Ensayos sobre la realidad  nacional, en el primer año del gobierno  de Toledo

 

Se cumplió el primer año de ese gobierno por el que todos en el país luchamos tanto, el gobierno producto de las nuevas elecciones, posteriores al fraude y a la caída del régimen de Fujimori y Montesinos, el primer año de Alejando Toledo como Presidente. Sin embargo, más allá de los buenos deseos, nadie podría negar que la situación política es frágil, incierta y, por lo mismo, preocupante; aunque –en nuestra modesta opinión– todavía todo es reversible, y en una serie de ámbitos sigue siendo tiempo de oportunidades.

¿Cuál puede ser el rollo frente a lo que está pasando? ¿Qué está pasando? ¿Aprovechó Toledo la oportunidad que tenía con el mensaje presidencial? Presentamos algunos miniensayos de la realidad nacional, desde distintas ubicaciones.

 

Seguimos en la misma

Nicolás Lynch

 

Parece mentira, pero un año después de tener un gobierno elegido, los retos en lo que a democracia se refiere continúan siendo los mismos: culminar la transición y consolidar las insti­­­tuciones democráticas. Unos se echan las culpas a los otros, pero el caso es que el país no alcanza todavía la estabilidad mínima para señalar que la transición ha concluido y que nos encontramos en un proceso de plena consolidación democrática.

Hay quienes dicen que continuar hablando de transición es engañoso, porque esta únicamente refiere al espacio temporal que ocurre entre la caída de Fujimori y la instalación del gobierno de Alejandro Toledo, o sea, el periodo cubierto por Valentín Paniagua. Es más: hay algunos que se atreven a señalar que hablar de la continuación de la transición no sería sino una estrategia más del gobierno de Toledo para ocultar su incapacidad de dar un rumbo democrático al país.

Es del caso, por ello, aclarar que el concepto de transición alude, en la ciencia política contemporánea, a un proceso definido por ciertos atributos; el principal, que exista un mínimo de esta­bilidad política para hacer posible la interacción entre los actores en función del Estado de derecho. Esta situación definitivamente no existe todavía en el Perú.

Lo que se ha desarrollado es más bien una polarización, tanto social cuanto política, que pone por delante los intereses parciales y de corto plazo de unos y otros actores, por encima de los intereses más generales de culminación de la transición y consolidación de las instituciones. Se trata de una polarización falsa, más allá de la demanda legítima de quien carece de recursos o necesita establecer competencia por el poder, pues son pretensiones que van más allá de las posibilidades del demandado, y dado que la tarea de la hora, que trasciende con creces la urgencia particular, es garantizar la supervivencia del régimen político que nos permite expresarnos y organizarnos.

La pregunta es, entonces: ¿por qué lo parcial y de corto plazo se sobrepone al interés del conjunto? La izquierda radical y algunos populistas, en el sentido feo de la palabra, dicen que porque esta democracia todavía no se come en la medida suficiente para satisfacer las frustraciones de ocho años de dictadura. La derecha reaccionaria señala que todo se debe a la falta de liderazgo del Presidente.

Ni lo uno ni lo otro. Es cierto que el primer año la política económica del gobierno elegido ha presentado demasiadas continuidades con la política económica del fujimorismo, y es cierto también que el gobierno del presidente Toledo no ha sido, en el mismo periodo, suficientemente enérgico para tomar algunas decisiones. Sin embargo, casi podríamos decir que la conciliación y la continuidad con las políticas de libre mercado, muchas veces en grado extremo, han sido características de las transiciones a la democracia en otros países de la región. Es más: se suponía que ambas características eran factores que abonarían en favor de la estabilidad.

En el caso peruano el tema no va por allí. Lo que sucede es que la coalición democratizadora
–alianza de partidos, independientes y organizaciones sociales que hizo posible el derrocamiento de Fujimori y que sostuvo, implícita o explícitamente, a Paniagua– no se hace responsable ni del gobierno ni del régimen democrático durante Toledo.

Lo primero es entendible. Hay coaliciones democratizadoras; la mayoría de ellas me atrevería a decir que no se traducen en coaliciones de gobierno. Pero cosa muy distinta es el régimen político. Aquí se esperaba –digo se esperaba porque había una inmensa esperanza popular– que tras una década de oprobio se hubieran aprendido algunas lecciones y se sostuviera, desde el gobierno y la oposición, a este nuevo intento democrático en la historia peruana. No sucede así. Los partidos privilegian el cálculo táctico de corto plazo y desarrollan frente al gobierno una oposición destructiva. Este, por su parte, es poco audaz en las alianzas de gobierno y prefiere la apertura a cuadros independientes y a un partido minoritario que se muestra insuficiente para afrontar las tareas de la democratización.

Así las cosas, la dinámica de corto plazo gobierno-oposición no ayuda al afianzamiento del régimen democrático y aleja la culminación de la transición para las calendas griegas.

El gobierno, por su parte, si bien no llega a formular alianzas lo suficientemente amplias para el manejo de los problemas inmediatos, sí avizora de mejor manera el tema del régimen político. Por ello plantea el Diálogo para un Acuerdo Nacional, en busca de puntos de coincidencia de mediano y largo plazo que den sostenibilidad al orden político común que se busca construir. Sin embargo, al plantearse o quizá tan solo verse el Acuerdo Nacional como algo desligado del corto plazo, pierde gran parte de su eficacia para comprometer al conjunto de los actores sociales y políticos con la solución de los inmensos problemas que se le presentan a esta naciente democracia.

Un elemento más a tomar en cuenta es la labor depredadora de las fuerzas antisistémicas: una muy grande todavía, que es la mafia de Fujimori y Montesinos, y la otra, pequeña pero eventualmente muy destructiva, los partidos de la antigua izquierda radical. En ambos casos buscan alianzas con partidos de la oposición democrática para favorecer sus intereses y en alguna coyuntura incluso logran una singular atención periodística que les permite poner la agenda de debate. La falta de compromiso de la antigua coalición democratizadora con el régimen democrático es lo que permite su desarrollo y quizá en un futuro no muy lejano, sobre todo para la mafia señalada, su nuevo despunte político.

La única manera de culminar la transición y lograr la tan ansiada estabilidad política es que la coalición democratizadora del 2000-2001 se comprometa, como conjunto, con la democracia. Ello supone proyectar el Acuerdo Nacional, que ya está firmado por estas fuerzas, al logro efectivo de políticas de corto plazo que se acerquen al consenso, o al menos a la opinión claramente mayoritaria de las organizaciones democráticas. De esta forma se podrá aislar al autoritarismo y establecer una relación positiva entre gobierno y oposición, que contribuya desde la interacción cotidiana al fortalecimiento de la democracia.

 

Nicolás Lynch es exministro de Educación y asesor presidencial.

 

 

El gobierno debe mirarse en el espejo

Mariella Balbi

 

Los sondeos de opinión revelan que la ciudadanía se ha decepcionado profundamente del gobierno de Alejandro Toledo. Las cosas no serían tan graves si: a) no viniéramos de veinte años de desilusiones, un tiempo bastante extenso como para ser un militante del escepticismo; y, b) en las actuales circunstancias no se estuviera jugando –como dicen los analistas– la gobernabilidad del país. En cristiano, un despelote social en el que la gente se pregunta para qué sirve el sistema democrático y si vale la pena respaldarlo.

Pese a su buena fe, el gobernante no parece haber entendido claramente que está en una encrucijada: o cambia... o cambia. Lamentablemente, en este primer año se aprecia que no ha recibido los consejos adecuados, esos pequeños, a veces minúsculos, que muchas veces son la piedra angular de la imagen pública. La falta de austeridad, la impuntualidad algo superada y el aluvión de frases choques que la realidad derrumba han hecho que la credibilidad presidencial esté casi en la agonía. Dentro de este espinoso tema, es obvio que el gran símbolo de lo negativo es la terquedad del mandatario para no reconocer a la niña Zaraí. El país –lo que demuestra que no es un tema privado– ha pasado desde la curiosidad por el asunto a ver cómo esto fue utilizado políticamente por el fujimorismo y, finalmente, a convencerse de que, sea como fuera, un niño tiene el derecho inalienable de saber quién es su padre.

¿Es tan difícil comprender esto y no darse cuenta de que la imagen presidencial se corroe velozmente conforme pasa un día más y no se enfrenta con decisión este tema? Encima, la adolescente es lista, rápida y, finalmente, sincera y convincente. ¿No existe siquiera un asesor que le diga al Presidente que le está sucediendo aquello del rey que salió desnudo delante de su pueblo, convencido de que llevaba encima una capa finísima?

Sostienen los defensores del gobierno que las críticas hacia este son feroces y muchas veces crueles. Probablemente son incisivas al extremo. En todo caso, habría que preguntarse el porqué para poder revertir este malenquistamiento que el Ejecutivo ha logrado con la población. El realismo político exige, inevitablemente, que el gobierno se mire en el espejo y sea consciente de cada uno de sus errores para poder enmendarlos con pragmatismo y creatividad.

El mensaje presidencial marcaba un hito entre lo pasado y lo futuro, un enderezamiento reclamado con urgencia. Al parecer no ha convencido, porque son más las críticas que las bendiciones. Todos coinciden en que ha sido desordenado. Y es que la primera versión fue recortada horas antes de ir al Congreso. Es como cuando, al cierre de una edición, se escribe el editorial de un periódico. Entonces, esto provoca que el Presidente pida al Congreso la aprobación de una ley de reforma del Poder Judicial sin haber sido advertido por su baraja de asesores de que el Parlamento ya la aprobó y que, más bien, está en su despacho para que la revise. Son estos detalles u omisiones los que han magullado y desgastado la imagen presidencial. La gente, quién sabe maliciosamente, no se fija en si se aprobó la descentralización o se logró el importante ATPA, y le da a estos "grandes" detalles un status mayor.

Lo mismo sucedió con el desfile: ni un solo medio dejó de mencionar que solo entraron simpatizantes de Perú Posible; el resto, a la reja. Esto irrita. Claro, no es el nudo principal de esta crisis nacional, pero la azuza tanto que es necesario tomar en cuenta esas desatinadas decisiones y corregirlas a la brevedad. De ahora en adelante el Presidente debe recuperar la credibilidad perdida, y ello se logra también cuidando los detalles, los gestos, los símbolos que son parte importante de la imagen de un hombre o mujer público(a).

Dejando de lado la importantísima mirada pública, el gobierno tiene también que llevar adelante un delicado, incierto e inquietante proceso de descentralización. Hasta hoy no sabemos cuáles son exactamente las funciones de las regiones y cuáles las de los municipios. Para concretarlas se necesita orden mental y concertación con las otras tiendas políticas para que no enfilen sus críticas a las posibles indefiniciones. ¿Cómo se comportará el partido Perú Posible ante una elección en la que tiene probabilidades de salir algo chamuscado? Lo peor para la imagen del gobierno sería que la gente percibiera a un partido voraz, chabacano, que intenta copar todo espacio a la mala porque no tiene el talento para hacerlo por la persuasión y el convencimiento. Amarra a tu partido no es un consejo tan difícil de escuchar.

La situación económica es una incógnita. Como ha señalado un líder empresarial, PPK nos dijo que estábamos mostro, sin un solo hueco, y ahora nos endilgan uno de 600 millones de dólares (¿huecos grandes como este se crean tan rápidamente?) y se manifiesta una esperanza terca de cerrarlo, pero sin la certeza de que esto mejore en algo la economía. Alguna vez, cuando fue ministro de Paniagua, el doctor Silva Ruete dijo que nuestra economía era lo más parecido a un cementerio. Él es un tipo ducho, solvente; esperemos que cierre el hoyo y que esta jugada nos permita tener un respiro, aunque sea un suspiro. Alguien por ahí recordó que, con Morales Bermúdez, Silva Ruete no se enfrentó a un Parlamento; con Paniagua el deseo de volver a la normalidad y el susto de los congresistas propició una tregua. ¿Cómo será ahora?

Pese a que hay quienes lo consideran gaseoso y poco realista, el Acuerdo Nacional es un tímido indicador de que los peruanos no somos una banda de gente desconcertada y de que sí podemos pensar en conjunto sin apasionamientos que obnubilan. Más aún cuando las privatizaciones fallidas nos han mostrado que un extenso grupo de ciudadanos aún se mueve en un pensamiento bastante primitivo (con el perdón de ellos), donde la empresa pública es una mina de oro inagotable y se convierte en el argumento que les permite despreciar 180 millones de dólares para una región tan deprimida como Arequipa. Reu­nir, conciliar esas dos visiones contrapuestas es tarea del Acuerdo Nacional. Dizque el gobierno hará un seguimiento de él. Ojalá de acá a dos meses se hayan producido algunas reuniones que nos permitan pensar que somos capaces de mantener la continuidad y seguir un proceso. Si no, será igual que el caso de los tractores chinos de Fujimori y Joy Way.

Para finalizar, lo más importante son los gestos, las actitudes. No más "Escúcheme bien, ministro de Industria: lo instruyo para que dentro de dos meses esté esta obra lista". O "Cuando yo nací lo primero que vi fue el rostro de la pobreza", "No lo vamos a permitir, que quede bien claro, no lo vamos a permitir", etcétera, etcétera. La lengua española es vasta y rica. Los asesores pueden dedicarse a explorarla. También reprimamos el uso de la palabra manoseo: no tiene buenas vibraciones y, la verdad, no es muy elegante. Y más allá del lenguaje está la ya mencionada puntualidad, la veracidad, las abundantes comitivas presidenciales y esas cosas que al ciudadano común y corriente lo descomputan.

Solo un ejemplo: el protocolo, la tradición, la historia, indican que durante el discurso en el Congreso los familiares del Presidente van al palco que les corresponde. ¿Por qué romper la norma y dejar que padre y esposa estén en el hemiciclo? No es sumamente grave, lo sabemos, pero son maneras que se transforman en pequeños pero significativos talones de Aquiles para la imagen presidencial.

El Presidente ha dicho que tendrá más contacto con la prensa, pero que no se ageste cuando le hacen una pregunta que puede no ser de su agrado. La función de la prensa no es alabar y respaldar al régimen de turno; sí al sistema democrático; por ello la crítica no puede ser confundida con ataque. De ser así, los periodistas nos volvemos enemigos del gobierno y, a su vez, este se convierte en poco amigo de la libertad de expresión. Ya lo hemos vivido y, como dice el vals, toda repetición es una ofensa. ¿O no?

 

Mariella Balbi es periodista.

 

 

Discursos y liderazgo 

Miguel Cruchaga

 

Desde los tiempos de Moisés, los discursos cumplen un cometido principal en el ejercicio del liderazgo: transmiten una visión de futuro con la que vale la pena comprometerse, disponerse a luchar y hasta aceptar el sufrimiento. Ahora bien, así como sin discurso adecuado no hay viaje posible a la "tierra prometida", cabría preguntarse si puede hacerse un buen discurso cuando se carece de una visión clara del destino al que se quiere llegar. Si bien el Acuerdo Nacional suscrito unos días antes constituyó un esfuerzo valioso en esa dirección, no llega a ser todavía un compromiso lo suficientemente definido ni difundido como para decir que, a partir de él, compartimos la visión de una "tierra prometida". Ello no obstante, representa un avance sobre cuyo contenido y proyecciones debió articularse y extenderse el mensaje presidencial del 28 de julio último. Así como el presidente Toledo era extraordinariamente eficiente para contagiar su obstinación por llegar a palacio de gobierno, debería aplicar ese mismo talento ahora para embarcar al país en una visión de futuro capaz de suscitar entusiasmo.

Estos son, precisamente, los otros objetivos del discurso: convencer y entusiasmar. Difícil entusiasmar, sin embargo, con un mensaje desordenado y a veces contradictorio del que se esperaba poco menos que las evidencias de una metamorfosis personal.  Algo así como un acto de contrición –con propósito de enmienda incluido– respecto de ciertas facetas de la personalidad y el estilo de conducta presidenciales. Tarea improbable que se pretendió resolver con un saludo a la bandera, reconociendo los errores debidos a "no haber sabido comunicar bien". Reconocer los errores puede ser un medio valioso para el discurso, cuando se asume con verdadera convicción –acaso con algún dramatismo– y se complementa con un compromiso vigoroso, mediante el cual queda explicitada la forma como se va a modificar esa conducta. Pero así, con apenas un reconocimiento "al paso", la declaración se vacia de todo sentido.

La crisis por la que atravesamos tiene un importante componente psicológico. Se han extendido el pesimismo y el desánimo. La mayoría de jóvenes aspira a salir del país para buscar un horizonte en cualquier otra parte. Lo que se agazapa detrás del pesimismo siempre es el miedo. El temor a no tener porvenir, ni en qué ganarse la vida.

En una situación parecida, al presidente Franklin Roosevelt le tocó pronunciar el discurso inaugural de su primer periodo de gobierno. "A lo único que debemos temer", dijo entonces, "es al temor mismo, pues es el temor el que nos paraliza, impidiéndonos acometer las acciones necesarias para derrotar el inmovilismo". Más adelante, complementó esa frase resaltando: "Esta gran nación resistirá, como ha resistido siempre que ha enfrentado las dificultades y las acechanzas de la historia". De estas frases nació el liderazgo que derrotó a la terrible recesión de los años treinta. Ese mismo liderazgo, tras la conclusión de la segunda guerra mundial, dejó a los Estados Unidos convertido en el coloso que sigue siendo. Cuánto bien habría hecho escuchar frases de este tipo el último 28 de julio.

Naturalmente, las palabras tienen que encontrar eco en las iniciativas y, para ello, a veces es necesario crear instituciones. Así como es importante que un país cuente con "metas compartidas", también lo es abrirle nuevos horizontes. El Perú tiene una vasta tradición de explotación de recursos naturales, pero poca de "creación de nuevas riquezas". En la experiencia reciente de América Latina, Chile ha acumulado éxitos a este respecto: el crecimiento de las exportaciones debidas a la agricultura tecnificada y el cultivo del salmón son dos ejemplos de ello. Estas actividades económicas fueron "planificadas" e "inducidas" por el Estado chileno de forma similar a lo que sucedió con la industrialización japonesa de la posguerra. Hay que alegrarse, a este respecto, del anuncio del Centro de Planificación Estratégica. Es de esperar que esta institución sea capaz de asimilar las experiencias de sus similares occidentales y evitar las que provienen del fracasado modelo de la planificación central.

Además de encontrar eco en la acción, nada otorga más fuerza a la palabra que su refrendo en la conducta. Esta es una de las razones por las que el discurso presidencial resulta poco eficiente. Se han cometido demasiados deslices y se ha incurrido en excesivas contradicciones. El mensaje desperdició la oportunidad de anunciar alguna decisión valerosa, en busca de librarse de esta pesada carga.

Como resulta evidente, una de las mayores credenciales de éxito del gobierno está constituida por los indicadores de estabilidad monetaria, inflación y crecimiento del PBI. Si bien se han echado algunas sombras sobre ellos debido a la persistencia de la recesión, al insuficiente incremento de los niveles de empleo y también
–hay que decirlo– a razones de contrapropaganda ideológica, esas críticas han determinado que el mensaje se matizara con costosos ofrecimientos que gravitarán en la caja fiscal en circunstancias en las que, como se dijo claramente, esta acusa un déficit de US$ 600 000 000. No vaya a ser que las concesiones a la "porra" terminen quitando al gobierno su mejor credencial.

Unas palabras finales con relación al anunciado programa de vivienda que parece querer retomar la vasta experiencia que, respecto de esta materia, tiene el Perú desde 1945. Los programas "Techo Propio", destinado a los sectores más deprimidos; "Mi Barrio" y "Mi Vivienda" (relanzado), constituyen un conjunto de iniciativas que deben verse con interés, pues pretenden responder a dos realidades largamente desatendidas: la de disponer de alternativas económicamente realistas respecto de un problema que resulta siempre más oneroso desatender, y convocar la capacidad reactivadora de la construcción habitacional. Como bien dicen los franceses: "Cuando la construcción se mueve, todo se mueve..."

 

Miguel Cruchaga es arquitecto.

 

Para cuándo "si no cambio, no me llamo Alejandro Toledo"

Ernesto de la Jara B.

 

I Entre la conciencia y la inconciencia de un Presidente

En un artículo para ideele mail de-cíamos en relación al mensaje presidencial por Fiestas Patrias que el presidente Toledo tenía ganado el 50% si evitaba algunos  discursos tipo 1) "Alicia en el país de las maravillas" (todo está bien, sólo que no nos damos cuenta); 2) ofertólogo; 3) "sufre peruano sufre" (la precariedad nacional tiene la culpa); 4) discurso cátedra del "pensamiento Toledo"; 5) la red fujimontesinista como explicación de todo y otros más por el estilo. Y que el otro 50% lo ganaba si  lograba un discurso minimalista en su formulación pero difícil de transmitir con convicción: espíritu autocrítico, voluntad de cambio y algunas líneas claras y distintas en términos de rumbo de aquí para adelante. Ni más, ni menos. ¿Lo logró el presidente Toledo?

No hay nada que quisiéramos más –por el bien de la transición democrática y del país­– que contestar sí, el presidente Toledo estuvo a la altura de las circunstancias, dio la señal que marca el antes y el después. Pero lamentablemente estamos entre quienes creen que desperdició la oportunidad, aun habiendo subido en las encuestas, después del mensaje. Y también estamos entre quienes creen que en esto no hay que "dorar la píldora" sino que hay que –de nuevo, por el bien de la transición y del país– decirlo con todas sus letras.

El mensaje por Fiestas Patrias de alguna manera ha sido como el primer año de gobierno: nada que pudiera ser calificado como gravemente equivocado o malo en sí mismo. Contiene además una serie de enunciados y anuncios con los que nadie podría estar en desacuerdo. Pero finalmente no estuvo bien, no sirvió para (re)construir confianza, credibilidad, liderazgo, seguridad, dirección, que era a lo que se tenía que apuntar.

¿Cuánto hubo de esa autocrítica que todo el mundo pedía a gritos? Como muchos han dicho, muy poco, por no decir nada. Mencionar como principal acto de contrición el no haber sabido comunicar bien es como cuando el entrevistado confiesa como gran defecto el ser demasiado exigente consigo mismo o el confiar mucho en la gente, es decir cero autocrítica.

Haberse referido al escepticismo o la desconfianza de los peruanos tampoco tiene nada de autocrítico; es más una generalización bastante  "fresca", y no precisamente en el sentido de un halls mentholyptus: es la situación en la que nos ha puesto su gobierno, señor Presidente, lo que nos ha hecho perder el optimismo y la confianza que habíamos recuperado con la caída del régimen de Fujimori y Montesinos.

Luego vino "logros", y fueron tantos los enumerados que si fueran  verdad, estaríamos ante un caso de locura colectiva, pues todo el país exige cambio cuando lo que debería pedir es más de lo mismo. De ahí, pese a que habló de humildad, pasó al rubro "ofertas", en el que el desborde nos hizo recordar el fenómeno El Niño en sus peores momentos. Cerró la jornada con ronda de improvisaciones, cargada de frases hechas que a estas alturas no hacen nada de gracia. Todo esto aparte del desorden, reiteraciones, inexactitudes, equivocaciones y exageraciones que los medios se han encargado de identificar.

Si se tratara de un gobierno que anda más o menos bien o al menos regular, y de unas Fiestas Patrias en las que nadie esperaba nada fuera de lo común del mensaje, el asunto no pasaría de ser anecdótico. Pero tratándose de un gobierno en serios problemas y frente a un mensaje que tenía todos los reflectores encima, y que se llegó a calificar como la gran oportunidad de Alejandro Toledo, la cosa es grave.

¿Cuán consciente es el presidente Toledo de la situación? Porque si realmente lo fuera, no se entiende cómo tuvo la desconsideración con el país de dar un mensaje así, cuando debería haber tenido el máximo de cuidado, no arriesgar nada, limitarse a leer un discurso claro, conciso, ordenado, inequívocamente autocrítico y pidiendo una nueva oportunidad.

Después del mensaje, otra vez el debate político ha girado en torno a las debilidades y defectos de Toledo. Analistas, periodistas, partidos políticos y encuestadores se preguntan públicamente ¿qué hacer con el Presidente?, ¿llegará al fin de su mandato?, ¿debe convertirse en un Presidente decorativo? Ahora todas las expectativas están puestas en la próxima presentación del nuevo gabinete ante el Congreso, como la oportunidad en la cual se llenarán los vacíos que dejó el mensaje presidencial y se marcará el inicio de un primer ministro gobernando. ¿Cómo interpretará y asimilará el mismo Toledo esta discusión, cada día más corrosiva?

¿Se estará dando cuenta el presidente Toledo del ribete de "estocada" que va adquiriendo poco a poco el caso Zaraí?

Primera posibilidad, entonces: que las murallas del poder no le permitan a Toledo ser consciente de la precariedad de su situación y de la dimensión de la crisis política.

Segunda posibilidad: un Toledo consciente de la gravedad de la situación pero que aun así no está dispuesto a escuchar ni a hacer esfuerzos para mejorar y mucho menos cambiar. La irresponsabilidad como política pública; ahí sí no habría más que reconocer la coherencia del Presidente en su mensaje.

Una tercera hipótesis es que el Presidente sea consciente de la situación, que quiera realmente cambiar, pero que "genio y figura hasta la sepultura", es decir, no puede.

Las tres hipótesis son posibles, graves y peligrosas, pero la tercera es la que sería más determinante e irreversiblemente negativa. Por suerte es la que menos nos convence, por una razón que, paradójicamente es una virtud de Toledo: si algo ha demostrado durante toda su vida es capacidad de cambiar, avanzar, superarse, vencer obstáculos, trascender limitaciones, voltearle el brazo al destino y terminar ganando. Ojalá que se vuelva a activar la historia de un Toledo que nació en el pueblito de Cabana y que llegó a la presidencia, pasando por Harvard.

II
Complot interno y externo

Reiteramos lo que hemos venido diciendo en ideele sobre esa peligrosa irritación de la población con el presidente Toledo, expresada en un índice de desaprobación alarmante. Hay causas internas y externas. Las primeras son las responsabilidades del lado del gobierno y tienen que ver con esa falta de liderazgo producto de un estilo presidencial que a partir de errores, indecisiones y gestos de frivolidad ha provocado desconfianza, falta de credibilidad y hasta irrespeto. Estilo presidencial que ha impedido también que haya gobierno de manera conjunta, con un mínimo de claridad sobre el rumbo y metas, lo que ha generado la sensación de falta de gobierno y hasta de desgobierno.

Causas internas que son las principales, tomando en cuenta que es el gobierno el que tiene la responsabilidad de –valga la tautología– gobernar, y gobernar bien, por encima de las dificultades. Pero esto no nos debe hacer cerrar los ojos frente a las causas externas que no son poca cosa: la viabilidad o no de la gobernabilidad democrática no es un problema nacional sino regional; hay una desconfianza general frente a las instituciones, el poder y la política; la existencia de una oposición que muchas veces no colabora; la existencia de una red fujimontesinista que no pierde oportunidad para golpear. Todo esto no es paranoia del régimen, sino que  existe.

III
Matices y oportunidades

A pesar de la precariedad de la situación política que vivimos y de la responsabilidad que el gobierno tiene en haber llegado a esta situación, creemos que es justo matizar la situación con las siguientes consideraciones:

1) No hay nada que haya hecho el gobierno por lo que se le tenga que ubicar ya en la orilla opuesta, en la de los enemigos de la democracia o del pueblo; no estamos de acuerdo, por ejemplo, con quienes creen que hay dos modelos económicos diametralmente opuestos y en disputa: uno malo (el del gobierno) y uno bueno (en el campo de la de la oposición), y que cuando llegue al poder el segundo, solucionar los problemas del país será como sumar dos más dos.

Sí hay riesgos y tentaciones que advertir en términos de la manera en que el gobierno podría pretender superar su fragilidad (ver artículo en ideele anterior), pero todavía no ha pasado de ser eso: riesgos y tentaciones, en el sentido de que todavía no se han concretado en políticas públicas o en una parte esencial del régimen.

Así, por ejemplo, las muy infelices expresiones del Presidente Toledo sobre ¡basta ya de seguir manoseando a nuestras Fuerzas Armadas! pueden ser una mala señal de una posible alianza con los militares sustentada no en principios y valores democráticos como debe de ser sino en –de nuevo– impunidad e injerencia política de quienes tienen las armas, pero a la vez sigue habiendo ministro de Defensa civil y sigue impulsándose una reforma constitucional y normativa sobre defensa nacional y Fuerzas Armadas que corresponde a un modelo civil democrático. Del mismo modo hay razones para estar atentos de la relación Estado-Perú Posible, pero sería exagerado decir que el problema ya existe.

2) Hay logros que efectivamente no se aprecian por la magnitud de la parte negativa. Sería mezquino no reconocer que han habido avances importantes en las gestiones ministeriales de Fernando Rospigliosi (cambios en la Policía), Diego García Sayán (política exterior, derechos humanos), Cecilia Blondet (independencia de la ayuda social) y Nicolás Lynch (reivindicación del maestro).

El Acuerdo Nacional es sin duda otro logro. Es cierto que –cómo nos íbamos a librar de decirlo también nosotros– "se trata de un punto de partida y no de llegada", pero es preferible que el punto esté a que no esté.

3) En algunos ámbitos sigue siendo tiempo de oportunidades: Comisión de la Verdad; reforma judicial; descentralización; reforma policial; reestructuración de las Fuerzas Armadas. Ámbitos todos en los que el gobierno está marcando un horizonte amplio y correcto, en el que el poder político tiene que hacer lo suyo (liderazgo, creación de cauces) y los otros sectores del país también.

Por eso, a la vez que debemos ser muy firmes en nuestras críticas al gobierno, debemos estar dispuestos a reconocer y valorar las señales de rectificación. ¿Las habrá? La oportunidad de cambio es lo menos que podemos ofrecer a quien condujo la lucha por la recuperación de la democracia y a quien tiene en sus manos una buena parte de nuestro destino como país.