¿La percepción de inseguridad se vuelve real?

¿La percepción de inseguridad se vuelve real?

La percepción de inseguridad es subjetiva. Se construye en base a experiencias reales o imaginarias, a las características de las víctimas, a los miedos inconscientes o a los que están relacionados a otros ámbitos de la vida, a la interacción entre las personas y su entorno, y a la confianza o desconfianza en instituciones como la Policía.

En los años prepandemia, ya se habia producido un aumento real del nivel de inseguridad en el país, y esta percepción había aumentado. Según cifras de encuestas realizadas hasta el 2020, el 75% de ciudadanos peruanos se sentía muy inseguro y tenía miedo a ser víctima de un asalto. Esta percepción de inseguridad estaba presente en todos los niveles socioeconómicos. Sólo había un 7% de personas que se sentía muy segura en la zona donde vivía. En la macrorregión norte  aumentaba aun más esta percepción: 43% de los norteños temía ser una víctima más de la delincuencia. El caso de la macrorregión Lima era particularmente llamativo: 78% se sentía inseguro y solo el 4% se sentía muy seguro.

Desgraciadamente fuimos de mal en peor: descontando el breve lapso de tranquilidad impuesta obligatoriamente por la pandemia, esta percepción de inseguridad siguió creciendo. Las cifras más recientes son del año pasado. Año 2023: 9 de cada 10 ciudadanos se sienten inseguros y piensan que podrían ser asaltados. Ahora la percepción de inseguridad supera el 90% en el territorio nacional.

La inseguridad generada por la presencia de la violencia y la delincuencia no es un problema reciente en la sociedad peruana. Recordemos a los abigeos en la sierra y a los explotadores del caucho en la Amazonía. Pero esta alcanzó picos insospechados a partir de la década de los 80 y 90, en las que el país sufrió una guerra interna que tuvo como resultado alrededor de 70 mil muertos, según la Comisión de la Verdad y Reconciliación. Luego vinieron los años de la posguerra. Sendero Luminoso había sido derrotado y nuevos aires de tranquilidad parecían envolver a los peruanos.

La disminución de la violencia política resaltó un fenómeno que venía encubándose y que se empezó a mostrar con fuerza. Nos referimos a la violencia delincuencial. Ya en ese momento el narcotráfico se había expandido. El Perú comenzó a ser exportador de cocaína, y esto trajo una explosión del consumo interno de drogas en zonas urbanas, y, como consecuencia, más delincuencia en barrios y calles. A esto se le sumó el incremento de la violencia doméstica que es un fenómeno mundial, pero que en el Perú alcanza cifras muy preocupantes.

Según un informe elaborado en el año 1999 por DESCO, hacia julio de 1994, una encuesta de Apoyo S.A. concluía que por lo menos un 59% de los peruanos creía que el país tendía hacia el progreso y la recuperación del bienestar. Dice textualmente: “Este ambiente de optimismo que primó entre 1992 y 1994 fue deteriorándose paulatinamente y, junto a ello, la inseguridad ciudadana empezó a mostrarse como una de las principales preocupaciones de los peruanos”.

Otro hecho interesante que señala este informe es que el declive de las expectativas ciudadanas coincidió con la percepción de una mayor inseguridad. “En setiembre de 1996 la encuesta de Apoyo mostró que el 53% de los limeños afirmaban que la delincuencia había crecido durante los últimos meses. Dos años después, en abril de 1998, una encuesta de la Compañía Peruana de Investigación de Mercados S.A. (CPI) afirmó que el 31.4% de los habitantes de Lima consideraba que los principales problemas de la ciudad eran la delincuencia, la violencia, las pandillas y la falta de seguridad”.

Hoy, frente a los sicarios y los crímenes de las bandas organizadas, las pandillas parecen juegos de adolescentes, pero desde 1996 a marzo de 1998, más de 1000 pandillas en Lima Metropolitana habían efectuado 13000 acciones delictivas, y este era un fenómeno materia de preocupación y de investigación.

En abril de 1998 el 77,8% de la población en Lima opinaba que la delincuencia había aumentado en el último año. La conclusión de los autores es que la asociación entre dificultades económicas y mayor delincuencia está muy presente en la interpretación que la ciudadanía otorga a la falta de seguridad.

Este informe realizado hace 30 años parece que hablara de lo que ocurre hoy día:“ Es un hecho que la policía peruana se encuentra sumida en una profunda crisis de manera tal que bien podría formar parte del problema, dado la gran cantidad de efectivos que se hallan comprometidos en actos delictivos. Asimismo, las otras instituciones públicas que guardan relación con la seguridad, como el Poder Judicial y el sistema penitenciario, también procesan sus propias crisis y resultan inadecuados para las circunstancias actuales que presenta el país”.

El nuevo siglo no trajo nada nuevo y, más bien, la violencia urbana se acrecentó. En ese momento los delitos más comunes eran los asaltos, que en su mayoría no se cometían con armas de fuego, y los hurtos que se realizaban sin emplear la violencia. Paralelamente, el tráfico ilícito de drogas y el consumo de drogas se posesionaban de las calles de las grandes ciudades. Los departamentos con ciudades más grandes, particularmente los de la costa, empezaban a presentar mayores niveles de inseguridad.

El promedio de las denuncias de robo y hurto se incrementó desde el 2007 hasta el 2012, año que registró el pico más alto. Hubo un crecimiento del 50% desde el 2007 al 2012 en lo referido a robo, y del 36.9% en lo referido a hurto.

En el top de la delincuencia urbana se encontraban las bandas ocasionales conformadas por asaltantes de alta peligrosidad, que eran más sofisticadas. Planificaban sus ataques en los que ejercían violencia, y empleaban armas que tenían una capacidad mayor que las de la propia policía. Ya entonces esas bandas contaban entre sus integrantes a ex miembros de las fuerzas del orden.

Hoy en día, las cifras ponen la piel de gallina. Entre 2012 y 2021 hubo un incremento del 28,1% en el empleo de pistolas o revólveres en los robos, según el Instituto Nacional de Estadísticas e Informática (INEI). Las cifras oficiales señalan que el número de víctimas de extorsión y de asaltos con armas de fuego van en aumento en el país.

Según cifras del 2022 del INEI sobre seguridad ciudadana, el robo de celulares, carteras y dinero son los delitos que ocurren con mayor frecuencia en el Perú. Seis de cada 100 personas son víctimas de estos hechos.

Las extorsiones en Perú aumentaron en más de 50% en el 2023, en comparación con el año anterior, según datos difundidos por la policía, y se ha llegado a la cifra de 12.730 denuncias registradas, solo en el primer periodo del año pasado.

Hay nuevos delitos como el sicariato, las mafias de los sindicatos “bamba” que extorsionan a los constructores y matan a los dirigentes de la CGTP, los delitos informáticos, los traficantes de terrenos; y en la Amazonía los taladores ilegales de árboles y los narcotraficantes. A estos se suman las bandas internacionales que han comenzado a operar en el país: la más famosa de ellas es El Tren de Aragua.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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