Experiencia intensa: visitar el Perú, después de años de
ausencia.
La
mañana gris y fresca de mi último día en el Perú anunciaba el inicio del
invierno limeño, a inicios de junio. Nunca me gustó el invierno en Lima. Esa
mañana, mientras preparaba mis maletas, protegía cuidadosamente las lindas
artesanías compradas para mis amigos y jugueteaba mentalmente imaginando sus
rostros de satisfacción al descubrir los creativos y coloridos trabajos que son
capaces de hacer los peruanos. Nadie podría intuir el intenso grado de
desesperanza respecto del futuro del país, expresado hoy en día por muchos de
ellos.
El retraso del
comienzo del invierno me había dado algunos días soleados y agradables para
irme del Perú con la sensación de haber gozado mis tres semanas allí. Disfruté
esos días y no solo por el buen clima. Volví al Perú después de cuatro años, y
la última vez que lo hice fue una experiencia demasiado dolorosa debido a la
enfermedad terminal de mi padre, tan dolorosa que no tuve tiempo para pensar en
los sentimientos contradictorios que el país me despierta. Esta vez, como
tantas otras, compartí junto con mi marido buenos ratos con parientes y amigos
queridos; mantuve largas conversaciones sobre el país, la política y,
particularmente, sobre el desaliento de los peruanos.
Siempre que voy
al Perú encuentro un país distinto, pero esta vez, al mismo tiempo, tenía mucho
de ese país que dejamos hace diecisiete años, cuando Luis y yo decidimos el
inicio de nuestra migración. En 1985 salimos del Perú cuando Alan acababa de
ser elegido por una abrumadora votación, respaldo que mantuvo durante sus
primeros años de gobierno, debido al convencimiento de la gente de que el bienestar
y el cambio estaban al alcance de todos. Era un país lleno de esperanzas. A
menos de dos décadas, esa sensación colectiva, que renaciera después con
Fujimori, no existe.
Cuatro años
atrás, a pesar del inicio de la recesión y la creciente percepción acerca del
autoritarismo del Chino, Fujimori lograba convencer a un sector importante de
la población de que el país retomaba el camino hacia la modernización y el
desarrollo. Lima continuó creciendo acelerada y desordenadamente durante los
años noventa. Se constata a través del caótico tráfico, la miseria y la extrema
inseguridad, que Lima se convierte en una ciudad cada vez más difícil de
manejar. Se ha señalado que tanto la guerra como el excesivo centralismo y, en
consecuencia, el empobrecimiento de las provincias explicarían ese indetenible
fenómeno. No es evidente que las nuevas políticas de descentralización, que
intenta echar a andar el actual gobierno, puedan revertir esa situación.
Entre mis amigos
y familiares la pregunta repetida era cómo había encontrado el país después de
tantos años. En realidad, tuve impresiones altamente positivas y estimulantes,
mientras otras fueron un poco desconcertantes y otras, en el extremo,
francamente negativas. Descubrir la ciudad de Lima arborizada me produjo una
agradable impresión. No sé lo que los municipios hacían antes con el dinero,
pero ahora lo invierten en el arreglo de jardines y parques, la limpieza
pública y la construcción de veredas, pasos a desnivel, etcétera.
A diferencia de
otros años, pareciera que la construcción da más empleo. Encontré muchos
edificios nuevos, tanto residenciales como de oficinas. Ni qué hablar de la
variedad de restaurantes y tiendas, sofisticados y carísimos.
La primera
impresión negativa resulta de constatar que el modelo seguido por Fujimori ha
ampliado notoriamente las diferencias sociales y económicas entre la población.
Eso salta a la vista. Mientras una capa delgadísima de la población peruana
tiene un consumo tan alto como el de las clases altas de profesionales y empresarios
de países desarrollados, existen amplias capas de la población que apenas
sobreviven. Jóvenes profesionales recién graduados me comentaron acerca de los
paupérrimos niveles salariales y la abolición de la jornada laboral de ocho
horas, impuestos ahora a aquellos que, al fin, encuentran empleo.
Uno de ellos hizo
notar que las empresas encuestadoras han incluido las categorías económicas E y
F, para distinguir entre mayores niveles de pobreza. Pareciera que la
pauperización de la población no tiene límite. Algunas personas que viven de un
salario fijo me contaban las peripecias que enfrentan para cubrir las
necesidades del mes. Una de ellas me confió que no puede pagar el seguro médico
y solo cruza los dedos para no enfermarse, porque se resiste a disminuir la
calidad de los alimentos que consume. Varias señalaron que controlan el costo
de los teléfonos a través del uso de claves o el bloqueo del servicio de
llamadas, dado que las tarifas telefónicas son más caras en el Perú que en
Estados Unidos o en Europa. Otra amiga confesó que solo puede cubrir su
presupuesto gracias a los envíos que una hermana en el exterior le hace cada
mes.
Sin embargo, algunos amigos o conocidos han
construido casas en las playas de moda en el sur. No las visité, pero la
descripción que me hicieran de ellas fue suficientemente ilustrativa. Alguien
contó que empleadas y mayordomos trabajan con ropas almidonadas, a pesar del
intenso calor, y que solo están autorizados a bañarse en el mar antes de las 6
de la mañana o cuando oscurece. Eso sigue siendo también el Perú. Parece que
muchos no aprendieron nada o no quieren sacar ninguna lección, a pesar de lo
que vivieron durante la guerra senderista.
"La gente ya no espera nada de este
gobierno", me dijo un empleado de la cálida casa donde me hospedaba. No he
encontrado en esta visita a más de dos personas que mantengan una pizca de
esperanza. "Está terrible, señorita", me respondió un taxista al
preguntarle sobre la situación del país. "Yo hago no solo de chofer; soy
un poco psicólogo, sociólogo y hasta policía", me dijo.
A los cinco
minutos de haber tomado el radio-taxi –porque todos mis conocidos me
advirtieron que no me arriesgara a tomar un taxi en la calle–, el chofer me
sugirió que colocara mi bolso en el piso del auto y me contó: "Mientras
converso con mis pasajeros miro por el espejo retrovisor para avisarles si
algún sospechoso se acerca; hasta de eso me tengo que ocupar, señorita, porque
los choros están a la orden del día".
Curiosa por saber por qué el taxista
definía su papel de una manera tan amplia, seguí preguntando. Me dijo:
"Todo el que sube a mi carro tiene mucha necesidad de hablar sobre sus
problemas personales y económicos. Ayudo a la gente a analizar su situación y
les doy algunos consejos. Pero eso es porque la gente está desesperada".
Al preguntarle algo que a él le parecía evidente –por qué la gente está tan
desesperada–, me dijo: "La gente está muy frustrada con Toledo, porque
promete, promete y promete y no cumple nada. No hay trabajo. Y los pocos que hay
son mal pagados. Yo dejé de ser maestro porque ganaba 600 soles, y para qué me
alcanza eso. Ahora saco en el taxi casi 1200 soles al mes. Realmente hay
demasiada necesidad". La siempre decreciente popularidad del presidente,
que las encuestas detectan, confirma la impresión de este interlocutor.
Pese a los
repetidos gestos populistas que el Presidente practica, no encontré quién
respaldara a Toledo. Ni siquiera entre algunos amigos que ahora son
funcionarios del gobierno. Una amiga que ocupaba un importante cargo en la
administración pública me dijo: "Somos muchos profesionales de las ONG los
que hemos entrado al gobierno porque queremos hacer algo. Tratamos de controlar
la corrupción y ser más transparentes en el manejo de los fondos
públicos". Para algunos de esos funcionarios, "hay que tratar de
hacer buen gobierno, a pesar de Toledo". Y muchos indican que resulta
difícil manejar el aparato público mientras subsistan funcionarios
fujimontesinistas.
No resulta claro
si es que solo son corruptos los aliados del régimen anterior, o la corrupción
es un rasgo definitorio de las relaciones de todo nivel en el Perú de hoy. Una
profesional me contó que había recibido una propuesta laboral para asumir una
responsabilidad en la función pública, pero quien le formulara la propuesta le
advirtió que el 25 por ciento de su salario debía ser aportado para la caja
chica de la oficina. ¿Caja chica o el bolsillo de alguien?
Resulta llamativo
que tanto altos funcionarios cuanto ciudadanos de a pie expresen preocupación
respecto de la incertidumbre que provoca el futuro del gobierno de Toledo.
Muchos dudan de que pueda concluir su mandato, y algunos no creían que llegara
a terminar este año. Parecería que ningún actor social tuviera planteamiento
alguno acerca de cómo encauzar el país en un horizonte de desarrollo
esperanzador. Y, una vez más, pareciera que los problemas que agobian a los
peruanos dependen exclusivamente de la acción del gobierno. Como ocurría –y
ocurre, imagino– con los televidentes sobrecogidos cada tarde durante las audiencias
de la Comisión de la Verdad, casi todos estamos constreñidos a ser espectadores
del drama.
Quienes vivimos
fuera del país estamos menos calificados para proponer algo. Además, muchos de
quienes decidimos irnos habíamos intentado en algún momento aportar al país con
lo que nos permitían nuestras capacidades y convicciones, en aquellas áreas en
las que nos desempeñábamos. Pero, ya entonces, el intento no fue útil.
Ahora, quienes viven en el país y quienes vivimos fuera
compartimos la sensación de impotencia, que no encuentra consuelo en la
posibilidad de un recambio. Si no se halla salida, a este gobierno seguirán
otros toledos sin toledistas. Y cada uno encontrará que, con el tiempo, el país
se hace menos gobernable, como se demostró recientemente en Arequipa.
Nena Delpino es socióloga. Actualmente reside en México.