Crónicas migrantes: Orquesta Urbanos, de Apure a Piura en un bus ecuatoriano
Fernando Ríos Correa
Foto de portada: DanielyJunior Urbanos (Facebook)
La noche que Daniel y Junior Hernández llegaron a Piura, no tenían mayor información sobre la ciudad, básicamente porque no pensaban quedarse aquí. Animados por la propuesta que paisanos suyos de San Fernando de Apure, en el centro de Venezuela, les habían hecho, tenían toda su fe puesta en llegar a Lima, ciudad que conocían por los cientos de videos de orquestas peruanas de salsa tocando en discotecas tropicales de la capital peruana, y en cuyo circuito querían brillar, como lo habían hecho por más de dos décadas con su orquesta en diferentes ciudades de Los Llanos y el centro de Venezuela.
Aquella noche piurana de julio, calurosa como todas, Daniel y Junior estaban pasando un mal rato. El jalador de la empresa de transportes CIFA —que los traía desde Guayaquil— les había prometido que el bus los dejaría en Lima, ocultando que el último paradero de esa empresa, como varias otras ecuatorianas, era Piura. Luego de atravesar las playas de Tumbes, las curvas de Los Órganos, el tablazo de Talara y el valle del Chira, el vehículo se había detenido en el cruce de Los Naranjos con Sánchez Cerro, donde se ubican varios terminales de buses, con la promesa de que pronto otro bus, esta vez peruano, los recogería para continuar con el trayecto y, ahora sí, luego de mil kilómetros, dejarlos en Lima.
Pero el bus peruano había revendido sus asientos, por lo que no había espacio para los hermanos Hernández, quienes sin saber qué hacer se quedaron en la terminal, renegando de su destino y recibiendo la atención de algunos piuranos, siempre curiosos, quienes les preguntaron cuál era su plan en Perú. “Nos queremos dedicar a la música, somos artistas”, replicaron. “Ah, ya, pero acá en Piura hay hartos locales donde pueden cantar. Mañana pueden ir a averiguar”, respondieron mis paisanos, siempre animados con los forasteros.
Esa noche, los hermanos Daniel y Junior Hernández, músicos tropicales del estado de Apure, durmieron en un colchón piurano que consiguieron cerca del terminal, con el norte de resolver su viaje a Lima a primera hora. Pero esa conversación casual con los piuranos había surtido efecto y, al amanecer, cuando los zancudos dejan de zumbar y las cachangas entregan su fragancia, ya estaban de pie, decididos a aplazar su viaje una noche más. Aprovechando que era sábado, fueron con sus nuevos amigos norteños a visitar las picanterías, peñas y piscinas piuranas, confiando en su talento y en el mercado nocturno del norte peruano para presentar su producto: somos Daniel y Junior de la Orquesta Urbanos de Venezuela.
San Fernando es una ciudad de Los Llanos y capital del estado de Apure que, pese a estar muy lejos de Piura, se le parece un poquito. San Fernando tiene un río que baña su mapa urbano, y Piura también; como dos ciudades ribereñas, saben lo que es aguantar los caprichos de la corriente cuando esta decide crecer, llevándose en su palizada los sueños de la ciudad, y obligando a cada quien a reconstruir sus trazos y darle nuevas formas pensando en el próximo desborde de sus ríos facinerosos.
San Fernando, como Piura, es una ciudad casi de frontera. No está al lado de los límites del país, pero en una madrugada, conduciendo hacia el Orinoco, puedes llegar al colombiano Puerto Carreño, y la distancia hacia Caracas es la misma que hacia el Arauca. Al ubicarse así, todas las músicas tropicales les son propias, porque recibe influencias de la gaita del Zulia, el joropo, el merengue, el vallenato o la cumbia colombiana, lo mismo que el reggaeton, el latinpop o la guaracha. Por ello, cuando Junior Hernández decidió fundar su agrupación “Urbanos”, en 1999, lo hizo pensando en interpretar éxitos de Salserín, Adolescentes de Porfi Baloa, Guaco, Dimensión Latina, Servando y Florentino, y otros artistas exitosos de la salsa baúl, que es como se le conoce en ciertos lugares de Venezuela a lo que los peruanos le decimos “salsa sensual”.
Pero Junior realmente no se llama así, sino José Luis, y recibió el apelativo de Junior porque se llamaba igual que su padre, un cantante de larga data en Apure que, sin embargo, no era natural de ahí, sino de Barquisimeto, la capital musical de Venezuela. En Barquisimeto, exactamente en Quíbor, los Hernández son una dinastía que a lo largo de todo el siglo XX y parte del XIX desarrolló una extensa carrera como intérpretes de guitarras y mandolinas, pero también como luthieres y cantantes, estando ligados al devenir cultural de la ciudad y el estado.
¿Cómo llegaron los Hernández a San Fernando, si de Barquisimeto a Apure hay más de 500 kilómetros? “Todo comenzó con mi abuelo. Él se mudó para trabajar en Caracas, y ahí conoció a mi abuela, que era de Apure, y un día la abuela le dijo ‘Vamos para Los Llanos’, y así se vinieron, con todo e hijos”, me cuenta Junior, mientras que Daniel, recordando cómo comenzó lo artístico en ellos, menciona la trayectoria de su padre: “Mi papá cantaba desde joven en orquestas grandes de San Fernando, como Grupo Fuego o Impacto Joven, y aunque yo no lo conocí como cantante tropical como sí lo hizo Junior, sí lo pude ver siendo cantante evangélico, de baladas, y eso nos inspiró a ambos para entrar al mundo de la música”.
Junior afirma que los primeros años, sin Daniel, transcurrieron en tascas y discotecas de su ciudad, aunque eventualmente tenían contratos en San Juan de los Morros, en Guárico, donde Daniel estudiaba lo que nosotros conocemos como la secundaria. “Cuando yo me integro en el 2005, llegamos a Carabobo, a Valencia, cerquita de Caracas, aunque siempre en eventos privados, y por esa época es que yo participo en ‘Fama, Sudor y Lágrimas’, un reality de música del canal más importante de Venezuela, RCTV, donde llegamos a castear más de quince mil personas, y solo quedamos 30”, me dice orgulloso Daniel, mientras alista los instrumentos musicales que usarán en solo una hora, en una peña tropical de Veintiséis de Octubre, en su nueva patria, Piura.
Fama, sudor y lágrimas fue un reality musical sumamente exitoso en Venezuela, que se transmitía en el primer time de RCTV, y que en su segunda temporada premió al primer puesto con 50 millones de bolívares, un auto cero kilómetros, un contrato exclusivo con la corporación y la grabación de un disco. El reality tuvo una tercera temporada el 2006, en la que participó Daniel, quien nunca imaginó que solo meses más tarde la televisora pararía sus transmisiones abruptamente, porque se había revocado su licencia de transmisión nacional. El país estaba cambiando.
A partir del 2006, Urbanos, ya con los dos hermanos, se convirtió en una orquesta estable, y si les preguntas qué géneros tocaban, te dirán que de todo. “El público en Venezuela te pide variado, y tú tienes que estar muy actualizado. Nosotros tocábamos bachata, merengue, vallenato o pop, pero si se ponía de moda una canción de Daddy Yankee, teníamos que tocarla. Ahora, por ejemplo, allá está muy fuerte el reggaeton, y tienes que darle muy duro a eso, y eso es un poco malo a veces, porque por ello nosotros los músicos tropicales somos un poco desplazados”, afirma Junior, tras lo que Daniel reflexiona con una sonrisa en una necesaria comparación: “El público piurano es más conservador, te puede pedir que le toques una canción de Frank Castillo que está de moda, pero después siempre te va a bailar tu Armonía 10, tu Agua Marina, tu Parranda 12”.
La vida para los hermanos transcurrió así, sin muchos sobresaltos, hasta que llegado el 2017, sintieron que ya no podían más con el peso de la crisis, e hicieron su primera incursión explorando ultramar. “Los contratos habían bajado mucho, y nosotros pensábamos, pues, que teníamos un país al lado y no nos habíamos fijado en él, así que fuimos un par de veces a tocar a Arauca, a la frontera, pero no nos acostumbramos, quizás porque era un pueblo pequeño. No nos adaptamos a la situación, así que nos regresamos a San Fernando”.
Y por esa misma presión laboral es que decidieron, en julio del 2018, vender una moto, sus instrumentos musicales y uno que otro cable, y cargando algunas mudas de ropa y un USB con pistas musicales, abordar aquel primer bus que los hizo atravesar Colombia y los dejó en Guayaquil, donde animados por la expectativa de cantar en las mismas discotecas limeñas donde tocaba Antonio Cartagena, a quien admiraban, fueron a dar a aquel CIFA que los abandonó en Piura.
Esos hermanos tuvieron suerte, pienso yo, porque llegaron a un lugar que, en esa circunstancia, estaba bendecido por doble vía para un músico extranjero: primero, porque Piura hoy es considerada la capital de la cumbia peruana, y de hecho es una región reconocida en el país por las organizaciones musicales que han nacido en sus desiertos, valles y cordilleras, y que han hecho bailar a millones de peruanos en las últimas tres décadas, asociándose muchas de sus canciones al devenir del Perú contemporáneo. Pero para que esa maquinaria musical exista, se necesita bases de operaciones, y esas bases son las peñas y picanterías, y Piura es una región peñera. En cada barrio, en cada pueblo, hay una peña: un inmueble, generalmente de 500 metros cuadrados a más, dirigido a las clases populares, casi siempre adornado con bejucos o palmas, provisto de mesas de plástico y rústicos escenarios, donde se expende cerveza, ceviches de caballa, sudados de congrio, baldes de chicha, y cumbias por montones, ejecutadas por agrupaciones musicales de todos los tamaños. Y aunque los ingresos para los artistas en estos espacios no son tan abundantes, permiten que haya demanda suficiente para producir y producir más y más músicos, haciendo que la región sea una maquinaria tropical que no se detiene, y cuyos productos mejor acabados son Agua Marina, Armonía 10, Corazón Serrano y otros que no deseo mencionar porque jamás terminaría.
Segundo, porque cuando los Hernández llegaron a Piura, la región estaba en “reconstrucción”. Solo un año antes de la llegada de nuestros protagonistas, Piura había sido castigada por su veleidoso río. El Fenómeno de El Niño había derribado nuestras puertas de una patada, asolando los barrios próximos a la ribera del río Piura, y a los pueblos del Medio y Bajo Piura, motivando la transferencia presupuestal del Estado central de cientos de millones de soles para ejecutar obras. Entrecomillé reconstrucción, porque realmente ninguna obra tuvo un impacto relevante, pero permitió que miles de obreros tengan trabajo —e ingresos— de forma consecutiva durante todo el 2017 y el 2018, por lo que la Piura que ellos encontraron, además de explotar de peñas, gozaba de mucha y buena clientela musical. Por eso, hace sentido que la misma mañana que los Hernández despertaron en ese colchón ajeno de la avenida Sánchez Cerro, encontraron trabajo. Acompañados de sus nuevos amigos piuranos, se fueron a presentar, ellos y su USB, a Aqualandia, Las Dos Jarras, El Huerto y Señor Perú, y en los cuatro lugares les aseguraron que querían contar con su trabajo.
“Nosotros traíamos algo distinto, porque en Piura todo era cumbia, y nosotros teníamos un concepto más urbano, más variado, y eso les interesó mucho a los empresarios. Ese mismo día comenzamos a trabajar, y desde entonces no hemos parado un solo fin de semana, salvo en la pandemia, que nos tuvimos que reinventar alquilando un local que convertimos en restaurante, pero apenas pudimos volvimos al chiveo”, me cuenta orgulloso Junior.
Los Urbanos, hoy, son vecinos piuranos con pleno derecho. Atrás quedó el USB con el que bajaron del CIFA. Ahora, poseen la infraestructura completa que les permite ser una orquesta tropical con todas las insignias, su agenda semanal suele estar ocupada de miércoles a lunes, y es frecuente que en una misma noche de sábado o domingo tengan dos o tres conciertos, acumulando hasta 30 contratos al mes en las buenas épocas. No tienen enemigos, menos enemigos musicales, porque aquí para todos brilla el sol. Piura viene de enfrentar una grave recesión producto del ciclón Yaku que destruyó nuestro agro durante todo el 2023, pero el futuro se torna provisorio para Los Urbanos y para los músicos piuranos, pues cada mes aparecen en la ciudad más peñas, las que cada día se sofistican más junto a sus públicos que, conforme avanza la época, exigen más variedad, permitiendo que coexistan, junto a las agrupaciones cumbieras, otras salseras, merengueras y urbanas.
“Hubo un tiempo, antes de la pandemia, que los empresarios nos pidieron tener una orquesta solo de venezolanos, así que en esa época convocamos a paisanos nuestros, que estaban buscando un pretexto para venirse a Perú, y se mudaron para Piura. Hoy varios de ellos viven en Lima, en otras ciudades, mientras que Urbanos ahora es una orquesta dirigida por dos hermanos venezolanos, pero con músicos piuranos”, concluye orgulloso Junior. “Nosotros entramos como turistas, en la frontera de Tumbes nos sellaron el pasaporte por 180 días, y luego, cuando quisimos hacer una extensión, nos la negaron, pero luego apareció el PTP, y desde ahí comenzamos a actualizar nuestra documentación, y hoy contamos con carné de extranjería. Estamos esperando un tiempo y ojalá se nos dé, y nos den la nacionalidad, porque hemos tenido un excelente comportamiento en el Perú”, añade Daniel.
Nos despedimos abruptamente, porque deben salir volando a un contrato, o a un “chivo”, como lo conocen los músicos de por aquí. “Nosotros ya hemos vuelto tres veces a Venezuela, a San Fernando, pero de visita, nuestra base es aquí, en Piura, aquí nos quedamos”, me dice Daniel mientras acomoda su mochila de trabajo, apurado, despidiéndose. Bonita identidad de estos hermanos, pienso yo, que en más piurana se amolda, más venezolana se ve.
____________
Este texto ha sido parte del Concurso “Periodismo responsable para combatir la discriminación y la violencia contra población migrante y refugiada”, región Piura, siendo meritorio del primer lugar. El concurso ha sido realizado en el marco del Proyecto Binacional “Del desplazamiento a la integración: construyendo comunidades productivas y protectoras”, financiado por la Unión Europea con el apoyo técnico de la UNOPS. La ejecución del concurso estuvo a cargo del Colegio de Periodistas de Piura, la ONG WeWorld y el Instituto de Defensa Legal (IDL). Las instituciones aquí nombradas no se hacen responsables de las opiniones de los autores.
*Esta crónica es el último texto escrito por Fernando Ríos Correa (1991-2024), reconocido antropólogo, comunicador y gestor cultural, cuyo sensible fallecimiento ocurrió en mayo del presente año. Se convierte también en un homenaje y respeto a su persona.
