Estado en todo el territorio, proceso que incluirá
la incorporación de algunos grupos rebeldes. En El Salvador hubo una sola
negociación y un solo acuerdo, y este fue prácticamente perfecto. En Colombia
se tendrán que producir varias negociaciones
–algunas de las cuales ya se han concretado– y acuerdos de diferentes tipos.
Pero incluso después de que se produzcan, habrá bandas residuales y un fenómeno
de descomposición social probablemente más agudo que el de la
"contra" nicaragüense.
Trasladándonos a otro plano, la principal amenaza en
Colombia no es que la guerrilla tome el poder; eso no está en riesgo. En El
Salvador sí era posible que gane uno u otro bando. Lo que sí puede ocurrir en
Colombia es que las FARC generen y aceleren una crisis en el sistema de
partidos políticos. En alguna medida, creo que ya hay una primera víctima, que
es el Partido Conservador. Se puede decir que la guerrilla tiene ya una
victoria: haber puesto en crisis al Partido Conservador, que tiene más de un
siglo de existencia.
Aquí entramos a un problema generalizado en América Latina:
el del sistema de partidos políticos. Cuando se estaban haciendo reformas en
todo el continente, todos pensaron en los derechos humanos, las elecciones
libres, la reforma de los ejércitos y los cuerpos policiales, etcétera, pero
muy pocos se acordaron del sistema de partidos. No hubo una política de
fortalecimiento del sistema de partidos políticos, que son, en última
instancia, los encargados de recibir el poder y ejecutar las políticas, de
ejercer el gobierno.
Las crisis en el Perú, Ecuador y Venezuela no son otra cosa
que crisis en el sistema de partidos. La de Argentina también es, en alguna
medida, una crisis de liderazgo político. Podemos mencionar también a
Nicaragua, donde no hay ninguna oposición ni un partido de gobierno. En El
Salvador tampoco hay una oposición coherente, sensata, competente. La situación
en Costa Rica y Uruguay es bastante más esperanzadora, porque en ambos países
ha surgido una tercera fuerza distinta de las dos tradicionales.
Si la crisis del sistema de partidos opera por la vía de
crear otras estructuras, está muy bien; pero si de ahí surgen un Bucaram o un
Menem, estamos en problemas. La crisis de credibilidad de los partidos es más o
menos universal, y si los sistemas logran encontrarle salidas, quiere decir que
funcionan bien. Pero eso implica tener una estrategia para crear partidos, para
fortalecerlos, y la verdad es que, en general, podemos decir que las
oposiciones están creciendo en forma silvestre. En Nicaragua, si no fuera
porque cambió la composición del Ejército, Alemán se habría portado igualito
que Somoza.
Pero a pesar de todo, hay algo que es importante desde la
perspectiva del continente: si estuviéramos en los sesenta, en Venezuela,
Argentina y el Perú –tres puntos críticos– habría habido tres revoluciones; sin
embargo, estas no se han producido. En Argentina, pese a todo, hay una sucesión
institucional; lo que no hay es liderazgo. En Venezuela, igual. A Chávez se le
podrá decir payaso y todo lo que quieran, pero para mantenerse en el poder ha
tenido que ajustarse a ciertas reglas y preocuparse por ganar el apoyo de la
opinión pública. Eso quiere decir que, de alguna manera –que no es la deseable
ni la perfecta–, la institucionalidad está funcionando. En el caso del Perú
vimos mucha violencia, mucho desorden, la huida de Montesinos y Fujimori, pero en
definitiva se produjo el marco que permitió que se realizara el proceso
electoral, que se tomaran los acuerdos institucionales, que se produjera la
intervención internacional. Las instituciones están funcionando y se está
tratando de que se respeten las reglas.
Este es un continente completamente distinto del que
teníamos en los sesenta y los setenta. La democracia en general está
funcionando, pero si no hay gobiernos serios y oposiciones sensatas y
coherentes, es decir, si no se mejora el sistema de partidos políticos, la
democracia podría perder la credibilidad de la gente.
Creo entonces en la necesidad de ver a los partidos como
instituciones del sistema que necesitan una estrategia de mediano o largo plazo
tendiente a consolidarlos, fortalecerlos, reforzar su masa crítica. Por
ejemplo, hay que revisar cuál es el estado de la educación superior. En el caso
de El Salvador, la educación superior colapsó con el conflicto, y gran parte
del vacío de liderazgo tiene relación con este problema. Los líderes de la
izquierda salvadoreña se formaron en los sesenta y setenta, y después de ellos
ya no hubo una generación de recambio. La derecha sí tiene reservas
intelectuales para poder gobernar, porque sus cuadros se formaron en el
extranjero, pero esto ha generado un problema de desbalance. Así, uno de los
puntos que me parece crucial para toda América Latina es cómo generar una
estrategia de fortalecimiento de todos los partidos como instituciones del
sistema.
La caída del muro de Berlín le permitió a Estados Unidos,
durante la administración de Bush, ver a El Salvador por dentro, sacándolo del
contexto de la Guerra Fría, lo que fue crucial. En el caso de Colombia
posiblemente hay más oportunidades de sostener una política coherente, porque
el tema central no es la Guerra Fría, que finalmente era un debate legítimo
entre dos opciones que proponían la modernización. En Colombia el tema central
es el narcotráfico, que no es un actor que tenga legitimidad ante nadie, ni
siquiera ante la guerrilla.
Preguntas
y respuestas
¿Cuál cree que es la
correlación de fuerzas en Colombia?
Considero que el Gobierno ha convertido la negociación en
estrategia y lo militar en táctica, y la guerrilla al revés. Es decir, esta
tiene como estrategia la guerra y como táctica la negociación. Esto no permite
hacer un análisis real de la correlación de fuerzas, pues ni el Gobierno ha
dado todo lo que puede en el terreno militar, ni la guerrilla ha hecho nada en
el terreno político.
Uno de los grandes problemas en el caso colombiano es que
todo el análisis de la opinión pública se centra en el problema de la voluntad
y la retórica, de si la guerrilla tiene o no tiene voluntad. Eso en última
instancia no importa, pues la voluntad se construye a fuerza de correlación.
Eso fue lo que ocurrió en El Salvador. Tanto la dirección del gobierno como la
de la guerrilla tenían claro que lo que sucediera en la mesa de negociaciones
era la expresión de lo que ambos habían obtenido en el campo de batalla. En
Colombia da la impresión de que por momentos el Gobierno le pide a la guerrilla
que por favor haga la paz.
Creo que es evidente que hay que hacer las dos cosas:
negociar, porque esa es la salida sensata, pero también sustentar una relación
de fuerzas en el terreno militar.
Respecto del tema de la paz, en Colombia se alcanza a ver
que hay una composición diferente en la guerrilla y en todos los grupos
armados. Posiblemente tanto en las FARC y el ELN como entre los paramilitares
haya un importante sector que es la expresión política de poderes locales, pero
creo que también hay otro sector en el que se manifiesta un alto grado de
descomposición. Para el primer grupo, una inserción digna, una participación en
el aparato del Estado, pueden ser un incentivo para optar por la paz; pero para
el segundo, es bastante difícil desarrollar una política de paz que pueda
competir con los incentivos económicos ofrecidos por el narcotráfico. Esto hace
pensar que la negociación en Colombia va a ser fraccionada, gradual, por
partes, y que una de las acciones que el proceso tendrá que comprender sea
probablemente la persecución de bandidos.
¿Cuál es la composición
política de los grupos armados colombianos?
Pienso que es bastante difícil que estos grupos sean
predominantemente políticos, porque, primero, Colombia es muy grande; y,
segundo, porque ambos grupos son políticamente muy primitivos y sus capacidades
en este terreno son muy limitadas, lo que significa que no pueden haberse
expandido hacia abajo. En los casos de El Salvador e incluso Guatemala, por
ejemplo, la guerrilla era conservadora –por así decirlo–, pero era coherente y
tenía la capacidad de manejar una política de educación hacia sus bases, entre
otras acciones. En Colombia, me parece difícil que con un territorio tan
extenso y habiendo perdido a la mayoría de sus dirigentes políticos en los años
sesenta y setenta, la guerrilla haya tenido la capacidad de expandirse y educar
a sus integrantes para que sean obedientes y disciplinados y mantengan su
actividad por una motivación política. Por último está el factor del
crecimiento de la guerrilla, que ocurre paralelo al proceso de expansión de los
cultivos de coca y del narcotráfico, es decir, que es un crecimiento asociado a
la descomposición de la sociedad colombiana. Que hay una composición política,
la hay, pero dudo que sea dominante.
Esta es quizá la parte más difícil en el caso colombiano. Es
el proceso de expansión de un fenómeno casi de bandidaje. Recientemente revisé
las proporciones que había entre las guerrillas de El Salvador y de Colombia:
en El Salvador había 10 000 guerrilleros para 21 000 kilómetros cuadrados y 6
millones de habitantes; en Colombia hay aproximadamente 25 000 guerrilleros
para 1 140 000 kilómetros cuadrados y 36 millones de habitantes. En El
Salvador, cuando la guerra terminó, la guerrilla tenía aproximadamente 22% de
apoyo de la población –esto fue lo que se manifestó en las urnas—; en Colombia
se habla del 2%, posiblemente en las áreas rurales un poco más. Al hacer este
análisis numérico, en Colombia no aparecen guerrilleros sino bandidos. Sin
embargo, que 2% de la población apoye a los bandidos es un gran problema.
En la guerrilla hay una base económica relacionada con el
narcotráfico, que es fundamentalmente opuesto a los intereses del Estado. Pero
también hay paramilitares y una violencia que viene de la década del cuarenta,
casi una tradición. La estrategia del Gobierno debería ser capaz de separar la
parte política de la parte puramente económica.
En el caso de El Salvador, el acuerdo de paz se logró cuando
el Estado perdió el control del territorio. Lo conservó solo en áreas urbanas,
en determinadas regiones, y lo recuperó cuando llegó a un acuerdo acerca de
cómo ejercitar el poder coercitivo. En la negociación hubo reformas sobre las
elecciones, sobre la justicia, sobre la conversión del FMLN en partido
político, pero el acuerdo central fue la creación de la Policía Nacional Civil.
Con la creación de esta instancia se resolvió todo el problema del poder local
que había creado la guerrilla. Una cosa era la gran agenda política que
resolvía el conflicto referente a la industrialización del país, al problema
del agro, etcétera, y otra decidir qué hacer con ese doble poder que se había
generado.
En el caso de Colombia es difícil descubrir la agenda
política, porque no se sabe cuál es, pero el problema generado por la presencia
de los paramilitares, las bandas de narcotraficantes, el ELN, las FARC, es
claramente un problema de poder local paralelo, que pasa, por una parte, por
hacer la guerra, y, por otra, por incorporar a esos grupos, por integrarlos al
proceso de construcción de un poder coercitivo del Estado.
Posiblemente hay alguna capacidad de competir con los
narcotraficantes porque, en última instancia, el ejercicio del poder tiene un
valor en sí mismo. Recuerdo que en la fase final de las negociaciones en El
Salvador yo insistía mucho en que para desmontar el conflicto era importante
que algunos jefes de la guerrilla se convirtieran en jefes policiales, porque
eso hacía que en determinadas regiones del país se generara confianza. Si
algunos de esos jefes guerrilleros hubieran querido quedarse como delincuentes,
habrían tenido probablemente más recursos, pero no paz. En las filas de la
guerrilla y del Ejército hubo descomposición, delincuencia, pero no en grado
extremo.
Recuerdo que una vez un combatiente que entró en
descomposición dijo: "Para qué voy a tomarme el trabajo de pedir un
crédito que me dé 200 dólares al mes si con mi arma puedo hacer eso en una
noche". En términos de mercado, puede que tenga razón. Pero el ganar 300
dólares al mes –que inicialmente era el sueldo de los policías– de otra manera,
convirtiéndose en una autoridad institucional, proporciona dignidad,
tranquilidad, etcétera. Esto me lleva a pensar que quizá en este proceso haya
algunos espacios de solución en los que se puede disputar una buena cantidad de
elementos.
¿Cree que los acuerdos de paz
resolverán el tema de la pobreza en Colombia?
Respecto del vínculo entre paz y pobreza, hay una confusión
muy común en la agenda de gran parte de la izquierda latinoamericana y que
incluso se ha focalizado en el caso de El Salvador. Hace poco, en una
entrevista me preguntaron lo mismo, y la respuesta que di fue que el objetivo
de los acuerdos de paz no era llevarnos al cielo sino sacarnos del infierno. Lo
que estos hicieron fue poner las reglas de juego para que las diferentes
posiciones acerca de cómo resolver la pobreza pudieran competir y construir sus
soluciones.
Entonces, claro: si Cuba, si el PT, si el PRD, si el FMLN
tienen la idea de que el objetivo de alcanzar la paz en Colombia es resolver el
problema de la pobreza, entonces nunca va a haber paz, porque la superación de
la pobreza pasa por un proceso gradual de debate y correlación de diferentes
tendencias sociales que van poniendo a prueba sus opciones. Esa es la base de
la democracia. Incluso uno de los elementos que yo señalé en una reunión en
Cartagena era que si en el caso de Colombia se daba prioridad a la agenda
socioeconómica, nunca se iba a llegar a resolver el conflicto.
Por otra parte, tampoco es cierto que la pobreza genere un
conflicto en forma automática. El país más patéticamente pobre de América
Latina es Haití, y ahí no hubo guerra civil. Tomar la pobreza como causa
fundamental del conflicto es un supuesto errado. El problema en El Salvador fue
la ausencia de libertad de expresión. En el caso de Colombia, el problema es
que la guerrilla está infestada de otro fenómeno de descomposición social. No
estamos frente a una oposición que carezca de proyectos políticos coherentes,
sino frente a la manifestación de una sociedad que tiene problemas de
descomposición y violencia, cosa completamente distinta.
Respecto del tema de los paramilitares, visto en el contexto
de la polarización da la idea de un factor instrumental que el Gobierno de
Colombia utiliza para poder ejecutar la parte de la guerra que el Ejército no
puede hacer sin pagar la cuenta. Posiblemente así haya surgido el problema,
pero viendo el mapa de Colombia, viendo a los ganaderos y los intereses locales
que ahí se generan, viendo la fuerza que cobraron los paramilitares, uno llega
a la conclusión de que el tema paramilitar tiene ahora vida propia, se ha
convertido en una estructura que, si no se toma en cuenta o si se opone a la
negociación, puede echar a perder todo el proceso. Es difícil entenderlo, pero
si por ejemplo el Gobierno y las FARC se ponen de acuerdo contra los
paramilitares, eso no traerá la paz sino más guerra. Tiene que haber una
negociación con todos esos grupos.
Los paramilitares son
instrumentos de los terratenientes para preservar su gobierno local, su control
sobre la fuerza del trabajo o sobre la parte que les corresponde en sus
narcotratos.
La cuestión es entender el fenómeno. El Estado colombiano es
débil: el Ejército cuenta aproximadamente con 220 000 hombres –10 años atrás
era todavía muchísimo más reducido– que tienen que controlar un territorio de 1
140 000 kilómetros cuadrados y 36 millones de habitantes. Por otra parte, las
áreas rurales de Colombia son ricas en ganadería, en petróleo, tienen
esmeraldas y sobre todo muchísima coca y marihuana.
Entonces, si no hay Estado surgen automáticamente grupos que
lo sustituyen en el ejercicio del poder coercitivo. Ese es el problema; la
conexión con el narcotráfico o los terratenientes es un tema que está más en el
orden conspirativo, pero como fenómeno político-social, la existencia de los
paramilitares se explica en alguna medida por las mismas razones que explican
la presencia de las FARC: son poderes alternativos al Estado que surgen ante la
ausencia de este en las áreas rurales.
¿Tiene el Gobierno colombiano
una estrategia para ganar espacio social?
Eso pasa con estrategias políticas que comprenden planes de
atención a los pobladores. En el caso de México, por ejemplo, cuando surgió el
EZLN –que es un fenómeno completamente distinto, pues se trata de una guerrilla
suave, manejable–, ¿qué hizo el Gobierno? Primero, les dio el cese del fuego y
los aceptó como contraparte; a pesar de que eran tan pocos, les otorgó un
superestatus. Segundo, prácticamente les creó una especie de cuarentena
político-militar; los cercó sin atacarlos militarmente y realizó en todo su
entorno programas de inversión social a gran escala. Chiapas fue la región más
visitada por el presidente Zedillo durante todo su gobierno. Esta fue una
política dirigida a reducir el conflicto que terminó con Marcos yendo al
Distrito Federal, y ahí prácticamente se acabó el problema.
No veo eso en Colombia; no veo dónde está la estrategia para
disputarle la base social a la guerrilla. Creo que uno de los grandes problemas
de Colombia es que la negociación no se ha presentado todavía como algo
necesario y rentable que resulte de lo que ambos actores hacen en la mesa, pero
también en la guerra. Considero que hay dos tipos de negociación: la del poder local
y la de la gran negociación de la agenda política, con reformas y todo. Me
parece que en Colombia el principal problema es el del poder local.
Tomando como ejemplos los casos de El Salvador y Nicaragua,
se puede afirmar que una guerrilla es básicamente un aparato de organización
territorial de fuerzas. O sea, la guerrilla no puede ser un agente externo. En
El Salvador, la guerrilla fue creciendo y eliminando las manifestaciones de
poder del Estado en los lugares que ella iba controlando. En el caso de
Nicaragua, cuando el gobierno sandinista cometió errores en la reforma agraria,
generó una base social que fue aprovechada por Estados Unidos para crear la
"contra"; los sandinistas decían que esta era una fuerza mercenaria,
pero en realidad estaba constituida por campesinos descontentos con el régimen.
Este tipo de disputas tiene dos expresiones: una es el
territorio en sí, pero la principal es la población. El factor población está
presente en todo: en la organización social, en la organización militar. Los
sandinistas recuperaban territorio mediante acciones de control territorial en
las que participaba la población; esto, en última instancia, es el ejercicio
del poder del Estado. En estos procesos de disputa territorial hay dos
alternativas: o los paramilitares ocupan el territorio matando a la gente, o lo
hace el Estado con una política de persuasión en vez de represión, basada más
en ganar el corazón que en pegarle un tiro al corazón del otro.
¿Se puede hablar de que hay un
nuevo contexto político en América Latina?
¿Hay un nuevo contexto? En el caso de Venezuela, los
indicadores de opinión pública están pesando mucho sobre el Gobierno. La
discusión es si el Gobierno va a durar todo lo que debe durar y si la salida va
a ser institucional o no. Una forma de verlo es decir que en este nuevo
contexto las instituciones son débiles, pero lo cierto es que en este proceso
les toca asumir tal responsabilidad, que probablemente después de esta prueba
durísima van a salir fortalecidas.
Por ejemplo, yo no dudaría de que la democracia venezolana
–que estaba cimentada en un sistema bipartidista que no tenía una competencia
real– se va a ver fortalecida a mediano plazo y va a funcionar mucho mejor.
Creo que en el caso del Perú va a ocurrir lo mismo.
Ahora bien: ¿dónde veo el problema? En que si no hay
liderazgo ni partidos políticos, no se va a completar el ciclo, porque la
relación entre partidos e instituciones del sistema es directamente
proporcional. En el caso de El Salvador, por ejemplo, he venido insistiendo en que
la creación de ciudadanía es un tema directamente relacionado con cambiar las
conductas de los habitantes, no solo de las instituciones. Y lo señalaba porque
la Policía Nacional Civil en El Salvador es una institución muy exitosa, pero
si no hay cambios en la conducta ciudadana, si no hay un proceso de
civilización de las personas, se va a tener que depurar a la Policía cada tres
o cuatro años.
La reforma de los partidos
políticos no se logrará simplemente estableciendo normas, leyes, etcétera. En
realidad, en Latinoamérica el problema no es la ley de la selva sino la
cantidad de leyes que existen. ¿Cómo generar una cultura política y un consenso
que no existen? Los partidos son vistos como una empresa de negocios cuyo
objetivo es apoderarse del poder económico y social del Estado. Ahí es donde yo
veo la crisis principal, en esa falta de cultura política en nuestra sociedad.
En realidad, esa es la pregunta más importante que hay que
hacerse en América Latina ahora; y la respuesta es complicada. La izquierda
sabe lo que no debe ser, pero no lo que hay que hacer. Sobre este tema, en
realidad hay indicadores. Por ejemplo, la fortaleza de la masa crítica chilena
le dio a este país una clase política capaz de manejar la transición desde un
Pinochet y una reforma liberal ejecutada por él a un ajuste social ejecutado
por los democratacristianos y los socialistas, que fueron los que comenzaron la
historia. Los mismos socialistas de 1973 están ahora en el Gobierno y manejan
muy bien las cosas.
Uno de los temas que surgen en el caso de Chile es la
necesidad de reforzar la educación superior como base, como punto de partida.
Pero cómo engranar esto con la política de creación de partidos que crecen de
manera silvestre, sin plan ni estrategia: ese es el tema.
En América Latina, hasta el
financiamiento de los partidos políticos es un tema tabú. Y me parece necesario
abordarlo, porque si no el narcotráfico nos va a hacer regresar a los grados de
corrupción que tuvimos en los cincuenta y los sesenta.