El poder de seducción de la extrema derecha en Europa
Desde que el 17 por ciento de los franceses votaron por Jean-Marie Le Pen, la opinión pública se encuentra alerta porque la extrema derecha está avanzando en varios países europeos. ideele agradece a las amigas y amigos de agencias de cooperación europeas que nos ayudaron, esta vez con informaciones de primera mano, a ofrecerles un panorama de la extrema derecha en Europa.
El primer grito de alarma vino de los Alpes: desde octubre de 1999 el Partido Libertario Austriaco de Joerg Haider, uno de los neoderechistas más conocidos y polémicos de Europa, participa en el gobierno del Partido Popular. La coalición con Haider suscitó entonces una fuerte reacción de los países de la Unión Europea. Aunque él mismo no forma parte del gobierno, sigue alentando los ánimos xenófobos austriacos desde su silla de gobernador del estado de Kaernten.
Contrariamente, la toma de poder de Silvio Berlusconi en Roma, elegido también democráticamente, pasó casi desapercibida por los vecinos europeos. El empresario de medios de comunicación gobierna en alianza con dos partidos de la ultraderecha: la Lega Norte de Umberto Bossi y la posfascista Allianza Nazionale de Gianfranco Fini. En un año de gobierno, ha acoplado los intereses del Estado a sus propios intereses empresariales.
El próximo vuelco a la derecha se dio en un país del que nadie hubiera sospechado extremismo alguno: Dinamarca, conocida por ser la única nación que destina el 1 por ciento de su producto bruto interno a los países pobres. El Partido del Pueblo Danés, bajo el liderazgo de Pia Kjaersgaard, venció con una fuerte campaña contra los extranjeros, y desde noviembre del 2001 forma parte del gobierno bajo el mando del presidente liberal Anders Fogh Rasmussen.
En Francia, el neofascista Le Pen fue alejado del gobierno gracias a una movilización inaudita de todas las fuerzas democráticas, pero tan solo dos semanas después el partido del difunto Pim Fortuyn obtuvo el segundo lugar en las elecciones parlamentarias de los Países Bajos, detrás del partido democratacristiano.
En España y sobre todo en Alemania –donde se han reportado más ataques violentos cometidos por neonazis contra migrantes–, paradójicamente, no se ha logrado aún constituir una fuerza política, sino que sus éxitos electorales se limitan a asambleas regionales.
¿Cuál es, pues, el común denominador entre un dinosaurio fascista de la guerra argeliana como Le Pen y un caudillo alpino como Joerg Haider? ¿Qué tienen en común personas tan dispares como Pia Kjaersgaard con su pinta de buena ama de casa protestante, el yuppie gay Pim Fortuyn y el empresario publicista self made Berlusconi? ¿Y qué los separa de los partidos tradicionales de derecha?
En primer lugar, sus discursos populistas referentes a la migración, seguridad ciudadana, preservación de lo nacional frente a lo europeo o lo global. En segundo lugar, sus respuestas en mayor o menor grado xenófobas, racistas y chauvinistas. Son los mismos argumentos demagógicos que setenta años antes originaron el fascismo en Europa. Solo que ahora ocurren en una Europa que acaba de vivir el periodo de paz, prosperidad y democracia más largo de su historia, que hace pocos años suprimió los últimos hitos fronterizos y que cuatro meses atrás introdujo la moneda común: el euro.
¿Por qué entonces el 20 por ciento de los holandeses –para tomar un caso placativo–, que son conocidos por su espíritu tolerante y abierto al mundo y que apenas presentan un 2 por ciento de desempleados, decide dar su voto a la lista de un outsider populista como Pim Fortuyn?
La brecha entre los partidos tradicionales y los ciudadanos
Personajes como Pim Fortuyn han movido un sistema entumecido donde los partidos de la derecha y de la izquierda tradicional se turnan en el poder o hasta lo comparten, lo que trae como resultado la identificación de sus programas políticos. Muchos ciudadanos europeos sienten que la vida política con sus representantes se ha convertido en un establishment desligado de ellos, y se ha arraigado en ellos la imagen de la política como algo sucio. "Los votos para Le Pen o para la extrema izquierda fueron votos de sanción; los políticos son elitistas y se reclutan entre miembros de las mismas Altas Escuelas", nos dice Fabrice Pénasse del Comité Catholique Francés. Irónicamente, el Parti Socialiste de Francia ya casi no cuenta con dirigentes provenientes del mundo obrero. Sobre el caso italiano en particular, Ivana Barsotto, del Forum Ciudadano Perú-Italia, opina: "Berlusconi tuvo éxito porque se vanaglorió de ser un empresario y no un político".
También en Europa los medios de comunicación definen el voto
Pim Fortuyn y Silvio Berlusconi son los mejores ejemplos del poder de los medios de comunicación para hacer al político. "La verdadera causa del éxito de Berlusconi es que se trata de un buen vendedor, vendedor de sentimientos colectivos que logra resumir en eslóganes placativos para luego convertirlos en verdad ciudadana, aunque se trate de mentiras", nos escribe Ivana Barsotto. No hay que olvidar que Silvio Berlusconi reclutó a sus primeros dirigentes políticos de su propia empresa publicitaria y que Pim Fortuyn fue conocido como comentarista de televisión.
También en Europa los canales de televisión se rigen cada vez más por el rating. Y la gente quiere ver lo nuevo, lo estridente, y, a la vez, lo simple. Los medios de comunicación son parcialmente culpables de la proyección de imagen del político corrupto, así como de fomentar una paranoia colectiva que convencía a la gente de que París o Hamburgo estaban a punto de convertirse en el Bronx o en las peores favelas de Sao Paulo.
El chauvinismo del bienestar, el miedo al descenso social y la pérdida de viejas seguridades
Durante cincuenta años el crecimiento económico en Europa ha estado ligado al progreso social. Los sistemas de welfare se basan en un contrato social sobre deberes y derechos de todos los ciudadanos y, especialmente en países pequeños, esa solidaridad nacional no es nada anónima. Así se explica que en un país como Dinamarca el "Folkeparti" haya tenido acogida planteando que la solidaridad con los migrantes se daba a costa de la solidaridad con los viejos y enfermos daneses que también viven del bienestar. La integración europea, un proceso que lleva casi cincuenta años, todavía logra atizar los miedos de los países más prósperos de perder su bienestar, así como el miedo de los más pequeños de desaparecer en un aparato burocrático regido por los grandes países. ¿Cuántos miedos surgirán entonces a partir de un proceso de globalización económica acelerada y descontrolada?
Desde la década de los noventa la mayoría de los países vive una fuerte reestructuración de sus sistemas sociales y laborales: privatización de las pensiones, restricciones en los servicios de salud, liberalización del mercado de trabajo y empleos precarios. Los políticos evocan el "centro" y hablan de cambios estructurales necesarios, pero omiten decir que de esos cambios resultarán perdedores muchos que hasta hace poco constituían ese "centro": obreros y técnicos industriales cuyos puestos de trabajo se exportaron a países con sueldos más bajos, agricultores que no logran competir con los productos importados, jóvenes desempleados. Ellos sienten que –contrariamente a las afirmaciones de sus representantes políticos– son ya perdedores o que podrían serlo muy pronto. A eso se suma lo que dice el "chauvinismo del bienestar" sobre no compartir la propia comodidad.
Tampoco se puede negar que existe cierto hedonismo y negación en algunos jóvenes, pues solo así se explica que los migrantes obtengan trabajos
–mal vistos, mal pagados, con malos horarios– que muchos europeos se niegan a aceptar. Por supuesto que los nuevos demagogos omiten ese detalle y se centran más bien en culpar a los extranjeros.Hein Broetz nos comenta la situación de los jóvenes en la Alemania Oriental: "Los extranjeros sirven como chivos expiatorios que canalizan el odio acumulado de los jóvenes alemanes cuando se les dice que los extranjeros les quitarían los puestos de trabajo. Pero eso es absurdo, ya que en Alemania Oriental, a diferencia de Alemania Occidental, viven muy pocos extranjeros". Los jóvenes migrantes o hijos de migrantes ocupan mayormente el peldaño inferior de la sociedad. Es una verdad amarga que la integración de muchos extranjeros ha fracasado: los turcos en Alemania, los árabes en Francia, siguen viviendo en guetos aunque sus hijos son ya, legalmente, ciudadanos europeos. En tiempos de fuertes cambios, cuya pieza más visible son los rostros no-blancos de los migrantes, la gente tiende a aferrarse a una identidad nacional que suplante la propia identidad en peligro y crece la predisposición a seguir a los nuevos seductores populistas.
Perspectivas sombrías
En el mejor de los casos, los nuevos partidos de la derecha populista que han ingresado en gobiernos nacionales se desgastan pronto por inexperiencia, incompetencia y fracción en la tarea de gobernar. Más probable es que los temas candentes de la migración y de la seguridad ciudadana sean acogidos por los partidos tradicionales de la derecha. ¿En qué términos?
"Chirac ya ha dejado claro que el tema de la seguridad ciudadana será un tema principal en su gobierno. Temo que eso conlleve más represión contra extranjeros y restricción de libertades individuales", dice Fabrice Penasse del Comité Catholique. Hein Broetz, de Misereor, llega a una conclusión similar respecto de Alemania: "Los partidos tradicionales quieren prevenir el voto para la extrema derecha, restringiendo el derecho de asilo para refugiados políticos, tomando medidas restrictivas en el área de la seguridad ciudadana y adoptando discursos nacionalistas. Para los políticos es un camino al filo de la navaja: tomar en serio los sentimientos de impotencia de la gente, abordar problemas objetivamente y a la vez conservar un sistema comunitario liberal.
El primer mandatario en anunciar medidas drásticas para reprimir la migración fue el socialdemócrata Tony Blair, justamente asustado por los éxitos de la extrema derecha en Francia y Holanda. Blair propone interceptar traficantes de migrantes para luego devolver a los refugiados a sus países de origen. Si estos se negaran a recibirlos, se arriesgarían a perder la ayuda del Reino Unido. Paradójicamente, la extrema derecha europea –a pesar de sus proclamaciones nacionalistas y antiamericanistas– ha conseguido exactamente lo que a George W. Bush le conviene en su lucha mundial contra el terrorismo.
La paranoia de la seguridad ciudadana combinada con un estilo de política "empresarial-autoritaria", cuyo mejor exponente es Silvio Berlusconi, podría resultar en una mezcla explosiva que no solo atentaría contra la democracia sino que acabaría con lo que en los últimos cincuenta años dignificó a Europa: un sistema de solidaridad institucionalizada, una sociedad igualitaria, el respeto del otro y una concepción humanista que no se rige únicamente por los valores de mercado. Por eso la Nueva Derecha en Europa es peligrosa. Mucha gente en Europa ha notado eso y está alerta.
La gran movilización de jóvenes contra Le Pen, la resistencia de los sindicatos y de los estudiantes italianos contra las maniobras de Berlusconi, el creciente movimiento por una globalización distinta –todos ellos en un espíritu más bien europeo y global que chauvinista– dan testimonio de un nuevo interés en la política, así como de la esperanza de que medio siglo de paz y democracia, construida sobre las ruinas de dos guerras mundiales, no se vaya al tacho así nomás, solo porque unos caudillos juegan con los miedos de la gente. (Hildegard Willer)