Las claves del Arequipazo,  dos meses después

 

Es tiempo de volver a preguntarnos qué fue lo que finalmente se expresó en los sucesos de Arequipa y de aquí para adelante qué. ideele recurrió esta vez a tres arequipeños que de una u otra forma expresan distintos puntos de vista.

 

 

¿La batalla del fin del mundo?

Rolando Luque M.

 

Cuando se producen estallidos sociales de la envergadura del ocurrido en Arequipa, son varias las batallas que se libran simultáneamente. En algunas los ganadores son claros, en otras no hay una definición precisa, y hay las de pronóstico reservado.

No cabe la menor duda de que la batalla de la dignidad ha sido ganada por todo lo alto. El pueblo ha castigado la mentira, la prepotencia y las ofensas. El gobierno, rojo de vergüenza, ha tenido que pedir disculpas y comprender que gobernar no es imponer sino convencer; no es gruñir sino dialogar con el pueblo y sus dirigentes; no es ocultar información sino ser transparentes y mostrar los mejores argumentos.

El resultado de esta batalla tonificará, sin duda, la estima de la gente, y pueda que instale en la conciencia de todos los peruanos un chip de rebeldía que nos empuje a protestar no solo por las ollas vacías y los platos famélicos sino por cuestiones de honor. De ahí a la defensa de principios y valores democráticos hay un paso que es posible dar. Entonces la democracia pasará a formar parte de la canasta familiar de todos los hogares y los golpistas se batirán en retirada para siempre.

La batalla de la legalidad se viene librando en este momento. Serán los abogados los que crucen sesudos alegatos y finalmente los jueces los que decidan. Lo que se ha ganado aquí es el respeto al señor juez. Ministros y demás funcionarios están notificados de que las amenazas y las presiones no son armas democráticas y de que la independencia del Poder Judicial pasa por la distancia política que deben observar frente a los jueces. Esperemos el fallo de la sala correspondiente y respetémoslo, tal como nos hemos comprometido. El caso puede terminar allí o continuar en otras instancias. En el momento en que este artículo es despachado a ideele, se oyen todavía los bocinazos de los arequipeños en contra del dictamen del fiscal Hugo Ramos. Cuidado que un lado y el otro han empeñado su palabra de no presionar a la autoridad jurisdiccional.

Pero hay una batalla de pronóstico reservado (hay quienes ya la dan por perdida), y es la del bienestar. La pregunta es: ¿quién va a financiar el desarrollo de Arequipa: el ahorro interno, el endeudamiento externo, la inversión pública, la inversión privada extranjera? En este momento nadie lo sabe. Lo que humea ahora no son las llantas sino las cabezas, de tanta confusión.

Arequipa tiene el más alto índice de desempleo del país, un sector industrial quebrado, problemas sociales crecientes y oportunidades políticas desperdiciadas por la poca voluntad para el consenso. Convendría –no hoy, por cierto– hacer un análisis más detenido de este pasado de frustraciones, de los liderazgos decepcionantes y de la sorprendente carencia de instancias confiables de intermediación que eviten justamente que unos y otros traspongan la barrera de lo razonable.

Confieso que ver tanques y tanquetas en el centro histórico me produjo una fuerte repulsión, no solo porque creo firmemente que el orden no proviene principalmente de la fuerza, sino porque esta etapa de transición democrática ha sufrido un serio revés. No es de buen augurio, a pocos meses de instaurado un gobierno democrático, recurrir al régimen de excepción. Ha habido algo o mucho de claudicatorio en esta medida. Costará trabajo olvidar esas imágenes, costará retomar el hilo democrático y, lo que es peor, costará mucho que la política de privatizaciones pueda ser convincente y que el presidente vuelva a verse a la cara con millones de personas en el sur del Perú.

No podemos dormirnos en los laureles de la dignidad sino capitalizar su poder nutritivo y discutir a fondo la modernización de Arequipa. Quizá en medio de este debate también se aclare hasta dónde las antiguallas políticas se mantienen y cuánto terreno han ganado en estos días los violentos y los anacrónicos.

¿Se nos va la vida en las privatizaciones de estas empresas? ¿Es Juan Manuel Guillén una especie de Antonio Consejero que libra batallas contra la modernidad? Veamos, veamos.

 

Rolando Luque Mogrovejo es coordinador de la Oficina Regional Lima Norte Oriente Sur de la Comisión de la Verdad y Reconciliación.

 

 

La oportunidad perdida

Pablo Alcázar

 

Primero hay que tener en cuenta los factores que han desencadenado este levantamiento. Siendo esquemático, el primer factor sería el descontento popular generado por el desempleo y la falta de oportunidades en la región. El segundo factor es que ha habido una manipulación política abierta de este tema, en la que han intervenido movimientos de carácter extremista. El tercer factor es el aprovechamiento de algunas autoridades para salir nuevamente a la palestra y ganarse puntos políticos, y va de la mano con la proximidad de las elecciones regionales y para la alcaldía. Así, esto se volvió una oportunidad de oro para poner en vigencia algunas candidaturas.

Creo que en último lugar vendría el tema de la privatización en sí mismo, es decir, la intención de los habitantes de Arequipa de retener como suyas las empresas hidroeléctricas debido a valores principistas y por el temor al alza de tarifas o por el desempleo que se podría generar. Esto tiene relación con las privatizaciones que se dieron en el fujimorato, que no han servido al país directamente sino que una buena parte fue a dar a los bolsillos de algunos ladrones.

Entonces, todos estos factores se han conjugado para dar lugar a una situación compleja que definiría como un descontento social de todos los sectores, desde las clases medias hasta los sectores populares, que ha dado lugar, incluso, a la violencia. Esto no ha sido un paro popular sino una "asonada popular".

Un factor aparte es el pésimo manejo que ha dado el gobierno a este tema. Primero, porque la discusión de un planteamiento de inversión por medio de las privatizaciones ya había generado resquemores en el pasado, no solamente en el Perú sino en varios países donde se han dado estas privatizaciones; entonces, lo que ha debido hacer el gobierno es tomar dos caminos: prepararse con mucho tiempo y hacerlo después de las elecciones presidenciales, para que no se politice el tema, o hacerlo en el primer trimestre del año.

En segundo lugar, no ha habido información adecuada ni una apropiada traducción del mensaje privatizador hacia un lenguaje comprensible para la mayoría del país.

También se ha considerado dentro de la responsabilidad del gobierno el hecho de que la privatización se haya producido con pocos postores, lo que ha dado la sensación de que el gobierno ha impuesto a la empresa ganadora y se considera que no ha habido un proceso de elección eficiente. Respecto de este punto, en la Cámara de Comercio tenemos una opinión contraria, porque dada la situación del mercado eléctrico en el mundo (sobre todo por la crisis creada por Enron) era muy difícil conseguir una inversión energética; sin embargo, se logró a un precio que podría ser discutible pero que iba a ir disminuyendo en el futuro. Es decir que si este año fue difícil conseguir este precio, el próximo año va a ser aún más difícil, y vamos a terminar perdiendo dinero.

Debe quedar en claro que la privatización de estas empresas era beneficiosa para Arequipa desde todo punto de vista, pero con el prerrequisito de invertir en obras que generen riqueza, como en el caso de la infraestructura.

En el caso de Arequipa hay varios proyectos de esta naturaleza y que son fundamentales; por ejemplo, las obras de interconexión con otros mercados sudamericanos como la carretera interoceánica, la consolidación de las vías de intercambio de mercadería con Bolivia y Brasil. Todo esto genera, por sí mismo, nuevas opciones de negocio y bienestar en las empresas y, finalmente, crea trabajo. Obviamente, también se debería considerar un porcentaje para las obras sociales como la electrificación rural y para dotar de servicios a los pueblos jóvenes. Por ejemplo, en el cono norte de Arequipa hay 140 000 personas que solamente reciben agua por medio de camiones cisternas durante dos horas al día. Un beneficio importante hubiera sido que una empresa como TRACTEBEL establezca su sede principal para la región en Arequipa, pues así habría atraído otra clase de negocios. Otro factor se refiere al negocio mismo: el Estado peruano no va a poder mantener la eficiencia de las empresas eléctricas donde se requiere inversiones mayores para dotar a estas empresas de tecnología de punta y hacerlas competitivas. En el caso de Egasa, en tres años ya habrá perdido competitividad.

Respecto de la respuesta que dio el alcalde Guillén y el Frente Amplio de Arequipa, ellos tienen razón en dos aspectos. Primero está el hecho de las promesas incumplidas: el presidente Toledo viene aquí y ofrece que no se van a privatizar estas empresas y además lo firma en un escrito. Segundo, la exigencia de que el Poder Judicial se mantenga independiente sin ningún tipo de presión del gobierno central. En lo que no tienen razón y es algo en lo que no han meditado con profundidad es que han impedido que 160 millones de dólares ingresen en la economía de Arequipa. Sobre todo si vemos que la inversión del Estado en Arequipa no llega a dos millones de dólares al año. Si se invierten 160 millones de dólares en tres años, se está hablando de ochenta veces lo que invierte el Estado, es decir, se daría la inversión de ochenta años por adelantado. Considero que se ha podido lograr esta inversión y a la vez exigir al gobierno que se respete la dignidad de Arequipa y el cumplimiento de los valores democráticos. Lamentablemente, en el aspecto económico Arequipa ha terminado perdiendo.

Lo que se debe tomar en cuenta es que actualmente se está viendo en el Poder Judicial el 51 por ciento de las acciones de SEAL y el 9,98 por ciento de las acciones de Egasa para la región. Tengo la esperanza de que se pueda llegar a un acuerdo entre los compradores y la región, de tal manera que esta privatización pueda ser mixta y los compradores tengan una participación mayoritaria con sus compromisos de reinversión en la empresa, que haya representantes de la región en el directorio y en la junta general que les permita hacer un seguimiento y auditoría a la ejecución de las obras.

Lo que le queda a Arequipa ahora es mostrar una imagen que permita el ingreso de inversiones y del turismo, ya que en el momento se está dando una imagen conflictiva. De esto no escapa el gobierno, que no muestra una política clara frente al programa de inversiones.

 

Pablo Alcázar es presidente de la Cámara de Comercio de Arequipa, miembro de la Asamblea de la Macro Región Sur.

 

 

 

Ecos de Arequipa

Patricia Salas O´Brien

 

Lo sucedido en Arequipa en torno de la privatización de las empresas eléctricas provoca un conjunto de reflexiones aún desordenadas y tal vez muy cargadas por sentir que de alguna manera a todos nos toca una parte de la responsabilidad.

Quizá lo primero sea constatar que tapar el sol con un dedo ya no es la mejor manera de hacer política hoy en día. Me refiero a los numerosos intentos por minimizar, ignorar o simplemente no prestar oídos a lo que se venía diciendo y haciendo en Arequipa en torno de la privatización; nadie puede decir que la postura de los arequipeños fue un suceso repentino y por lo tanto impredecible.

Lo que pasó fue simplemente que no tomamos en serio la opinión explícitamente expresada de un sector de la población, y eso es algo que no se puede hacer después de más de dos años de campañas y discursos tratando de convencer a la población, que tiene derechos, de que en una democracia el gobierno debe tomar en cuenta su opinión, que debe organizarse y manifestarse para hacer escuchar su voz y que debe ser parte activa de las decisiones que la afectan.

No es pues posible que pensemos que los movimientos sociales se pueden prender y apagar a voluntad, en función de lo que los líderes de turno consideren conveniente para la nación. Ello es francamente una caricatura mal lograda de la relación entre la sociedad y sus líderes.

No debemos olvidar que en varias ciudades la población estaba movilizada y protestando activamente. Arequipa no fue la única. Lo que pasa es que aquí el movimiento estalló. Esas movilizaciones empezaron a dar una fuerte sensación de ingobernabilidad y le hicieron sentir al gobierno que no tenía el control de la situación, pues a pesar de sus esfuerzos de convocatoria y concertación en diversas áreas y niveles, varios sectores de la población se mantenían en pie de lucha. La reacción fue de endurecimiento, buscando leyes más represivas y ofreciendo declaraciones que al querer dar una imagen de firmeza más bien terminaron por recordar estilos autoritarios, a partir de los cuales se intentó aplacar los ánimos con el miedo. Lo que se consiguió, en cambio, fue solo indignación.

Una segunda evidencia de la sordera y falta de sensibilidad de nuestra clase política fue el no haber percibido que el tema de la privatización no era un tema que se resolviera solo en el nivel técnico, que era un tema político, que había puntos de vista diferentes respecto de él que implicaban un conjunto de imágenes y certezas populares, las que, por otro lado, no son nuevas.

En efecto, se puede afirmar que tradicionalmente los sectores populares del país son antiprivatización y antitransnacional, expresiones tal vez de un largo y creciente sentimiento de despojo, de pérdida de capacidades propias, tristemente reforzada por experiencias como la privatización de Telefónica o de las eléctricas en Lima, que se constituyeron en fuente permanente de abuso de los usuarios, o de estas y algunas minas u otras empresas estatales que terminaron por precarizar las condiciones de trabajo de su personal; a lo que hay que añadir la gran desconfianza generada por la pérdida de los dineros recaudados por concepto de esas ventas.

Hasta aquí pareciera que no se necesitaban más razones para oponerse, y los arequipeños tenían una más, una promesa puesta por escrito y firmada por el propio Alejandro Toledo; este solo hecho saca el tema del plano técnico para ponerlo en el político, y se requería de una estrategia en ese nivel.

En el fondo, da la impresión de que los políticos dejan de ser tales cuando llegan al gobierno; entonces todo es técnico y por ello se vuelve indiscutible. En esa lógica lo político se convierte en malo, en fuente de desestabilización, y así se busca minimizarlo o satanizarlo, cuando no se ignora totalmente.

Cuando lo que hace falta en el país es reconstruir la esfera política, de eso se trata cuando hablamos de la necesidad de generar y fortalecer instituciones y de reconstruir los actores y las representaciones, pues ellos son elementos indispensables para la negociación de los intereses y puntos de vista de la sociedad sobre sí misma y su futuro.

Se trata pues, finalmente, de evitar que el único actor en la escena política sea el Estado que, como tal, tiene licencia para hacer lo que considere conveniente en el país. Esa es la principal llamada de atención que nos hace el estallido social de Arequipa, que se ha convertido en un reto, el de construir a partir de esa fuerza movilizada una capacidad de acción que le permita enfrentar su desarrollo, su relación con el gobierno y el papel de su propio gobierno regional.

 

Patricia Salas O´Brien es socióloga y profesora en la Universidad de San Agustín.