Entrevista con José Zalaquett II:

La actual agenda de derechos humanos

 

En esta segunda parte de la entrevista con José Zalaquett, valioso miembro de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos, se discute la agenda regional del movimiento de derechos humanos a partir de una vista panorámica de las últimas décadas, observando el desarrollo histórico del movimiento hasta llegar al papel que pareciera exigírsele hoy en día y la posición que debe asumir ante las posibles repercusiones del atentado del 11 de setiembre.

 

¿Qué elementos definen la actual agenda regional de derechos humanos?

Zalaquett: El movimiento de derechos humanos surgió en nuestra región a partir de fines de los años sesenta y comienzos de los setenta. Se forjó principalmente en un contexto de guerra fría, en situaciones de aguda polarización política que desembocaron en implacables dictaduras militares, conflictos armados, actos de insurgencia y terrorismo. En tal contexto se produjeron violaciones masivas de los derechos humanos y crímenes de guerra. En esa situación y luchando por defender derechos fundamentales, aprendimos a valorar el respeto de determinados principios de ética política por encima de toda contienda, independientemente del partido que tomemos en otras esferas de la vida.

Con el fin de la Guerra Fría se aceleraron impetuosamente las tendencias de la democratización, pero los nuevos regímenes democráticos emergen vulnerables. Entre los principales problemas que los afligen se cuentan el peso histórico del pasado, estructuras políticas caducas, ingobernabilidad, corrupción, formas endémicas de violencia o criminalidad, mal manejo económico y la persistencia o incluso agudización (con contadas excepciones) de altos niveles de pobreza y de exclusión social. 

El movimiento de derechos humanos debe, entonces, enfrentar la realidad de que no basta poner fin a gobiernos dictatoriales y violaciones centralizadas y masivas de los derechos humanos. Es preciso construir sistemas democráticos que sean política, económica y socialmente sustentables, de modo de asegurar la gobernabilidad, la paz y seguridad, la vigencia del Estado de derecho y la justicia social. Ese es el contexto propicio para el respeto pleno de los derechos humanos.

Por ello, en los últimos quince o veinte años la agenda de derechos humanos, que antes estaba fuertemente marcada por una tónica de defensa y denuncia, pasó a incorporar temas más propositivos. Entre ellos se cuentan los siguientes: verdad, reparación y justicia respecto de los crímenes del pasado; nuevas leyes e instituciones orientadas a proteger y promover los derechos humanos; fortalecimiento de instancias de justicia internacional y de los mecanismos regionales de protección de los derechos humanos; renovados esfuerzos por dar eficacia a la lucha en favor de los derechos económicos, sociales y culturales; campañas para obtener reconocimiento de los derechos de sectores y categorías de personas tradicionalmente excluidas o discriminadas. También se busca estimular la participación vigilante de la ciudadanía para hacer valer la responsabilidad de las autoridades y combatir la corrupción. 

Se ha avanzado en algunos de estos temas; en otros no se advierten cambios o bien se ha retrocedido gravemente. Hoy se ha instalado la percepción de que entramos en una etapa muy difícil, tanto en el nivel mundial como en nuestra región, en la cual se suceden, una tras otra, agudas crisis económicas y de gobernabilidad democrática.

Evolución del movimiento de derechos humanos

Usted ha reflexionado mucho sobre la evolución del movimiento de derechos humanos. ¿En qué términos sintetizaría dicha evolución?

Zalaquett: En un comienzo nuestra tarea era dramática, inclusive trágica, pero conceptualmente sencilla. De cara a la opinión pública nacional e internacional, el movimiento de derechos humanos enfrentaba a los gobiernos infractores de modo categórico: "Ustedes violan los derechos humanos –matan, torturan, hacen desaparecer–, y podemos probarlo, documentadamente; las normas internacionales que han transgredido son indiscutibles". Como ellos no podían negar la validez de las normas, intentaban negar, sin éxito, los hechos. Nuestra credibilidad ha residido en el hecho de que contamos con la evidencia sobre los hechos y la legitimidad indiscutida de las normas y principios involucrados. Mediante la ayuda legal y la movilización moral, entre otros recursos, intentábamos proteger a las víctimas, al mismo tiempo que denunciábamos las violaciones. A los gobiernos transgresores se les exigía que cesaran en sus violaciones. Dependía de ellos dejar de hacerlo o continuar haciéndolo. No podían alegar que no les era posible cumplir esta exigencia, pues no se trataba de un problema de recursos, sino fundamentalmente de un problema de voluntad política. La tarea de los derechos humanos era, pues, difícil, riesgosa y trágica, pero conceptual y moralmente clara y sencilla.

Naturalmente, no siempre era tan simple. No todas las normas de derechos humanos son absolutas. Muchos derechos y libertades pueden restringirse legítimamente en aras de proteger los derechos de otros o en razón de ciertas exigencias del bien común, o bien pueden suspenderse en tiempos de grave emergencia.  Sin embargo, sin desconocer este aspecto del derecho internacional, el movimiento de derechos humanos ha sido comprensiblemente suspicaz y cauteloso frente a cualquier intento de justificar restricciones a los derechos fundamentales, aunque sea en aras de la seguridad ciudadana. Esto es así porque la historia nos enseña que con el pretexto de una emergencia se suele imponer o prolongar artificiosamente el estado de sitio u otras restricciones solo como un modo de perpetuar poderes autoritarios.

Hoy, pasada la primera etapa de las dictaduras y las violaciones masivas, así como la segunda etapa a que me refería, del periodo de democratización y posguerra fría, el movimiento de derechos humanos se enfrenta a lo que parece una nueva fase marcada por la idea de guerra mundial antiterrorista. En estos momentos existe un recelo muy justificado y una clarinada de alerta en el movimiento de derechos humanos, que teme que este sea el comienzo de una arremetida, no de parte de los bien intencionados que entienden que hay que enfrentar efectivamente la amenaza terrorista (la que es muy real), sino de los viejos adalides de la Guerra Fría, de vocación autoritaria, que en el fondo desconfían de la democracia y en realidad buscan hacer retroceder la causa de los derechos humanos.

Es sano sospechar y mantenerse vigilantes. Pero si no entendemos que también hay una real necesidad de seguridad internacional y nacional frente a nuevas formas de violencia, pienso que podríamos perder sintonía con la opinión pública honesta que siempre ha sido nuestro principal sustento. El hombre y la mujer común que se conmueven ante la injusticia, se han sentido siempre involucrados con el movimiento de derechos humanos, pero perciben que actualmente hay serios problemas de seguridad. Esto no significa, de ninguna manera, que vamos a echar por la borda todo lo ganado ni que vamos a empezar a dar cheques en blanco y licencia para atropellar los derechos humanos. No se trata de socavar los principios, sino de una tarea creativa que permita compatibilizar tales principios con las necesidades de seguridad que exigen las nuevas circunstancias. Esa creatividad ya se ha demostrado muchas veces en el pasado, con la creación de normas internacionales de protección humanitaria, sin desconocer la realidad, siempre cambiante, de los conflictos armados y las exigencias que esta realidad plantea.

Se ha entrado, pues, en un periodo de ajuste en el que las reglas que se aplican en los conflictos armados probablemente deberán ser modificadas en un futuro previsible, para responder a nuevas formas de violencia sin que esto implique el debilitamiento de los principios fundamentales. Esto requiere, sin duda, de una labor seria de reflexión y diálogo.  Una cosa es rechazar las reacciones contraproducentes de los Estados Unidos con motivo del 11 de setiembre, y otra muy distinta negarse a aceptar que hay nuevas realidades. Si hacemos esto último, pueden terminar ganando el favor de la opinión pública aquellos que realmente quieren echar por la borda principios fundamentales de derechos humanos.

¿Cómo ha variado la postura del movimiento ante estados responsables de violaciones de los derechos humanos en el pasado pero cuyos gobiernos actuales podrían ser calificados como de "buena fe"?

Zalaquett: Frente a gobiernos de "buena fe" naturalmente cabe una actitud constructiva y de cooperación, aunque sin renunciar a la vigilancia crítica. Pero hay que reconocer que el movimiento de derechos humanos no siempre está preparado para esto, salvo que se trate de materias como verdad y justicia o de sugerir reformas institucionales o legales para mejor protección de los derechos humanos. En lo demás (cambios políticos, reformas económicas o políticas sociales) es fácil señalar metas; esto es lo que es deseable alcanzar desde una perspectiva de derechos humanos. Pero la evaluación y el debate de los caminos precisos a seguir corresponden a la ciudadanía, al mundo político y social, a las autoridades. El movimiento de derechos humanos no tiene, en esta materia, una autoridad o experiencia especiales, ya que nació y se forjó con el propósito de ejercer control moral sobre la política, no de sustituirla. Por supuesto, podemos y debemos insistir en los derechos de participación política, como una precondición para que las decisiones que afectan a todos tengan un sustento democrático, ya que las soluciones se hacen más viables mientras más amplia sea la posibilidad de la ciudadanía de involucrarse en ellas.