Homenaje a Fernando Belaunde Terry
El país ha sentido profundamente la muerte de Belaunde. Con su impresionante participación en las actividades realizadas, el pueblo ha querido expresar cariño y gratitud por quien fue dos veces su Presidente. Señal inequívoca de lo que se valora de él: honestidad, convicciones democráticas y fe en el Perú, virtudes excepcionales en los tiempos que corren y que hay que reconocer en FBT, por encima de las diferencias. (E.J.B.)
Tanto amor y no poder nada contra la muerte*
Miguel Cruchaga Belaunde
De niño cubría de rosas la almohada de su madre, de adulto sembró de esperanza los pueblos del Perú.
El liderazgo de Fernando Belaunde Terry parecía inspirado en una frase de Le Corbusier, el gran arquitecto francés: "la arquitectura es un acto de amor y no una puesta en escena". Acaso ella explica y sintetiza con la mayor precisión la naturaleza de su consagración y el derrotero de su conducta: Belaunde hizo de la vida pública y privada un acto de amor, no una puesta en escena.
Llegado el momento de la despedida, el mejor homenaje que se le puede rendir consiste en recordar las enseñanzas de su trayectoria ejemplar, en procura de que estas nos inspiren y nos hagan más fuertes.
El ejercicio de la política pertenece al campo de lo exterior, en el que actuamos socialmente. Detrás de ese campo se esconde el mundo interior de cada individuo, que permanece sustancialmente desconocido. De él no existen mapas, ni inventarios, ni descripciones verdaderas. Solo predominan en él lo impredecible y lo desconocido.
"El mundo interior está embebido de un hondo sentimiento de nostalgia", dice O’Donohue. "Somos criaturas de la nostalgia, porque provenimos de ella." En el caso de Belaunde, la nostalgia del Perú –ese tema dominante en la mesa del destierro– que conoció durante buena parte de su infancia y juventud, constituye una clave muy importante para entender el sentido de su vida.
"Toda creatividad –continúa el autor– extrae su energía de la nostalgia que llevamos dentro. Una nostalgia de amar y ser amados, de reconocer y ser reconocidos: una nostalgia por descubrir el significado de las cosas y por sobre todo, en el meollo del asunto, una nostalgia por pertenecer."
De esa nostalgia provino su fascinación por el Perú y lo peruano; su embeleso con la tierra, con el hombre y con la historia, a los que empezó a conocer desde la distancia por los relatos de su padre y los testimonios de los viajeros.
A esa nostalgia potenciada por la pasión del reencuentro se debieron los recorridos interminables y las propuestas "huaqueadas" en la arqueología de un territorio cargado de testimonios de una asombrosa ingeniería.
Debo agradecer al país, a nombre de la familia, por todas las manifestaciones de sentimiento y gratitud con las que han querido honrarlo en estos días. Como el 8 de junio de 1956, me siento inclinado a decir: ¡Gracias, pueblo peruano, por haber salido a las calles, por haber lanzado flores, por haber expresado, desde todas las trincheras, el calor de tu adhesión fervorosa y valiente. Gracias a la generosidad de las instituciones del Estado que, inspiradas por el liderazgo del presidente Alejandro Toledo, han sumado homenajes hermosos y edificantes.
Estoy aquí para dar testimonio del privilegio que ha sido formar parte de su círculo familiar.
Desde mediados del siglo pasado supo cohesionarnos alrededor de sus sueños y sus proyectos. Por eso le digo ahora, a nombre de toda la extendida familia Belaunde: ¡Gracias por cargarnos de vitalidad con la fuerza arrolladora de tu entusiasmo; gracias por dar sentido y motivación a nuestras vidas! Gracias por tu permanente compañía; por impedir que el recargo de tus obligaciones interfiriera con tu voluntad de estar presente, cada vez que fuiste requerido, como hijo, como padre, como esposo, como abuelo o como hermano. Gracias por tu firmeza, gracias por tus convicciones/Gracias por tus palabras sustanciosas e inspiradoras, vehículos que contagiaban una pasión por el Perú/Gracias por el optimismo, gracias por la elegancia, gracias por la caballerosidad, características inseparables de un estilo que te expresaba a plenitud/Gracias por transmitir la mayor serenidad en las situaciones más difíciles y la mayor discreción en las circunstancias en las que los éxitos llegaron/Gracias por el refrescante manantial de tus ideas que conseguía colmarnos de entusiasmo y por tus iniciativas que nos llenaban de admiración/Gracias por matizar de manera tan magistral el coraje y el sentido estratégico/Gracias por el bálsamo de tu buen humor; por ser el más indulgente en los momentos más delicados y el más generoso cuando correspondía comprender o perdonar/Gracias por demostrar que la democracia es posible; que se puede tener mucho poder y seguir respetando escrupulosamente la Constitución y la ley/Gracias por poner en evidencia que desempeñar altos cargos en política no conduce inevitablemente a la corrupción/Gracias por dejarnos un apellido limpio y honroso/Gracias por tu austeridad/Gracias por tu afecto tan expresivo e inagotable/Gracias, sobre todo, al Altísimo, por habernos bendecido con tu existencia bienhechora e inolvidable.
Han transcurrido cuarenta y seis años desde la jornada memorable del primero de junio. Esa tarde, al terminar su discurso, cargó a un niño que alguien aproximó al estrado del jirón Tarapacá. Los asistentes escuchamos su voz redonda y cadenciosa proclamar: "Pueblo de Lima, tengo un niño peruano en mis manos; hagamos que nuestras acciones de esta noche lo hagan sentirse orgulloso de sus mayores".
El niño ha crecido y se ha hecho adulto. No ha olvidado esas palabras que el tiempo y tus acciones llenaron de sentido.
Estos mismos días, niños de ahora estarán compartiendo su experiencia. Escuchándola entenderán que no hay razón para el desaliento.
Tu vida nos enseña que a la esperanza no la sigue, necesariamente, la defraudación. Que la esperanza es posible, realista y necesaria.
Que como toda promesa, conoce el ocaso, la aurora y también el silencio.
La madrugada del 24 de mayo te sumiste en él.
Ha sido extremadamente doloroso sufrir la extinción de tu voz entusiasta, la resonancia contagiosa de la plaza celebrando tus frases llenas de inspiración. Nos resultaba difícil aceptar que habías iniciado un nuevo viaje: el viaje del retorno.
Por doce días solo el silencio replicó nuestras oraciones. Durante este lapso hemos compartido la angustia de Vallejo: "¡Tanto amor y no poder nada contra la muerte!".
Entonces hemos acudido a otro gran viajero, Antoine de Saint-Exupery: "Porque un dios que se deja tocar dejaría de ser Dios. Y también si obedece a la plegaria". "La grandeza de la plegaria consiste en que no tiene respuesta y que su intercambio no está regido por las leyes del comercio." "Y que el aprendizaje de la plegaria es el aprendizaje del silencio. Y que el amor comienza donde no hay don que esperar." "El amor es ante todo ejercicio de la plegaria y la plegaria ejercicio del silencio."
Al devolverte a la tierra, sumidos en el silencio, te decimos gracias y adiós.
* Discurso pronunciado en representación de los familiares.
Belaunde, el amante perpetuo
Uriel García Cáceres
Fernando Belaunde Terry fue el amante perpetuo, apasionado y fiel. A primera vista, con el ojo avizor de quien busca aventuras hasta en el vuelo de una avispa, se prendaba de una musa que le hacía suspirar; brotándole baladas apasionadas para poseerla y serle fiel, con ciega sinceridad. Así fue siempre, durante sus casi noventa años.
Belaunde nos deja una lección de amor imperecedero y de pureza de propósitos que tanta falta hace en esta hora de falacias insolentes, de apetitos procaces y de infidelidades escandalosas.
Suspirando como un horno frente a las rejas de su amada (Shakespeare), el año pasado, en el velorio de su amada Violeta, me llevó del brazo hacia el ataúd. Allí, con la voz firme del enamorado libre de prejuicios, me dijo: "Ven para que veas lo linda que ella está". Con sus casi noventa años, él seguía siendo el mismo apasionado amante. Esta conmovedora escena fue, para mí, como el sumario instantáneo y concreto de la vida de este gran peruano que ahora acaba de fallecer.
La compañera de su vida encarnó sus amoríos, pasiones y esperanzas. Toda su existencia fue un continuo ejercicio del deseo ardiente con el afán de conquista y posesión en el sentido más puro posible. No fue el ímpetu orgiástico de un Camile Flaubert (la orgie perpetuele), sino el inmaculado de un san Francisco que goza con los resultados concretos del amor al prójimo y a la naturaleza circundante.
Cuando en una frágil avioneta, por el año 1979, volamos sobre la laguna de Llanganuco o cuando, en el avión presidencial (un añoso DC8), en 1984, dimos vueltas sobre el Valle de los Volcanes, trasuntaba esa admiración poética que sentía por los paisajes peruanos y por la influencia que estos ejercen sobre el alma popular. Así fue que peregrinó pueblo por pueblo utilizando todos los medios de transporte disponibles, desde sus pies hasta las mulas. Se empapó y se entregó con la pasión de un amante al estudio del Perú.
Se apasionó con la Arquitectura, la disciplina que conjugó su vocación artística con la observación concreta de la realidad circundante; y esto, a pesar de la influencia que debieron ejercer tanto su padre como su tío Víctor Andrés por las letras y las especulaciones filosóficas. En la cátedra de la antigua Escuela de Ingenieros encandiló a sus alumnos. Los motivó para que se empaparan con la extraordinaria realidad de este andino país.
El Perú como doctrina fue el numen de un pensamiento para enfocar los problemas de una lacerante realidad. Si se quiere demostrar las raíces del amor fervoroso de Belaunde por el estudio de la realidad peruana, hay que releer la revista de arquitectura que él fundó. Allí el joven profesor universitario, graduado en una universidad norteamericana, demostró que el Perú poseía una fascinante estructura. Así se podía estudiar el tejido social, cultural y económico de un país con una rica historia de desarrollo humano, durante los tiempos precolombinos. Esa fue la pasión de su vida: amar al Perú.
Belaunde nunca quiso transplantar ideas filosóficas extrañas a la realidad mestiza del Perú para sustentar su acción política. Es interesante anotar que mantuvo una actitud ecléctica entre dos maneras de pensar sobre la realidad nacional, guardando un profundo respeto por la calidad intelectual de sus autores: los Siete ensayos de la realidad peruana, de Mariátegui, y el pretenso rebate a ese libro: La realidad nacional, de Víctor Andrés Belaunde, nada menos que hermano de su padre. Estos libros fueron por muchos años dos ideas contrapuestas, con apasionados seguidores y detractores. Belaunde Terry fue inconforme con las especulaciones académicas; por eso prefirió estudiar de manera objetiva –si se quiere, empírica–, con la misma metodología de los antiguos peruanos: observando la naturaleza de las cosas y realizando, con las manos, la obra de engrandecimiento. Quedó encandilado con la belleza de lo pequeño.
A fines de la década de 1950 y principios de la siguiente se dio cuenta –antes que los economistas sociales lo demostraran con técnicas precisas de medición– de que los pobres del Perú, esos que no tienen absolutamente otra riqueza que su ancestral devoción por el trabajo comunal, eran los que subsidiaban al sector afluente de la sociedad peruana, a ese que los economistas llaman moderno, en oposición a ese otro, mayoritario y llamado tradicional, compuesto por cholos, indios y todas esas castas que infestan este pobre país, como se quejó Pedro Paz Soldán y Unanue en el siglo XIX. Cuando un kilo de papas cuesta 90 centavos, estamos frente a un grave problema de redistribución.
Belaunde es el iniciador de un diseño coherente para redistribuir la riqueza. Comenzó cancelando la increíble Caja de Depósitos y Consignaciones (una entidad formada por los bancos comerciales que recaudaba los tributos y le prestaba al gobierno su propio dinero, con intereses) y terminó racionalizando la carga impositiva que ese sector moderno debe aportar. Nunca los banqueros y sus adláteres le perdonaron por esto que consideraron una insolencia. Llegaron incluso a alentar la asonada militar del 3 de octubre de 1968 para derrocarlo, blandiendo la patraña de la Página Once. Como dicen que Dios no castiga ni con palos ni con piedras, el tiro les salió por la culata.
Luego de acceder al gobierno, implantó la democracia real y directa. Estableció el gobierno municipal como medida inicial de todo despegue social y económico. Había visto, con admiración, que en el Ande existía desde la Colonia la institución mestiza de los Varayoc (palabra mezcla de castellano con quechua que quiere decir el que tiene la vara). Por eso hizo aprobar en el Parlamento la Ley de Elecciones Municipales. Nunca antes, en la historia del Perú, se eligieron los municipios por voto secreto, universal y directo.
Los últimos fueron los primeros cuando creó Cooperación Popular. Esa es la manera de desarrollar ese sector que los economistas llaman tradicional. Ese programa está basado en la idea más ingeniosa de lograr el desarrollo sin odios ni protagonismos de los pueblos. Desde los remotos tiempos del incanato, el coloniaje y la república, los andinos sobrevivieron a la depredación trabajando en comunidad. Por todo esto se ganó el odio de la llamada izquierda, desde la asesina hasta la académica.
Este amante perpetuo se nos acaba de ir. Él, cuando la Violeta de sus sueños lo dejó, la siguió con apasionado fervor. Todos esperamos que esta pareja de amantes no se haya llevado con ellos sus más caros ideales –como la decencia en la política, el impulso para hacer que los últimos sean los primeros, que la Marginal de la selva sirva para la integración andina, que la cooperación popular sirva para la conquista del Perú por los peruanos. Y, sobre todo, que la honestidad inmarcesible sea un modo de vida general de los peruanos. (Washington, junio del 2002)
Uriel García Cáceres es ex ministro de Salud de Belaunde y su amigo personal.