El desafío: salir de la fragilidad sin caer en tentaciones
Ernesto de la Jara B.
Hasta por una cuestión de
supervivencia, el análisis de la situación política actual no debe perder de vista
un hecho fundacional feliz: no más Fujimori y Montesinos, corren tiempos de
transición democrática, tiempos de grandes retos y de oportunidades. Ahora, a
casi un año de elegido el nuevo gobierno, este dato nos debe servir para tomar
oxígeno, pero es insuficiente.
Aunque hay un segundo dato también positivo: no estamos bajo
un régimen al que por una u otra razón tengamos que ubicar en la otra orilla y
salir a denunciar por calles y plazas, lo cual también es bastante, porque ya
podríamos estar rajando de Toledo como un nuevo Fujimori; importante pero
igualmente insuficiente.
Pero la situación política solo pueda ser calificada de
–para decirlo de alguna manera– preocupante; diagnóstico que sustentamos en: 1)
la fragilidad del régimen y, por tanto, de la propia situación; y, 2) riesgos
que se abren a partir de esa fragilidad.
El principal indicador de la fragilidad del régimen es sin
duda el bajo nivel de aceptación que según las encuestas tiene el presidente
Toledo: cada vez más cerca del 20 por ciento. ¿Y qué pasará si llega al 10 por
ciento?, ¿y si el oficialismo pierde estrepitosamente las elecciones
municipales y regionales?
Seamos sinceros: nunca imaginamos que en tan poco tiempo del
nuevo gobierno estaríamos así, y estar así es un serísimo problema. ¿O puede haber algo más peligroso que esas
olas de debate público, cada vez más grandes y más seguidas, en las que se
discute si conviene o no adelantar las elecciones, si debería gobernar él o
Dañino? Parte de quienes las promueven lo hacen con ánimo cizañero, pero el que
peguen va más allá de estos intereses nada santos.
Y hay razones muy concretas para que esa fragilidad deba
preocuparnos a todos y no solo a toledistas y gobiernistas. La primera de ellas
es que un fracaso del primer gobierno democrático elegido revitalizaría
directamente –como inyección en la vena– a Fujimori y Montesinos, y en general
a las corrientes autoritarias. El péndulo cambiando nuevamente de dirección,
pero mucho más rápido de lo que se podía esperar. Datos como que la credibilidad
de Fujimori comienza a subir en las encuestas, el tono de Expreso de "cuando regresemos no
olvidaremos", o que cada vez que se escuche más ese cínico "podrán
haber sido ladrones, asesinos, traficantes de drogas y de armas, pero sabían
gobernar", son señales alarmantes.
Segundo, la fragilidad abre escenarios más cuesta abajo. Es
irresponsable y de mala fe decir que lo de Argentina se viene como por un tubo,
pero es irresponsable e ingenuo creer que estamos asegurados contra algo así.
Hay mucha diferencia entre Argentina y el Perú, pero tanta fragilidad no es la
mejor manera de alejarse del abismo. Al respecto, cabe preguntarse: ¿y alguien
podría desear este escenario? Claro que sí: quienes –otra vez– sueñan con que
la democracia vuelva a ser –como a fines de los ochenta– sinónimo de barco a la
deriva, a quienes no necesitamos ni nombrar; pero, ¿y el resto de las fuerzas
políticas, las democráticas?, ¿no sería una manera de adelantar el cronograma
político? Francamente, no creemos que este sea el juego de la oposición
democrática, tanto porque hasta la ambición política tiene su límite, cuanto
porque no hay ninguna garantía de que cuando la bola de nieve se eche andar se
detenga justo delante de ella y de sus líderes.
Por otra parte, haciendo el ejercicio de si no es Toledo
quién, no es tampoco que al costado encontremos alternativas políticas para
vibrar. ¿O alguien en su sano juicio podría creer que con Alan García de nuevo
en la casa de Pizarro y con Enrique Cornejo de ministro de Economía ahí sí el
Perú se salvaría? O ¿podemos poner nuestras esperanzas en José Barba como
primer ministro, o Rafael Rey como ministro de Salud, en un eventual gobierno
de Lourdes Flores?
Desde este punto de vista, la debilidad del régimen es una
debilidad nacional, y la consolidación de la transición democrática pasa por
revertirla. Ahora, es absurdo que haya en el gobierno quienes planteen que toda
demanda o crítica es casi un atentado terrorista.
¿Por qué tanta debilidad en tan poco tiempo? La respuesta
comprende responsabilidades del lado del gobierno –las principales–, pero
también externas.
Lo primero a anotar en el debe del régimen es claramente esa
falta de liderazgo y las explicaciones de esto son también conocidas: el estilo
de Toledo y los problemas en Perú Posible, las principales.
Pero, ¿qué más hay como explicación de ese desencuentro del
régimen con el humor del país? ¿Podemos hablar de políticas públicas claramente
equivocadas? Nuestro punto de vista es que no. ¿Cuál si no? En muchos de los
ámbitos de acción gubernamental se pueden encontrar más bien importantes
aciertos, avances y proyectos interesantes que todos reconocen.
Ni siquiera en el campo económico podría afirmarse que hay
una orientación claramente equivocada, más allá de lo que pueden ser matices o
gustos y colores en cuanto a estilos de los ministros. Si no, ¿por qué no hay
ninguna organización que esté intentando acumular planteando un cambio radical
de política económica? A lo más, existen medidas discutibles, frente a las que
la población está dividida y, objetivamente, hay argumentos a favor y en
contra, como ocurre en el tema de las privatizaciones.
De lo que sí se puede acusar al gobierno es de..., y viene
una letanía bastante conocida:
– Errores simbólicamente importantes, entre los que está esa
falta de austeridad en el ejercicio del poder.
– Indecisiones, la principal para nosotros: no haber
retirado las licencias de los canales de televisión.
– Ofertas que no se pueden cumplir, decisiones precipitadas,
marchas y contramarchas, mal manejo, lo cual disminuye la credibilidad, o hace
que lo que podría ser positivo se convierta en incierto (las privatizaciones,
la regionalización).
– Ausencia de rumbos: como que no se sabe bien qué hacer con
el poder.
– Omisiones o desaceleraciones: ¿qué fue de la reforma
judicial o de la reestructuración de las Fuerzas Armadas?
Obviamente no es poca cosa, pero es muy distinto creer que
la fragilidad del gobierno se debe a la mezcla de falta de liderazgo con
errores, un no hacer, no lograr, que creer que se debe a grandes decisiones
equivocadas. Tal vez esto sea lo más dramático: el gobierno se ha desgastado
sin haber jugado sus principales cartas.
Culpas externas
En cuanto a las (i)responsabilidades externas:
1. La oposición, y para decirlo en pocas palabras: no debe
de ser nada fácil tener a Alan García liderando a la oposición. Si bien es
exagerado echarle la culpa de todo al APRA, tener que escoger entre a) concertar, b) romper o c) responder
también con una escopeta de dos cañones, debe de ser bastante más difícil que
deshojar margaritas.
2. La gobernabilidad democrática: avanzar en la solución de
los grandes problemas nacionales en democracia es dificilísimo para Toledo,
pero lo sería también hasta para el "Señor de los Anillos" con todos
sus poderes. No estamos de acuerdo con quienes argumentan que el problema es
que todo el mundo plantea demandas imposibles (¿tan insensata puede ser una
población acostumbrada a no tener nada?), y creemos además que hay mucho de lo
que en el IDL llamamos "caparazón social" (siempre alcanza para una
nueva exoneración tributaria, pero
si se trata de los más pobres, ahí sí todos ortodoxísimos); pero, es objetivo
que, en términos de recursos, hay que pensar más en producir que en distribuir.
3. Campaña fujimontesinista: totalmente en contra de ver la
mano fujimontesinista en todo, pero que esa mano golpea y agudiza las
contradicciones, no es paranoia. Si no, prenda el televisor.
Cuidado con las tentaciones y el "populismo político"
Importante razón adicional para preocuparnos de la
fragilidad: el gobierno podría verse tentado a transitar caminos peligrosos. No
estamos todavía en ese escenario, pero hay algunas señales que advertir.
"¡Basta!, no permitiré que se siga maltratando y manoseando
a nuestras instituciones armadas", ha dicho recientemente el presidente
Toledo. ¿Quién ha maltratado y manoseado a las Fuerzas Armadas: la transición
democrática, por sentar en el banquillo de los acusados a los militares que
incurrieron en gravísimos delitos; o esos militares que incurrieron en los
delitos? ¿Nuevamente la lógica de militares victoriosos con corona? ¿No era que
parte de la transición consistía en moralizar y democratizar a fondo las
Fuerzas Armadas? ¿Puentes en esos términos para qué?
También nos produce desasosiego percibir cómo el tema del
terrorismo va ganando espacio en los discursos oficiales. Si el gobierno cuenta
con nueva información que pone en tela de juicio la derrota estratégica de SL,
tiene el deber y el derecho de reaccionar eficazmente. Pero, por favor, otra
vez no al susto, al ensalsamiento de la mano dura o a generar confusión sobre
quién es terrorista y quién no. No queremos volver a la década de los ochenta,
en la que el terrorismo creció, pero tampoco a la de los noventa, por más que
fue durante esta última que el terrorismo cayó. Cuidado también con que no fue
exactamente la mano blanda lo que hizo crecer al terrorismo; fue más bien la
mano dura la que provocó que un grupúsculo como SL lograra convertirse en un
monstruo más allá de toda posibilidad original.
Sabemos bien que un discurso que levanta la mano dura frente
al terrorismo es bastante rendidor, pues empata fácilmente con lo que la gente
siente instintivamente, pero sabemos también que es poco pedagógico en valores
democráticos y que, por lo mismo, puede ser para la democracia un bumerán: si
SL está de nuevo por todas partes, si el Congreso y el Poder Judicial son un
obstáculo y si para la estrategia antisubversiva depende en lo fundamental de los militares, puede comenzar a
verse a la democracia como un obstáculo. Y cuando lleguemos a ese punto, ¿por
qué no volver a mirar la posibilidad de un esquema autoritario completo?
Es simbólico que cuando muchos reaccionaron como en tiempos
de Fujimori y Montesinos en relación con la orden de detención contra los
comandos investigados por las
ejecuciones extrajudiciales, Fujimori mandó su vídeo, como diciendo esa lógica
es la mía, viene conmigo y en ella yo soy el mejor. Cuidado, entonces, con el
"populismo político".
Ahora, es justo reconocer que se trata solo de una cierta
estridencia en el discurso, ya que las medidas van más bien por otro lado (se
frenó la Ley de Amnistía impulsada por Rafael Rey y compañía; se ha nombrado en
diferentes zonas comisionados para la paz; se está implementando una reforma
policial con claras orientaciones democráticas, etcétera).
Otro tipo de tema, pero también preocupante, es que el que
se haya sacado a Pedro Francke y su equipo, sin importar la excelente labor
reconocida por todos es mala señal. ¿Qué peligros abre?: 1) Toledo ha decidido
tener su "sólido norte" compuesto por los miembros de Perú Posible,
para lo cual tienen que conceder algunos espacios en el Estado; 2) Los espacios
del Estado controlados por Perú Posible podrían ser utilizados para ayudar a
Toledoe. ¡Alerta total!
Insistimos: planteamos estos puntos como señales que no
gustan y que pueden estar expresando tentaciones; pero, finalmente, estamos
ante un régimen que, si bien frágil, sigue representando las posibilidades y esperanzas
de la transición democrática por la que tanto luchó todo el país.
El caricaturista Alfredo plantea lúcidamente por
dónde puede estar la salida: Toledo se mira en el espejo y se desespera porque siempre
encuentra un rasgo que delata su pasado (un mechón de pelo o nariz), y aun
cuando hace lo imposible por ocultarlo, siempre hay uno que se rebela. En ese
rasgo –dice Alfredo– está la esperanza del Perú.