Otro mundo es posible... pero ¿con qué rumbo?

Un artículo bien informado y provocador, pero sin duda polémico, incluso en el IDL.

El (mal) llamado movimiento antiglobalización logró poner en la agenda política el tema de la justicia social en el mundo.

 

Hildegard Willer

 

 

Últimamente los presidentes de los siete países más ricos no solo se ven acosados por la nueva derecha populista en sus países, sino también por ciudadanos que les exigen que la globalización económica se vuelva más justa y más democrática. Mientras que presidentes de países pobres –como Alejandro Toledo, pero también podría ser cualquier líder de un país en aprietos económicos–  hacen sus visitas de Estado, con séquito de ministros, esposas, prensa y todos los signos de una visita oficial, ya no a sus homólogos sino al hombre más rico del mundo, los líderes políticos de los países ricos están siendo fuertemente cuestionados para que retomen el poder político sobre la economía mundializada. Las reuniones anuales del G7 y las de las instituciones financieras mundiales se han convertido en motivo de protestas masivas de ciudadanos, hasta tal punto que los presidentes del G7 han preferido llevar a cabo sus reuniones en pueblos aislados o lugares poco accesibles.

En sus inicios, los líderes políticos y los medios de comunicación trataron el nuevo fenómeno como expresión algo ingenua y violenta de un malestar con la globalización. Hoy, tres años después de Seattle, las revistas y diarios más importantes les dedican titulares y especiales. Analistas  políticos se preguntan si por allí no está surgiendo una nueva fuerza política. Una fuerza política internacional, heterogénea y descentralizada. A pesar de que es un movimiento minoritario, hoy día ya nadie ignora el llamado movimiento antiglobalización.

Según una encuesta a ciudadanos franceses, citada por Bernard Cassen, el presidente de Attac Francia, el 55 por ciento de los franceses opina que la globalización ha beneficiado hasta ahora en primer lugar a las empresas transnacionales, en segundo lugar a los mercados financieros y después a Estados Unidos. En la percepción de la mayoría de los franceses, la globalización no habría ayudado ni a los pobres del tercer mundo ni a ellos mismos.

Allí está el punto crítico del debate sobre la globalización: ¿qué modelo es mejor para empujar el desarrollo de los países pobres? Los adeptos de la liberalización económica argumentan que la apertura de los mercados trae beneficios para las economías pobres y que la falla está en que los países ricos no abren sus mercados. Ellos los acusan de ser unos retrógradas, de querer proteger sus mercados e impedir con sus protestas el desarrollo del tercer mundo. Algunos hasta insinúan que el movimiento antiglobalización juega de par en par con la nueva derecha extrema en Europa. Esto último es una visión bastante tergiversada: basta leer las consignas del movimiento antiglo­balización a favor de los migrantes y contra el racismo para constatar que ese movimiento nada tiene que ver con la xenofobia y el chauvinismo de un Le Pen.

El nombre movimiento antiglobalización en sí es equívoco. La mayoría de los grupos prefieren autodenominarse "críticos de la globalización", críticos de una globalización económica desenfrenada que beneficia a unos pocos.

Los inicios

En los últimos veinte años, distintos grupos y ONG en Europa y Norteamérica se han preocupado por el destino de los países pobres. Ellos militaban en círculos de estudios universitarios, en movimientos como Amnisty International o Greenpeace; dedicaban su tiempo libre a proyectos hermanados desde sus parroquias o centros de estudios. Esas mil y una iniciativas y ONG del mundo cristiano, del mundo de la izquierda, del mundo ecologista y del mundo académico no estaban conectadas entre sí y pasaban casi desapercibidas para la opinión pública. Hasta que a finales de los noventa las manifestaciones públicas recobraron una nueva dimensión, tanto en número cuanto en la percepción de los medios de comunicación. El nacimiento del movimiento como tal data de noviembre de 1999. Unos 50 000 manifestantes tomaron la ciudad de Seattle y protestaron contra la reunión de la Organización Mundial del Comercio. Lo nuevo de Seattle fue que allí estos grupos dispersos por los cinco continentes se reunieron por una acción concreta. Las nuevas alianzas no habrían sido posibles sin el uso de la Ínternet: ya ningún mal en ese mundo pasa desapercibido. Desde Seattle el movimiento les ha seguido la pista a sus representantes políticos a donde fueran: Praga, Gotemburga, Génova y últimamente Sevilla. Hicieron abortar el Acuerdo Multilateral de Inversiones que quería proteger a inversiones multinacionales desconsiderando legislaciones nacionales. Y paralelamente al Foro Económico Mundial, establecieron otro foro, el Forum Social Mundial en Porto Alegre, Brasil. El movimiento es diverso, variopinto y descentralizado: hay entre ellos unos que quieren acabar con el capitalismo, otros que ven amenazados sus propios puestos de trabajo, y otros que quieren reformar y democratizar la globalización para que se vuelva más justa y participativa. Las alianzas son amplias: desde el Papa hasta los anarquistas, desde campesinos hasta migrantes "sin papeles" se reúnen para exigir otro rumbo para el mundo.

En representación de muchos activistas y líderes queremos presentar a una de sus ideólogas más influyentes, Noemí Klein, y uno de sus movimientos centrales, Attac.

No logo: Del poder de las marcas y cómo subvertirlo

Hace unas semanas se pudo apreciar en la televisión peruana cómo la Policía confiscaba polos, zapatillas y jeans en varios mercados de Lima. No escondían droga, ni se trataba de mercancía robada ni contrabandeada. Tampoco eran artículos que podrían dañar la salud. Pero eran polos y zapatos que llevaban una insignia que no les correspondía: sus etiquetas Nike, Benetton, Adidas, eran falsificadas.

Si se hubiera enterado del asunto, la periodista canadiense Noemí Klein probablemente se habría reído en voz alta de que los comerciantes peruanos hayan logrado sacarle la vuelta a las grandes marcas. En su libro No logo ella desmenuza las estrategias de los imperios comerciales de Nike, Coca Cola y otros global players. Klein demuestra que lo que importa y hace el precio no es la calidad de la mercancía, ni mucho menos el lugar o las condiciones de producción. Lo que hace el precio es la marca.

Al mismo tiempo que esas empresas producen sus textiles y zapatos en las maquilas y zonas francas de turno del tercer mundo que ofrecen el mínimo de legislación laboral, tienen una estrategia para que sus marcas ocupen el espacio público: sea por los medios, sea por sponsoring de famosos grupos musicales y deportivos, sea por contratos con escuelas y universidades. Klein cuenta cómo "dibujar el mejor logo para Coca Cola" se convierte en tarea escolar para alumnos de primaria en escuelas de Estados Unidos, o cómo el deporte escolar y universitario es dominado por ciertas marcas.

Las estrategias para subvertir ese poder están en utilizar los mismos medios: producir una opinión pública crítica –deformando lúdicamente por ejemplo los conocidos logos y haciendo acciones llamativas para los medios de comunicación– y llamar a usar el poder de consumidor o de accionista. No solo el poder de consumidor individual, sino también el poder de municipalidades.

Así toma forma algo que Klein llama "política exterior local": consejos municipales deciden que las empresas municipales ya no se abastezcan de ciertos productos que son fabricados en países que no respetan los derechos humanos o laborales. Así los políticos locales socavan una política exterior nacional que solo busca el beneficio de sus empresas multinacionales. Las políticas de boicot han tenido cierto éxito. Varias multinacionales estadounidenses optaron por retirarse del Sudáfrica del apartheid o de Burma. Aunque la política del boicot puede llevar a extremos. Klein cita a una regidora de Berkeley, California: "Pronto tendremos que emprender nuestras propias exploraciones petroleras" (porque ya no quedaba empresa petrolera "intachable").

Attac: Movilización por el impuesto Tobin

"Otro mundo es posible." Con ese llamado, Ignacio Ramonet, director del hebdomadario izquierdista francés Le Monde Diplomatique, dio inicio al movimiento Attac, que en solo cuatro años se ha convertido en el grupo antiglobalización más fuerte en Europa.

Nada habría hecho pensar que un llamado por una "asociación para la tasa Tobin para ayudar a los ciudadanos" (Attac) tuviera tanto eco en medio de sociedades que suelen lamentar el hedonismo y las pocas ganas de compromiso de sus jóvenes.  Hoy en día Attac es la asociación civil más grande de Francia
(30 000 miembros), y en Alemania el número de sus miembros experimentó un crecimiento desproporcionado cuando las imágenes de Génova 2001 –donde Berlusconi empleó una fuerza militar y policial desmesurada para frenar las protestas callejeras– dieron la vuelta al mundo. En treinta países existen hoy grupos de Attac; en 80 000 se estima el número de sus miembros; su informativo Grano de arena sale en por lo menos cinco idiomas.

Una propuesta económica ha movilizado a tantas personas, jóvenes y viejos, como si la utopía prohibida después de la caída del muro de Berlín se buscase una entrada forzosa, aunque sea revistiéndose del lenguaje económico. La tasa Tobin, la demanda central de los grupos Attac, es una propuesta del fallecido premio Nobel James Tobin. Si se pusiera un impuesto sobre las transacciones financieras se podría por un lado estabilizar el mercado financiero volátil, culpable entre otros por las múltiples crisis financieras. Al mismo tiempo, el dinero recaudado por el impuesto estaría a disposición de los países del tercer mundo.

A cuatro años de lanzar la campaña, el impuesto Tobin se discute seriamente en varios parlamentos europeos. Los parlamentarios de Canadá y de Francia ya lo aprobaron. Con una pequeña pero significativa cláusula: se hace efectiva cuando otros países también la adoptan. Todavía ningún país quiere exponerse solo al riesgo de que los capitales del mundo los eviten y busquen otro nicho con menos prescripciones.

A pesar de que muchos parlamentarios son miembros de Attac, el grupo mismo se mantiene a distancia de cualquier partido político. El movimiento Attac es heterodoxo, y más que como movimiento político se entiende como movimiento de educación popular con el objetivo de educar a la gente en temas económicos. El sueño de Bernard Cassen, presidente de Attac Francia, es conseguir una economía que esté al servicio del hombre, según confesó a un diario español.

El actual proceso de privatización de servicios públicos en Europa es un tema concreto que suscita interés y que a la vez sirve para explicar dimensiones mundiales de la economía. Al fin y al cabo, son las mimas empresas multinacionales las que compran centrales de agua o de electricidad tanto en Berlín cuanto en Buenos Aires o en Lyon.

La privatización de los servicios de salud o de las pensiones son otros temas candentes. Un tema aún no debatido a fondo es cómo se pueden proteger economías propias débiles frente a importaciones más baratas, pero sin impedir el desarrollo de países del tercer mundo. En general, movimientos como Attac están en contra de las barreras comerciales impuestas pero a la vez llaman  a consumir productos ecológicos y del mercado local  regional. ¿Es eso proteccionismo?

Los críticos de la globalización en América Latina

La gente que se moviliza en Seattle, Génova o donde sea lo hace porque piensa que el actual programa de globalización económica atenta contra los países pobres. Pero los pobres de este mundo ¿comparten esa crítica a la globalización? ¿Cuáles grupos latinoamericanos se divisan dentro de ese movimiento?

Objetivamente, América Latina ha sido el continente que más ha hecho caso a las recetas liberalizadoras de las instituciones financieras y el que menos desarrollo ha obtenido en la década pasada. Sobre todo comparado con países como la India o China o Malasia, que no han seguido las recetas del FMI pero sí pueden demostrar alguna mejora económica.

Según esa lógica los críticos a la globalización deberían abundar en América Latina y dominar en la opinión pública y en los análisis políticos. Hasta ahora eso no es así. En general, se puede decir que los actores latinoamericanos son tan diversos como los europeos o norteamericanos: entre las cabezas más visibles se cuentan los zapatistas de Chiapas, algunos sindicatos y el Movimento Sem Terra en Brasil, algunos movimientos de indígenas, intelectuales como Eduardo Galeano, pero también el sinnúmero de ONG presentes en Porto Alegre o iniciativas de economía solidaria. En el Perú, el movimiento más conocido ha sido la campaña por la condonación de la deuda externa, impulsada en gran parte por las iglesias. De hecho, el Papa y muchos grupos cristianos ya forman parte de ese nuevo movimiento ciudadano internacional –o por lo menos son considerados como tales por los medios de comunicación–.

Después del 11 de setiembre: Justicia social  contra el terrorismo

Después del ataque terrorista del 11 de setiembre, muchos habían vaticinado el final del movimiento antiglobalización. Ese fin hasta ahora no ha sucedido. El 20 de julio de este año, miles de personas se reunieron en marcha pacífica en Génova para conmemorar los sucesos violentos de hace un año. El argumento del movimiento es que por falta de esa justicia social global que ellos reclaman, el mundo suscita grupos terroristas como Al Qaeda. Que con bombardear Afganistán no se soluciona ninguna de las injusticias que ellos han señalado. A la vez, los grupos más importantes del movimiento se abstienen de condenar abiertamente la política antiterrorista bajo el liderazgo estadounidense.

El movimiento crítico a la globalización sigue vivo porque canaliza un sentimiento generalizado: "Algo anda mal en ese mundo. Pero podemos y debemos cambiarlo". Y ese "algo mal" toma cada vez formas más similares en los distintos países. Las fronteras ya no pasan entre los países ricos y los países pobres, sino entre los que se benefician de una economía desregulada y sin control democrático y los que sufren sus consecuencias negativas. Hasta ahora, en contra de todas las promesas liberalizadoras, lamentablemente los segundos son más numerosos.