Buscando (siempre) un culpable: sobre la tragedia de Los Olivos

Buscando (siempre) un culpable: sobre la tragedia de Los Olivos

Aldo Pecho Gonzáles / IDL-Seguridad Ciudadana

Un hombre grita furioso contra el público, contra los policías, contra las camionetas apiladas de cuerpos en las tolvas: “¡Han dejado que la gente se muera!”. Llega otro, el alma partida, la voz desgarrada: “No, hermano, tú no. ¿Por qué?… ¡Despierta, por favor!”. Tragedia. Este sábado 22 de agosto, en el establecimiento Thomas Resto-Bar de Los Olivos, acaba de ocurrir una tragedia. Trece jóvenes (doce mujeres y un hombre) fallecieron aplastados en un confuso incidente, luego de que la Policía llegara al local e intentara detener a más de un centenar de personas que infringieron la ley en plena crisis sanitaria. Las reuniones y los espacios de recreación están prohibidos. Se cumplía con un operativo de detención y terminó en una tragedia.

 Una mujer grita desesperada y menta la madre al cielo. “¡No!”, sigue gritando, “¡Revive! ¡No me dejes!”. Otra, subida en la tolva de una camioneta, intenta animar el cuerpo inerte de su conocida. La tragedia se desató pasada las nueve de la noche. Un fallido operativo, el local aglomerado de gente, las puertas trancadas por el tumulto (y que solo se abrían hacia adentro), entre tantas cosas, fueron los desencadenantes de esta tragedia. De nada sirvieron los desesperados combazos de los refuerzos policiales por abrir un local que funcionaba clandestinamente, y que era una bomba de tiempo por sus condiciones. Cuando pudieron doblar las puertas, se apreció una avalancha de personas en el suelo, muchas de ellas inconscientes. Sí, una tragedia.

En el sentido común de muchos peruanos y peruanas, en el patíbulo de los juicios morales que son las redes sociales, empezaban a oírse voces sentenciosas contra los jóvenes: “Se lo merecían, para qué incumplen la ley”, “Trece delincuentes menos”, “Ha sido lo mejor, así no contagian a nadie”, “Eso lo tienen bien merecido por irresponsables”. La indolencia, la falta de empatía, el desprecio por la vida al parecer no es un rasgo que se deba atribuir a las víctimas (¿acaso las conocíamos?), sino una marca de nuestra sociedad que se hace más visible en estos tiempos de crisis. La celebración de la muerte, el goce de lo que llaman justicia, el dedo que señala extasiado a los culpables… Culpables, sí. Buscamos culpables, y a toda costa los buscamos. ¿Quién tuvo la culpa de esta tragedia?

Para comprender un evento como este, en su real magnitud, es necesario dejar atrás los juicios morales y empezar a explorar sus causas, que han sido múltiples. Responsables los hay, claro, y ante una tragedia como esta deben rendir cuentas. Que los jóvenes han infringido la ley de manera irresponsable, exponiendo sus vidas, la de los asistentes, sus familias y la sociedad en plena crisis sanitaria nadie puede dudarlo. ¿Y por ello merecían la muerte? Infracciones todos las hemos hecho en algún momento de nuestras vidas, en mayor o menor medida. ¿También debió caernos una sentencia de este tipo si hubieran ocurrido circunstancias así de fortuitas y letales? Se dice que muchos de los fallecidos y los detenidos se encontraban requisitados, que tenían un prontuario en los registros policiales. ¿Eso justifica la tragedia? Como si criminalizarlos quitara la responsabilidad que otros también han tenido sobre sus muertes. Porque en este país algunas vidas valen menos que otras.

Ahora las miradas apuntan hacia el empresario (?), quien organizó este evento. Y por supuesto que tiene una gran responsabilidad a cuestas. El lucro por encima de la integridad, la salud y la vida de las personas lamentablemente ha sido pan de cada día en el Perú, y se ha hecho más visible con esta pandemia. Atrás quedó el mito del emprendedor, que algunos científicos sociales vienen denunciando desde hace buen tiempo. ¿Emprender para explotar? ¿Emprender para beneficiarse poniendo en peligro la vida de los demás? A lo mejor preferimos empresas “formales” como McDonald’s, pero ya vimos los resultados. Si hacer empresa en el Perú ya es una proeza panamericana, hacer una “buena empresa” debería ser olímpica. Y claro que las hay. Lamentablemente este no ha sido el caso.

¿Quién fiscaliza estos negocios? En el caso de Thomas Resto-Bar debió haber sido la Municipalidad de Los Olivos. Allí la responsabilidad es política. El presupuesto no alcanza, nos comentan. ¿Cómo se le puede dar licencia a un negocio público sin haberlo inspeccionado porque “el presupuesto no alcanza”? Las puertas hacia adentro fueron uno de los causantes materiales de esta tragedia. ¿No haber inspeccionado algo tan básico para otorgar la licencia también ha sido culpa del presupuesto? El alcalde Felipe Castillo asegura que su “responsabilidad es estrictamente emocional”. Vaya dilema el que debe afrontar esta semana cada vez que duerme, porque según él “soy un hombre viejo para lavarme las manos”.

Y el siguiente nivel de responsabilidad recae en la Policía. ¿Qué sucedió para que un operativo terminara con la pérdida de trece vidas? Muy exitoso no ha sido. Y si afirman que se cumplieron todos los procedimientos, no queremos imaginarnos qué pueda pasar con el siguiente operativo cuando no se los cumpla. Que haya una intervención sin que se sepa cuántas personas se encuentran en un evento (inicialmente les dijeron que 30, ¡pero eran 120!) deja mucho que desear de sus métodos. Evidentemente se vieron sobrepasados, en un local tan pequeño, con tanta gente aglomerada y en pleno jolgorio, y con una salida tan estrecha y con las puertas hacia adentro. ¿Así se planifica una intervención?

Lo que vino después ha sido un dilema. Según la Policía, los jóvenes intentaron huir del local para no ser detenidos. Según los jóvenes, la Policía no quiso dejarlos salir del local y los retuvo, aparentemente esperando los refuerzos. Lo sospechoso de esto es que quienes quedaron atrapadas en la entrada de la discoteca, al iniciar la escalera, fueron mujeres. El sesgo de género tan cuestionado (“Las mujeres primero”, vaya caballerosidad) terminó siendo la sentencia de estas jóvenes, además de haber generado confusión y desesperación entre quienes querían evacuar y quienes no querían perder de vista a sus parejas, amigos o familiares. Sospechoso también que un policía haya sido el primero en salir de una puerta obstruida por los cuerpos. ¿Tuvo la mala suerte de quedar atrapado justo en la salida o no permitió dejar salir a los asistentes, hasta que la avalancha terminó por trancar la puerta?

Sí, vaya procedimientos los que se llevaron a cabo. Las respuestas las dejo a la razón de cada uno, si es que ya no la acabamos de perder por estos días.

Por supuesto, muchos intentarán sacarle el jugo a esta desgracia. Discursos políticos en primera fila necesitando culpables. Algunos ideológicos reviviendo fantasmas insufribles. Otros buscando botar la bilis por el odio a los indeseables. Estos últimos terminan siendo preocupantes, porque son los que más. En el sentido común de muchos peruanos y peruanas las personas merecen esto por infringir las normas: el máximo castigo. Hay algo paradójico y muy maquiavélico aquí. Cuando la transgresión de las normas es frecuente, ocurre porque el Estado pierde legitimidad, se desconfía de sus instituciones, la autoridad no es debidamente reconocida y se le ha perdido fe al sistema político. Sí, un problema que llega a la raíz de nuestras estructuras. ¿Saben cuál es la solución que proponemos para esto, para una sociedad cohesionada a punta de babas y remendones? La mano dura… (de ese Estado deslegitimado). Aquello que no logramos integrar debe ser corregido a la fuerza o desecharse. Por eso las muertes no importan. Total: “Se lo buscaron”.

Así ocultamos las responsabilidades que han ocurrido en esta tragedia (y sí que son múltiples), y nos sentimos a gusto con nuestros pensamientos: hubo justicia. Por supuesto que existen las responsabilidades individuales, nadie lo niega. Pero no caigamos en un juego de buscar un solo culpable: los más débiles de la cadena. De derramar el odio acumulado por nuestras frustraciones. Un país que no ha podido otorgarle nunca las condiciones adecuadas a sus ciudadanos y ciudadanas no debería celebrar con júbilo sus muertes. No hace mucho el odio nos hizo cerrar los ojos y taparnos los oídos en una guerra que nos parecía ajena. Total, no somos nosotros. La patrulla no entrará en el conjunto residencial donde vives, las rejas que te separan del resto de la ciudad vuelven infranqueable cualquier operativo, tu amplia casa te permite tomar distancia social de los problemas y lavarte las manos por todo lo que pasa.

Algunas personas no pueden hacerlo, no tienen esos privilegios. Y esto no quiere decir que no deban hacerse responsables de sus actos. Tenemos libertad para elegir —aunque es verdad que las condiciones no son iguales para poder hacerlo—, y en esa libertad, las decisiones que tomemos traerán consecuencias. Eso es algo que tenían que cargar los jóvenes asistentes. Pero un evento como el sucedido en Los Olivos nadie lo imaginaba, ni que tampoco para ellos era un pase a la muerte. Alguien tiene que pagar por esto. Responsables los hay, y la sanción debe caer sobre los mismos (¿qué tal si miramos al otro lado de la cadena?), aunque en un país como el Perú la justicia sea solo una ficción del poder. Por lo menos nosotros tenemos la libertad de elegir no ensañarnos con quienes es más fácil culpar por lo ocurrido. Poder dar un paso más adelante en estos tiempos tan duros que nos tocan vivir, y comprender que nuestros problemas (porque son nuestros y no ajenos) tienen raíces más profundas de las que aparentemente vemos.

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