La violencia sexual:
Una cifra negra

Siendo el abuso sexual una de las formas más antiguas de violencia, cuya frecuencia es bastante mayor de lo que se cree, es también una de las menos estudiadas, al punto que constituye todavía una "cifra negra", es decir, una cifra cuyas dimensiones sólo podemos inferir por los casos que se llegan a conocer.

Contra lo que se cree, la mayoría de casos de violencia sexual ocurren en el entorno cercano al hogar, y son perpetrados sobre todo por varones con vínculos de parentesco con las víctimas. Por ello no suelen ser episodios únicos, sino que muchas veces se trata de abusos prolongados a los que se ha llegado luego de un largo período de seducción.

Sus dimensiones, así como lo conmovedor y cuestionador de su presencia en esta era de modernidad, nos confronta con la necesidad de una mayor comprensión social del problema y de generar una conciencia colectiva de cuidado y autocuidado.

En esta sección se ha invitado al Centro de Desarrollo y Asesoría Psicosocial (CEDAPP), que nos ofrece algunos casos que ejemplifican dramáticamente esta dura realidad y a partir de los cuales se abordan ciertos aspectos de la violencia sexual, como su definición, sus causas y consecuencias, así como algunas reflexiones sobre las manifestaciones más frecuentes y los elementos que deben ser tomados en cuenta para su tratamiento.

Queremos agradecer a nuestras amigas del CEDAPP por este riguroso y completo reporte.

 

Lo que necesitamos saber sobre la violencia sexual

... los fundamentos éticos que animan nuestra práctica son que nadie, pero nadie, tiene el derecho de abusar de otro ser humano, sean cuales fueren sus razones, experiencias o contextos. Por lo tanto, la tarea esencial de todo ser humano, de todo terapeuta, es hacer todo lo posible por comprometerse en defender la vida. (Barudy 1993)

 

Hoy más que nunca, la información es poder: porque nos brinda elementos de análisis y de acción para comprender y transformar los problemas del mundo que nos rodea y a nosotros/as mismos/as como personas. Uno de los problemas humanos más graves de todos los tiempos es la violencia en sus múltiples manifestaciones, y la sexual es una de sus formas más dolorosas. Muchas veces se ha hecho un manejo "sensacionalista" de este problema manifestado "en la torpeza de las palabras o la impudicia de las imágenes"1. Pero los medios también pueden cumplir un papel importante en la tarea de prevención si brindan información seria y veraz que contribuya a la reflexión. En esa línea, queremos ofrecerles algunos elementos conceptuales y prácticos para conocer y comprender mejor esta problemática humana que es necesario combatir en aras de una mayor humanización de nuestra especie y de una cada vez mejor calidad de vida.

¿Qué se entiende por abuso sexual y cómo se manifiesta?

Generalmente se lo define como toda actividad sexual realizada a través de la fuerza física o no, que es impuesta a una persona y, específicamente en el caso del abuso infantil, a un niño, niña o adolescente.

Es importante destacar que "actividad sexual" no se refiere sólo al acto sexual –coito–, sino también a otras manifestaciones de carácter sexual que pueden ser físicas (como acariciar, besar, tocar las partes genitales, etcétera, que buscan la excitación sexual) y no físicas (como exhibirse desnudo, mostrar fotos o figuras sexuales y hacer insinuaciones verbales con el fin de excitar, entre otras). En el caso de la infancia, también la pornografía y la prostitución son consideradas formas de violencia sexual. Cabe resaltar que la vivencia de excitación sexual, que puede presentarse como respuesta fisiológica en la víctima, no le quita a la situación su carácter de abuso.

Cuando decimos que esta actividad sexual es impuesta nos referimos no sólo a la utilización de la fuerza física (que es lo que se suele asociar con imposición) sino también al uso de otras formas de acercamiento que parten de una relación de asimetría por la cual se ejerce un poder que permite abusar: alguien que es mayor que otro, que es más fuerte, que es una autoridad, que tiene vínculos familiares y de afecto y los usa para presionar; alguien que detecta las debilidades o carencias del otro y las aprovecha para abusar porque sabe que a ese otro le resulta muy difícil decir no y pedir ayuda, etcétera.

Para reforzar la dominación sobre su víctima, los agresores "imponen la ley del silencio" (Barudy 1993), amenazando, mintiendo, culpando, chantajeando y manipulando psicológicamente. "Convencen" a su víctima del daño que ocasionará la denuncia y logran que se mantenga el "secreto". Por ejemplo, dicen: "si cuentas no te van a creer... van a decir que tú tienes la culpa", o "yo iré a la cárcel y tu mamá sufrirá mucho". Suele suceder que las víctimas, sobre todo niñas y niños, terminen atrapadas en esta dinámica del secreto y les sea muy difícil denunciar sobre todo si no tienen otros adultos protectores que puedan detectar el problema para ayudarlas.

A partir de lo anterior podemos ver con claridad cómo el abuso sexual tiene muchas modalidades, pero siempre representa violencia: toda forma de actividad sexual impuesta es un abuso sexual porque causa un daño en el otro y es una violencia sexual porque supone una relación de poder que vulnera los derechos humanos de la persona agredida.

Cabe agregar, entonces –más allá del tema que nos convoca–, que todo atentado contra los derechos humanos –desde cualquier ubicación de poder– es violencia, porque desconoce la humanidad del otro y lo daña física, emocional o moralmente. No hay nada que vulnere más a una persona que el desconocimiento de su dignidad e identidad humana por parte de otros humanos como ella; tampoco hay nada que genere más violencia. Cabe recordar que es justamente desde el establecimiento de los primeros vínculos humanos infantiles, afectuosos y "suficientemente buenos", que se sientan las bases de la persona humana.

Volviendo a la problemática de la violencia sexual, "no es posible tapar el sol con un dedo": el abuso sexual es siempre grave, y los argumentos que se busquen para comprender por qué ocurre nunca serán justificaciones de lo acontecido.

Los mitos y creencias como reforzadores culturales del abuso sexual

En nuestra cultura y en otras existen una serie de mitos y creencias que buscan "justificar" la violencia sexual, sobre todo contra la infancia, aduciendo que algunas formas de contacto sexual son "expresiones de cariño", que "no dañan a los niños", que "los niños y las niñas son seductores y provocan el abuso", que "quién mejor que su padre para iniciarla", o que "se inventan historias".

Muchas veces se dice –en relación con las personas víctimas de violencia sexual– que "consintieron" la actividad sexual, con lo que se intenta justificar el abuso, sobre todo en el caso de adolescentes. Sin embargo, éste es un aspecto muy delicado porque se sabe de situaciones de dependencia emocional muy marcada o de deprivación afectiva tales que, aun no habiendo fuerza física, la situación mantiene su carácter de forzada, de impuesta y, por tanto, de abusiva. En estos casos suelen darse mecanismos conocidos como de "chantaje emocional", por los que la presión psicológica es muy fuerte, casi tanto como la fuerza física.

Por ello, es importante "desmontar" estos mitos y creencias que perpetúan la violencia sexual y la reproducen transgeneracionalmente. En este sentido, la difusión a través de los medios puede tener un carácter preventivo que contribuya a crear una cultura de paz y de respeto en las relaciones humanas y, especialmente, entre géneros y entre generaciones.

¿Qué consecuencias tiene la violencia sexual?

La violencia sexual siempre tiene consecuencias negativas cuyas dimensiones, según las investigaciones realizadas, dependerán de varios factores. En general, se plantea que no se puede determinar la existencia de un cuadro o síndrome del niño o la niña abusada, pues las consecuencias pueden ser muy diversas según la edad, el tipo y duración del abuso, el vínculo con el abusador, las propias características personales del niño o niña (temperamento, fortaleza de recursos internos y externos, alteraciones o dificultades anteriores a la situación de abuso).

Por ejemplo, se sabe que el daño puede ser mayor en los casos de violencia sexual intrafamiliar, como ocurre con el incesto, por el que alguien querido y admirado por el niño o la niña traiciona su confianza (como los casos de Karina y Claudia); o cuando el abuso es repetido durante un largo tiempo (como en los casos de Jorge y Carlos). El impacto emocional que produce sentir que la persona llamada a proteger cause daño, o que el abuso sea reiterado, puede ocasionar muy posiblemente
–si no se brinda alguna ayuda consistente– consecuencias patológicas en la estructuración de la personalidad.

Un factor muy importante está constituido por las variables del contexto, que tienen que ver con la respuesta de soporte social y emocional que se brinde en estos casos (el manejo saludable o patológico de la familia, de los amigos, de las redes de soporte comunitarias, de los servicios especializados). La reacción del entorno puede empeorar o disminuir las consecuencias; por eso es tan importante el tratamiento que se da a estos casos.

Cuando el abuso se da en la infancia, existen consecuencias de corto plazo (que algunos prefieren llamar iniciales porque a veces pueden extenderse hasta por dos años) y que casi se identifican con los llamados "indicadores", como podrían ser, en el nivel físico, dolor y picazón en los genitales, infecciones, embarazo; en el nivel psicológico, baja autoestima, justificación del abuso y culpa, vergüenza, terror, miedo a ser dañado/a, rabia, hostilidad, depresión, sentimiento de traición; en el nivel de la conducta, bajo rendimiento escolar, regresión a comportamientos de niños menores, aislamiento social o agresividad contra los otros, mentiras y robo, comportamiento sexual precoz, intentos de fuga y comportamiento autodestructivo que puede llegar al suicidio.

También en el caso de las niñas y los niños, pueden darse problemas psicopatológicos más graves como transtornos del sueño o de la alimentación, o configurarse un cuadro de estrés postraumático. Es muy importante saber que muchas de las manifestaciones mencionadas también pueden expresar otro tipo de problemas, por lo que no se puede decir que la presencia de algunos de estos signos o síntomas implica necesariamente abuso sexual. Siempre es necesario explorar y confirmar los hechos sin alarmar a los niños y las niñas.

Pero también existen consecuencias de la violencia sexual a largo plazo, que aparecen más adelante y que van a influir en el desarrollo posterior de las personas: en la adolescencia y adultez. Por ejemplo, en el nivel emocional y de la autopercepción, se encuentra un autoconcepto negativo, culpa, miedos, fobias, aislamiento, depresión, ansiedad y tensión, todo ello como características que se instalan en el tipo de personalidad; en el nivel de las relaciones interpersonales, se observa dificultad para confiar y amar, temor al rechazo, ansiedad en situaciones de intimidad física, "revictimización" física o sexual (se involucran inconscientemente en situaciones donde son agredidos/as física o sexualmente, por ejemplo eligiendo parejas violentas, como el caso de Carlos), dificultades para establecer y mantener relaciones de pareja, disfunciones y transtornos sexuales (desde inhibición hasta promiscuidad sexual), tendencia a sexualizar las relaciones y a confundir necesidad de afecto con demanda sexual.

También pueden configurarse problemas psicopatológicos más graves: disociativos, personalidad múltiple, transtornos limítrofes de la personalidad, estrés postraumático cronificado, abuso de sustancias psicoactivas, etcétera.

Entre las principales consecuencias, el doctor Jorge Barudy resalta una especialmente relevante por la importancia que tiene en el circuito de la reproducción de la violencia sexual: "la pseudo-madurez y el bloqueo del proceso de crecimiento psico-social". Esto significa que a muchas personas que han sufrido violencia sexual en la infancia o adolescencia les resulta difícil continuar con un desarrollo saludable de su personalidad y quedan atrapadas en modos relacionales dependientes y sexualizados que repetirán posteriormente.

Más allá de todos los posibles efectos mencionados, existe un impacto más íntimo que tiene que ver con el sentimiento profundo de la propia identidad, el cual se manifiesta como una "dolorosa sensación de que algo intrínseco en ellos (as) estaba profunda e irreversiblemente dañado".

Factores de riesgo y características del abusador sexual

Frente a toda problemática tan grave –en este caso la violencia sexual– nos preguntamos por sus causas para tratar de contribuir a su prevención o solución. Desgraciadamente, no existe una causa única en la que podamos concentrar nuestros esfuerzos. La comprensión de la violencia sexual nos remite necesariamente a una explicación sistémica que considera un conjunto de factores que se van articulando para originar el abuso: biológicos, familiares, de personalidad, socioeconómicos y culturales, entre otros. Es muy difícil decir cuál tiene más peso, porque funcionan como una suerte de subsistemas que se van articulando.

Sobre el aspecto biológico no nos vamos a extender, porque poco se sabe de esta dimensión. Sin embargo, no podemos descartar la existencia de predisposiciones que, aunque no determinantes, tienen su cuota de influencia.

En relación con los contextos sociales, económicos y culturales, encontramos algunas características que pueden convertirse en factores de riesgo, como los modelos autoritarios de poder; los estilos patriarcales que magnifican el poder masculino sobre la familia (hijos, esposa); los grandes poderes económicos que utilizan a la infancia como objeto de consumo (prostitución infantil, turismo sexual Norte-Sur) o que pueden "comprar" personas hasta para realizar crímenes impunemente, como en el caso de Claudia; los mitos y creencias sobre la sexualidad masculina y femenina; algunas manifestaciones de la pobreza como el hacinamiento y la desprotección, etcétera.

Estos factores influyen en los sistemas familiar, educativo y comunitario, que son los espacios de socialización más importantes. Sin embargo, ninguno de ellos constituye una causa directa de la violencia sexual, sino aspectos del contexto que, como "caldos de cultivo", propician determinadas constelaciones familiares en las que se desarrollan estructuras de personalidad patológicas.

Respecto al ámbito familiar, se ha estudiado mucho acerca de la dinámica transgeneracional de las familias abusivas. Es dramática la repetición de la violencia a través de mecanismos familiares en los que los niños y niñas son utilizados por los adultos para compensar las carencias o traumas sufridos en su propia familia de origen (como en varios de los casos que presentamos), con lo que pierden su función protectora y socializadora. Esto ocurre porque, a su vez, muchos de estos adultos agresores, como veremos más adelante, han sido víctimas de diversas violencias y no han podido integrar dentro de sí mismos una estructura sana. Si estas situaciones no se abordan y no se favorece una rehabilitación, se seguirá reproduciendo la violencia en los nuevos padres y madres.

En este contexto, podemos mencionar algunas características de los abusadores. En primer lugar, no existe un perfil único, es decir, no hay un "cuadro psicopatológico" específico del abusador sexual. Considerando lo extendido de este problema y, además, la mayor frecuencia del abuso incestuoso o del realizado por personas cercanas a la red familiar, se ha dicho muchas veces que cualquier persona "normal" podría abusar. No es así. Sabemos que el estereotipo del "loco" que puede atacar sexualmente en la calle no es el patrón más frecuente, pero los casos presentados dan fe de que sí existen características patológicas en los abusadores sexuales, lo que no los exime de responsabilidad penal ni social.

Barudy, por ejemplo, que ha trabajado con abusadores sexuales, encuentra en sus historias personales situaciones de abandono, de maltrato infantil y de abusos sexuales; es decir, una serie de características desfavorables –de riesgo– al desarrollo saludable que en muchos casos configuran problemas graves de personalidad y de identidad. Asimismo, explica cómo estas personas, enfrentadas a las exigencias de la vida adulta, no van a poder responder de manera madura, sino que buscarán compensar estas carencias a través de otras personas menores o más débiles.

Las estadísticas nos muestran que la mayoría de abusadores son varones. Sin embargo, queremos mencionar brevemente algunos aspectos vinculados al abuso femenino, como el caso de las madres abusadoras. Según algunas investigaciones, en realidad más vinculadas a la experiencia clínica, estos casos estarían relacionados con una forma de perversión de la maternidad por la que las mujeres-madres no pueden aceptar la individuación de sus hijos y establecen por ello vínculos posesivos que pueden tener expresiones de acoso y violencia sexual. Suele suceder que ellas mismas tampoco pudieron crecer con un reconocimiento personal, o que también fueron abusadas y repiten esta experiencia.

La revelación de la violencia sexual y la empatía para ofrecer un apoyo

No es nuestra intención extendernos, en esta oportunidad, sobre las estrategias de tratamiento de esta problemática, pero sí mencionar que cualquier persona puede encontrarse en la situación de ser confidente acerca de una historia de violencia sexual: una maestra en su aula, una amiga, un religioso y cualquier otra persona –médico, psicólogo, abogado, enfermera, juez– que tenga como actividad principal el contexto de las relaciones humanas. Sin afán de proporcionar ninguna receta, brindamos algunos alcances a tener en cuenta en estas situaciones.

¿Qué hacer? ¿Qué decir? Muchas veces, la primera reacción de una persona que escucha esta confidencia puede ser de bloqueo, de parálisis ("mente en blanco"), de negación ("no puede ser", "no te creo") o de angustia descontrolada que lleva a acciones inapropiadas (como generar situaciones de escándalo) o de culpabilización ("pero tú qué habrás hecho, lo habrás provocado").

En cualquier caso, es importante conectarse con la gran necesidad que debe tener esta persona de ser escuchada y ayudada y ofrecer, en este primer momento, una acogida cálida, escuchando, acompañando, sin interrogar a la persona sobre los detalles del abuso. Esto le permitirá confiar en la ayuda que se le va a brindar, aunque esa ayuda signifique acudir a otras personas o servicios más especializados. Por este motivo, es importante saber qué especialista debe realizar la entrevista que va a tener valor legal. En otros países existe la "entrevista única" que permite evitar la "doble victimización", es decir, el hecho de que la persona abusada tenga que repetir muchas veces y a varias personas su difícil experiencia. Incluso se puede acompañar a la víctima a dicha entrevista si eso la hace sentir más segura por la confianza que tiene en aquella persona a la que le ha contado lo ocurrido.

En la mayoría de los casos esta dura problemática requiere una intervención interdisciplinaria, sobre todo cuando son recientes; y por eso es necesario estar informados sobre los servicios especializados de atención.

El impacto en los y las profesionales

Un aspecto muy importante que no podemos dejar de mencionar es el impacto emocional que tiene en los y las profesionales la atención permanente de casos de violencia en general y de abuso sexual en particular (por ejemplo, abogados, jueces, médicos, policías, psicólogos, trabajadores sociales). Lo conmovedor de la problemática y la exposición continua a ella pueden generar una serie de efectos en las personas que la atienden, como angustia, problemas para dormir, pesadillas, transtornos somáticos diversos, desconfianza en los demás, tristeza y desesperanza, entre otros. A esto se le ha llamado burnout o también "Síndrome de Agotamiento Profesional".

Algunos especialistas plantean que no es posible prevenir del todo estos efectos, pero sí prepararse para manejarlos mejor. Con tal fin, proponen la conformación de equipos de trabajo con espacios para reflexionar sobre la labor que se está realizando, combinando la atención de casos con un trabajo más vinculado a la prevención y a la salud. También en relación con el cuidado personal, es importante el descanso, el ejercicio y otras actividades complementarias que nos aporten elementos gratificantes y esperanzadores.

A modo de reflexión final

A pesar de lo grave y dolorosa que es la violencia sexual, creemos que se han dado una serie de avances jurídicos, éticos y culturales que nos permiten comprender mejor por qué ocurre y abordarla de una manera más integral con el fin de buscar mecanismos más eficaces para prevenirla o atenderla.

Para nosotras, esto da cuenta de un progreso, aunque todavía insuficiente, en la historia humana. Progreso que a todos nos toca seguir defendiendo.

1          "Las múltiples caras de la violencia". La Nación, 23-5-00. Buenos Aires, Argentina.

 

24 AÑOS DE  CEDAPP

El CEDAPP se fundó en 1976. Su misión como ONG es "Aportar al desarrollo de habilidades y recursos psicológicos de niñas, niños y adolescentes en riesgo, contribuyendo así al proceso de desarrollo humano de nuestro país".

Desde un enfoque psicosocial, realiza programas de prevención y atención vinculados a las temáticas de maltrato y abuso sexual infantil, apoyo educativo y emocional a niños y niñas de familias desplazadas, y promoción de resiliencia en la infancia.

Su trabajo está comprometido con la mejora de la calidad de las relaciones humanas en distintos espacios de socialización, como una contribución a una cultura de paz y desarrollo ciudadano, en el marco de una ética que defiende los derechos de la niñez desde los enfoques de género, generación y cultura.

Nuestra intervención es convocadora de recursos humanos y promotora de redes sociales, y considera los factores subjetivos en el desarrollo humano; esta perspectiva es para CEDAPP una opción preferencial.

 

El abuso sexual atraviesa todas las clases sociales1

Jorge (clase media – baja)

Tiene 36 años. Único varón de una prole de tres. La madre y el padre son descritos como ausentes afectivamente. Jorge fue víctima sistemática de abuso sexual infligido por un tío materno desde que tenía 5 años de edad, durante un lapso no especificado. También fue víctima del abuso, en tres ocasiones, de una empleada del hogar. Según describe, su interés por lo sexual empezó desde muy temprano, primero espiando a mujeres de su familia y luego practicando juegos sexuales con primas de su misma edad y menores que él; este tipo de actividades sexuales continuaron más adelante con sobrinas e hijas de personas cercanas. Sin abandonar su pedofilia2 y promiscuidad con mujeres de diversas edades, se casó relativamente joven y tuvo un hijo varón. Pasado algún tiempo, al enterarse su esposa de su conducta sexual, se separó de él y le restringió las visitas a su hijo. Jorge solicitó asistencia terapéutica por la separación, por los deseos de seguir viendo a su hijo y otras presiones familiares, pero la abandonó a los tres meses al saber que la decisión de su esposa era irrevocable.

Claudia (clase alta)

Claudia y sus cuatro hermanas mujeres fueron abusadas sexualmente por su padre. En la adolescencia Claudia quedó embarazada, y las religiosas de su colegio lo descubrieron porque su cuerpo lo demostraba. El padre hizo operar a Claudia, a quien le practicaron un aborto a los ocho meses de embarazo. La madre, ayudada por las religiosas, logró aislar a sus hijas del padre enfermo.

Karina (clase baja)

Karina es una niña de 11 años cuyo padre abusa sexualmente de ella hace bastante tiempo. El caso es detectado por su profesora, a quien Karina, además de confirmarle su sospecha, le cuenta que su padre la maltrata al extremo de haberle producido tantos daños físicos que en una oportunidad la tuvieron que internar en el hospital. La explicación que el padre le dio a la mamá (su esposa) para seguir haciendo esto es que "quién mejor que su padre para iniciar a Karina sexualmente". Cuando la mamá intentó poner fin a esta situación ya sea sentando dos denuncias o yéndose a vivir con sus hijos donde su madre, el padre amenazó con quemar la casa de su suegra o con dañar físicamente a su esposa. Él consume alcohol y drogas continuamente, al igual que los hermanos con los que vive en su casa.

Carlos (clase media)

Tiene 30 años. Fue víctima de violación desde los 6 hasta los 8 años de edad; el agresor, un adolescente ocho años mayor que él, frecuentaba la casa paterna por relaciones de amistad con uno de los miembros de la familia. El hecho nunca fue denunciado a los padres debido al sentimiento de culpa que tiñó esta experiencia ("él nunca me obligó a nada, todo fue pasando"); sentimiento que, por lo demás, aún se mantiene y caracteriza también sus relaciones en las diversas áreas de su vida, donde establece vínculos que lo convierten en víctima. Carlos se casó y no logró consumar sexualmente su matrimonio, situación que utiliza su esposa para serle abiertamente infiel y maltratarlo emocionalmente. Esto lo llevó a solicitar ayuda terapéutica.

María (clase baja)

María es la mayor de seis hermanos, tres mujeres (las mayores) y tres varones. Vive con su madre, hermanas y hermanos. Su padre está preso porque abusó sexualmente de ella y de sus otras dos hermanas. María se ha prostituido y suele comentar "si mi padre lo hizo, ya qué más da". Ella sostiene económicamente el hogar y no permite que su madre reciba el dinero que el padre desea enviar y que gana con los trabajos que realiza en la cárcel. Sus vecinos cuentan que María, sus hermanas mujeres y su madre gritan y maltratan mucho a sus hermanos hombres. Se conoció el caso porque uno de sus hermanitos tiene problemas de conducta: es muy agresivo con sus compañeros de juego y estudio.

(1) Los casos descritos son reales. Sólo han sido cambiados los nombres. Agradecemos a las amigas terapeutas que nos han proporcionado algunos de estos casos.

(2)        Pedofilia es una perversión sexual que consiste en realizar actividades sexuales con niñas, niños y adolescentes.

 

Para detener la terrible  repetición infinita

La violencia sexual –muy presente en nuestra sociedad– está representada por una "cifra negra". Es decir, no se puede precisar su magnitud ni las formas más comunes de este problema. Sin embargo, quienes lo abordan mencionan que la más frecuente forma de violencia sexual es el incesto, entendido en un sentido amplio: no sólo abuso entre padres e hijos, sino también entre personas con vínculos cercanos de parentesco.

El incesto se da en todas las clases sociales y en todas las sociedades, trasciende fronteras. Pero hay espacios donde está más presente que en otros. En el Perú es de una gran magnitud...

La Dra. Matilde Ureta de Caplansky, psicóloga y psicoanalista, tiene una trayectoria que da cuenta de una vocación de estudio permanente de los problemas humanos, enriquecido por el análisis que le permite su vasta experiencia profesional. Para CEDAPP es un privilegio que sea también –entre otras muchas cosas– fundadora y presidenta de nuestra institución.

Tanto a través de su experiencia directa de atención, como a través de su tarea de formación de terapeutas y psicoanalistas, y de la supervisión que realiza a equipos psicosociales, la Dra. Caplansky tiene la posibilidad de abordar muchos casos de violencia sexual.

Por todas estas razones, le hemos pedido que desarrolle las reflexiones que les suscite esta problemática.

 

En primer término quiero agradecerles el honor que me dispensan al hacerme esta entrevista para un especial sobre el tema de la violencia sexual, asunto que ocupa un lugar central en nuestras reflexiones teóricas y técnicas. Quisiera hacer algunas precisiones.

Este tema complejo toca aspectos conscientes e inconscientes de cada uno de nosotros; por lo tanto, siempre es muy doloroso y difícil de tratar. Tenemos claro que algunas de esas precisiones podrían suscitar reacciones sensibles, pero también creemos que, por delicadas que sean, estamos en la obligación de enunciarlas para, así, poder discutirlas.

El tema de la violencia sexual es un asunto polivalente cuya complejidad toca aspectos que van desde lo cultural hasta el inconsciente individual. Ahora bien: debe quedar claro que la hipótesis que consignaré a continuación es una reflexión teórica que debe servirnos para intentar comprender los posibles orígenes inconscientes de algunas conductas y experiencias anómalas con las cuales debemos enfrentarnos en nuestro trabajo con este tipo de casos.

Podríamos plantear, por ejemplo, la hipótesis de que pertenecemos a una cultura cuyo pasado mítico remoto, tanto de la vertiente judeocristiana cuanto de la grecorromana, para no mencionar nuestros mitos andinos (Manco Capac, Mama Ocllo, los hermanos Ayar), tiene en su fundación referencias a relaciones incestuosas. Esto nos permitiría sostener que el incesto está en la base del ser humano y que por lo tanto es una dimensión que nos constituye y con la cual debemos aprender a convivir y que, sobre todo, debemos domesticar. Podemos añadir que ésta es una acción psicológica y cultural que supone, por definición, un logro en nuestro proceso de humanización.

Para los colegas que trabajan en este tema, esta tarea implica pensar el asunto desde otras aproximaciones que no sean exclusivamente morales o normativas. Sin perder de vista por cierto los elementos mencionados que son, por así decirlo, ineludibles y que nos obligan a todos a movernos permanentemente entre lo general y lo particular.

Ahora bien: considero que los peruanos somos una sociedad en algunos aspectos primitiva; las adquisiciones culturales son precarias y, por lo tanto, la posibilidad del ser humano de controlarse a sí mismo, reflexionar y postergar sus impulsos puede ser difícil. Y si, además, esto se inscribe en una sociedad cuyos preceptos son poco respetados, nos encontramos en un escenario donde la posibilidad de desorganización tanto individual como grupal está, sin duda, facilitada.

En ese sentido, la violencia sexual vendría a ser una dramática expresión de dicha desorganización a la cual, en cada caso, deben sumarse sus elementos específicos. 

Por ello, en el plano concreto de nuestro trabajo cotidiano encontramos fenómenos psicológicos con un alto nivel de complejidad. Quisiera mencionarles algunos que se han convertido en invariantes (elementos constantes) de este tipo de situaciones:

1. Encontramos que, por ejemplo, las madres que han sido víctimas de abuso en la infancia se ven imposibilitadas de proteger a sus hijas (el nivel de frecuencia con las niñas es más significativo) de la violencia sexual de los esposos (padres y/o padrastros).

Esto, a simple vista, plantea una contradicción que nos lleva a una constatación delicada que consiste en que los victimarios de violencia sexual tienen, a su vez, historias personales de abuso de todo tipo: sexuales, emocionales, vinculares.

Lo mencionado nos pone ya en el campo de la anormalidad que explica hasta cierto punto la presencia de defensas psíquicas, o de operaciones psíquicas características de este tipo de persona. Asimismo, nos enfrenta al gran tema del "ciclo transgeneracional de la violencia" que nos demuestra que en las familias se transmiten patrones de crianza y comportamiento, en este caso, dramáticamente disfuncionales... porque sabemos que existen, también, patrones funcionales y creativos.

2. Otra invariante que nos preocupa concierne a los "operadores", así llamados en este contexto, y que vienen a ser policías, médicos legistas, fiscales, jueces, asistentas sociales, que manifiestan conductas extremas de crueldad y sadismo con las víctimas y producen el fenómeno conocido como la "doble victimización", que consiste en una suerte de ensañamiento en los interrogatorios sobre los hechos violentos exigiendo, una y otra vez, los detalles más dolorosos del traumático evento.

Estas dos hipótesis son, igualmente, de una complejidad psíquica enorme, por lo que merecen investigaciones y seguimientos muy puntuales, porque existen grandes posibilidades de operar sobre ellas de manera eficiente. Por lo tanto, valdría la pena hacerlo.

Como pueden ver, el tema de la violencia sexual es doloroso y complicado desde cualquiera de sus ejes, y por eso considero fundamental esta apertura tanto de la revista ideele como de ustedes, porque nos corresponde a todos reflexionar continuamente sobre estas experiencias limítrofes que causan tanto daño, en primer lugar, a las víctimas, y, luego, al grupo humano incluido en estas tareas. Siempre he creído importante tener una historia clara, es decir, una memoria de aquello que nos atañe directa o indirectamente, porque sólo a partir de ella es posible reparar los errores y daños sufridos y detener ese circuito terrible de la repetición infinita.

 

Manifestaciones frecuentes

Si bien es cierto que cada caso de abuso sexual es único y por lo tanto requerirá de un diagnóstico y tratamiento específicos, encontramos algunas constantes que es bueno precisar con el fin de estar mejor preparados para abordarlo:

Ø  Se observa que uno de los aspectos centrales que caracteriza a los abusadores* es haber sido niños abusados ellos mismos (como en el caso de Jorge). A su vez, esto nos confirma la necesidad de una intervención terapéutica no sólo para reparar el dolor de la víctima, sino como forma de prevenir la repetición futura de la violencia sexual.

Ø  Una hipótesis que planteamos es que estos traumas han ocurrido a temprana edad –de los abusadores–, de manera sistemática y por lapsos sostenidos; condiciones que han organizado psicológicamente conductas defensivas severamente patológicas.

Ø  Una conducta defensiva severamente patológica es que estas personas abusadoras no tienen conciencia de dificultad y, por lo tanto –aparentemente–, no experimentan dolor psíquico. Por eso no piden ayuda y sólo funcionan bajo presiones externas familiares o legales (contexto coactivo).

Ø  El tipo de abuso sexual más frecuente es aquél que se da durante un tiempo prolongado entre personas con algún vínculo con la víctima. En estos casos suele suceder que se presentan condiciones que funcionan como "caldo de cultivo". Éste es, por ejemplo, el caso de Carlos, cuyos padres ausentes y no cuidadosos permitieron que un amigo adolescente pudiese abusar de su hijo en su propia casa y durante dos años.

Ø  En otros casos graves, las personas abusadoras organizan argumentos estereotipados para justificar sus transgresiones. En el caso de Karina, el padre abusador utiliza un argumento de este tipo: "quién mejor que su padre para iniciarla sexualmente". Vemos en este caso patético el grado de confusión y de enfermedad que existe.

Ø  La violencia sexual ejercida entre personas con vínculos afectivos (padres contra hijas, por ejemplo) produce muchas ambivalencias tanto en las víctimas como en las denunciantes (cuando éstas también tienen vínculos afectivos con el abusador): desean frenar la situación de abuso, pero no quisieran que el padre o esposo (abusador) pierda el trabajo o vaya a la cárcel. Es posible, por esta razón, encontrar con frecuencia casos en que las víctimas abogan por sus victimarios.

Ø         El sentimiento de rabia –entre otros– que dejan las situaciones de abuso suele canalizarse a través de rechazo y maltrato a otros hombres o mujeres (según sea el sexo del abusador/a) a quienes se ve inconscientemente como culpables de lo sucedido. Esto se puede apreciar con claridad en el caso de María, en el que tanto su madre como sus hermanas y ella maltratan mucho a sus hermanitos varones.

*          Usaremos términos en género masculino, debido a que en la mayoría de casos de violencia sexual los abusadores son varones.

 

Elementos a considerar para la intervención

Ø En los casos en que el abusador no tiene conciencia de dificultad ni del daño que hace, no buscará ayuda ni –por lo menos inicialmente– colaborará con alguna estrategia de rehabilitación (como en los casos de Jorge y de los padres de Karina y Claudia). Aquí es clara la necesidad de un "contexto coactivo". Es decir, es la sociedad, a través de sus diferentes instituciones (incluida la familiar), la que deberá intervenir poniéndole freno y presionándolo a rehabilitarse. En estos casos es importante saber que la coacción está dirigida no solamente a frenar las situaciones de abuso, sino también a tratar –usando procedimientos terapéuticos específicos para estos casos– de lograr la rehabilitación de los abusadores.

Ø  Cuando un o una profesional, o un equipo, detecta un caso de violencia sexual, generalmente sentirá una reacción adversa y el imperativo de actuar. Sin embargo, muchas veces el abuso se viene dando desde hace algún tiempo y no necesariamente el caso está en "crisis". En el diseño de la estrategia se tendrá que contemplar que con la intervención se producirá una ruptura que acarreará muchas consecuencias que es necesario prever. En el caso de Karina, por ejemplo, estaba en riesgo la vida de la madre y quizá la propia. Entonces, no se puede actuar recomendando siempre la denuncia inmediata o tal o cual acción sin hacer un análisis más integral de la dinámica que presenta el caso. La intervención deberá proponerse el freno inmediato de la situación de abuso sin poner en riesgo la integridad física ni de la víctima ni del o la denunciante. Para esto, muchas veces será preciso diseñar previamente una estrategia que contemple la intervención coordinada de varias instituciones. Por ejemplo, coordinar con la Policía y la Fiscalía su actuación inmediata una vez sentada la denuncia.

Ø Muchos casos producen a quienes les toca abordarlos un sentimiento de rechazo hacia los abusadores. Esto es entendible. Sin embargo, maltratando a los abusadores sólo se reproduce la violencia a la que probablemente fueron ellos sometidos en su infancia. Sin ceder en una actitud firme de freno a la situación de abuso, es recomendable tratar de verlos como "hermanos en miseria" (Hayez), es decir, como personas que también fueron víctimas. Esto permitirá comprometerse con acciones dirigidas a su rehabilitación y no negarles de antemano esta posibilidad.

Ø Las víctimas de abuso sexual reviven estas dolorosas experiencias cada vez que las recuerdan, más aún cuando las tienen que relatar. Por eso se suele llamar "doble victimización" a la presión de algunos procedimientos y operadores para que se relate lo sucedido varias veces y exigiendo detalles que en muchas oportunidades son innecesarios. Además de buscar procedimientos ágiles y que eviten un mayor dolor a las víctimas, es indispensable brindarles un acompañamiento emocional. Es decir, desde el momento de la revelación de lo sucedido, prever que exista un o una profesional (psicólogo/a o trabajador/a social) que le vaya explicando los procedimientos que vendrán, y que escuche el impacto que le producen, de manera que sirva como sostén para la víctima. Igualmente, este/a profesional deberá ser capaz de transmitir –respetando la confidencialidad– a las y los profesionales de las diferentes instituciones involucradas, la necesidad de cumplir con los procedimientos desde una postura empática con la víctima.

Como se ha mencionado en el recuadro "Manifestaciones frecuentes", cuando la violencia sexual se da entre personas con vínculos afectivos, las víctimas y las/os denunciantes (si también tienen un vínculo afectivo con el abusador) expresan sentimientos y posturas ambivalentes: desean que la situación de abuso termine, pero no quieren dañar al abusador (no quieren que se vaya, que esté preso o que pierda el trabajo). La intervención deberá tener presente la posibilidad de que estas ambivalencias aparezcan y no culpar de esto a la víctima o al (la) denunciante; ellas no deben sentirse culpables por lo que sienten ni por lo que suceda. Lo mejor es tener previsto el procedimiento e incluso el modo de expresarlo: "comprendo que te dé pena que tu papá tenga que dejar la casa, pero eso ayudará a que las cosas se arreglen...".