Las manos sucias de siempre
Muchos coincidiremos en la opinión de que el teatro, en tanto arte, no tiene grandes deudas u obligaciones con la realidad y, sin embargo, la actual puesta en escena de Las manos sucias, de Sartre, no puede menos que invitarnos a reflexionar sobre la sorprendente vigencia que, después de 55 años de ser escrita, aún mantiene la obra y a apreciar, además, el trabajo de Coco Chiarella, un director cuyo talento es hoy ampliamente reconocido y valorado.
Sobre la base de la anécdota de un joven burgués que ingresa al Partido Comunista con la misión de asesinar a su secretario general, la obra se desarrolla a manera de racconto que parte de 1945 y culmina en 1943. La acción dramática se sitúa en el imaginario país europeo de Iliria, ocupado por los alemanes, y además se presentan historias paralelas de amor y suspenso.
Así, la obra de Sartre –cuya representación llegó a ser prohibida en países como Indochina, España y Grecia, a pesar de ser la obra de Sartre que mayor acogida del público ha tenido– aborda profundamente el tema del fin y los medios. En palabras de Coco Chiarella, el tema "de la moral y la praxis y si es que la moral fija realmente límites a la praxis o si esta última supera finalmente a la moral, desbordándola". Hay un parlamento del personaje de Hoederer, el líder comunista, en un enfrentamiento con Hugo, el joven burgués, que expresa tal vez más claramente el eje temático de la obra de Sartre: "A ti te interesa mucho la pureza, ¿no? Bueno, pues, la pureza es un asunto de faquires y de monjes. Yo tengo las manos sucias, hasta los codos. Las he metido en excremento y sangre. ¿Y qué? ¿Crees de verdad que se puede gobernar inocentemente?".
Según Chiarella, no habría habido, en el montaje, necesidad de hacer referencias explícitas a lo que ocurre en el Perú, porque el tema es ya muy obvio. "Las manos sucias aquí abundan en tal grado que no hay necesidad de aludir porque todo el mundo lo entiende, todo el mundo reconoce personajes, situaciones y alusiones sin necesidad de que se diga más. Creo que la obra fluye sola en ese sentido, y a mí lo que me ha interesado es dejar que fluya claramente". Así, el director nos presenta, una obra que fluye gratamente. A nosotros, los espectadores, solo nos queda reclinarnos cómodamente en la butaca y disfrutar de la función. (Mari Fernández)