Controles y descontroles:
Extracción ilegal de madera en el Pacaya Samiria
La Reserva Nacional Pacaya Samiria (RNPS) es actualmente el
campo de batalla en el que combaten la Jefatura del área y algunas
instituciones interesadas en el buen uso de sus recursos contra extractores
ilegales que actúan con prepotencia al amparo de una práctica estatal poco
coherente en el tema de la conservación y manejo y, con frecuencia, de
funcionarios complacientes o directamente coludidos con los intereses de los
infractores. Observan la contienda miles de pobladores, en buena parte
indígenas de diversas tradiciones, que ya no se extrañan de la gordura de la
vista de esos administradores, pero sí reclaman que la vara sea distinta para ellos,
que están allí desde tiempos inmemoriales y que necesitan más del bosque, su
única despensa, que los madereros, que nunca han sido sancionados sino más
bien, como veremos, apoyados para consolidar sus delitos.
La
Reserva: Características y problemas
En su forma y
tamaño actual, la RNPS fue creada en 1982, aunque desde 1940 varias normas
establecieron diversos tipos de reserva para la misma área que ponían especial
énfasis en la conservación de sus recursos pesqueros y, más específicamente,
del paiche (Arapaima gigas), un enorme pez de carne muy apreciada que
puede sobrepasar los dos metros y los cien kilos. La RNPS, con sus 2 080 000
hectáreas, es el área natural protegida más grande del país, y se ubica en el
triángulo formado por la confluencia de los ríos Marañón y Ucayali.
Las reservas nacionales son una de las
categorías de áreas naturales protegidas (ANP) establecidas por la legislación
peruana desde 1975, cuando se dio la Ley Forestal y de Fauna Silvestre (Nº
21147). Inrena es el órgano responsable de administrar las ANP, para lo cual
dicta normas y nombra jefaturas para cada una de ellas. Las reservas nacionales
no son áreas de protección estricta, sino de manejo. La actual ley, de 1997 (Nº
26834), las define como "áreas destinadas a la conservación de la
diversidad biológica y la utilización sostenible de los recursos de flora y
fauna silvestre, acuática o terrestre. En ellas se permite el aprovechamiento
comercial de los recursos naturales bajo planes de manejo aprobados,
supervisados y controlados por la Autoridad Nacional competente" (artículo
55.1). No obstante, prohíbe la actividad comercial de aprovechamiento de
madera, salvo que esta provenga del manejo agroforestal y del manejo y
plantaciones para enriquecimiento de bosques secundarios (artículo 55.4).
La RNPS es un área de fuertes conflictos.
En primer lugar, por la existencia de gran cantidad de pobladores que viven
tanto dentro como en sus zonas de influencia y que usan sus recursos. La
mayoría de ellos, principalmente descendientes del pueblo Cocama-Cocamilla,
fueron expulsados con violencia por el Estado en la década de 1970, cuando el
área fue declarada por primera vez como reserva nacional, proceso que ha sido
poco documentado. En segundo lugar, por las actividades depredadoras de madereros
ilegales (tema de este artículo) y contaminantes de empresas petroleras, que
rebelan a los moradores que comparan la libertad de actuación de estos con la
represión de que son objeto. Finalmente, por la reiterada negativa de algunas
autoridades para buscar soluciones reales a la igualmente real ocupación del
área por ribereños e indígenas, en su mayoría asentados allí desde mucho tiempo
antes de la declaración de la Reserva.
Esta situación de conflicto permanente ha
motivado muchas agresiones contra el personal de la RNPS, una de las cuales
tuvo como trágico corolario la muerte de tres guardaparques del PV 1 del
Samiria: Milton Chumbe Ayllón, Javier Garay (ambos biólogos) y el guardaparque
Jairo López fueron asesinados en 1998 por infractores a los que horas antes les
habían decomisado aparejos de pesca.
Cuando Dourojeanni (en ¿Amazonía, ¿qué
hacer? CETA, 1990, p. 333) señala que el patrimonio natural de todas las
unidades de conservación de la Amazonia en el Perú está bajo amenazas concretas
y que "El mayor violador ha sido y es el propio Estado", está
afirmando lo que por desgracia es una gran verdad. Esas violaciones ocurren a
veces por incoherencia, como en Madre de Dios, donde ha creado dos parques
nacionales (Manu y Bahuaja-Sonene), una reserva nacional (Tambopata-Candamo) y
una comunal (Amarakaeri), y una zona reservada (Manu). Pero, a la vez, por el
lado del desarrollo, deja actuar a una industria aurífera que contamina
el agua y la atmósfera con mercurio y modifica paisajes, y a una maderera, dentro
de la cual una empresa extranjera construye una carretera de 150 kilómetros al
lado de la frontera (también los militares tienen gorda la vista), hasta ricos manchales
de árboles de caoba que son cortados sin permiso aparente.
La historia de la RNPS tiene ilógicas
comunes. Luego de la expulsión violenta, por 1970, de los pobladores asentados
en sus zonas centrales, el Ministerio de Pesquería desató una verdadera
persecución contra el paiche, con la finalidad de llevarlo no solo a los
mercados regionales sino también al nacional e internacional, sin planes de
manejo ni medida alguna de uso racional del recurso.
Ilegal
pero no clandestina
La actividad maderera en la Amazonia
peruana es altamente selectiva, es decir, de la gran diversidad de especies
solo se utilizan unas pocas. El argumento para esto es que no existen mercados,
aunque sería más exacto decir que los industriales no se han interesado por
crearlos, ya que tales mercados nunca aparecen por generación espontánea. Antes
era incluso más selectiva, pero la reducción de las existencias de algunas
especies o las crecientes dificultades para su explotación (han quedado más al
centro de la selva) los ha llevado a ampliar su menú.
El corazón de la
Reserva alberga aún bastante caoba. Es la zona comprendida entre el alto Pacaya
(cuenca del Ucayali) y el alto Samiria (del Marañón), que se unen en épocas de
creciente, donde se forman nuevos cuerpos de agua que actúan como
comunicadores. También hay maderas valiosas en el complejo de las cochas de
Punga (Ucayali) formado por treinta y seis lagunas interconectadas. A partir
del 2000 se prohibieron los contratos de extracción en la llamada zona de
amortiguamiento (una franja de unos 15 km de ancho en promedio que bordea la
Reserva), porque esto se prestaba a trampas de los extractores que hacían pasar
como proveniente de ella madera talada en su interior. Hasta entonces hubo once
de estos contratos. Otra manera de engañar era mediante los permisos de
tránsito para transportar madera por ríos dentro de la Reserva,
supuestamente extraída fuera de ella.
Mientras que en el Samiria los madereros
son grupos relativamente pequeños que operan en periodos cortos, en el Pacaya y
el Puinahua son más grandes y, algunos, estables. En la Jefatura de la RNPS nos
dijeron que los campamentos están compuestos por dos motosierristas, dos mitayeros
(cazadores), dos materos (personas que ubican y marcan los árboles) y
entre diez y quince obreros. En resumen, un promedio de veinte hombres por
campamento, y anualmente funcionan unos cincuenta de ellos, bien comunicados a
través de trochas para agruparse en caso de incursión policial. Como tienen
armas de caza, más de una vez han rechazado autoridades a tiros, incluyendo al
jefe de la Reserva y una comitiva también integrada por un trabajador de
WWF/DK.
El mayor tamaño y estabilidad de los
campamentos en la parte de la Reserva que limita con el río Ucayali (lado este)
se debe a que Pucallpa, punto intermedio de destino, está en la misma cuenca,
más al sur. Antes de llegar allí, la madera pasa por Orellana, donde la
"blanquean", es decir, la legalizan aserrándola con sierra cinta para
borrar las huellas de haber sido aserrada con motosierra, modalidad prohibida
porque implica gran desperdicio de madera, y se le preparan papeles como si
saliera de zona bajo contrato. Ahora también la legalizan en el terreno,
con aserraderos portátiles de cinta. De allí va a Contamana y, luego, a
Pucallpa y Lima. La madera que se extrae por el otro límite, el del Marañón, va
a Yurimaguas y de allí a Tarapoto y Lima.
Sea que la transporten en trozas (secciones
del tronco de unos 4 m) o en cuartones aserrados en campo, la madera es llevada
en chatas, que son grandes plataformas de fierro empujadas por una embarcación
de gran caballaje. Para cargarla utilizan grúas que, igualmente, están montadas
sobre chatas.
La sonoridad y
visibilidad de esta operación de cien motosierristas al año, gente en
campamentos conocidos y permanentes, chatas que transportan madera y grúas,
hacen que esta actividad ilegal sea todo menos clandestina. No es el caso del
ladrón que se protege en las sombras de la noche ni del burro o del quetero
que esconden droga en los lugares más insospechados. La respuesta de un ex jefe
de Inrena en Iquitos ante una denuncia por esta actividad fue que necesitaba
datos, nombres, cantidades, lugares. Al parecer no había leído las numerosas
denuncias anteriores, los informes de la propia Jefatura de la RNPS (organismo
que pertenece también a Inrena), ni la consultoría de Sandra Tapia del 2001
(encargada por WWF/OPP), con fechas, volúmenes, transportistas, patrones,
aserraderos y mucha información más.
El decomiso
Los guardaparques
decomisan la madera y luego la Policía hace atestados adjuntando el acta de
decomiso. Si se puede, deben incluirse datos de cubicación; si no, solo se
indica el número de trozas o de cuartones. Por ley solo se debe cuidar la
madera inmovilizada en el monte durante diez días, plazo en el que se supone
debe ser trasladada a lugar seguro.
En el 2001 se
decomisaron
300 000 pies tablares. En realidad, se inmovilizó mucho más madera, pero como
se hizo en medio del monte y la institución no tuvo fondos para trasladarla
hasta los puestos de vigilancia (PV) ni quiso arriesgar más a su personal que
la custodiaba obligándolo a permanecer en zonas aisladas, se la abandonó. El
acarreo es caro, porque la madera llega de muy lejos; por ejemplo, del alto
Samiria, lo que puede implicar un recorrido de más de 300 km y de ocho a diez
días. Entonces se trata de 300 000 pies efectivos, ya que la demás se perdió,
es decir, la recuperó el maderero o se quedó botada en el monte pudriéndose. La
Jefatura de la Reserva estima que ahora se decomisa el 50 por ciento de la
madera extraída; antes era solo el 20 por ciento.
El
jefe de cuenca (depende de la Jefatura) hace un informe con el acta de decomiso
y lo firma junto con los guardaparques, policías, comuneros y otras autoridades
locales. Luego da a conocer el hecho a la Administración Técnica de Forestal y
Fauna Silvestre del Inrena (con sede en Iquitos). Esta recibe la madera en el
PV donde está custodiada. De allí debe trasladarla a Iquitos, pagando ella el
servicio. A comienzos de este año pagó 7500 nuevos soles por el flete de 540
cuartones. Otras veces el cobro es por pie tablar, a razón de entre 15 y 20
céntimos por cada uno. Al llegar a la ciudad, si son trozas, quedan en una boya
del Inrena en el Amazonas, y si son cuartones o bloques los llevan a sus
almacenes.
Junto
con la madera se han decomisado equipos. Hace poco la Jefatura incautó once
motosierras. Desde el 2000 ha confiscado más de cien. Antes las entregaba a la
Fiscalía, pero esta muchas veces las devolvía a los madereros. Ahora la ley
dice que deben quedar a cargo de la Jefatura.
En
Iquitos la madera se remata en subasta pública. Según nuestras fuentes, el
precio base se fija en un 30 por ciento o 40 por ciento menos que el de
mercado.
Conclusiones
A pesar de las
buenas intenciones y de los esfuerzos hechos por la actual Jefatura de la RNPS,
el sistema de vigilancia es deficiente en su concepción y ejecución. Funciona
sobre la base de puestos de vigilancia, que son centros ubicados a lo largo de
ríos interiores del área, como el Pacaya y Samiria (existen siete en el primero
y seis en el segundo) y en algunos caños que drenan aguas desde el
corazón de la Reserva. El problema es que durante la época de creciente (enero
a mayo) la zona queda bajo las aguas en un 85 por ciento de su extensión, con
lo cual las posibilidades de ingreso se multiplican: casi todo se convierte en
un inmenso caño donde el control es irrealizable. Por otro lado, los PV
suelen estar mal equipados y mal abastecidos. Un pequeño bote de motor que no
siempre funciona, gasolina escasa y locales con malas condiciones de habitabilidad
convierten un trabajo de por sí difícil (por el aislamiento y los riesgos de
agresión) en generador de tensiones.
Sin embargo, al
menos el límite este de la Reserva sería relativamente fácil de controlar si se
abandonara el sistema de PV aislados y mal abastecidos y se concentrara a los
guardaparques en la entrada y salida del canal de Puinahua (cuenca del
Ucayali), sobre el cual operan varios de los grupos de extractores ilegales más
grandes y permanentes y se pasean las chatas que acarrean grúas y trozas. A su
vez, esto permitiría dar más seguridades, tanto físicas como psicológicas, al
personal de la Jefatura.
Por otro lado,
sería indispensable que el Estado repensara su política sobre áreas naturales
protegidas y la tomara con seriedad. Hasta hace poco era fácil observar el
tremendo divorcio al interior del Inrena-Iquitos: mientras la Jefatura
denunciaba infractores y decomisaba madera, el director de la unidad los dejaba
actuar y los apoyaba porque, a fin de cuentas, era asesor de madereros. Pero no
solo a este nivel tiene el Estado que darle coherencia a su política de
conservación, sino que también es necesario que sintonice esta con la de
desarrollo. Algunos ejemplos: al interior de la RNPS está la "batería
Yanayacu", que consiste en unos cinco pozos petroleros que vierten
diariamente cientos de barriles de agua de formación (a 80º C y con alta
concentración de metales pesados) a sus ríos y cochas. Otro es el caso de
Iquitos, ciudad que se abastece de agua del río Nanay, donde se han instalado
dragas que extraen oro y contaminan el agua y aire con mercurio.
Como sucede en
otros casos, las sanciones previstas por el Código Penal son insuficientes; en
realidad, casi una broma: nunca se han hecho efectivas, porque solo valen para
madereros que infringen las condiciones de sus contratos y los extractores
ilegales de la RNPS no los tienen. Por otro lado, no hay prisión efectiva por
delito ambiental, ya que las penas son de hasta tres años.
Por último, el
mecanismo de rematar la madera incautada nos parece simplemente perverso, ya
que lo que hace es legalizarla. La actividad es ilícita por donde se la mire:
porque se taló sin autorización, porque no es posible dar contratos de
extracción de madera en las reservas nacionales que provengan de bosques no
manejados (ahora, en teoría, en ninguna parte), porque los cuartones han sido
aserrados mediante la técnica prohibida de la motosierra y por la violencia
ejercida por los madereros contra los guardaparques. Rematar la madera y,
además, a precios menores que los del mercado luego de que el Estado ha asumido
el costo de su traslado, es no solo un gran negocio para los ilegales sino una
fórmula perfecta para insertar un producto ilegalmente obtenido en el circuito
comercial: a partir de esto, los infractores tendrán todos los papeles
necesarios para trasladarlo.
Dar coherencia y fortaleza a la política de conservación y
manejo de recursos naturales es velar por recursos que pertenecen a la nación y
constituyen la riqueza que debe beneficiar a la generación actual y a las
futuras.
Alberto Chirif es antropólogo y director del Programa
Integral de Desarrollo y Conservación Pacaya Samiria, WWF/DK.