Transición democrática y Fuerzas Armadas
En nuestro número anterior les presentamos parte de
la entrevista con Felipe Agüero, reconocido académico especialista en temas de
Defensa y Fuerzas Armadas. Esta vez, la edición de sus opiniones sobre estos temas
en el marco de las experiencias de transición española, chilena y argentina.
ESPAÑA:
Un caso excepcional de transición pactada
La transición española fue, en términos militares,
extraordinariamente difícil, ya que se enfrentó al ejército franquista: es con
estas Fuerzas Armadas que se llega a la transición; con ellas muere Franco y a
ellas se enfrenta Adolfo Suárez. España era entonces el país de los
pronunciamientos militares. Sin embargo, a partir de 1982 nadie habló más del
problema militar.
Este cambio paradigmático se caracterizó por tres elementos
centrales: 1) una voluntad expresa de la elite política de ponerle el cascabel
al gato, pues era indispensable para la modernización y legítima europeización
de España; 2) una mayoría política en el Congreso que favoreció la enorme
cantidad de proyectos legislativos necesarios para implementar la reforma
militar en el terreno de la justicia, de las definiciones constitucionales y
las leyes orgánicas; 3) el factor internacional: la participación de la OTAN
fue decisiva en la consolidación de la modernización democrática del Ejército
español. La ausencia de este tercer factor resulta especialmente notoria en el
caso de América Latina, por lo que somos nosotros mismos los responsables de
generar nuestras propias oportunidades en el terreno internacional.
Se suele ver a la transición española como modelo, pero hay
que tener cuidado de no caer en el vano intento de generalizar aspectos propios
de este caso particular; por ejemplo, la idea de la transición pactada.
Si en el caso español se puede hablar de transición pactada,
no se debe tan solo a los pactos de la Moncloa, o a las conversaciones de
Adolfo Suárez con Felipe González, con Santiago Carrillo, o a la ley para la
reforma política que disolvió las cortes franquistas, sino principalmente al
carácter consensual de la Constitución española, producto de la Asamblea
Constituyente instaurada por la primera elección democrática. Algo que no
ocurrió, por ejemplo, en el caso chileno, donde lo que hubo fue una transición
auspiciada por una Constitución autoritaria y donde no se ha dado –hasta el día
de hoy– un diálogo libre respecto de la Constitución que el país quiere y se
merece.
En el caso español, esta transición pactada fue posible
gracias al esfuerzo de todos los sectores políticos, motivados por la memoria
de los horrores de la guerra civil y la firme voluntad de evitar su repetición.
Elemento que permite una cierta comparación con el Perú, pues si bien en el
caso peruano no existe el hito de la guerra civil española, sí observamos
elementos comparables producto de lo ocurrido en las últimas décadas: muertes,
inestabilidad, violaciones de los derechos humanos. Frente a ese pasado, al
Perú se le presenta hoy una oportunidad única de alcanzar un consenso real y
positivo.
CHILE:
La necesidad de una reforma constitucional
En el caso chileno tenemos un consenso parcial dirigido a
posibilitar la transición a un presidente civil y a las elecciones
competitivas, pero que dejó intactos aspectos claves heredados de la
Constitución de Pinochet. Como ejemplos de esto último podemos enumerar la
inhabilidad del Presidente de disponer de los cargos superiores de las Fuerzas
Armadas o el rol y la composición del Consejo de Seguridad Nacional, pues
aunque se ha eliminado la presencia militar mayoritaria y es ahora posible un
empate, el voto presidencial para la designación de senadores vale aún lo mismo
que el del comandante de la Marina.
Elementos como estos resultan impresentables en un país que
aspira a ser moderno y democrático, por lo que se impone la necesidad de una
reforma constitucional. Si una reforma carece de soporte constitucional,
inclusive cuestiones positivas ocurridas en el ámbito militar resultan asuntos
ideados, diseñados e implementados por los pliegos militares, y acompañadas
desde el Ministerio de Defensa. Estas cuestiones deberían ser dirigidas por el
gobierno, para lo cual necesita dotarse de facultades que la Constitución
chilena no le otorga actualmente.
El terreno es hoy especialmente propicio para una reforma
constitucional: existe cierto consenso entre los líderes de oposición que
apoyan esta reforma y no es posible ya mantener disposiciones constitucionales
tan retrógradas. Además, considerando la eventualidad de un gobierno diferente en
Chile como el de Joaquín Laven, a este no le va a interesar tener jefes del
Ejército de los cuales no pueda disponer.
Sin embargo, existen aún algunos entrampamientos que podrían
retardar este proceso: a la oposición le interesan ciertos aspectos de la reforma
constitucional, y al gobierno otros. Así, la oposición busca apoyar la reforma
constitucional siempre y cuando no se reforme el sistema electoral, mientras el
gobierno busca reformar la Constitución siempre que se apruebe todo, inclusive
lo relativo al sistema electoral, en la parte que resulta injusta y constituye
a la vez una herencia autoritaria.
Vale destacar que, a pesar de este legado autoritario, se ha
logrado imponer durante el breve mandato del presidente Lagos cierto principio
de autoridad, aunque carezca de respaldo constitucional, así como una cierta
normalidad y aciertos muy interesantes como el nombramiento de una ministra de
Defensa efectivamente respetada y de gran porte simbólico, pues es hija de un
general asesinado por la dictadura de Pinochet.
ARGENTINA:
Una transición de éxito relativo
Con la derrota de las Malvinas, Argentina se enfrentó a una
auténtica posibilidad de cambios, a una verdadera oportunidad de transición.
Transición que, finalmente, si bien no supo aprovechar todos los caminos
abiertos, sí pudo explotar los fundamentales, por lo que podemos hablar de un
éxito relativo.
Se trató de un proceso exitoso en tanto hizo posible que las
fuerzas militares no tengan ya ninguna injerencia legítima en política, lo que
ha propiciado un cambio positivo en su misión. Debería considerarse también
para el resto de América Latina el uso más activo de las Fuerzas Armadas en
misiones internacionales de paz, pues la experiencia argentina demuestra que
esto ayudó a cambiar mentalidades y modernizar a las Fuerzas Armadas.
Decimos que este proceso de
transición ha sido solo relativamente exitoso porque el Poder Ejecutivo, el
Congreso y las fuerzas políticas no persistieron en algunos cambios
fundamentales emprendidos inicialmente. Así, el debilitamiento de los militares
en Argentina no ha ido necesariamente acompañado del fortalecimiento del órgano
civil político de dirección, como podría haber sido si se hubiera seguido
potenciando al Ministerio de Defensa. Lamentablemente, el resultado de esta
omisión es que hallamos actualmente un ministerio trunco, cojo y profundamente
implicado en las dificultades económicas por las que atraviesa el país.