Cuando un amigo se
va...
Jaime Márquez Calvo
A uno de nosotros, del IDL, le tocó el zarpazo de la
muerte. Pepe Luciano. Siempre lo recordaremos por su gran capacidad como
educador, por combatir el racismo con dignidad, por su sentido del humor sin límites,
por su entrega al IDL y a la causa de los derechos humanos.
Por primera vez escuchamos hablar de
"Oreja de Perro", aquel lugar por entonces desconocido para nosotros,
poco accesible y con riesgos mayores a los de estos días. Era 1994 y todavía la
amenaza de la violencia política se sentía bastante cerca en la sierra
ayacuchana. Había que ir y recorrer sus extensos parajes para conocer en el
terreno a las comunidades con las cuales el IDL debía iniciar un nuevo proyecto
de educación en derechos humanos a sus humildes pobladores campesinos. No
tuvimos mucho que discutir en el equipo. Pepe se ofreció para cumplir esta
primera tarea que inició el vínculo del IDL con este emblemático lugar con el
que hasta ahora la institución mantiene una relación profesional y a la vez
afectiva.
Nos sorprendió su disposición: ni los varios días de viaje a
lomo de bestia, ni la oscuridad de las noches serranas que para él eran dobles
debido a su severa miopía, ni lo poco discreta que podía resultar su presencia
en estas zonas le preocuparon mucho. El Negro, como siempre lo llamamos, en
todo momento estaba dispuesto a encontrarse con esa otra parte del Perú que sus
ancestros en Chincha y él mismo en San Juan, su barrio, conocieron poco. La
interculturalidad y el país de todas las sangres que él descubrió en sus
estudios sobre la cultura negra se convirtieron en una experiencia vital en el
encuentro que tuvimos con campesinos en las provincias altas del Cusco, en la
sierra de Piura, Cajamarca, Huancavelica, Ayacucho, Chachapoyas o Puno.
En todos estos lugares su presencia nunca pasó
desapercibida. No solo por su piel morena y sus inmensas lupas, sino también
por esa capacidad comunicativa para decir, contar y explicar a la gente cómo
era eso de los derechos humanos. Con sus chistes, cochineos y ejemplos que mantenían la atención hasta del más
despistado participante, Pepe siempre tuvo el recurso adecuado para transmitir
lo que su propia vida le había enseñado: que había que pelear duro para que se
nos respete, porque los derechos no nos los regalan. Por ello hablar de
ciudadanía para él era una oportunidad para remitirse a su historia personal y
la de su cultura, poniéndose de ejemplo él mismo para enseñar cómo los negros,
en circunstancias igualmente adversas, aprendieron a luchar por el respeto de
su dignidad.
La identificación con el grupo, en cuanto a sus
expectativas, necesidades e intereses no podía ser más sencilla de lograr; en
ello residía gran parte de sus éxitos como educador en derechos humanos. Ni
siquiera el idioma con los campesinos quechuahablantes o las inevitables
barreras de género con las mujeres populares, eran un problema mayor por el feeling que lograba Pepe con sus
interlocutores. Lo que venía luego de cada actividad educativa era la empatía
total a través de prolongadas conversaciones con la gente en los almuerzos, los
descansos, las noches alrededor del petromax
contando chistes, cantando huainos o tomando juntos una cerveza o un llonque. El verso en Pepe, don
Luciano, el "Ingeniero", era interminable y seguido con mucha
atención por sus oyentes.
Siendo así su estilo, hacer amistad con él no era difícil.
Por donde iba dejaba muchos amigos y promesas de retorno. La gente lo reclamaba
en los cursos cuando no lo veían, y regresábamos trayendo saludos que muchas
veces no le dimos. Pepe alimentaba su vida de esos muchos vínculos que hacía, a
veces muy circunstanciales y otras veces muy intensos. Al escucharlo hablar
alguna vez incursionando en ámbitos muy privados de un amigo en común, le
reproché su indiscreción. Lo que pasa es que ustedes los cholos son demasiado
tímidos, me contestó. Se pierden la oportunidad de hacerse patas de la gente. En mérito a la
verdad, debo confesar que, cholo al fin, jamás pude seguir su consejo.
Pero quedaron las palabras de aliento que siempre estuvo
dispuesto a dar y el recuerdo de verlo haciendo conversación al ocasional
compañero de viaje en el ómnibus o en el avión, dando consejos a la señora del
restaurante para que mejore su negocio, contando historias de su vida a los compañeros
en la oficina, cargando los niños que las mamitas en las ferias le ofrecían para que les trajera buena
suerte. Siempre con esa sonrisa enorme, mostrando los dientes blancos, dando
palmaditas de alegría, intentando un paso de baile que nunca aprendió,
tarareando una salsa de las buenas, aquellas que coleccionaba con cariño en sus
antiguos long plays comprados
en el suelo.
¡Tantas formas de expresar su comunión con los demás! Pecó
de exceso, quizá, porque muchos de los que "amistó" no pudieron
gozarlo en todas sus fortalezas y debilidades como otros lo gozamos. Y a Pepe
había que conocerlo así, con todas las contradicciones que el ser humano puede
mostrar, para no quedarse con la expectativa de saber qué había atrás de toda
esa infinidad de palabras, vaciladas
y gestos. Aprendiendo a conocerlo también en sus errores y queriéndolo aun así
por la pura gratuidad que la amistad supone.
Hoy
ya no está con nosotros y nos ha dejado con la misma sensación con la que dejó
a muchos, en su paso por cada uno de los pueblos que visitó, de seguir
escuchando sus interminables historias. Ahora es cuando los recuerdos llegan
raudos y provoca retroceder el tiempo un poco para darle todos los saludos que
no le dimos. Para continuar la discusión sobre la coyuntura que quedó
inconclusa. Para lamentarnos de lo mal que le va a Alianza en la tabla. Para
cumplir con ese almuerzo que quedó pendiente. Para pagarle las cervezas que
perdí en la apuesta. Para decirle simplemente: "Negro, ya nos vemos
mañana".
Jaime Márquez es subgerente de formación ciudadana de
la ONPE.