El arte en el lenguaje de La Torre

Celeste Viale Yerovi

Recientemente el Instituto Internacional de Teatro rindió un merecido homenaje a Alfonso La Torre. Una ocasión propicia para que Celeste Viale nos hable de él y de su importante obra.

 

Conocí a Alfonso La Torre cuando realizaba mis estudios de Periodismo en la Universidad Católica. A pesar de su aparente rigidez, era de los pocos profesores con los que me animaba a conversar más allá de las clases. Cuando incursioné en el teatro, Alfonso era percibido como un crítico difícil, tanto por el uso de un lenguaje de significado preciso (se decía que había que leerlo con el diccionario en la mano), cuanto por la acentuada racionalidad de su crítica. No sé si para los pintores, los escritores, los directores y amantes del cine, campos en los que también ejercía la crítica, la visión sobre Alfonso era similar a la que tenía la gente de teatro; el caso es que, como escribiera Sara Joffré en el prólogo del quinto tomo de Teatro peruano, "desde que se hizo crítico en 1958 y contra viento y marea, Alfonso La Torre cumplió la astronáutica hazaña de ver y escribir honradamente sobre teatro durante 21 años. Es el único ser en nuestro país que ha tenido ese mérito".

Pero como la brillantez intelectual y la vena creativa de Alfonso no podían agotarse en la crítica periodística, incursionó en la literatura. En 1968 escribió su primer libro de cuentos, En la noche. Posteriormente nos anunciaría, casi incrédulo, su nueva publicación, también de cuentos: La lira de Nerón, que le valió una invitación al Primer Coloquio del Cuento Latinoamericano realizado en París en 1980. De ese volumen, recuerdo la impresión que me causara el relato "El cabello en la montaña". Aquí, a través de la confesión que hace la protagonista del crimen que está pronta a cometer, y de los esfuerzos persuasivos del cura confesor, quien sin saberlo resulta siendo la propia víctima, La Torre va creando una atmósfera absolutamente dramática cuyo impacto conserva hasta hoy mi memoria.

El tercer libro de cuentos lo tituló Sing Song, tomando la frase "Sing me a new song" de Nietzsche, autor al que recurre para prologar cada uno de sus relatos, poniendo en evidencia la clara influencia del filósofo en su pensamiento.

Mantuvo infatigable una actividad intelectual hasta que sus energías cedieran, obligándolo a permanecer alejado de los libros, del cine, de los teatros, de su máquina de escribir, de sus dibujos a lápiz. Su dramaturgia estuvo marcada por lo histórico. Alfonso recogió de la historia los temas y personajes de sus obras Un día en la vida de Santa Rosa de Lima, Tomasa Tito Condemaita, Garcilaso el Inca y Vallejo, porque le interesaba "imbrincar el plano individual y social en busca de ritmos y situaciones casi estructurales, ver de qué manera un personaje podía modificar o hacer cambiar la historia".

Todo su teatro fue montado por excelentes profesionales que cumplieron exitosas temporadas, pero quizá pocos supimos que el deseo por continuar en la dramaturgia lo fue perdiendo de a pocos presa del desánimo y del agotamiento que causa producir teatro en el Perú. Él lo sabía desde que se hizo crítico, pero lo padeció cuando sus obras fueron llevadas a escena. Calificaba de "héroes civiles" a los hombres y mujeres de teatro.

Hace unas semanas, el Instituto Internacional de Teatro (ITI), con ocasión del día Mundial del Teatro, le brindó un homenaje a su trayectoria como creador y a su aporte al arte y a la cultura de nuestro país. No asistió él porque no pudo, pero todos sus amigos presentes guardamos el íntimo deseo de que este reconocimiento y otros más que puedan venir obren como un soplo capaz de restituirle la salud que merece su talento.