11 de setiembre, 20 de febrero:
¿Pax americana?
Ricardo Soberón
Los previsibles –aunque no deseados– efectos de los atentados del 11 de setiembre se comienzan a sentir en la región, especialmente en países que padecen procesos de violencia, como es el caso de Colombia. Un bien informado artículo de Ricardo Soberon, quien actualmente vive en Colombia analiza esta infeliz coincidencia de escenarios..
Hace poco, una edición del
diario colombiano El Tiempo presentaba
una foto de la recuperación militar de San Vicente del Caguán, en la que
durante tres años fue la zona de despeje. En ella se veía a un soldado
estadounidense con uniforme de combate en medio de un territorio que horas
antes había sido ocupado por las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia
(FARC). Aparte de ciertos escozores generados, surge la pregunta: ¿estamos ante
un nuevo escenario de intervención militar norteamericana en regiones
calientes?
En el año 2000 Estados Unidos devolvió el Canal de Panamá,
de paso que se dispuso a rediseñar su sistema de seguridad hemisférica luego
del Tratado Interamericano de Asistencia Recíproca (TIAR) a partir de una
estrategia antidrogas que le permitiese mantener presencia en la región a
través de otros mecanismos de asistencia militar y de interdicción policial que
no remitiesen a una injerencia directa y tradicional. Los sucesos posteriores
al 11 de setiembre y la ruptura del proceso de paz en Colombia le dan la
oportunidad de ampliar su "mandato" y su hegemonía de una manera tan
explícita como cuando establecieron en 1947 el TIAR para enfrentar la amenaza
soviética durante la Guerra Fría (1945-1991).
Hasta antes del atentado en Nueva York, el pivote
fundamental en la región fue el denominado Plan Colombia (1300 millones de
dólares), diseñado para incrementar el pie de fuerza de la Policía (110 000
hombres) y el Ejército (140 000 soldados) colombianos en su lucha contra el
narcotráfico y, de paso, contra la guerrilla más antigua de la región –las FARC–,
bajo el paraguas de la relación entre drogas y guerrilla: el narcoterrorismo,
eufemismo harto conocido en nuestro país.
Las limitaciones impuestas por el Congreso norteamericano
redujeron su ámbito al equipamiento y entrenamiento de brigadas antinarcóticos1 y la
provisión de más de 70 helicópteros, así como al suministro de información e
inteligencia destinadas a la interdicción contra las drogas y la erradicación
(fumigación de cultivos).
La prohibición de comprometer su asistencia a la lucha
contra la insurgencia/guerrilla estaba dada por el temor de verse involucrados
en un complicado conflicto interno que no calzaba con los moldes tradicionales
de la estrategia antiguerrillas: (i) inexistencia de apoyo formal ruso/cubano;
(ii) autonomía financiera de la guerrilla lograda a partir del secuestro, las
vacunas y las drogas; (iii) el carácter democrático de los sucesivos gobiernos
colombianos; y, (iv) la inexistencia de interés de las FARC por expandir el
conflicto a otros países (efecto dominó).
Los crecientes temores de los gobiernos de países vecinos de
Colombia ante un potencial desborde del conflicto, las alharacas del entonces
presidente peruano Alberto Fujimori, que declaró en Washington que Colombia era
una amenaza a la estabilidad y seguridad regionales, así como algunos hechos
aislados ocurridos en las zonas de frontera, llevaron a Bill Clinton, entonces
presidente estadounidense, a plantear la Iniciativa Regional Andina (IRA) como
una manera de compartir los recursos económicos entre todos los países de la
región (Ecuador, Panamá, Perú, Venezuela y Bolivia). Aun así, ni el Plan
Colombia ni el IRA permitían dirigir frontalmente sus recursos a la lucha
contra las FARC: el intermediario siempre eran los cultivos ilícitos en el
Putumayo. A pesar del incremento de las acciones de fumigación en el 2001, los
cultivos ilícitos de coca y amapola se mantienen en el orden de las 160 000
hectáreas, mientras que se recuperan rápidamente en el Perú (50 000 hectáreas).
Hasta hoy, 250 asesores asentados en las bases de Tres
Esquinas, en Caquetá, o Apiay, en Meta, se encargaban del entrenamiento o del
suministro de información e inteligencia. Otros 100 contratistas eran
responsables de las tareas de fumigación de cultivos y asistencia a la Policía
colombiana. El otro componente fue el establecimiento de los Forward
Operational Locations en Manta (Ecuador), Aruba y Curazao, todos en proceso de
terminación y funcionamiento. Pero el síndrome de Vietnam y los reparos
políticos en Washington (violaciones de los derechos humanos y ahora por la
fumigación y sus impactos) se convirtieron en los principales frenos a
cualquier intervención militar directa.
El problema es más que complejo para los políticos en
Washington: el fracaso en la lucha antidrogas debería llevar a la no
certificación de Colombia, pero ello acarrearía menos asistencia militar para
combatir a la guerrilla. ¿Qué hacer?
Nuevo
panorama
La situación cambia dramáticamente, conforme menos
resultados se obtienen en Afganistán, con el desenvolvimiento de los acontecimientos
en Colombia. El primer asunto (¿dónde está Bin Laden?) hace que la
administración de Bush vuelva su mirada a un nuevo Eje del Mal, tan distante
como difuso: nuevamente Saddam Hussein en Irak, el más moderado gobierno iraní
y una famélica Corea del Norte. Incluso, algunos informes de Inteligencia
sostienen que el primer ministro inglés Tony Blair y el presidente Bush
estarían planeando para abril una misión contra Irak. Pero ni la convulsionada
situación del Medio Oriente ni el sudeste asiático (participación en la lucha
en Filipinas contra el movimiento islámico Abu Sayaf) permiten justificar en
Washington una mayor presencia militar al sur del Canal de Panamá.
Sin embargo, la situación se mueve entre el conflicto
colombiano y la falta de estabilidad política en Venezuela y económica en
Argentina. Por ello, la ruptura del proceso de paz y la guerra contra el terror
en marcha caen "como anillo al dedo" a los sectores más conservadores
y militaristas tanto dentro del Capitolio cuanto en la industria
tecnológica-militar de los Estados Unidos.
En 1999 las FARC asesinaron a tres indigenistas
estadounidenses en momentos en que algún funcionario del Departamento de Estado
se había permitido sostener conversaciones informales con representantes de la
guerrilla. Si bien las FARC estaban en la lista de organizaciones terroristas,
el hecho de que condujeran el proceso de conversaciones con el gobierno del
presidente Pastrana actuaba como factor restrictivo en la mirada que de ellas
se tenía. Pero han sido las últimas acciones violatorias del Derecho
Internacional Humanitario, la continuación de la práctica del secuestro, la
vacuna (extorsión), el reclutamiento de niños y atentados contra fuentes de
agua los que han justificado la ruptura del proceso y, con ello, la nueva
posibilidad de intervención militar (indirecta) en Colombia.
Petróleo,
infraestructura, secuestro...
La solicitud del Ejecutivo para el año fiscal 2003 incluye
otros 600 millones de dólares para Colombia. El primer gran cambio ocurre con
la entrega de ayuda militar para la protección del oleoducto que recorre desde
Caño Limón (Arauca) hasta Coveñas en la costa atlántica, allí donde la
Occidental Petroleum Company tiene interés principal. Incluso la embajadora de
Estados Unidos en Bogotá dijo hace pocos días que su país tenía hasta 300
puntos de interés estratégico en Colombia. Solamente el 2% del petróleo
importado por Estados Unidos viene de Colombia, pero ante la situación en el
Medio Oriente y la volatilidad del régimen del presidente Chávez en Venezuela,
es conveniente resguardar otras fuentes de reserva estratégica.
Se pensó en un monto de 98 millones de dólares adicionales
que estarían destinados al reentrenamiento de la Brigada 18 (1800 hombres más
dos batallones adicionales que suman 4000 hombres y 12 helicópteros) para la
defensa de infraestructura crítica: petróleo y torres. La línea que antes
separaba claramente a la guerrilla de la insurgencia y a esta de la
criminalidad y las drogas se ha quebrado, creemos, por un buen tiempo. Ahora se
piensa en la provisión de inteligencia en tiempo real, la entrega de equipos
militares adicionales, el levantamiento de restricciones a las brigadas y a los
helicópteros para responder ataques de las FARC. Finalmente, se baraja la
posibilidad de intervenir en el secuestro de ciudadanos norteamericanos en el
exterior (en la última década, 50 ciudadanos de los Estados Unidos fueron
secuestrados en Colombia). Esto hace recordar el criterio de
extraterritorialidad con el que en el pasado intervenían los policías de la DEA
para secuestrar extranjeros y llevarlos ante cortes federales. ¿Terror,
insurgencia, drogas, delincuencia o protección energética?
Los mandatos de actuación de tropas norteamericanas
en el exterior son más abundantes que nunca. Ni siquiera sus aliados en la
OTAN, UE o la propia Rusia están muy seguros del excesivo alargamiento de sus
competencias.
Ricardo Soberón es analista internacional.
1 Y
la formación de una unidad de despliegue rápido (FUDRA, 4000 hombres).