Historias de migración: la vida de una mujer venezolana en el Perú

Historias de migración: la vida de una mujer venezolana en el Perú

Autora: Nicole Regalado Salazar

Foto de portada: Nicole Regalado Salazar

El día que visité a Ana Karelis, la encontré reconstruyendo el quiosco donde vende comida venezolana. La noche anterior, una pareja en motocicleta, venezolanos también, se estrellaron contra el pequeño puesto de color azul que llevaba el letrero “Entre panas”.

—Estaban asustados, no fue su culpa, se les fueron los frenos, corrieron a buscarme, se disculparon y me ayudaron a comprar las maderas —dice mientras me mira tranquila.

Si el choque no hubiera ocurrido, habría sido un domingo como cualquier otro: habría despertado a las 4 a. m. para cocinar la sopa que solo ofrece los domingos junto con empanadas, tequeños, tortas, queques, crema volteada y café.

—Aquí son más los clientes peruanos que los venezolanos —confiesa.

Mientras conversamos, su esposo y su socia continúan pintando las maderas nuevas del quiosco, un pequeño espacio de madera con una cocina a gas, un estante y utensilios que Ana utiliza todos los días para preparar sus productos y conseguir el sustento para su familia.

—Nosotros trabajamos los siete días de la semana, 24 horas al día, salvo los días en que tenemos capacitación —cuenta.

 

Foto: cortesía de Ana Karelis Zabala Rojas
El esposo de Ana Karelis y uno de sus compatriotas venezolanos reconstruyen el quiosco “Entre panas”.

Huir para Crecer

Ana Karelis Zabala Rojas tiene 34 años y desde hace un año y diez meses llegó al Perú. Nació en la Isla Margarita, “La perla del Caribe” como ella la llama, ubicada al noreste de Venezuela, en el océano Atlántico. Esta isla de pescadores también es conocida por ser uno de los destinos turísticos más famosos del Caribe venezolano.

—En esas playas veranean políticos, gente con dinero, pero todo es una fachada —cuenta.

La fachada a la que se refiere es el intento del Gobierno de esconder la crisis política, económica y social que vive Venezuela desde hace más de una década, cuando el actual presidente Nicolás Maduro llegó al poder, sustituyendo al fallecido Hugo Chávez.

—Acá con 50 soles te preparas un buen almuerzo, allá (Venezuela) son 12 dólares, con eso te compras un cartón de huevos y algo más —sentencia Ana Karelis.

Así como ella, más de siete millones de personas salieron de Venezuela en los últimos años, casi el 20 % de la población del país según el Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados (ACNUR) (Malamud y Núñez, 2024).

En el Perú, hasta el 2023 se contabilizaban un millón y medio de migrantes venezolanos, según ACNUR, lo que lo ubica como el segundo país, después de Colombia, con el mayor número de inmigrantes (Statista, 2024). Asimismo, según la II Encuesta Nacional dirigida a la Población Venezolana-ENPOVE (INEI, 2023), siete de cada diez venezolanos registraron su ingreso al país a través de un puesto migratorio. De ellos, nueve de cada diez ingresaron por la frontera con Ecuador (Cañote, 2023).

Foto: Nicole RegaladoJenny Pereda, también migrante venezolana, sostiene una empanada recién salida del aceite caliente mientras atiende a los clientes en el puesto de Ana Karelis.

Foto: Nicole Regalado
Jenny Pereda, también migrante venezolana, sostiene una empanada recién salida del aceite caliente mientras atiende a los clientes en el puesto de Ana Karelis.

A diferencia de muchos de sus compatriotas, Ana Karelis sabía cuál sería su destino apenas llegara al Perú: Sechura, una provincia de pescadores al sur del departamento de Piura.

—Mi comadre y su familia llegaron a un refugio en Ecuador donde le dijeron que el Perú era bueno, y también le hablaron de Sechura, les dijeron que era un pueblo de pesca —cuenta.

Esa característica propia de la provincia sechurana llamó su atención debido al parecido que tenía con su tierra natal. Al llegar a Sechura, trabajó en una planta de alimentos en la que no le exigieron documentación, pero el pago era mínimo en comparación a sus compañeros peruanos. Incluso hubo meses en los que no recibió pago alguno.

—Y si nos quejábamos, los que salíamos perdiendo éramos nosotros, nosotros trabajamos para que nos paguen —cuenta.

Después trabajó en un restaurante de comida marina hasta que decidió emprender su propio negocio de comida en el terminal terrestre de Sechura. “Ahí fue cuando conocí a mi angelito peruano”, dice. El ángel al que se refiere es Lydia Paiva, una mujer sechurana a quien describe como una “lideresa nata”. Paiva es la dueña del quiosco donde trabaja actualmente y también de la casa donde vive; ella fue quien la acogió y le brindó el espacio para mantener a su familia.

Foto: cortesía de Ana Karelis Zabala Rojas
Con una mesa y algunas sillas, Ana Karelis inició su negocio de venta de comida en el terminal terrestre de Sechura.

Junto con Ana Karelis, llegaron también su esposo, su hijo de cuatro años y su madre. Sin embargo, su madre y el pequeño volvieron a Venezuela al poco tiempo. En diciembre del 2023, el negocio de comida no tuvo los ingresos suficientes para pagar el alquiler, por lo que la pareja de esposos tuvo que vender algunas de sus cosas. Con el tiempo, su economía mejoró y lograron recuperarlas.

Además de la venta de comida en el quiosco, Ana también tiene su propio negocio de repostería, lo que le ha permitido aumentar sus ingresos, pero también redoblar esfuerzos. Su esposo también consiguió un trabajo como técnico en refrigeración, aunque desde hace dos meses y medio se encuentra en espera de que la empresa decida finalmente pagar por sus servicios.

Sumado al abuso salarial y la discriminación en el trabajo, los migrantes venezolanos también se enfrentan a la falta de oportunidades laborales debido a que no cuentan con documentación. Por ello, Ana Karelis decidió unirse a Líderes Resilientes, una organización civil sin ánimo de lucro que busca ayudar a los migrantes y población de acogida. Trabajan junto con organizaciones como Alma Llanera, Save the Children, CARE Perú, la Organización Internacional para las Migraciones (OIM), WeWorld, entre otras. En conjunto ayudan a regularizar la documentación de los migrantes, encontrar ofertas de trabajo, afiliarse al Seguro Integral de Salud (SIS), así como capacitarlos para formar sus propios emprendimientos.

Infografía: Nicole Regalado con base en información del II ENPOVE (INEI, 2023)

La doble vida del migrante

En Venezuela, Ana Karelis se graduó como técnico medio en Contabilidad. A los 18 años firmó su primer contrato de trabajo como asistente administrativa y con los ahorros que obtuvo pudo construir su casa propia. No fue tarea fácil, para construirla formó largas colas frente a la ferretería de su barrio para conseguir el material necesario.

—Antes había dinero, pero no había cosas para comprar, ahora hay cosas para comprar, pero no hay dinero —comenta.

Antes de viajar al Perú también fue voluntaria en un hospital, y es que, como sostienen Malamud y Núñez (2024), otra de las consecuencias de la crisis en el país llanero es el colapso del sistema sanitario debido a la reducción de personal, la falta de inversión en infraestructura, la disminución en la operatividad de los servicios de laboratorios, radiología y otros estudios, junto con la escasez de suministros médicos. Así también, la crisis ha afectado el sistema educativo: solo en el 2022, un total de 190 000 estudiantes dejaron de estudiar (Malamud y Núñez, 2024).

—A diferencia del peruano, nosotros tenemos doble vida. No solo nos tenemos que preocupar por el alquiler y la comida aquí, sino también por lo que dejamos en Venezuela —cuenta.

A pesar de que su familia constantemente le pide que regrese, Ana se siente tranquila y estable en Perú, ya que su trabajo le permite por lo menos tener un ingreso para la comida del día y también para enviar algo de dinero. Así como Ana Karelis, en el Perú seis de cada diez refugiados y migrantes venezolanos de 14 años a más envían remesas a su país, donde el sueldo mínimo es de cuatro dólares (INEI, 2023; Malamud y Núñez, 2024).

Foto: Nicole Regalado
Ana Karelis posa junto a Jenny Pereda frente a su puesto de comida “Entre Panas”.

Ana Karelis dice que prefiere olvidar los momentos tristes en su vida, como la muerte de su hermano, quien era profesor de un colegio primario en Venezuela. Cuando inició la crisis económica, el sueldo precario y la falta de recursos lo sumió en un intenso estado de estrés que terminó por causarle un infarto fulminante a los 40 años. Su hijo, sobrino de Ana, también falleció debido a la gastritis por la falta de alimentos. Tenía 15 años.

—Hay una parte de mi vida que trato de olvidar. Yo quiero renovar mi mente todos los días, dejarla en blanco y empezar de nuevo —me dice.

Lo mismo dice de su padre, quien falleció cuando era una niña. Lo recuerda como un hombre trabajador, que por las noches era vigilante de un colegio y en el día vendía “raspados”, lo que en Piura se conoce como raspadillas, afuera de las escuelas.

—Yo prefiero recordar a mi papá escuchando su música, no en una urna —sostiene.

Una crisis en movimiento

Para Ana, que conoce a casi todos sus compatriotas en Sechura, es mayor la cantidad de migrantes que quieren volver a su país que los que quieren quedarse en Perú. Esto se debe a la falta de oportunidades y la informalidad que predomina en las empresas al momento de contratar ciudadanos extranjeros. Según el Instituto de Estadística e Informática (INEI, 2023), solo dos de cada diez migrantes venezolanos tienen un contrato de trabajo formal en el Perú, mientras que el 80 % trabaja sin un contrato fijo, en informalidad.

Por ello, constantemente recibe a migrantes en su casa, en el quiosco o donde se encuentre en ese momento, con el fin de orientarlos en los servicios que ofrecen las organizaciones en donde es voluntaria, ya sea regularización del trámite migratorio, capacitaciones o asistencia sanitaria. Mientras realizamos la entrevista, no deja de recibir mensajes de sus compatriotas venezolanos, algunos recién llegados al Perú, quienes, desesperados, buscan su conocimiento en regulación y programas sociales para migrantes y refugiados.

Foto: cortesía de Ana Karelis
Ana Karelis brinda orientación a sus compatriotas recién llegados para regularizar su situación migratoria.

Un nuevo comienzo

Desde que llegó al Perú, Ana Karelis encontró una comunidad que la acogió, apoyó y cuidó de ella, conformada tanto por peruanos como por venezolanos. En Sechura ha encontrado una red de apoyo para continuar en la lucha por construir su propio futuro y considera que esa comunidad es la que la ha motivado a continuar.

—Sechura es un lugar acogedor donde he encontrado personas valiosas que me han ayudado a crecer. Por supuesto que me gustaría regresar en cualquier momento a mi tierra, pero en este momento deseo crecer aquí —cuenta.

Con el fruto de su trabajo desea terminar de construir su casa en Venezuela, esa por la que ha esperado tanto. También quiere abrir su propio local de comida venezolana y postres en Sechura, que no solo le permita generar ingresos sino también crear puestos de trabajo.

—A veces no aguanto más y quiero tirar la toalla, pero es parte de la vida del migrante —dice.

Las redes de apoyo permiten crear lazos entre migrantes y locales, así como la integración entre ambas culturas. Sin embargo, en el Perú aún queda mucho por hacer. Según el INEI (2023), nueve de cada diez migrantes han sufrido discriminación en el país por su lugar de origen. Ana Karelis cuenta que fue discriminada una sola vez, mientras volvía junto con un grupo de mujeres migrantes de una capacitación en Piura. Cuando estaban a punto de subir al bus que las llevaría de regreso a Sechura, un comerciante, con gritos e insultos, les pidió que regresaran a Venezuela. Ella solo respondió: “La maldad no tiene nacionalidad”.

Foto: cortesía de Ana Karelis
Ana Karelis Zabala Rojas, migrante venezolana, posa junto a un grupo de mujeres camino a un evento de la Organización Internacional para las Migraciones (OIM).

Su historia representa solo una del millón y medio de migrantes venezolanos que actualmente residen en el Perú. Son historias de esfuerzo, emprendimiento, integración y creación de comunidades. Ana Karelis se siente parte importante en esta integración, por ello continuará su labor como voluntaria en Líderes Resilientes para brindar una mano amiga a los migrantes que continúan llegando al país.

Al terminar la entrevista, camino junto con ella de regreso al quiosco. Su socia ya la está esperando con la cocina encendida y el delantal puesto. Para ellas, madres, amigas y migrantes, la clave del futuro se resume en una sola acción: seguir trabajando.

 

Referencias bibliográficas

 

Instituto Nacional de Estadística e Informática (INEI) (2023). Condiciones de vida de la Población Venezolana que reside en el Perú. Resultados de la II ENPOVE 2022. https://n9.cl/xcniey

Instituto Nacional de Estadística e Informática (INEI) (2023, 10 de enero). El 57,4% de la población venezolana que reside en el Perú tiene entre 20 y 49 años de edad [nota de prensa]. https://goo.su/YyqYr

Malamud, C. y Núñez, R. (2024). Venezuela: un problema regional e internacional. Real Instituto Elcano. https://n9.cl/zk6o0

Statista Research Department (2024, 20 de marzo). Ranking de países con mayor número de emigrantes procedentes de Venezuela a nivel mundial en 2023. https://n9.cl/eqeif

 

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Este texto ha sido parte del Concurso “Periodismo responsable para combatir la discriminación y la violencia contra población migrante y refugiada”, región Piura, siendo meritorio del tercer lugar. El concurso ha sido realizado en el marco del Proyecto Binacional “Del desplazamiento a la integración: construyendo comunidades productivas y protectoras”, financiado por la Unión Europea con el apoyo técnico de la UNOPS. La ejecución del concurso estuvo a cargo del Colegio de Periodistas de Piura, la ONG WeWorld y el Instituto de Defensa Legal (IDL). Las instituciones aquí nombradas no se hacen responsables de las opiniones de los autores.

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