Tambogrande:

"No van a sacar los huesos de nuestra madre tierra"

Por qué todo un pueblo  rechaza la promesa de oro

Hildegard Willer

El 74% de la población concurrió a la consulta popular del 2 de junio y el 98% dijo NO a la empresa minera Manhattan. ¿Puede prescindirse de resultados tan contundentes?

 

"Eso no puede ser, que la minera entre a Tambogrande", dicen al unísono doña Eugenia y su hija Margarita*. Son dueñas de una bodeguita a dos cuadras de la Plaza de Armas de Tambogrande, a unos 90 kilómetros al este de Piura, donde esa tarde se están reuniendo más de 2000 pobladores por el cierre de campaña del Frente de Defensa de Tambogrande.

Doña Eugenia cuenta con grandes ojos que la minera Manhattan, cuando entró por primera vez al pueblo en 1999, pagó jornales de 100 soles a sus trabajadores y 1500 soles "a muchachas sin ninguna preparación para hacer propaganda para la empresa". Su voz vacila entre la indignación y la incredulidad por esas sumas inauditas en Tambogrande. Es probable que las cifras correspondan más a un mito que a la verdad. Pero un mito que no ha calado hondo.

A pesar de que la alguna vez vitrina de la agricultura peruana, el valle de San Lorenzo, no provee de riquezas a sus hijos, el rechazo a la mina es más fuerte que la tentación del oro que yace bajo el pueblo. A tres días de la consulta vecinal para que los ciudadanos den su voto a favor o en contra de que la minera Manhattan explote los yacimientos mineros de Tambogrande, la consigna es "Por la vida y el agro, no a la minería". El lema se encuentra en todas las puertas, en las banderolas que penden en las calles, y hasta las mototaxis hacen propaganda por el "no". ¿Dónde está el "sí"?

El señor Roberto Obradovich es gerente peruano de la minera canadiense Manhattan Sechura y reside en una oficina en San Isidro, Lima. En la pantalla de su lap top muestra su visión del desarrollo de Tambogrande: el tajo abierto rodeado de árboles en lo que es ahora el centro poblado, 2000 casas reubicadas al otro lado del pueblo y una gran zona de infraestructura minera. Todo ordenado, todo previsto para que la población se sienta bien en sus nuevas casas modernas y, además, tenga puestos de trabajo, hospital y escuelas nuevas.

No cabe duda de que Obradovich, con su carisma y jovialidad, puede convencer a los accionistas canadienses y a una u otra periodista capitalina de las bondades del proyecto; ni hablar de un gobierno nacional en serios apuros económicos. Solo que no logró convencer a los tambograndinos de que la mina que él pretende explotar en Tambogrande sea su gran oportunidad de desarrollo.

¿Quién decide sobre el desarrollo local?

La tragedia de todo radica en que nadie, ni el gobierno ni la empresa minera –y, lamentablemente, tampoco la ley–, consideraron necesario consultar desde un inicio a la población de Tambogrande si estaban de acuerdo con tener una mina de tajo abierto en su pueblo. No se les consultó si el modelo de desarrollo nacional que escogió el gobierno les conviene para su desarrollo local.

Cuando, en 1999, el gobierno entregó la concesión de los yacimientos mineros de Tambogrande a la Manhattan –algunos dicen que anticonstitucionalmente, por su ubicación en zona fronteriza con Ecuador–, no había contado con la resistencia de los pobladores. La exploración minera en un centro poblado y en una región de agricultura intensiva, como lo es el valle de San Lorenzo, es un caso sui generis, no solo en el Perú sino en el mundo entero, donde hay apenas dos o tres casos parecidos.

El conflicto era previsible, pero el gobierno se retiró del asunto y dejó el campo de batalla a la empresa minera y a los pobladores. Una batalla que costó la vida al dirigente Godofredo García Baca, asesinado en circunstancias aún no del todo aclaradas, y que resultó en actos violentos contra instalaciones de la empresa que por fin tuvo que retirarse de Tambogrande e instalarse en Piura.

Cuando por fin, en octubre del 2001, el Ministerio de Energía y Minas tomó cartas en el asunto y convocó a una mesa de diálogo, las posiciones ya estaban demasiado cerradas. El diálogo fracasó en el punto de la consulta vecinal. Los tambograndinos querían una consulta antes de que se presentara el Estudio de Impacto Ambiental, y el Ministerio insistió en el procedimiento legal. La ley prevé audiencias públicas en las que la población puede objetar el proyecto con base en el estudio, pero no dar un veto al proyecto en sí. El alcalde y los dirigentes rechazaron la propuesta del gobierno y decidieron hacer su consulta por su cuenta.

Votar por el "no": un deber ciudadano

Domingo 2 de junio: El pueblo parece de fiesta nacional. La gente hace cola delante de los seis centros de votación. Muchos pobladores han venido de caseríos lejanos. Policías velan por el orden, miembros de mesa buscan los nombres de los votantes en el padrón electoral y no falta ni la tinta para el dedo, signo visible de haber cumplido con el deber ciudadano.

En el Mercado Central de Tambogrande, los comerciantes están más que contentos: 74 por ciento de la población vino a votar, y la mayoría de ellos, sobre todo los del campo, aprovecharon el acto electoral para darse una vuelta por el mercado. "Ha venido más gente que el día de las elecciones presidenciales", comenta una comerciante.

Como periodista y además gringa, no es fácil romper la desconfianza de la gente. ¿Acaso vienes de la empresa? Cuando escuchan "revista ideele", me rodea una decena de hombres con intenciones nada amables. Necesitan como cinco minutos de explicaciones y una carta del director, que es minuciosamente estudiada, hasta que la gente se convence de que la revista ideele de Lima nada tiene que ver con La Revista Dominical. El hecho de que el periodista Nicolás Lúcar los haya difamado como terroristas, ha ofendido profundamente a los tambograndinos. De hecho, el tiro le salió por la culata: ante las difamaciones a escala nacional; ante el retiro de las entidades estatales, primero del gobierno, después de la ONPE; ante las acusaciones abiertas y disimuladas de que toda la consulta era una manipulación de dirigentes radicales y de que era ilegal, los tambograndinos se han unido más.

Votar por el "no" se convirtió en deber ciudadano tambograndino. "Voté por el ‘no’, primero, por ser hijo del pueblo; segundo, por ser Tambogrande un pueblo agrícola; y, tercero, por el futuro de nuestros hijos", se escucha más de una vez.

También el señor Obradovich piensa que su pleito con los tambograndinos se debe a la manipulación de dirigentes extremistas y a que la población había dado un voto desinformado. Tal vez una "conversa" con el señor Villegas le podría enseñar que su problema de comunicación con el pueblo de Tambogrande tiene antecedentes históricos y que el gobierno no le dijo todas las verdades sobre los rebeldes tambograndinos.

El señor Villegas es presidente de la Asociación de Comerciantes del Mercado y de su asentamiento humano. Con lápiz y un bloc de cuentas en mano, expresa su indignación ante el desentendimiento del gobierno. "El problema no viene de la Manhattan. Yo tengo cincuenta y seis años y desde niño conozco este problema con la mina de Tambogrande", cuenta el dirigente.

El descubrimiento del yacimiento minero data de 1850. Tanto en los años sesenta cuanto en 1981 los pobladores protestaron contra la explotación minera de la zona, cuando sacaron con sus protestas a la minera francesa BRGM. "A mí no me digan que estoy desinformado; los desinformados son los políticos en Lima. Tal vez no sabemos hablar tan bien como ellos, pero sí sabemos decir sí o no. Mire cómo la gente ha venido voluntariamente de los caseríos; están desesperados por dar su opinión."

El señor Villegas cuenta cómo los de la Manhattan llegaron a su casa ofreciéndole una gran suma de dinero. Después lo vino a buscar gente de Construcción Civil de Piura tratando de convencerlo de lo provechoso del proyecto. "En eso me acordé de las palabras de nuestro presidente difunto del asentamiento humano: ‘para sacar los huesos de nuestra madre tierra que nos sostiene tendrán que ir sobre nuestros cuerpos’". Dijo "no" a la empresa, porque no quiere vender el futuro de sus hijos. A la vez, hace un reclamo al gobierno: "Aquí se tiene que explotar la naturaleza; que el Estado invierta en la agricultura".

El señor Obradovich le contestaría, probablemente, que la minería moderna no afectaba la agricultura, que más bien la podría incentivar, que podrían coexistir perfectamente, y que su negocio de abarrotes afloraría como nunca con una mina en el pueblo. Y que existían muchos prejuicios contra la minería. En esto último tiene razón. Lo que pasa es que son prejuicios que no carecen de razonamiento: a pesar de que las inversiones mineras traen divisas al país, ellas han sido objeto de cuestionamientos ecológicos y sociales.

¿Hasta qué punto las mineras aportan a un desarrollo sostenible en los niveles local y regional? ¿No será demasiado alto el costo ecológico y social frente a los beneficios? ¿Quiénes vigilan el cumplimiento de las leyes y los contratos de concesión? Esas preguntas sin contestar han generado un malestar generalizado contra la inversión minera y constituyen el trasfondo del caso Tambogrande. ¿Acabaría la mina con la agricultura en el valle? Aun sin tener el Estudio de Impacto Ambiental para Tambogrande, el sentido común dice que es muy probable que un tajo abierto en el pueblo de Tambogrande contamine el agua, y que el fuerte viento norteño desparrame las tierras sulfúricas sobre las plantaciones de limón y mango. Causaría un daño serio a los pobladores y al desarrollo agrícola en el valle de San Lorenzo, ya que el mango se vende en el extranjero y allí los consumidores reaccionarían muy sensibles a posibles ingredientes no tan sanos.

El oro de arriba y el oro de abajo

"Hay tantas zonas mineras en el país, que no son ni tan pobladas ni son zonas agrícolas. Yo digo que las mineras exploten esas zonas, y que en Tambogrande se impulse más bien el agro." Lo dice el alcalde, ingeniero Alfredo Rengifo. El día de la consulta vecinal es su día. Nunca antes lo había perseguido tanta prensa; nunca antes habían venido tantos observadores internacionales a invitación de la municipalidad; nunca antes Tambogrande y su alcalde se habían convertido en centro de la atención nacional.

El alcalde Rengifo está indignado por las declaraciones del viceministro de Energía y Minas, quien dijo que en Tambogrande podían hacer todas las encuestas que querían, y que eso no obligaría al gobierno a nada. "A nosotros nos han llamado terroristas, pero la violencia verdadera es eso, decir que el voto del pueblo, la opinión del pueblo, no vale nada." Si el gobierno no respeta el voto del pueblo, advierte el alcalde, apelarán a todas las instancias, "y como último recurso recurrimos a la resistencia pacífica a lo Gandhi".

A las cuatro cierran los locales de votación. Los pobladores de los caseríos ya han emprendido su camino de regreso, y los tambograndinos descansan después de una jornada electoral sin mayores incidentes. Doña Eugenia, reclinada sobre la puerta de su bodega, me saluda. Por supuesto que ha votado por el "no". "¿Ves que somos un pueblo pacífico?", me grita llena de orgullo tambograndino.

A unos quinientos metros de su bodega se eleva el cerro que dio origen a toda la disputa. Desde el mirador se puede apreciar, íntegro, el valle de San Lorenzo. El sol –el oro "de arriba", lo había llamado una muchacha en el mercado– se está poniendo sobre el río, sobre los árboles de limón y de mango, sobre los arrozales que se extienden hasta donde el ojo alcanza. Bajo los pies del Cristo que vela sobre el valle yace el oro "de abajo". ¿Podrá seguir descansando en paz?

Una perifoneada voz anónima saca del idilio a las parejas que suelen citarse en el mirador. "El conteo de los votos de la consulta vecinal da la victoria rotunda al ‘no’ a la minería, 98 por ciento se han expresado en contra de la minería." Y continúa sin pausa: "Para la cosecha de ají y páprica se necesitan cincuenta mujeres y diez hombres. Que se presenten a las cinco de la mañana en el paradero. Jornal: 10 soles". El pueblo de Tambogrande ha dado su voto.

*          Nombres cambiados.