Ensayos
sobre la realidad nacional, en el
primer año del gobierno de Toledo
Se cumplió el primer año de ese gobierno por el que todos en
el país luchamos tanto, el gobierno producto de las nuevas elecciones,
posteriores al fraude y a la caída del régimen de Fujimori y Montesinos, el
primer año de Alejando Toledo como Presidente. Sin embargo, más allá de los
buenos deseos, nadie podría negar que la situación política es frágil, incierta
y, por lo mismo, preocupante; aunque –en nuestra modesta opinión– todavía todo
es reversible, y en una serie de ámbitos sigue siendo tiempo de oportunidades.
¿Cuál puede ser el rollo frente a lo que está pasando? ¿Qué
está pasando? ¿Aprovechó Toledo la oportunidad que tenía con el mensaje
presidencial? Presentamos algunos miniensayos de la realidad nacional, desde
distintas ubicaciones.
Parece mentira,
pero un año después de tener un gobierno elegido, los retos en lo que a
democracia se refiere continúan siendo los mismos: culminar la transición y
consolidar las instituciones democráticas. Unos se echan las culpas a los
otros, pero el caso es que el país no alcanza todavía la estabilidad mínima
para señalar que la transición ha concluido y que nos encontramos en un proceso
de plena consolidación democrática.
Hay quienes dicen que continuar hablando
de transición es engañoso, porque esta únicamente refiere al espacio temporal
que ocurre entre la caída de Fujimori y la instalación del gobierno de
Alejandro Toledo, o sea, el periodo cubierto por Valentín Paniagua. Es más: hay
algunos que se atreven a señalar que hablar de la continuación de la transición
no sería sino una estrategia más del gobierno de Toledo para ocultar su
incapacidad de dar un rumbo democrático al país.
Es del caso, por ello, aclarar que el
concepto de transición alude, en la ciencia política contemporánea, a un
proceso definido por ciertos atributos; el principal, que exista un mínimo de
estabilidad política para hacer posible la interacción entre los actores en
función del Estado de derecho. Esta situación definitivamente no existe todavía
en el Perú.
Lo que se ha desarrollado es más bien una
polarización, tanto social cuanto política, que pone por delante los intereses
parciales y de corto plazo de unos y otros actores, por encima de los intereses
más generales de culminación de la transición y consolidación de las
instituciones. Se trata de una polarización falsa, más allá de la demanda
legítima de quien carece de recursos o necesita establecer competencia por el
poder, pues son pretensiones que van más allá de las posibilidades del
demandado, y dado que la tarea de la hora, que trasciende con creces la
urgencia particular, es garantizar la supervivencia del régimen político que
nos permite expresarnos y organizarnos.
La pregunta es, entonces: ¿por qué lo
parcial y de corto plazo se sobrepone al interés del conjunto? La izquierda
radical y algunos populistas, en el sentido feo de la palabra, dicen que porque
esta democracia todavía no se come en la medida suficiente para satisfacer las
frustraciones de ocho años de dictadura. La derecha reaccionaria señala que
todo se debe a la falta de liderazgo del Presidente.
Ni lo uno ni lo otro. Es cierto que el
primer año la política económica del gobierno elegido ha presentado demasiadas
continuidades con la política económica del fujimorismo, y es cierto también
que el gobierno del presidente Toledo no ha sido, en el mismo periodo,
suficientemente enérgico para tomar algunas decisiones. Sin embargo, casi
podríamos decir que la conciliación y la continuidad con las políticas de libre
mercado, muchas veces en grado extremo, han sido características de las
transiciones a la democracia en otros países de la región. Es más: se suponía
que ambas características eran factores que abonarían en favor de la
estabilidad.
En el caso peruano el tema no va por allí.
Lo que sucede es que la coalición democratizadora
–alianza de partidos, independientes y organizaciones sociales que hizo posible
el derrocamiento de Fujimori y que sostuvo, implícita o explícitamente, a
Paniagua– no se hace responsable ni del gobierno ni del régimen democrático
durante Toledo.
Lo primero es entendible. Hay coaliciones
democratizadoras; la mayoría de ellas me atrevería a decir que no se traducen
en coaliciones de gobierno. Pero cosa muy distinta es el régimen político. Aquí
se esperaba –digo se esperaba porque había una inmensa esperanza popular– que
tras una década de oprobio se hubieran aprendido algunas lecciones y se
sostuviera, desde el gobierno y la oposición, a este nuevo intento democrático
en la historia peruana. No sucede así. Los partidos privilegian el cálculo
táctico de corto plazo y desarrollan frente al gobierno una oposición
destructiva. Este, por su parte, es poco audaz en las alianzas de gobierno y prefiere
la apertura a cuadros independientes y a un partido minoritario que se muestra
insuficiente para afrontar las tareas de la democratización.
Así las cosas, la dinámica de corto plazo
gobierno-oposición no ayuda al afianzamiento del régimen democrático y aleja la
culminación de la transición para las calendas griegas.
El gobierno, por su parte, si bien no
llega a formular alianzas lo suficientemente amplias para el manejo de los
problemas inmediatos, sí avizora de mejor manera el tema del régimen político.
Por ello plantea el Diálogo para un Acuerdo Nacional, en busca de puntos de
coincidencia de mediano y largo plazo que den sostenibilidad al orden político
común que se busca construir. Sin embargo, al plantearse o quizá tan solo verse
el Acuerdo Nacional como algo desligado del corto plazo, pierde gran parte de
su eficacia para comprometer al conjunto de los actores sociales y políticos
con la solución de los inmensos problemas que se le presentan a esta naciente
democracia.
Un elemento más
a tomar en cuenta es la labor depredadora de las fuerzas antisistémicas: una
muy grande todavía, que es la mafia de Fujimori y Montesinos, y la otra,
pequeña pero eventualmente muy destructiva, los partidos de la antigua
izquierda radical. En ambos casos buscan alianzas con partidos de la oposición
democrática para favorecer sus intereses y en alguna coyuntura incluso logran
una singular atención periodística que les permite poner la agenda de debate.
La falta de compromiso de la antigua coalición democratizadora con el régimen
democrático es lo que permite su desarrollo y quizá en un futuro no muy lejano,
sobre todo para la mafia señalada, su nuevo despunte político.
La única manera de culminar la transición y lograr la tan
ansiada estabilidad política es que la coalición democratizadora del 2000-2001
se comprometa, como conjunto, con la democracia. Ello supone proyectar el
Acuerdo Nacional, que ya está firmado por estas fuerzas, al logro efectivo de
políticas de corto plazo que se acerquen al consenso, o al menos a la opinión
claramente mayoritaria de las organizaciones democráticas. De esta forma se
podrá aislar al autoritarismo y establecer una relación positiva entre gobierno
y oposición, que contribuya desde la interacción cotidiana al fortalecimiento
de la democracia.
Nicolás Lynch es exministro de Educación y asesor
presidencial.
Los sondeos de opinión revelan que la ciudadanía se ha
decepcionado profundamente del gobierno de Alejandro Toledo. Las cosas no serían
tan graves si: a) no viniéramos de veinte años de desilusiones, un tiempo
bastante extenso como para ser un militante del escepticismo; y, b) en las
actuales circunstancias no se estuviera jugando –como dicen los analistas– la
gobernabilidad del país. En cristiano, un despelote social en el que la gente
se pregunta para qué sirve el sistema democrático y si vale la pena
respaldarlo.
Pese a su buena fe, el gobernante no
parece haber entendido claramente que está en una encrucijada: o cambia... o
cambia. Lamentablemente, en este primer año se aprecia que no ha recibido los
consejos adecuados, esos pequeños, a veces minúsculos, que muchas veces son la
piedra angular de la imagen pública. La falta de austeridad, la impuntualidad
algo superada y el aluvión de frases choques que la realidad derrumba han hecho
que la credibilidad presidencial esté casi en la agonía. Dentro de este
espinoso tema, es obvio que el gran símbolo de lo negativo es la terquedad del
mandatario para no reconocer a la niña Zaraí. El país –lo que demuestra que no
es un tema privado– ha pasado desde la curiosidad por el asunto a ver cómo esto
fue utilizado políticamente por el fujimorismo y, finalmente, a convencerse de
que, sea como fuera, un niño tiene el derecho inalienable de saber quién es su
padre.
¿Es tan difícil comprender esto y no darse
cuenta de que la imagen presidencial se corroe velozmente conforme pasa un día
más y no se enfrenta con decisión este tema? Encima, la adolescente es lista,
rápida y, finalmente, sincera y convincente. ¿No existe siquiera un asesor que
le diga al Presidente que le está sucediendo aquello del rey que salió desnudo
delante de su pueblo, convencido de que llevaba encima una capa finísima?
Sostienen los
defensores del gobierno que las críticas hacia este son feroces y muchas veces
crueles. Probablemente son incisivas al extremo. En todo caso, habría que
preguntarse el porqué para poder revertir este malenquistamiento que el
Ejecutivo ha logrado con la población. El realismo político exige,
inevitablemente, que el gobierno se mire en el espejo y sea consciente de cada
uno de sus errores para poder enmendarlos con pragmatismo y creatividad.
El mensaje presidencial marcaba un hito
entre lo pasado y lo futuro, un enderezamiento reclamado con urgencia. Al
parecer no ha convencido, porque son más las críticas que las bendiciones.
Todos coinciden en que ha sido desordenado. Y es que la primera versión fue
recortada horas antes de ir al Congreso. Es como cuando, al cierre de una
edición, se escribe el editorial de un periódico. Entonces, esto provoca que el
Presidente pida al Congreso la aprobación de una ley de reforma del Poder
Judicial sin haber sido advertido por su baraja de asesores de que el
Parlamento ya la aprobó y que, más bien, está en su despacho para que la
revise. Son estos detalles u omisiones los que han magullado y desgastado la
imagen presidencial. La gente, quién sabe maliciosamente, no se fija en si se
aprobó la descentralización o se logró el importante ATPA, y le da a estos
"grandes" detalles un status mayor.
Lo mismo sucedió con el desfile: ni un
solo medio dejó de mencionar que solo entraron simpatizantes de Perú Posible;
el resto, a la reja. Esto irrita. Claro, no es el nudo principal de esta crisis
nacional, pero la azuza tanto que es necesario tomar en cuenta esas desatinadas
decisiones y corregirlas a la brevedad. De ahora en adelante el Presidente debe
recuperar la credibilidad perdida, y ello se logra también cuidando los
detalles, los gestos, los símbolos que son parte importante de la imagen de un
hombre o mujer público(a).
Dejando de lado la importantísima mirada
pública, el gobierno tiene también que llevar adelante un delicado, incierto e
inquietante proceso de descentralización. Hasta hoy no sabemos cuáles son
exactamente las funciones de las regiones y cuáles las de los municipios. Para
concretarlas se necesita orden mental y concertación con las otras tiendas
políticas para que no enfilen sus críticas a las posibles indefiniciones. ¿Cómo
se comportará el partido Perú Posible ante una elección en la que tiene
probabilidades de salir algo chamuscado? Lo peor para la imagen del gobierno
sería que la gente percibiera a un partido voraz, chabacano, que intenta copar
todo espacio a la mala porque no tiene el talento para hacerlo por la persuasión
y el convencimiento. Amarra a tu partido no es un consejo tan difícil de
escuchar.
La situación económica es una incógnita.
Como ha señalado un líder empresarial, PPK nos dijo que estábamos mostro,
sin un solo hueco, y ahora nos endilgan uno de 600 millones de dólares (¿huecos
grandes como este se crean tan rápidamente?) y se manifiesta una esperanza
terca de cerrarlo, pero sin la certeza de que esto mejore en algo la economía.
Alguna vez, cuando fue ministro de Paniagua, el doctor Silva Ruete dijo que
nuestra economía era lo más parecido a un cementerio. Él es un tipo ducho,
solvente; esperemos que cierre el hoyo y que esta jugada nos permita tener un
respiro, aunque sea un suspiro. Alguien por ahí recordó que, con Morales
Bermúdez, Silva Ruete no se enfrentó a un Parlamento; con Paniagua el deseo de
volver a la normalidad y el susto de los congresistas propició una tregua.
¿Cómo será ahora?
Pese a que hay quienes lo consideran
gaseoso y poco realista, el Acuerdo Nacional es un tímido indicador de que los
peruanos no somos una banda de gente desconcertada y de que sí podemos pensar
en conjunto sin apasionamientos que obnubilan. Más aún cuando las
privatizaciones fallidas nos han mostrado que un extenso grupo de ciudadanos
aún se mueve en un pensamiento bastante primitivo (con el perdón de ellos),
donde la empresa pública es una mina de oro inagotable y se convierte en el
argumento que les permite despreciar 180 millones de dólares para una región
tan deprimida como Arequipa. Reunir, conciliar esas dos visiones contrapuestas
es tarea del Acuerdo Nacional. Dizque el gobierno hará un seguimiento de él.
Ojalá de acá a dos meses se hayan producido algunas reuniones que nos permitan
pensar que somos capaces de mantener la continuidad y seguir un proceso. Si no,
será igual que el caso de los tractores chinos de Fujimori y Joy Way.
Para finalizar, lo más importante son los
gestos, las actitudes. No más "Escúcheme bien, ministro de Industria: lo
instruyo para que dentro de dos meses esté esta obra lista". O "Cuando
yo nací lo primero que vi fue el rostro de la pobreza", "No lo vamos
a permitir, que quede bien claro, no lo vamos a permitir", etcétera,
etcétera. La lengua española es vasta y rica. Los asesores pueden dedicarse a
explorarla. También reprimamos el uso de la palabra manoseo: no tiene buenas
vibraciones y, la verdad, no es muy elegante. Y más allá del lenguaje está la
ya mencionada puntualidad, la veracidad, las abundantes comitivas
presidenciales y esas cosas que al ciudadano común y corriente lo descomputan.
Solo un ejemplo: el protocolo, la
tradición, la historia, indican que durante el discurso en el Congreso los
familiares del Presidente van al palco que les corresponde. ¿Por qué romper la
norma y dejar que padre y esposa estén en el hemiciclo? No es sumamente grave,
lo sabemos, pero son maneras que se transforman en pequeños pero significativos
talones de Aquiles para la imagen presidencial.
El Presidente ha dicho que tendrá más contacto con la
prensa, pero que no se ageste cuando le hacen una pregunta que puede no ser de
su agrado. La función de la prensa no es alabar y respaldar al régimen de
turno; sí al sistema democrático; por ello la crítica no puede ser confundida
con ataque. De ser así, los periodistas nos volvemos enemigos del gobierno y, a
su vez, este se convierte en poco amigo de la libertad de expresión. Ya lo
hemos vivido y, como dice el vals, toda repetición es una ofensa. ¿O no?
Mariella Balbi es periodista.
Desde los tiempos
de Moisés, los discursos cumplen un cometido principal en el ejercicio del
liderazgo: transmiten una visión de futuro con la que vale la pena
comprometerse, disponerse a luchar y hasta aceptar el sufrimiento. Ahora bien,
así como sin discurso adecuado no hay viaje posible a la "tierra
prometida", cabría preguntarse si puede hacerse un buen discurso cuando se
carece de una visión clara del destino al que se quiere llegar. Si bien el
Acuerdo Nacional suscrito unos días antes constituyó un esfuerzo valioso en esa
dirección, no llega a ser todavía un compromiso lo suficientemente definido ni
difundido como para decir que, a partir de él, compartimos la visión de una
"tierra prometida". Ello no obstante, representa un avance sobre cuyo
contenido y proyecciones debió articularse y extenderse el mensaje presidencial
del 28 de julio último. Así como el presidente Toledo era extraordinariamente
eficiente para contagiar su obstinación por llegar a palacio de gobierno,
debería aplicar ese mismo talento ahora para embarcar al país en una visión de
futuro capaz de suscitar entusiasmo.
Estos son, precisamente, los otros
objetivos del discurso: convencer y entusiasmar. Difícil entusiasmar, sin
embargo, con un mensaje desordenado y a veces contradictorio del que se
esperaba poco menos que las evidencias de una metamorfosis personal. Algo así como un acto de contrición –con
propósito de enmienda incluido– respecto de ciertas facetas de la personalidad
y el estilo de conducta presidenciales. Tarea improbable que se pretendió
resolver con un saludo a la bandera, reconociendo los errores debidos a
"no haber sabido comunicar bien". Reconocer los errores puede ser un
medio valioso para el discurso, cuando se asume con verdadera convicción –acaso
con algún dramatismo– y se complementa con un compromiso vigoroso, mediante el
cual queda explicitada la forma como se va a modificar esa conducta. Pero así,
con apenas un reconocimiento "al paso", la declaración se vacia de
todo sentido.
La crisis por la que atravesamos tiene un
importante componente psicológico. Se han extendido el pesimismo y el desánimo.
La mayoría de jóvenes aspira a salir del país para buscar un horizonte en
cualquier otra parte. Lo que se agazapa detrás del pesimismo siempre es el
miedo. El temor a no tener porvenir, ni en qué ganarse la vida.
En una situación parecida, al presidente
Franklin Roosevelt le tocó pronunciar el discurso inaugural de su primer
periodo de gobierno. "A lo único que debemos temer", dijo entonces,
"es al temor mismo, pues es el temor el que nos paraliza, impidiéndonos
acometer las acciones necesarias para derrotar el inmovilismo". Más
adelante, complementó esa frase resaltando: "Esta gran nación resistirá,
como ha resistido siempre que ha enfrentado las dificultades y las acechanzas
de la historia". De estas frases nació el liderazgo que derrotó a la
terrible recesión de los años treinta. Ese mismo liderazgo, tras la conclusión
de la segunda guerra mundial, dejó a los Estados Unidos convertido en el coloso
que sigue siendo. Cuánto bien habría hecho escuchar frases de este tipo el
último 28 de julio.
Naturalmente, las palabras tienen que
encontrar eco en las iniciativas y, para ello, a veces es necesario crear
instituciones. Así como es importante que un país cuente con "metas
compartidas", también lo es abrirle nuevos horizontes. El Perú tiene una
vasta tradición de explotación de recursos naturales, pero poca de
"creación de nuevas riquezas". En la experiencia reciente de América
Latina, Chile ha acumulado éxitos a este respecto: el crecimiento de las exportaciones
debidas a la agricultura tecnificada y el cultivo del salmón son dos ejemplos
de ello. Estas actividades económicas fueron "planificadas" e
"inducidas" por el Estado chileno de forma similar a lo que sucedió
con la industrialización japonesa de la posguerra. Hay que alegrarse, a este
respecto, del anuncio del Centro de Planificación Estratégica. Es de esperar
que esta institución sea capaz de asimilar las experiencias de sus similares
occidentales y evitar las que provienen del fracasado modelo de la planificación
central.
Además de encontrar eco en la acción, nada
otorga más fuerza a la palabra que su refrendo en la conducta. Esta es una de
las razones por las que el discurso presidencial resulta poco eficiente. Se han
cometido demasiados deslices y se ha incurrido en excesivas contradicciones. El
mensaje desperdició la oportunidad de anunciar alguna decisión valerosa, en
busca de librarse de esta pesada carga.
Como resulta evidente, una de las mayores
credenciales de éxito del gobierno está constituida por los indicadores de
estabilidad monetaria, inflación y crecimiento del PBI. Si bien se han echado
algunas sombras sobre ellos debido a la persistencia de la recesión, al
insuficiente incremento de los niveles de empleo y también
–hay que decirlo– a razones de contrapropaganda ideológica, esas críticas han
determinado que el mensaje se matizara con costosos ofrecimientos que
gravitarán en la caja fiscal en circunstancias en las que, como se dijo
claramente, esta acusa un déficit de US$ 600 000 000. No vaya a ser
que las concesiones a la "porra" terminen quitando al gobierno su
mejor credencial.
Unas palabras finales con relación al anunciado programa de
vivienda que parece querer retomar la vasta experiencia que, respecto de esta
materia, tiene el Perú desde 1945. Los programas "Techo Propio",
destinado a los sectores más deprimidos; "Mi Barrio" y "Mi
Vivienda" (relanzado), constituyen un conjunto de iniciativas que deben
verse con interés, pues pretenden responder a dos realidades largamente
desatendidas: la de disponer de alternativas económicamente realistas respecto
de un problema que resulta siempre más oneroso desatender, y convocar la
capacidad reactivadora de la construcción habitacional. Como bien dicen los
franceses: "Cuando la construcción se mueve, todo se mueve..."
Miguel Cruchaga es arquitecto.
Ernesto de la Jara B.
I Entre la conciencia y la inconciencia de un Presidente
En un artículo
para ideele mail de-cíamos en relación al mensaje presidencial por Fiestas
Patrias que el presidente Toledo tenía ganado el 50% si evitaba algunos discursos tipo 1) "Alicia en el país de
las maravillas" (todo está bien, sólo que no nos damos cuenta); 2) ofertólogo;
3) "sufre peruano sufre" (la precariedad nacional tiene la culpa); 4)
discurso cátedra del "pensamiento Toledo"; 5) la red fujimontesinista
como explicación de todo y otros más por el estilo. Y que el otro 50% lo ganaba
si lograba un discurso minimalista en
su formulación pero difícil de transmitir con convicción: espíritu autocrítico,
voluntad de cambio y algunas líneas claras y distintas en términos de rumbo de
aquí para adelante. Ni más, ni menos. ¿Lo logró el presidente Toledo?
No hay nada que
quisiéramos más –por el bien de la transición democrática y del país– que
contestar sí, el presidente Toledo estuvo a la altura de las circunstancias,
dio la señal que marca el antes y el después. Pero lamentablemente estamos
entre quienes creen que desperdició la oportunidad, aun habiendo subido en las
encuestas, después del mensaje. Y también estamos entre quienes creen que en
esto no hay que "dorar la píldora" sino que hay que –de nuevo, por el
bien de la transición y del país– decirlo con todas sus letras.
El mensaje por
Fiestas Patrias de alguna manera ha sido como el primer año de gobierno: nada
que pudiera ser calificado como gravemente equivocado o malo en sí mismo.
Contiene además una serie de enunciados y anuncios con los que nadie podría
estar en desacuerdo. Pero finalmente no estuvo bien, no sirvió para
(re)construir confianza, credibilidad, liderazgo, seguridad, dirección, que era
a lo que se tenía que apuntar.
¿Cuánto hubo de
esa autocrítica que todo el mundo pedía a gritos? Como muchos han dicho, muy
poco, por no decir nada. Mencionar como principal acto de contrición el no
haber sabido comunicar bien es como cuando el entrevistado confiesa como gran
defecto el ser demasiado exigente consigo mismo o el confiar mucho en la gente,
es decir cero autocrítica.
Haberse referido
al escepticismo o la desconfianza de los peruanos tampoco tiene nada de
autocrítico; es más una generalización bastante "fresca", y no precisamente en el sentido de un halls
mentholyptus: es la situación en la que nos ha puesto su gobierno, señor
Presidente, lo que nos ha hecho perder el optimismo y la confianza que habíamos
recuperado con la caída del régimen de Fujimori y Montesinos.
Luego vino
"logros", y fueron tantos los enumerados que si fueran verdad, estaríamos ante un caso de locura
colectiva, pues todo el país exige cambio cuando lo que debería pedir es más de
lo mismo. De ahí, pese a que habló de humildad, pasó al rubro
"ofertas", en el que el desborde nos hizo recordar el fenómeno El
Niño en sus peores momentos. Cerró la jornada con ronda de improvisaciones,
cargada de frases hechas que a estas alturas no hacen nada de gracia. Todo esto
aparte del desorden, reiteraciones, inexactitudes, equivocaciones y
exageraciones que los medios se han encargado de identificar.
Si se tratara de
un gobierno que anda más o menos bien o al menos regular, y de unas Fiestas
Patrias en las que nadie esperaba nada fuera de lo común del mensaje, el asunto
no pasaría de ser anecdótico. Pero tratándose de un gobierno en serios
problemas y frente a un mensaje que tenía todos los reflectores encima, y que
se llegó a calificar como la gran oportunidad de Alejandro Toledo, la cosa es
grave.
¿Cuán consciente
es el presidente Toledo de la situación? Porque si realmente lo fuera, no se
entiende cómo tuvo la desconsideración con el país de dar un mensaje así,
cuando debería haber tenido el máximo de cuidado, no arriesgar nada, limitarse
a leer un discurso claro, conciso, ordenado, inequívocamente autocrítico y
pidiendo una nueva oportunidad.
Después del
mensaje, otra vez el debate político ha girado en torno a las debilidades y
defectos de Toledo. Analistas, periodistas, partidos políticos y encuestadores
se preguntan públicamente ¿qué hacer con el Presidente?, ¿llegará al fin de su
mandato?, ¿debe convertirse en un Presidente decorativo? Ahora todas las
expectativas están puestas en la próxima presentación del nuevo gabinete ante
el Congreso, como la oportunidad en la cual se llenarán los vacíos que dejó el
mensaje presidencial y se marcará el inicio de un primer ministro gobernando.
¿Cómo interpretará y asimilará el mismo Toledo esta discusión, cada día más
corrosiva?
¿Se estará dando
cuenta el presidente Toledo del ribete de "estocada" que va
adquiriendo poco a poco el caso Zaraí?
Primera
posibilidad, entonces: que las murallas del poder no le permitan a Toledo ser
consciente de la precariedad de su situación y de la dimensión de la crisis
política.
Segunda
posibilidad: un Toledo consciente de la gravedad de la situación pero que aun
así no está dispuesto a escuchar ni a hacer esfuerzos para mejorar y mucho
menos cambiar. La irresponsabilidad como política pública; ahí sí no habría más
que reconocer la coherencia del Presidente en su mensaje.
Una tercera
hipótesis es que el Presidente sea consciente de la situación, que quiera
realmente cambiar, pero que "genio y figura hasta la sepultura", es
decir, no puede.
Las tres
hipótesis son posibles, graves y peligrosas, pero la tercera es la que sería
más determinante e irreversiblemente negativa. Por suerte es la que menos nos
convence, por una razón que, paradójicamente es una virtud de Toledo: si algo
ha demostrado durante toda su vida es capacidad de cambiar, avanzar, superarse,
vencer obstáculos, trascender limitaciones, voltearle el brazo al destino y
terminar ganando. Ojalá que se vuelva a activar la historia de un Toledo que
nació en el pueblito de Cabana y que llegó a la presidencia, pasando por
Harvard.
II
Complot interno y externo
Reiteramos lo
que hemos venido diciendo en ideele sobre esa peligrosa irritación de la
población con el presidente Toledo, expresada en un índice de desaprobación
alarmante. Hay causas internas y externas. Las primeras son las
responsabilidades del lado del gobierno y tienen que ver con esa falta de
liderazgo producto de un estilo presidencial que a partir de errores, indecisiones
y gestos de frivolidad ha provocado desconfianza, falta de credibilidad y hasta
irrespeto. Estilo presidencial que ha impedido también que haya gobierno de
manera conjunta, con un mínimo de claridad sobre el rumbo y metas, lo que ha
generado la sensación de falta de gobierno y hasta de desgobierno.
Causas internas
que son las principales, tomando en cuenta que es el gobierno el que tiene la
responsabilidad de –valga la tautología– gobernar, y gobernar bien, por encima
de las dificultades. Pero esto no nos debe hacer cerrar los ojos frente a las
causas externas que no son poca cosa: la viabilidad o no de la gobernabilidad
democrática no es un problema nacional sino regional; hay una desconfianza
general frente a las instituciones, el poder y la política; la existencia de
una oposición que muchas veces no colabora; la existencia de una red
fujimontesinista que no pierde oportunidad para golpear. Todo esto no es
paranoia del régimen, sino que existe.
III
Matices y oportunidades
A pesar de la
precariedad de la situación política que vivimos y de la responsabilidad que el
gobierno tiene en haber llegado a esta situación, creemos que es justo matizar
la situación con las siguientes consideraciones:
1) No hay nada
que haya hecho el gobierno por lo que se le tenga que ubicar ya en la orilla
opuesta, en la de los enemigos de la democracia o del pueblo; no estamos de
acuerdo, por ejemplo, con quienes creen que hay dos modelos económicos
diametralmente opuestos y en disputa: uno malo (el del gobierno) y uno bueno
(en el campo de la de la oposición), y que cuando llegue al poder el segundo,
solucionar los problemas del país será como sumar dos más dos.
Sí hay riesgos y
tentaciones que advertir en términos de la manera en que el gobierno podría
pretender superar su fragilidad (ver artículo en ideele anterior), pero todavía
no ha pasado de ser eso: riesgos y tentaciones, en el sentido de que todavía no
se han concretado en políticas públicas o en una parte esencial del régimen.
Así, por
ejemplo, las muy infelices expresiones del Presidente Toledo sobre ¡basta ya de
seguir manoseando a nuestras Fuerzas Armadas! pueden ser una mala señal de una
posible alianza con los militares sustentada no en principios y valores
democráticos como debe de ser sino en –de nuevo– impunidad e injerencia
política de quienes tienen las armas, pero a la vez sigue habiendo ministro de
Defensa civil y sigue impulsándose una reforma constitucional y normativa sobre
defensa nacional y Fuerzas Armadas que corresponde a un modelo civil democrático.
Del mismo modo hay razones para estar atentos de la relación Estado-Perú
Posible, pero sería exagerado decir que el problema ya existe.
2) Hay logros
que efectivamente no se aprecian por la magnitud de la parte negativa. Sería
mezquino no reconocer que han habido avances importantes en las gestiones
ministeriales de Fernando Rospigliosi (cambios en la Policía), Diego García
Sayán (política exterior, derechos humanos), Cecilia Blondet (independencia de
la ayuda social) y Nicolás Lynch (reivindicación del maestro).
El Acuerdo
Nacional es sin duda otro logro. Es cierto que –cómo nos íbamos a librar de
decirlo también nosotros– "se trata de un punto de partida y no de
llegada", pero es preferible que el punto esté a que no esté.
3) En algunos
ámbitos sigue siendo tiempo de oportunidades: Comisión de la Verdad; reforma
judicial; descentralización; reforma policial; reestructuración de las Fuerzas
Armadas. Ámbitos todos en los que el gobierno está marcando un horizonte amplio
y correcto, en el que el poder político tiene que hacer lo suyo (liderazgo,
creación de cauces) y los otros sectores del país también.
Por eso, a la vez que debemos ser muy firmes en nuestras
críticas al gobierno, debemos estar dispuestos a reconocer y valorar las
señales de rectificación. ¿Las habrá? La oportunidad de cambio es lo menos que
podemos ofrecer a quien condujo la lucha por la recuperación de la democracia y
a quien tiene en sus manos una buena parte de nuestro destino como país.