Batallas de interpretación

Gustavo Gorriti

 

Una aguda y enterada crónica de los interiores del poder en la siempre amena pluma de Gustavo Gorriti.

El mes pasado vimos que Toledo tuvo con su comité de crisis la misma relación que un paciente difícil tiene con su dentista. Si la muela duele y la cara se hincha, no queda más remedio que aceptar, entre rezongos y quejidos, los trajines profesionales. Pero apenas se ha sacado la muela, obturado la caries, lo único que desea ese paciente es olvidarse de quien le hizo doler para servirlo. Los dolores de trigémino y la gratitud no hacen pareja.

Solucionado el caso Zaraí, un Toledo de nuevo

activo, liberado de pesos internos, ya

que no de pesares, se embarcó en jornadas

intensas de recorrido por el país y mejoró

paulatinamente su salud política. Retornó algo de la perdida sintonía con la gente, la adrenalina de los recibimientos masivos, los bruscos cambios de geografía, la rimbombancia de los aplausos en las plazas. De a pocos, y con el riesgo constante de extraviarse, Toledo fue redescubriendo su propia huella.

El comité de crisis no fue convocado más.

No solo eso. Hubo un cierto rencor (atemperado, en el otro polo de la ambivalencia, por el respeto) hacia aquellos miembros del comité de crisis que fueron más claros e inequívocos en expresar sus puntos de vista.

Con Fernando Villarán, por ejemplo, la ambivalencia fue muy clara. Tal como expresa una fuente palaciega, “Toledo respeta a Villarán como tipo inteligente, que hizo muy buena labor en [el programa] A Trabajar.  Pero no sabe cómo relacionarse con él. Y le guarda rencor por haber expresado [públicamente] su opinión sobre Zaraí y en lo del gabinete de ancha base”.

Hoy por hoy, según fuentes con conocimiento

de causa, “Villarán es el único que se atreve

a hablar en el gabinete”. Loret de Mola,

quien por diversas razones tuvo ideas muy

claras en el caso Zaraí y las expresó con

energía, ha optado luego por la silente prudencia frente a temas de controversia. Silva Ruete, de cuya longeva y plural experiencia pública se pudiera esperar el consejo sin temor, tiene suficiente con mantenerse, cazurro y eficaz, en control de su sector.  Allan Wagner alberga una timidez comparable a su estatura cuando se trata de pronunciarse sobre temas que trascienden su portafolio.

La cautela de estos ministros independientes ha sido estimulada por la obvia ojeriza con la que el premier Solari reaccionó frente a la independencia de Villarán. Con Solari, hay que decirlo, lo obvio no es necesariamente lo directo, pero, en palabras de un alto funcionario estatal, “Villarán está en la mira de Solari. [Este] quiere un gabinete más sumiso. Él tiene un estilo vertical. Él no pide opiniones”.

El estilo parece haber sido comprendido por ministros que valoran la supervivencia funcional. “Ahora, cuando viaja, Loret de Mola le deja el ministerio a [el ministro de Salud] Carbone, el protegido de Solari”, dice el funcionario estatal, quien acepta, no obstante, que Carbone ha demostrado virtudes clausewitzianas en su guerra contra los condones y demás anticonceptivos.

¿Significa esa suma de prudencias que las horas de Villarán al frente del Ministerio de Trabajo están contadas? No necesariamente. La decisión depende de Toledo, persona compleja si las hay. Toledo detesta ser aconsejado públicamente por gente cercana a él y en ocasiones lo estima un acto de deslealtad.  De otro lado, siendo él mismo muy inteligente, pero pocas veces claro, aprecia la inteligencia, la claridad y la eficacia. Y le encanta mantener a Solari con la rienda corta.

En este imperfecto malabarismo de alternativas, grupos y cacicazgos contrapuestos, Toledo ha tomado a veces decisiones muy contraproducentes.  Gerardo Ayzanoa fue una. “Ayzanoa está más perdido en Educación que ciego en tiroteo”, dice una fuente cercana al tema, “y eso sucede en el sector que Toledo proclamó iba a ser prioritario en su gobierno.” Otra fue la obligada renuncia de Pedro Francke a Foncodes.  La salida inmotivada de este eficaz administrador contrajo y retardó la cooperación internacional en otra área crucial para el gobierno de Toledo.  Si Fernando Villarán siguiera el camino de Francke, “ahí sí podría hablarse en propiedad de un Gabinete Solari”, dice una fuente de Palacio. “[Solari] quiere un gabinete sumiso… [después de las elecciones] en el gabinete no se hizo ninguna evaluación, [Solari] dio la línea y ya. En el gabinete no se discute de política”.  El problema es que aparte del gabinete quedan pocas instancias de deliberación y debate en el nivel presidencial. Los consejeros presidenciales han continuado su devenir involutivo hacia la irrelevancia.  Solo Arias Graziani “tiene llegada continua con Toledo”, como dice un testigo directo.

A la vez, el jefe del CNI, Fernando Rospigliosi,

una de las personas con más ejecutoria democrática y mayor calibre intelectual en el gobierno, se ha ido alejando paulatinamente de Toledo. “Rospigliosi ha perdido mucho piso. No lo ve seguido [a Toledo].  Ha ido abandonando el tema de influir en el monarca”, dice una fuente de Palacio con afición por el lenguaje cortesano. “Rospigliosi ya no hace el esfuerzo.” ¿Quiénes hacen el esfuerzo? Según diversas fuentes de Palacio, el círculo de personajes cercanos y con influencia sobre Toledo (pero sin contar los entornos familiares, amicales y de seguridad) se clasifica de la siguiente manera:

Entorno cercano, funcional y personal:

Willy González Arica: Influencia por proximidad sin asuetos (excluidas unas pocas horas de sueño) y por manejo de la agenda. César Almeyda: manejo de asuntos personales de Toledo junto con la labor de Indecopi; fronteras indefinidas en ambos casos.  Según algunos observadores, la creciente presencia de Almeyda en los inevitables y poco vegetarianos domingos presidenciales en casa de Adam Pollack, es signo de su importancia.

Segundo entorno cercano: Javier Reátegui: Muy próximo, dice una fuente, antes que como ministro, como “operador de Toledo” en temas conectados con ciertos círculos empresariales y otros “temas complejos”, según la misma fuente, en los que “mezcla funciones con Almeyda” -ambos, por ejemplo, consiguieron el dinero (¿de quién, cómo?) para financiar el diario toledista La Pura Verdad.  Carlos Bruce: el único del entorno inmediato que es veterano de los Cuatro Suyos y que tiene ejecutoria de lucha democrática. Organizador de giras presidenciales, concentraciones, inauguraciones y del masivo programa gubernamental de vivienda. Bruce no es, sin embargo, querido dentro del aparato dirigencial histórico de Perú Posible.

Entorno formal: Luis Solari: Pese a todos los puntos señalados, hay que añadir que su control del gabinete ha significado también una disciplina que estuvo ausente durante la gestión de Roberto Dañino. Inmediatamente después, se sitúa un trío de ministros: Loret de Mola, Silva Ruete y Allan Wagner. Los tres han adquirido, dice un testigo, “derecho de audiencia, de ser escuchados con sentido. [Toledo] los escucha, los respeta, pero no les tiene mucha confianza”.

El siguiente nivel es el de Raúl Diez Canseco, quien ha logrado mantener una buena relación con Toledo, concentrándose en su despacho, sobre todo en el área gestora y promocional. “El drama de Raúl”, sostiene una fuente de Palacio, “es que quiere ser Presidente, [pero] ¿cómo debilita a Paniagua?” Mientras tanto, cuando se ausenta Toledo, Diez Canseco cambia los hábitos; “con Raúl el ritmo se acelera”, dice la fuente; “trabaja con cuatro secretarias, tiene muchas reuniones con empresarios, hace inauguraciones”. Pero toda esa actividad se realiza desde el Almirante Grau. Toledo “le mete llave” a su despacho.

Finalmente, entre las influencias declinantes el crepúsculo más interesante es el que protagoniza el actual embajador en España, Fernando Olivera.  La defunción (o por lo menos coma profundo) del comité de crisis y la vigencia de los entornos actuales han significado cambios palpables en la toma de decisiones o de indecisiones presidenciales. El ambiente actual es más “operativo” y más rápido; también es menos reflexivo, menos informado y más propenso al error.  La manera como el gobierno afrontó los reveses electorales en las elecciones regionales del mes pasado, ilustra el funcionamiento actual de la precaria artesanía gubernativa.

En la víspera de las elecciones regionales, la mañana del sábado 16 de noviembre tres grupos diferentes acudieron a Palacio para evaluar los escenarios probables del día siguiente.

Del gabinete ministerial estuvieron el premier Luis Solari y los ministros Aurelio Loret de Mola, Javier Reátegui y Carlos Bruce. Asistieron también dos congresistas, Henry Pease y Gustavo Pacheco, miembros del difunto equipo de crisis, y Jesús Alvarado -que no perteneció a ese equipo.  Fernando Rospigliosi, del CNI, también concurrió.  El tercer grupo fue el de los organizadores de la campaña de Perú Posible (“el orfelinato”, en la amarga expresión de uno de sus integrantes), encabezados por Rómulo Pizarro, el jefe de campaña; Fredy Otárola, José Avilés y el ex consejero presidencial Esteban Silva.

También estuvieron el secretario de prensa, Rodolfo Pereyra; el publicista Manuel Echegaray y su colega César Parra.

En la reunión, Rómulo Pizarro, el experimentado jefe de campaña nacional de Perú Posible en las elecciones presidenciales del 2001, expuso varios escenarios probables. “Iban desde lo catastrófico hasta lo menos malo”, como recuerda uno de los participantes.

Toledo se incorporó a la reunión cuando se empezó a debatir si promulgar o no la ley de regiones.  El Presidente dijo que no quería hacerlo y tuvo una discusión con Henry Pease. “No he leído la ley”, dijo Toledo; “hemos ido más rápido de lo que deberíamos”.  “Si tú firmaste la ley de bases”, le contestó Pease, de acuerdo con testimonios de algunos participantes, “¿has leído lo que se aprobó? Si tú no escuchas a tu propia gente.”

Toledo “todavía corcoveó un rato”, cuenta una fuente que presenció la discusión; “se hace el que discute, pero luego dice: señores, les comunico que voy a firmar”.  En el almuerzo, la redacción del discurso de Toledo y la convocatoria de portavoces a quienes se encargaría, en palabras de Jesús Alvarado, dar “la batalla por la interpretación”, originó pequeñas intrigas y cortas escaramuzas, libradas ante Toledo.  Protagonista principal: Guillermo González Arica; protagonistas secundarios: Rodolfo Pereyra y Juan De la Puente, asediado redactor del discurso.

La tarde del sábado hubo otra reunión en

Palacio con los portavoces designados

(y alguno autodesignado). Estuvieron Gloria Helfer, Fernando Villarán, Jorge Mufarech, Anel Townsend, David Waissman, Manuel Echegaray, Rómulo Pizarro, Esteban Silva, Jesús Alvarado y Willy González Arica.  Poco después llegaron Toledo y Loret de Mola. Cuando el Presidente dijo que iba a promulgar la ley, Anel Townsend, Gloria Helfer y Jorge Mufarech se opusieron vivamente. En medio de la discusión, se recibe una llamada: se trata de un conocido dirigente aprista, que se opone a Alan García y pide que no se promulgue la ley, que es “hacerle el juego a Alan”. Todos se miran.

¿Cómo sabía ese dirigente lo que se estaba discutiendo?

Todos ponen cara de yo no fui.

Loret de Mola, que lleva puesto el fajín para asistir a la firma, interviene y convence a todos, menos a Anel Townsend, que se levanta y se va.  Al día siguiente, perdida la batalla de los votos y empeñados los sofistas partidarios en la “batalla de la interpretación”, el primero que parece necesitarla es Toledo. Había pensado que los resultados iban a ser mejores de lo proyectado.  Era posible, había dicho, ganar entre cinco y seis regiones.

La realidad, cuando no es prevista ni analizada, suele tener contundencia. Esa noche Toledo pasa brevemente por su estación dominical, la casa de Adam Pollack, se retira, deprimido, y se recoge temprano en su domicilio.

II

Esteras asísmicas

Es en medio de esa improvisación y pobreza analítica que el Perú ingresó en el territorio incógnito de la regionalización. No se necesita a Nostradamus para predecir grandes dificultades en su puesta en marcha. Ni tampoco para saber que su desarrollo o fracaso afectará sustantivamente la consolidación de la democracia en el país.

¿Cómo lograr avances y evitar fracasos? Es evidente que ciertos consensos básicos entre las fuerzas políticas son indispensables. Las elecciones regionales han producido el resultado perverso de volver frágiles a todos. A los independientes, que enfrentan mayor expectativa con menor organización; al APRA, cuyo triunfo parece mucho más contundente de lo que en realidad es: logró sólo un 25 por ciento nacional y ganó en muchos lugares por márgenes muy estrechos; a la centrífuga Unidad Nacional; y al maltrecho Perú Posible.

Sin embargo, como puntualiza Nicolás Lynch, uno de los propugnadores –sin éxito hasta ahora– de un gobierno de ancha base, “[la polarización] es un defecto común de Toledo, García y Lourdes Flores”. Esta democracia, continúa Lynch, “es una casa de esteras, [pero ellos] actúan como si fuera un edificio asísmico”.

“Todos están polarizados”, dice Lynch, “menos la mafia.”

III

La mentira como arma

Es verdad. La lucha anticorrupción (hasta el nombre parece ahora exagerado) no solo se ve catatónica sino que parece amenazada por la fragmentación y el fracaso. La mafia se reagrupa, desde dentro de las cárceles, desde los medios de comunicación que controla o influye y desde las instituciones y los partidos políticos donde conserva aliados.  Hay coordinación, organización operativa y una cierta unidad de acción en segmentos sustantivos de la mafia, que explota las debilidades e inconsistencias del sistema judicial, fiscal y policial.

El caso de Santiago Martín Rivas y el Grupo Colina puede terminar siendo crucial para la victoria o derrota en esta lucha. Hasta la captura de Martin Rivas, la acusación contra el Grupo se basaba en lo siguiente:

El Grupo Colina, con integrantes identificados, perpetró atrocidades tales como la matanza de Barrios Altos y la de La Cantuta, y el asesinato de Pedro Yauri, entre otras.  El Grupo Colina actuó con el conocimiento y bajo las órdenes de Vladimiro Montesinos y Alberto Fujimori.  Después de su captura, y especialmente cuando toreaba a los dos intonsos congresistas que, sin preparación alguna, intentaron interrogarlo, Martin Rivas sostuvo que:

El Grupo Colina no existió y él, Martin Rivas, fue solo un analista de Inteligencia, un estudioso de la guerra.

Nunca vio a Fujimori, y con Montesinos solo se vio alguna vez, en grupo.  La estrategia de defensa de la mafia se consolida así en no reconocer ni un solo caso de violación de derechos humanos o de narcotráfico, que, ellos saben, son los únicos delitos por los que podrían recibir penas sustantivas.

¿Qué favorece la posición de Martin Rivas? Varias cosas:

Tiempo para planificar su defensa y afinar coartadas. “Estuardo Malpica [el abogado de Martín Rivas]”, dice uno de los policías que capturó al jefe del Grupo Colina, “conoce el caso bien porque lo ha analizado a fondo con Martin Rivas.” La Policía considera que Malpica es antes cómplice que abogado de Martin Rivas, y que se lo debe investigar mucho más.

Fuentes judiciales y fiscales coinciden con la

Policía: “Estuardo Malpica es más peligroso que,

digamos, [César] Nakasaki. Este último trabaja

dentro de las reglas. Malpica no titubea en

presionar a los jueces, en mencionar a sus

‘amigos’ en control interno”.

La fragmentación judicial. Cuando se trata de un proceso contra el crimen organizado, lo lógico es que un magistrado acumule los casos pertinentes. Con mayor razón si se trata de un megaproceso, como debiera ser aquí. Pero lo contrario sucede con los juzgados especializados, donde cada caso se divide entre dos y tres jueces que no coordinan entre sí. El de Martin Rivas, por ejemplo, está dividido entre las juezas Victoria Sánchez y Jimena Cayo.

La parálisis en la investigación. El

equipo de inteligencia policial que capturó

a Martin Rivas no pudo proseguir con la

investigación en caliente, luego de la captura.

La fiscalía tomó el control operativo de la

investigación y procedió a ordenar, con típica

lentitud procesal, cada paso; en lugar de

dirigir y monitorear la investigación pero

dándole mayor latitud a la Policía para

proseguir con la pesquisa enriquecida por la captura.  La cobardía y, en algunos casos, la corrupción judicial. Los policías que trajeron a Montesinos de Caracas cuentan que este les dijo, cuando subieron al avión, “¿quién me va a juzgar?: ¿mis hijos?”. Es cierto que los jueces y vocales anticorrupción y un número importante de fiscales han trabajado abnegadamente pese a las inmensas dificultades que confrontan.

Pero el efecto erosivo del exceso de

trabajo, la   fragmentación procesal, los

raquíticos recursos, la presión psicológica y la eventual intimidación, no pueden ser descontados.  Lo más fácil para un juez acosado es refugiarse en formalidades procesales y perderse en ellas.

Las acusaciones infundadas, que socavan a las fundadas. “Es jalado de los cabellos achacarle, por ejemplo, el asesinato de [Pedro]

Huillca a Martin Rivas”, sostiene uno de los policías que lo investigó; “él usa esas acusaciones sin fundamento para quitarle mérito a toda la investigación.”

Sin embargo, pese a todas sus coartadas, existen elementos sobradamente suficientes como para condenar a Martin Rivas. Entre ellos:

Las declaraciones corroborativas de diversas fuentes militares que afirman la existencia del Grupo Colina. Así, por ejemplo, fuentes militares con conocimiento cercano del tema admitieron al periodista Ricardo Uceda que el Grupo Colina no solo existió, sino que cometió la mayoría de los crímenes que se le imputan, bajo la dirección operativa de Martin Rivas.

Documentos del SIE y la DINTE, incautados por

la jueza Victoria Sánchez, donde se ordena

proveer de armamento, munición, ropa y

calzado –con detalle de tallas y medidas- a

miembros del Grupo Colina. Cuando le

enseñaron los documentos a Martin Rivas,

cuenta un testigo, “se puso nervioso por un segundo, luego tomó aire y negó todo”.

Declaraciones incriminatorias de Nicolás

Hermoza Ríos.

Declaraciones de dos miembros del Grupo

Colina, acogidos en forma independiente a la colaboración eficaz, donde detallan coincidentemente cómo fue la operación de La Cantuta y el asesinato del periodista Yauri, con la participación de Martin Rivas.

La sentencia previa del fuero de justicia

militar, que condena a los integrantes del

Grupo Colina por los asesinatos de La Cantuta.  Si Martin Rivas (enfrentado a los hechos) ve diluirse sus coartadas, seguramente sostendrá que el Colina no fue el primer grupo militar de aniquilamiento selectivo durante la guerra contra Sendero.

Tendría razón. Hubo otros grupos dedicados al asesinato de presuntos senderistas o, llegado el caso, de ciudadanos indefensos. Pero hay algo que singulariza al Grupo Colina.

Se trató del primer grupo de aniquilamiento que actuó bajo el nuevo diseño operativo contrainsurgente que puso en marcha Montesinos desde 1991, bajo la dirección del SIN.

El SIN de Montesinos pasó a dirigir desde ese año el esfuerzo contrainsurgente militar. El Grupo Colina actuó bajo sus órdenes.

Durante los años en los que la historia del Perú se convirtió en un atestado, la mafia y el Grupo Colina tuvieron el mismo jefe.