La Asamblea de la OEA
Barbados
Hans Landolt
Mientras las aguas permanecían tranquilas, algunas
corrientes, no precisamente marinas, siguieron abriéndose paso en el calor del
Caribe.
Desde que cambiaron los
procedimientos y el papel del Consejo Permanente (CP), las asambleas de la OEA
prácticamente se han librado de sobresaltos. Todo, o casi todo, llega
previamente acordado, "consensuado".
Es, sin duda, un proceso más ejecutivo y eficiente, y que crea nuevos retos
para la participación de las organizaciones no gubernamentales.
Esta participación es relativamente reciente, pero en ese
corto periodo ha logrado avances notables. Además del status que ahora tienen acreditado, esta vez ha quedado prácticamente
institucionalizada la reunión previa de los cancilleres con la Coalición de ONG
de derechos humanos. Horas antes de la sesión inaugural de la Asamblea, en un
amplio salón en el que ya no cabía un alfiler, en el diálogo con la sociedad
civil el secretario general de la OEA respondió en repetidas oportunidades las
preocupaciones sobre los principales temas que la Coalición incluyó en su
pronunciamiento público; temas tan relevantes como la Convención Interamericana
contra el Terrorismo, el necesario fortalecimiento del Sistema Interamericano
de derechos humanos, la situación que atraviesan Venezuela y Colombia, y
asuntos concernientes a la Corte Penal Internacional, los niños soldados y los
defensores de derechos humanos. En el diálogo intervinieron también otros jefes
de delegación, entre los que cabe destacar a la ministra de Relaciones
Exteriores del país anfitrión, que dio el saludo y la bienvenida oficial a las
ONG presentes.
Sociedad civil y
defensores de derechos humanos
Durante las sesiones oficiales, sendas resoluciones
acentuaron esta corriente. Se ha reafirmado el "derecho a participar"
de la sociedad civil, y sus contribuciones se reconocen como "un recurso
importante y valioso [...] en la consolidación de la democracia". Se ha
encomendado al CP que "diseñe, consulte y adopte estrategias con el fin de
aumentar y fortalecer la participación de la sociedad civil", incluyendo
la viabilidad de un fondo específico; y se apoyará a los Estados Miembros para
"aumentar la capacidad institucional de sus gobiernos para recibir,
integrar e incorporar los aportes y las causas de la sociedad civil".
Entre "las causas de la sociedad civil", una es
sin duda la de los derechos humanos. De ahí la importancia que también se haya
dado al "respaldo a la importante tarea que desarrollan, en el plano
nacional y regional, los defensores de los derechos humanos", y reconocido
"su valiosa contribución"; no sin dejar de expresar preocupación y
"condenar los actos que directa o indirectamente impiden o dificultan las tareas
que desarrollan". Por ello, se invita a los estados a que promuevan la
difusión y aplicación de los instrumentos pertinentes del Sistema y de las
Naciones Unidas, y a la Comisión Interamericana a elaborar un estudio integral
sobre la situación de los defensores.
La Convención contra el Terrorismo
Este fue el tema de agenda más propagandizado de la Asamblea
y, obviamente, de gran relevancia en la coyuntura internacional. La Convención
traza un derrotero para enfrentar "un grave fenómeno delictivo que [...]
atenta contra la democracia, impide el goce de los derechos humanos y las
libertades fundamentales [...] desestabiliza y socava las bases de toda la
sociedad y afecta seriamente el desarrollo económico y social". Y,
simultáneamente, reafirma que "la lucha contra el terrorismo debe
realizarse con pleno respeto al derecho nacional e internacional, a los
derechos humanos y a las instituciones democráticas, para preservar el estado
de derecho, las libertades y los valores democráticos en el Hemisferio, elementos
indispensables para una exitosa lucha contra el terrorismo".
El balance que ofrece el texto y las salvaguardas de su
artículo 15 contrastan con las medidas de excepción que se han dado en muchas
partes del mundo y que han hecho tabla rasa de derechos, libertades y valores
democráticos. Por ello, esta Convención, pese a algunas objeciones que se le
han hecho y riesgos que se han advertido, constituye una victoria frente a
corrientes que no vacilan en arrojar al bebé con el agua sucia de la bañera.
Esto se evidenció en el debate de dos resoluciones que llegaron directamente a
la Asamblea sin pasar por el tamiz del Consejo Permanente.
Una, presentada por Colombia, pretendía que el Comité
Interamericano contra el Terrorismo (CICTE) "recabe información de los
Estados Miembros acerca de grupos, organizaciones y/o personas que se sospeche
que han cometido o tienen la intención de cometer actos de terrorismo" y
"prepare una lista para compartir" información. La propuesta fue
vapuleada y quedó tan aislada que tuvieron que retirarla íntegramente. Pero
otra, presentada por México, destacando que todas las personas tienen derecho a
que se respeten sus derechos y libertades en todas las circunstancias y que los
estados no pueden renunciar a su deber de respetarlos, reafirmó que "la
lucha contra el terrorismo debe realizarse con pleno respeto a la ley, a los
derechos humanos y a las instituciones democráticas para preservar el estado de
derecho, las libertades y los valores democráticos". Esta resolución
expresó una corriente mayoritaria y, pese a las resistencias iniciales de
Estados Unidos y Ecuador, fue adoptada.
Esa misma corriente ha dejado su huella en resoluciones como
la de "Promoción y respeto del Derecho Internacional Humanitario" y
otras sobre promoción de la democracia y de la cultura democrática.
El "enfoque multidimensional" de la
seguridad hemisférica
En esta ocasión, el tema de debate en el que las
delegaciones concentraron su atención fue el de la seguridad hemisférica; y en
este tema pareciera que las corrientes se bifurcan, se cruzan y forman
remolinos. Se ha convocado una Conferencia Especial sobre Seguridad que dará
continuidad a los debates, pero los enfoques presentados a la Asamblea de
Barbados reiteran el propósito de redefinir el concepto de seguridad de modo
tal que abarque "amenazas nuevas" e incluya "aspectos políticos,
económicos, sociales, de salud y ambientales".
Nadie ha expuesto la razón para que temas como el VIH/sida,
la pobreza, la sostenibilidad ambiental, los desastres naturales o la migración
dentro del hemisferio tengan que abordarse bajo el concepto de
"seguridad" y no del de "desarrollo", por ejemplo. Nadie ha
argumentado tampoco sobre la conveniencia de poner en un mismo saco el lavado
de activos o la delincuencia organizada, con las disputas territoriales y
fronterizas.
No cabe más que estar vigilantes frente al riesgo de un remake del concepto de seguridad
nacional que tantos perjuicios trajo para la democracia y los derechos humanos
en décadas anteriores; y así tal vez pueda fortalecerse la corriente que logró
dejar de lado el propósito de adoptar una declaración de ese tenor en la
Conferencia convocada y no por ello dejó de adoptar, en consenso, al menos diez
resoluciones que sí tienen que ver directamente con temas militares:
promoviendo la transparencia en las políticas de defensa y orientadas a
suscribir instrumentos vinculantes sobre fabricación y tráfico de armas, armas
convencionales y armas pequeñas y ligeras.
Venezuela, Haití y Colombia
Sobre los dos primeros países, y pese a los esfuerzos de
concertación previos expresados en sendas resoluciones, Estados Unidos promovió
algunos cambios en exclusivos tratos bilaterales que causaron escozor aunque no
alteraron su sentido fundamental: en ambos casos la comunidad hemisférica se ha
hecho un lugar, exhorta al diálogo entre las partes y no deja dudas sobre la
necesidad de respetar el Estado de derecho en la solución a las crisis
políticas.
En el caso de Venezuela, en edulcorado lenguaje diplomático
se acoge la decisión de crear una Comisión de la Verdad. Sobre Haití, la
resolución es más detallada y exigente en sus demandas, orientadas a la
celebración de elecciones y el combate a la impunidad. Sobre Colombia, lo que
llamó la atención fue la omisión, el silencio.
El fortalecimiento del Sistema Interamericano de
derechos humanos
Los que no guardaron silencio y hablaron fuerte y claro
fueron los presidentes de la Corte y la Comisión. El primero, que contó con el
respaldo de una resolución que "reitera que los fallos de la Corte son
definitivos e inapelables", resaltó los beneficios de su nuevo Reglamento
y fue firme en exigir los recursos que se requieren y les regatean. El segundo,
entre otros puntos, advirtió sobre un estancamiento del avance democratizador
en la región, abrigó esperanzas de un replanteamiento en la política de
aislamiento a Cuba, ofreció los buenos oficios de la Comisión para el proceso
de paz en Colombia, garantizó una presencia continua en Venezuela, mientras cuestionó
la existencia de una auténtica voluntad de diálogo y adelantó que estudiarán
las respuestas al terrorismo de los Estados Miembros.
Varias resoluciones se adoptaron sobre temas sensibles para
los derechos humanos que permiten cifrar esperanzas en logros futuros. Estas
van desde la Corte Penal Internacional hasta la simple convocatoria a una
pronta reunión de alto nivel para tratar los desafíos de la pobreza. En el
aspecto crucial de la lucha contra la discriminación, la Asamblea ha expresado
preocupación por el "resurgimiento de tendencias discriminatorias,
racistas y de exacerbación de la intolerancia [...] agravando las condiciones
de pobreza, marginalidad y exclusión social"; y reafirmado que los
"Estados deben, de forma decidida, condenar todos los actos de racismo y
procesar a quienes cometan delitos motivados por el racismo". A ellas se
suman resoluciones sobre la equidad e igualdad de género, sobre derechos de
pueblos indígenas (avanzando hacia la adopción de una Declaración Americana);
otra, bastante fuerte, sobre los trabajadores migratorios y una, bastante
débil, sobre la responsabilidad social de las empresas.
En
fin, un derrotero por seguir y una corriente que la participación de la
sociedad civil ojalá convierta en torrente.
Hans Landolt es miembro del IDL.