Lima, una deuda pendiente: espacios públicos y COVID-19

Lima, una deuda pendiente: espacios públicos y COVID-19

Aldo Pecho Gonzáles / IDL-Seguridad Ciudadana

 

La tercera de ola de la pandemia por COVID-19 ha llegado. Y sin duda viene causando zozobra por sus números sorprendentes: miles y miles de contagios diarios, aunque sin todavía ser igual de letal que las dos olas precedentes. Quizá nos encontremos ante uno de los últimos golpes de la pandemia hasta que, según los especialistas, el virus alcance una propagación que será solo endémica, es decir, periódica y estacionaria. Tendremos que acostumbrarnos a convivir con el virus, y para ello será necesario crear las condiciones que lo hagan llevadero. Una de estas condiciones es la producción, adecuación, mejoramiento y acceso a los espacios públicos. Lima, la mayor metrópoli que alberga millones de habitantes en nuestro país, tiene una deuda pendiente al respecto. ¿De qué manera podemos pensar Lima como una ciudad preparada para afrontar la pandemia y un posterior escenario de pospandemia en torno a sus espacios públicos? Veamos algunas luces al respecto.

 

***

 

Para empezar, es importante anotar la urgente necesidad de producir, gestionar, acondicionar, mejorar y distribuir equitativamente los espacios públicos, así como la promoción de sus usos en las ciudades. Los espacios públicos deberían ser la respuesta inmediata frente al virus, a fin de frenar su expansión. Tan solo describiendo dos de sus funciones en un contexto de pandemia podemos dar cuenta de su importancia: el primero es la posibilidad de mantener el distanciamiento social adecuadamente, en espacio abierto, con temor mínimo a la propagación del virus; el segundo, proporcionar un lugar de distensión, relajación y socialización seguro frente a un encierro prolongado y agobiante para la salud física y mental.

En el caso de Lima, para nadie es novedad que es una ciudad carente de espacios públicos. Tan solo fijémonos en las áreas verdes de nuestra capital, que apenas superan los 3 metros cuadrados, muy debajo de los 9 metros cuadrados que recomienda la OMS para ser una ciudad sostenible. Además, se encuentra en el último lugar de las capitales de América Latina en el “Índice de ciudades verdes” de la WWF. Si para algunos esto ocurre porque Lima es una ciudad que se encuentra diseminada sobre un desierto, y apenas franqueada por unos ríos irregulares, no está tomando en cuenta la desigual distribución de sus áreas verdes. Así, distritos como San Isidro y Miraflores tienen 22 y 13.8 metros cuadros de áreas verdes respectivamente (por encima del promedio mínimo), mientras que populosos distritos como San Juan de Lurigancho y Comas apenas tienen 1.5 y 2.8 metros cuadrados de áreas verdes respectivamente. La desigual distribución de recursos para las áreas verdes es evidente a simple vista.

Pero no solo la carencia y desigual distribución de espacios públicos es un problema para la capital. También lo es el cierre y el enrejamiento permanente de los pocos lugares disponibles para la confluencia de ciudadanos en entornos seguros y saludables. Para ejemplificar esto —sobre cómo perjudica a la ciudad en tiempos de pandemia y la planificación de una ciudad pospandemia—, observemos brevemente el caso del centro histórico de Lima. La necesidad de mejorar el acceso a esta zona vital de nuestra capital es insoslayable desde ya. Y será un reto para la futura alcaldía metropolitana.

 

Un centro histórico asfixiante

 

Hace unos meses, desde la ciudadanía se buscó incidir en la apertura de la plaza Bolívar, contigua al Congreso de la República y apropiada ilegítimamente por el mismo, a pesar de ser propiedad de los vecinos de Lima y mantenida por sus arbitrios. Las promesas de su apertura han sido letra muerta, así como el cierre de las calles aledañas, muchas veces de manera arbitraria, que hasta hoy continúan perjudicando el libre tránsito en esta zona del centro histórico.

 

Enrejado doble (permanente y temporal) en la plaza Bolívar. Fuente: Aldo Pecho Gonzáles.

 

La plaza Bolívar se encuentra en un punto clave del centro histórico. Ubicada entre el Damero de Pizarro y la zona comercial de los Barrios Altos —en el corredor norte-sur del Mercado Central, Barrio Chino y Mesa Redonda—, debería ser un punto principal de desfogue para el flujo de movilidad urbana que diariamente desemboca por la avenida Abancay. Estamos hablando de cientos de miles de personas que diariamente llegan al centro histórico y no solo no encuentran una zona de descanso, sino que tienen que bordear calles cerradas al antojo del Legislativo, así como soportar el intenso tráfico y contaminación que se genera por ello en los estrechos jirones (principalmente Paruro, Huanta y Junín).

Así como la plaza Bolívar, existen otros espacios en el centro histórico absurdamente cerrados o limitados en su acceso a los vecinos y, en general, a quienes acuden a esta parte de la ciudad. Por ejemplo, tenemos la plaza Gastañeta, ubicada frente a la RENIEC y a espaldas del Ministerio Público. Este espacio público se encuentra ad portas de un punto de altísima afluencia: la zona comercial de Mesa Redonda. No solo debería ser un lugar clave de descanso, sino también de seguridad en caso de cualquier accidente o evento de riesgo, como lamentablemente muchas veces ha ocurrido.

Plaza Gastañeta, cerrada al público. Fuente: Andina

 

Y hablando de accidentes, hace poco menos de un mes, un lamentable incendio en jirón Andahuaylas nos demostró, una vez más, la ineptitud de la actual gestión de Jorge Muñoz en torno a la fiscalización. Pero casi nadie habló de la necesidad de abrir un espacio público clave en la zona, también para prevenir cualquier otro accidente y además convertirse en un punto de distensión necesario entre el corredor Mesa Redonda-Triángulo de Grau, con alta afluencia comercial en tiempos de pandemia. Nos referimos a la plazuela de Santa Catalina, contigua a la iglesia del mismo nombre y a unos metros del histórico cuartel de Santa Catalina.

Plazuela (enrejada), iglesia y cuartel de Santa Catalina. Fuente: Arquitectura Virreinal de Lima (blog)

¿Resulta plausible que muchas plazuelas del centro histórico sigan enrejadas, y vedadas al público, pudiendo convertirse en zonas de interacción y descanso necesarios? El problema de la inseguridad no puede seguir siendo una excusa para que el municipio renuncie al control de espacios que benefician y les pertenecen a todos los vecinos de la ciudad. Además de la plazuela de Santa Catalina, se puede dar cuenta de algunos pequeños espacios públicos aprovechables en torno a las iglesias de San Francisco, San Pedro, Santo Domingo y San Marcelo, en el Damero de Pizarro; del Carmen, del Prado y Mercedarias, en los Barrios Altos; Santa Rosa y San Sebastián en Monserrate; Nuestra Señora del Perpetuo Socorro y San Lázaro en el Rímac. Punto y aparte el enorme parque Historia de la Medicina Peruana, en los Barrios Altos, frente al hospital Dos de Mayo, el cual se encuentra permanentemente enrejado.

Otro espacio público con acceso absurdamente limitado es el parque Universitario, hasta hace un par de décadas uno de los lugares más vivos y emblemáticos de la capital. Quien recuerde el descontrol del centro histórico de Lima, arreciado entre las décadas de 1960 y 1990, para afirmar que este parque no puede abrirse es que no conoce las nuevas dinámicas en esta parte de la ciudad. Tan solo veamos el nuevo espacio contiguo al parque, la plaza Luis Alberto Sánchez, la cual es un punto de confluencia diurno y nocturno sin que se presenten mayores problemas al respecto. La continuidad de ambos espacios debe ser asegurada con la demolición de las rejas del parque Universitario, para tener uno de los mayores puntos de acceso libres en el centro histórico de Lima, sin limitarlos en horas estrictas.

Enrejado que separa el parque Universitario de la avenida Nicolás de Piérola. Fuente: EMROBH (blog)

Finalmente, otro espacio público de grandes dimensiones limitado a los vecinos de Lima es el parque de la Muralla. Ubicado al lado del río Rímac, junto al jirón Amazonas, se construyó como un intento de recuperar espacios públicos que dieran la cara a la ribera del río. Se pensó en extender el malecón por todo el borde norte del Damero de Pizarro y los Barrios Altos, e incluso la zona de Cantagallo. Este proyecto iba a ser financiado por la concesión Vía Parque Rímac (gestión de Susana Villarán), la que finalmente fue cambiada bajo el nombre de Línea Amarilla (gestión de Luis Castañeda), ambas con denuncias por corrupción. El malecón jamás se realizó y sus fondos fueron utilizados para construir el by-pass entre las avenidas 28 de Julio y Wilson, seriamente cuestionado por urbanistas y arquitectos.

Hasta la fecha, se desaprovecha la oportunidad de hacer un malecón que integre las dinámicas residenciales del centro histórico con un circuito comercial y turístico, que permita ser también un motor económico para la zona. Quitar las rejas del parque de la Muralla y tener un control adecuado sobre el mismo puede ser el punto de partida que permita integrar el viejo casco urbano de Lima con su río, para otorgar a los vecinos un pulmón vivo y amplio de reposo en tiempos duros de aislamiento social.

 

Parque de la Muralla, cuyas rejas limitan el acceso la mayor parte del día. Fuente: Mi Lima Querida (blog)

 

***

 

Cuando la pandemia empiece a amenguar, sin duda nos habrán quedado un sinnúmero de lecciones por afrontar para el futuro. ¿Pero estas lecciones se materializarán en cambios para nuestra capital? ¿Será posible pensarlas como una estrategia generalizada para construir una ciudad pospandemia más inclusiva, democrática, equitativa e integradora? Este año afrontaremos un proceso municipal que parece, a todas luces, epígono de la encarnizada polarización política que viene viviendo el Perú desde hace un quinquenio, y que se ha catalizado con la crisis mundial provocada por el nuevo coronavirus. ¿En verdad esperamos que puedan saldarse las deudas pendientes que vienen teniendo las administraciones metropolitanas con la ciudad? ¿Podrá haber políticas locales efectivas sobre espacios públicos pensadas para y por sus propios vecinos? Tal como venimos observando, el panorama no es nada alentador, pero al final de cada túnel siempre hay una luz. Esperemos que este año lo sea también para Lima.

 

Agregue un comentario

Su dirección de correo no se hará público.