El buen libro
Qué gratitud guardamos a quien nos recomienda un libro que llega a convertirse en algo muy especial. ideele, fomentando el arte de recomendar un buen libro.
La madre dolorosa de Patricia de Souza
Carmen Ollé
Patricia de Souza nació en Cora-Cora, departamento de Ayacucho, y hoy vive en Madrid. Curiosamente, el hecho de haber nacido en un caserío lejano de la región más golpeada por la guerra interna en el Perú durante los años ochenta, sintoniza de manera simbólica con su búsqueda personal en el terreno literario. Y es que en sus últimas novelas De Souza emprende el aprendizaje del dolor como conocimiento del mundo. Tanto Úrsula, en lucha permanente contra la parálisis en El último cuerpo de Úrsula, como la joven Miryam, desde una relación atormentada con una madre esquizofrénica en Stabat mater, descubren el lenguaje como curación y la ficción como un viaje a través de la escritura. Con este último título la autora evoca, también, la imagen de la madre dolorosa al pie de la cruz: "Stabat mater dolorosa iuxta crucem lacrimosa", aunque cuidándose de caer en el melodrama.
Su estilo no se encuadra dentro del pop literario que hace uso de los iconos de la televisión y la publicidad, sino que pone el énfasis en las digresiones filosóficas y literarias, como en el ensayo, y en el uso subjetivo del espacio temporal.
Escrito a manera de diario íntimo, Stabat mater narra la vida y andanzas de Miryam y su búsqueda existencial en Lima, una ciudad que despierta en la protagonista sensaciones de extrañamiento por su pobreza y melancolía.
El argumento gira en torno de tres historias: el suicidio de un antiguo amante (José), la locura de la madre y las pretensiones literarias de José-José, su nueva pasión.
La crítica ha visto en la narrativa de Patricia una continuación del Nouveau Roman, movimiento que surge en Francia en 1950 abanderado por Robbe-Grillet, Duras, Butor, Simon y Sarraute, y que se caracterizó por romper con las estructuras narrativas tradicionales, por ofrecer una visión múltiple de la realidad y, en especial, por la reivindicación de la forma por parte de la prosa, dicho por el mismo Robbe-Grillet.
En Stabat mater, la perspectiva interior de la protagonista sobresale en el relato construyendo un universo discontinuo con varios planos discursivos como reflexiones filosóficas, manifiestos literarios, misivas sentimentales y el propio relato.
De Souza no es complaciente con el gusto impuesto por el mercado librero en el que priman las novelas lineales y argumentos simples, muchas veces sobre la vida personal de los escritores, fenómeno que desemboca en una suerte de vampirismo literario. Para ella, el acto de la escritura es el único compromiso del autor; en ello sí coincide con lo que en su momento postulaba el Nouveau Roman al rechazar tajantemente la tesis sartreana del compromiso social de la literatura.
La escritora ayacuchana asume que el lenguaje es el principal protagonista de la novela, pero sin esa especie de cámara fija que "peina" la superficie de las cosas en un mundo objetivo sin cualidades, al estilo de las obras más formalistas de Robbe-Grillet o de Butor, donde se incluyen largas descripciones de los objetos (un par de botas militares, por ejemplo). Digamos que en Stabat mater no hay una historia fuera del libro, porque todo sucede en la escritura, en la mirada extrañada de Miryam y en el movimiento interior de la conciencia guiado por atracciones y rechazos, como en un campo magnético. Un libro, en suma, que abre nuevos caminos en una época posvanguardista.
Carmen Ollé es escritora.
El último, único y verdadero amor
Abelardo Sánchez León
En este tórrido y triste verano del 2002, he leído tres novelas: El palacio de la luna, de Paul Auster; La caverna, de José Saramago, y Al otro lado del río y entre los árboles, de Ernest Hemingway, el viejo Hem. Me detendré por un instante en esta novela.
Es un libro que había buscado bastante y sin éxito, porque no es fácil de hallar. Carmen, viuda de Zimmerman, mi gran amiga del gimnasio, me lo prestó sin que yo se lo hubiera pedido, como un acto de magia entre dos amigos que se leen el corazón. Te va a hacer bien –me dijo–. Te noto triste. Y lo puso en mi maletín.
La novela relata el último, único y verdadero amor del coronel Richard Cantwell con Renata, una joven aristócrata veneciana de 19 años, un amor sin futuro porque el coronel tiene más de cincuenta años y sabe que va a morir, pues sufre de un mal del corazón. Es un amor otoñal, limpio, íntegro, valiente. Dos mundos distintos están juntos, sin que nada pueda separarlos, a excepción de su destino trágico, ya que los días que quedan son pocos. Ella le pregunta en un momento: ¿Cuántas veces pensaste en mí durante la semana? Todo el tiempo, le responde el coronel. No. Dime la verdad, exclama ella. La verdad: todo el tiempo, le precisa el coronel. ¿Crees que eso es bueno para alguien? No quiero saberlo.
El coronel Cantwell es un veterano de la guerra y ha vivido en Italia como soldado, combatiendo. Ahora lo hace como un amante que se despide de los detalles de la vida mientras gusta de cazar patos, vieja afición del personaje y del viejo Hem. Como al viejo Hem, al coronel le gusta comer y beber. Gran parte de la novela transcurre en el elegante restaurante del Hotel Gritti donde se encuentra hospedado, en el bar Harry’s, frecuentado por anglosajones y en el mercado de la ciudad, el lugar preferido de los paseos matutinos del coronel. El apego a la sensualidad de la comida va de la mano con el terrible destino de la muerte, la separación, la próxima destrucción de su amor. Ella le regala un retrato suyo para que lo tenga siempre cerca y pueda conversar en sus desvelos, en el amanecer, en el anochecer. El retrato siempre lo mirará con la dulzura de sus hermosos ojos.
Si el amor suele ser pasajero, lo es más aún en esta novela. El amor se les escapa de las manos, se desliza en el sueño, se hunde en los mares cristalinos. Página a página somos conscientes de asistir al final inevitable. Lo maravilloso de la historia reposa en las ganas que le ponen los dos amantes para saborear el placer de vivir. Lo pueden hacer echados en la cama del hotel respirando el lejano olor del mar, sintiendo la brisa ingresar por la ventana o viendo el sol caer de bruces sobre la sombra de algún canal. Martinis, vinos, pescado, camarones acompañan su agonía.
Muchos hombres se han hecho la pregunta que se formula al final el coronel Richard Cantwell: pero, ¿cómo es posible que ella se haya enamorado de un triste miserable como yo? No lo sé. De veras, no lo entiendo. El viejo Hem nos lo explica. El coronel no sabía, entre otras muchas cosas, que la joven lo amaba porque era un hombre que jamás había estado triste durante ninguna mañana de su vida. Había experimentado angustia o pesar, pero tristeza, jamás. Había muy pocos así, casi ninguno, y la joven, aunque era muy joven, sabía cuándo se hallaba frente a uno de ellos. Durante la cacería final de los patos, el coronel Cantwell no anhela matar a más animales. Ha matado a muchos soldados durante la guerra, ha cometido graves errores militares. Antes de morir recuerda a Renata y luego imagina –desde el más allá, supongo– que su chofer obedecerá sus últimas instrucciones. Devolver el cuadro envuelto al Hotel Gritti de Venecia, donde será reclamado por su legítimo dueño.
Abelardo Sánchez León es escritor.
"La lucha por la dignidad. Teoría de la felicidad"
Chachi Sanseviero
Hace unos días vi en la TV argentina a decenas de campesinos capturando un ganado en pie que bajaban de unos camiones en la carretera. Igual que fieras que se disputan la misma presa, en minutos dieron cuenta de esas moles vivas de carne y dolor a cuchillada limpia, tratando de sacar la mejor tajada para sus hambres y sus broncas.
Antes yo disfrutaba de los programas ecológicos del Discovery Channel, pero luego derivaron en un espectáculo insoportable, con escenas mil veces repetidas de cómo se desarrollaba en el mundo salvaje la cadena de supervivencia. Rechacé la morbosidad de esas imágenes en que un animal era destripado en vivo por varias fieras que se disputaban al mismo tiempo la carnada.
Lo que nunca pensé fue ver el mismo espectáculo protagonizado por seres humanos: los depredadores eran esta vez hombres argentinos. Quizá en lugares lejanos, el hambre o la vida salvaje acorten la distancia entre la conducta animal y la humana. Pero, ¿en la Argentina?... Tales imágenes hieren la dignidad de las personas.
Con la globalización de los medios de comunicación, no pasa un día en que no nos lleguen noticias con los horrores y crueldades que cometen unos seres humanos contra otros más débiles. Nos cuesta trabajo reconocer una acción digna en la actitud de un hombre que se inmola por sus ideales de justicia si para ello debe matar a tantos seres inocentes. La crueldad de las guerras, los castigos ejemplares que algunas culturas imponen para mantener el orden en sus comunidades, la discriminación de la mujer y la mutilación genital a la que la someten algunas culturas por considerarla como un valor tradicional; tantas aberraciones que nos hacen pensar si algunos hombres no seremos más iguales que otros.
Los cronistas de la conquista decían que el indio no tenía alma, y así los españoles arrasaron con sus culturas ancestrales. Bartolomé de Las Casas luchó por la dignidad del indio pero defendió la importación de negros esclavos para liberar a aquellos de las tareas pesadas. ¿De qué dignidad humana podemos hablar si aceptamos indiferentes la existencia de miles de pueblos olvidados y lejos de toda esperanza? Rorty sentencia, con mucha razón, que hablar de dignidad es pura petulancia humana.
Se considera que la dignidad es un valor intrínseco al hombre, que lo diferencia de las bestias más allá de su grado de salvajismo. Sin embargo, debemos reconocer que ella se adquiere en la lucha por el bienestar de cada individuo, en la comprensión de sus necesidades y en el derecho de cada uno a alcanzar la felicidad. La historia de la humanidad se resume en la lucha por la felicidad, y esa felicidad está sostenida en los ideales de justicia y en el sentimiento de compasión, que elevan al hombre a un estado superior de dignidad.
Desde sus inicios, el hombre entendió que solo a través de la vida en comunidad podría defenderse y sobrevivir. A diferencia de los otros animales que abandonan al débil de su misma especie, el hombre, por extraña razón, buscó protegerlo. El individualismo no tenía mucha cabida entonces, dada la precariedad de los recursos de los primeros tiempos para satisfacer sus necesidades. Cuanto más compleja fue su evolución y su vida social, más pautas morales estableció para ejercer justicia, entendida como el equilibro y el bienestar social. La felicidad política como fin supremo para alcanzar su propio bienestar. Surgen así los conceptos de ética, de justicia, de derechos y obligaciones civiles, la felicidad común que soñaron los constituyentes franceses.
A medida que unos pueblos lograron mayor bienestar que otros, se desencadenó una sucesión de luchas entre sí para acceder a la felicidad ajena. La justicia pasó de ser una necesidad de ordenamiento social para convertirse en una defensa y reivindicación del débil, del que se quedó sin nada y que reclamaba lo que a su buen entender le pertenecía. Nacen los movimientos sociales promovidos por los desposeídos y la solidaridad pasa a ser un arma de unidad en sus luchas contra quienes les arrebataron sus derechos. Una historia de iniquidades que se repite incansablemente hasta nuestros días y en la que gran parte de la humanidad busca un contrato social pero siempre acaba en un fuenteovejuna, en una permanente frustración por encontrar justicia. Esa justicia que no llegará si no está inspirada en la compasión y si ejercerla sigue siendo el privilegio de nobles y poderosos.
¿Hay compasión, hay justicia en la Tierra? ¿Realmente creemos que la habrá alguna vez?
Los grandes filósofos griegos dedicaron su vida a descifrar el alma humana en su lucha por la felicidad. En la Genealogía de la moral, Nietzsche señaló que la moral era un prurito ético, que la reivindicación de justicia eran puros resentimientos del débil contra el fuerte, y Platón consideraba que ya era un logro para los débiles el haber alcanzado igualarse en algunos derechos a los poderosos. La justicia no podía ser administrada por los débiles, porque ellos estaban movidos por el resentimiento, por la envidia y por la necesidad de venganza. Solo los nobles (que nada ambicionan porque lo tienen todo) podían administrar la justicia...
En su ensayo La caza y los toros, Ortega y Gasset describe lo que es una alegoría de lo que estamos hablando. Allí analiza la condición de privilegio de una elite humana sobre el resto de sus congéneres. Si los siervos y los criados tuvieran libre acceso a los cotos de caza estos se agotarían rápidamente haciendo imposible la continuidad de ese deleite. Nuestro mundo de hoy está repartido en cotos con igual sentido de equidad, con la diferencia de que quienes depredan la naturaleza por su ambición desmedida son esas elites.
En su libro La lucha por la dignidad. Teoría de la felicidad política, el filósofo español José Antonio Marina se sumerge en los inicios de la historia del ser humano para descifrar las diferentes etapas de su evolución social, hasta convertirse en lo que hoy somos. Basándose en una lectura erudita de filósofos, juristas e historiadores, hace una genealogía de nuestra naturaleza y del desarrollo a través de los siglos de una identidad que nos fue separando de la conducta animal. Su coautora, la doctora María de la Vólgoma, va intercalando en el texto las diferentes expresiones jurídicas que esa evolución fue plasmando en la historia de los derechos civiles.
Lo que nos queda claro con la lectura de este libro es que la felicidad es una ilusión, la eterna utopía que todos pretendemos alcanzar. María la llama una felicidad irreal, porque nunca existirá un paraíso en la Tierra. Es al fin una esperanza en el sentido platónico, inalcanzable. A través de sus páginas vamos encontrando explicaciones a conductas aberrantes del hombre y a su vez nos reconciliamos por momentos con la historia de la humanidad. Pero lo sublime, lo que va más allá de todas esas interpretaciones filosóficas es la idea que rescata Savater, la obsesiva e irreverente voluntad por corregirnos a nosotros mismos, como seres endebles pero únicos, y libres para explorar otros caminos de redención.
Chachi Sanseviero es directora de las librerías El Virrey.
José Antonio Marina y María de la Válgoma. Barcelona: Editorial Anagrama, 2000.