El buen libro

 

Dos interesantes recomendaciones de un buen libro o un buen autor para los lectores de ideele.

 

El silencio del samurai

Nicolás Matayoshi

 

En provincias el acceso a la lectura de novedades literarias es bastante limitado; por eso en estos tiempos suelo recurrir a las "ediciones piratas", porque mientras no exista una política real de desarrollo cultural estas ediciones son nuestras únicas posibilidades de acercarnos a la cultura.

Personalmente, busco lecturas en función de contenidos que alimenten mi espíritu y refuercen mi fe en nuestra condición humana. Por eso no creo en "un libro", sino en enlaces de varios libros que se articulan en torno de un tema específico; en estos días, en torno de la intolerancia religiosa y las diferencias étnicas, problemas sociales que, pese a los siglos, aparentemente continúan sin resolverse.

Shusaku Endó, el excelente novelista católico japonés, publicó en 1966 Silencio*, novela ambientada en el Japón del siglo XVI que narra el inicio de la persecución de cristianos por el shogún Hideyoshi. Historia densa, que descubre ante nuestros ojos la intolerancia religiosa del Japón feudal que se niega a ser absorbido por la expansión mundial de Occidente, una suerte de primera oleada de "globalización", esta novela esboza la pugna del Imperio Español a través de los frailes franciscanos contra el Imperio Portugués representado por los sacerdotes jesuitas. Luchan entre sí para obtener el dominio territorial y económico de todos los pueblos, porque con la excusa de imponer el cristianismo esconden el objetivo de dominar el mercado mundial.

La novela narra la historia de Kichijiro, un siervo converso (dramáticamente siervo), y el franciscano Sebastián Rodrigo, contrapuesto al jesuita portugués Ferreira, cuyas historias personales reflejan los intereses de España y Portugal. Endó continúa narrando los sucesos misioneros cristianos en otra novela: Samurai**. Esta ultima está ambientada años después, cuando el shogún unificador del Japón, el sucesor de Hideyoshi, Tokugawa Ieyasu, en su afán de amparar al Japón contra las invasiones europeas aisló el país y suprimió las misiones cristianas. Endó escribe de su personaje, el padre franciscano Velasco: "... Estaba seguro de que la culpa era de los jesuitas. Si los jesuitas, hinchados de orgullo, no hubieran desafiado con sus acciones a los gobernantes del Japón, sin duda el clima sería todavía favorable...". A través de Hasekura, su personaje, Endó realiza el contacto simbólico entre Oriente y Occidente a través de Nueva España (México), cruzando los dos océanos, para llegar hasta los pies del Papa Pablo V en Roma y regresar al Japón. Culmina la novela con la muerte intuida del samurai y la escena del martirio del franciscano: "Libera me, Domine, / De morte aeterna".

Para completar el escenario histórico de Endó, es interesante compararlo con la lectura de otras novelas: Shogún de James Clavel, A la sombra del granado (Barcelona: Pocket Edhasa, 1998) de Tariq Alí, y El último judío (España, Biblioteca de Bolsillo, 2000) de Noah Gordon. Endó nos dice finalmente: "El samurai lo sentía con gran intensidad. Era como debía ser. Un mundo inmenso, muchos países, grandes océanos. Y sin embargo, a donde quiera que fuesen, las personas eran iguales. Iguales las disputas, las manipulaciones y las intrigas... Lo que el samurai había visto no eran ciudades, tierras y naciones, sino el karma desesperado del hombre...". Karma de un mundo sumergido en la maraña de la manipulación política de nuestras conciencias.

Nicolás Matayoshi es escritor.

*   Endó, Shusaku: Silencio. Col Estigos del hombre 11, Ediciones Sígueme, Sociedad de Educación Atenas, Madrid, 1973.

**         Endó, Shusaku: El samurai. Pocket Edhasa, España, 1998.

 

 

La civilización de los padres
y otros ensayos

María Emma Mannarelli

 

No puedo dejar de imaginarlo partiendo de la Alemania nazi con una máquina de escribir en la mano, para luego instalarse en la Biblioteca del Museo Británico. Allí Elias pasó un tiempo leyendo manuales de buenas maneras, y Erasmo, con su manual para el comportamiento de los jóvenes
–encarnando el paso de la moral feudal caballeresca a la cortesía absolutista–, se convirtió en una bisagra que le permitió detectar los cambios en la manera en que las personas se tratan y establecen vínculos. Las actitudes hacia el cuerpo, sus fluidos, la manera de comer podían explicar las formas en que los estados y las clases se organizan. Durante los años treinta formó un sólido modelo interpretativo desde el que emprendió intensas aventuras intelectuales. Este libro es una buena muestra de las rutas exploradas por el autor a partir de 1970.

Una forma de hilvanar los ensayos: su afán por entender a los individuos en sociedad y su elaborar fundamentos observando detalles, hechos menudísimos. Esto es posible sacudiéndose de los paradigmas dicotómicos que encasillaron a la teoría social occidental. El esfuerzo, pero el alivio, de trascender oposiciones conceptuales como naturaleza y cultura, por ejemplo, o la de individuo y sociedad. No más determinismos ni la vana inversión de tiempo y neuronas para ubicar un fin más allá de la propia vida de las personas; nada de teleología. Claves también para ubicar lo objetivo y lo subjetivo como un falso problema. A Elias no le interesan los límites entre las disciplinas; no se enmarca en ninguna clásicamente entendida, pero nutre a muchas y discute sus posibilidades. Superar este juego de parámetros estériles le exigió, sobre todo, una disposición emocional, una amplitud vital, como por ejemplo la de partir de la idea de civilización como el control de las propias pulsiones animales. Por el contrario, la idealización –como mecanismo personal defensivo– se convierte en un obstáculo para pensar los problemas y enfrentarlos.

¿Cómo entender la conformación estatal, las estructuras familiares y el equilibrio de poder entre hombres y mujeres? Elias muestra, a propósito del tránsito de la República al Imperio Romano, cómo pensar en la configuración del Estado y las posibilidades erótico-afectivas de la persona. Cuando los jefes clánicos están fuera del aparato del Estado, las mujeres pueden divorciarse, disponer de sus bienes y enamorarse con mayor libertad. La diferenciación del Estado y su separación de los poderes privados permite la expansión de las opciones femeninas. Después de leer a Elias es improbable pensar en el refinamiento amoroso sin considerar los procesos políticos, y al revés.

La importancia de la estructuración de lo psíquico, la naturaleza de los vínculos y el grado de las jerarquías aparece bajo distintas formulaciones. Definitivamente, Darwin y Freud le simpatizan. Queda claro que en una sociedad jerárquica las posibilidades de incorporar una norma y de que el mecanismo de autocontrol –que implique el aplacamiento de la violencia en el trato– quede instalado en nuestras cabezas son de hecho escasas.

Sus reflexiones sobre las formas de convivencia y los grados diferenciados de autocontrol, sobre el Estado de bienestar y el refuerzo de la autonomía personal, hacen pensar cómo el clientelismo, los compadrazgos, las tutelas clericales promueven relaciones de subordinación, inhiben la libertad humana.

 

María Emma Mannarelli es historiadora.