Mamá contra el peligro: cómo una migrante construye redes comunitarias para la protección
Jefferson Pintado Llacsahuanga
El algarrobo resiste el calor del verano. Silencioso, sin quejas, se planta firma sobre la tierra y vive. Osmelia contempla el algarrobo, generoso, que proyecta sus sombras para que su hijo juegue con sus amigos sobre la tierra. Y así como el algarrobo, ella también resiste. No es fácil. Su vida en los últimos años no lo ha sido nunca. Pero allí resiste, firme, en pie, intentando ser el ente protector de quienes más quiere.
Osmelia trabaja desde las siete de la mañana vendiendo desayunos cerca de la avenida Circunvalación. Por esa misma avenida, llegó alguna vez hace cinco años a vivir a Veintiséis de Octubre. Cruzó la avenida, el arenal y se internó entre los emergentes barrios del distrito para plantar allí sus raíces. Una nueva vida; dura, pero nueva. Todavía recuerda sus primeros días en Piura, tierra cálida del norte, cuando llegó desde la frontera junto con su familia:
—Aquí llegamos más o menos en septiembre del 2019 —dice Osmelia—. El camino que recorrimos fue brutal, ni te imaginas. Pero llegamos todos, los tres felizmente. Nos tomó poco más de un mes desde que salimos de Venezuela. Hasta nos hemos enfermado en el camino, incluso nos han robado. Imagínate.
Desde que partió de Venezuela, el mundo que encontró Osmelia ha sido hostil y violento. Cuando vivió un tiempo en Bogotá, se sintió desprotegida, durmiendo entre los albergues y la calle. En el recorrido por Ecuador, los engañaron a ella y a su pareja para quedarse con su dinero. Encima terminaron golpeados y perdidos, sin celular, ni un dólar y ningún punto fijo para continuar el itinerario.
—En verdad creo que llegar al Perú fue una proeza. Así, así, muy heroico, los tres solitos, tirando dedo para que nos lleven, rogando que nos dieran un pan para alimentarnos.
En Piura empezó trabajando como dependienta para una tienda. La paga no era muy buena, el trabajo duro y el trato un poco tosco. Finalmente, cuando decidió dejar el puesto, su jefe decidió no pagarle todo su salario. Allí empezaron los problemas. “Hay mucha injusticia aquí y en cualquier parte del mundo”, reflexiona Osmelia, “pero yo no me quedo callada. Lucho frente a ello”. Y tal como lo dijo, presionó para que le pagaran todo su trabajo. Sol por sol, para su familia, sin dejarse estafar.
Y así empezó su recorrido, de trabajo en trabajo, hasta que, cansada por el maltrato y la mala paga, decidió emplearse por su cuenta vendiendo comida. El negocio siempre fue duro, pero daba lo suficiente como para sobrevivir. Perseverancia, buen ánimo y sobre todo una sonrisa a cuestas. Así pudo hacerse conocida en el barrio y tener confianza de sus vecinos. Los recelos iniciales se fueron disipando. Para Osmelia y su familia esta tarea no había sido nada fácil:
—Mira, yo entiendo perfectamente la desconfianza, el recelo, pero también es verdad que en la televisión, el internet, las redes, tú encuentras muchas cosas malas sobre venezolanos, nada positivo. Seguramente que algunos hacen cosas malas, cometen delitos, por allí pueden robar. Pero son una minoría. Entonces por esos pocos, pagamos todos. Y así nos dificultan la vida. Por eso somos muy respetuosos, trabajadores. Tratamos de cambiar esa imagen que se tiene sobre algunos venezolanos. Así vamos.
Osmelia ha luchado contra los estereotipos predicando con el ejemplo. No solo convirtiéndose en figura ejemplar para su familia, sus compatriotas o su propio barrio, por ser una mujer trabajadora, sino también por ser una vigilante. Cuenta que en el distrito donde vive, los robos son frecuentes. Y esto no solo afecta a la población peruana, sino también a la venezolana que se encuentra desprotegida:
—Aquí no importan banderas, no importa si eres hombre o mujer, si eres blanco o moreno. A todos nos llueve por igual. Robos los hemos sufrido todos. Lamentablemente es así. Y por eso hemos aprendido a organizarnos. Dar la cara entre todos para protegernos.
En su barrio, Osmelia animó a sus compatriotas a ser vigías entre ellos mismos. Así, comparten un grupo de WhatsApp en el que pueden advertirse qué está pasando en la calle, qué movidas hay por la zona, qué peligros son los más frecuentes o quiénes puedan ser sujetos sospechosos. En algún momento han podido comunicárselo a la Policía y hasta a sus vecinos peruanos, quienes también rondan cada semana. Si bien cada comunidad trabaja por su cuenta, han aprendido a convivir ya sin recelos, sabiendo que uno puede ser el apoyo del otro.
¿Cómo nació este ánimo por ser vigilantes en su comunidad? Para Osmelia empezó por el colegio de su hijo. Al principio fue bullyng. Venían otros niños más grandes a molestar y amenazaban con pegarle. Entonces ella lo esperaba para que no se sintiera desprotegido. Y así, pasado el tiempo, se dio cuenta de que algunos jóvenes sospechosos también frecuentaban constantemente el colegio y se juntaban con los alumnos para irse a los descampados o a los drenes. Advirtió de esto a los padres de familia, quienes ya tenían serias sospechas y empezaron a hacer rondas cada cierto tiempo en torno al colegio. “Nada de vicios ni pandillas”, decían.
El sistema fue tan efectivo que le sirvió para también organizarse con sus amigos migrantes, con quienes se tiene más confianza, y poder protegerse contra los robos que estaban en constante crecimiento:
—Ya teníamos un grupo de WhatsApp que era como más apoyo o de consultas. Pero también dijimos: podemos crear un nuevo grupo que sea solo de vigilancia, contra el peligro. Allí nos advertimos de cualquier cosa sospechosa que veíamos en el barrio. Apoyarnos ante cualquier desgracia que pueda ocurrir también.
Y en efecto, así fue. Las alertas saltaron a la vista cuando ladrones rondaban por las avenidas, los pandilleros se juntaban en las canchitas del barrio, los borrachos se peleaban cerca del colegio de los niños. Y frente a ello, se organizaban un buen grupo y salían a rondar. “Cuando nos ven en grupo, eso los disuade”, señala Osmelia. Y esto ha servido no solo para promover una mayor protección para sus compatriotas, sino también es favorable para sus vecinos peruanos, quienes en algún momento los apoyan. “También los llamamos. Ellos son los más interesados en que no se generen problemas, porque esta zona de aquí es muy movida”, comenta finalmente Osmelia.
Con todo este trajín de por medio, Osmelia no olvida sus obligaciones en casa. Su esposo, Luis Romero, trabaja todo el día como repartidor para una empresa, por lo que ella debe hacerse cargo de su hijo la mayor parte del tiempo y trabajar en horarios puntuales vendiendo comida. Pero no solo eso. También es un apoyo para amigos y vecinos, brindando consejos y contención emocional a cada uno. Es una lideresa a carta cabal, siempre importándole cómo se encuentran en comunidad. Cuenta que esto le viene desde Venezuela, en su formación universitaria:
—Mira, yo me he formado como psicóloga. Tengo mi bachillerato allí. Antes trabajaba en una empresa, no era muy grande, pero veíamos todo este tema organizacional. Bueno, aquí me ves, aportando un granito de arena con esto que aprendí, ayudando a los amigos con sus problemas, a los vecinos para que estén siempre en contacto.
Ahora Osmelia debe atravesar sus propios desafíos. Con su madre enferma en Barinas, la ciudad de donde proviene, tiene una preocupación a cuestas, pero comenta que es solucionable. “Es una operación delicada, pero me han dicho que tengamos confianza. Eso sí, necesitará buen reposo”, explica. Por eso quiere acompañarla. Hace años que no regresa a Venezuela, así que se le presenta un desafío en todo sentido, y no quiere desaprovecharlo. Comenta que sus amigos y en el propio barrio le han ayudado a recaudar fondos para el viaje con algunas ventas y actividades. Es un tiempo delicado: desde que vino al Perú, no ha tenido oportunidad de retornar, por lo que el reencuentro será muy emotivo. Dentro de poco partirá, pero ha prometido regresar. Su hijo y su esposo seguirán en nuestro país, aquí la vida no puede parar para ellos.
Ahora Osmelia descansa fuera de su casa, sacando su silla de plástico. Mira el algarrobo, fuerte, que se ha asentado sobre el desierto, proveyendo siempre de sombras a quienes buscan amparo en él. Su hijo juega bajo esa sombra con otros niños. Osmelia puede respirar tranquila, siente que es un momento ideal para partir a Venezuela, pero volverá, porque aquí también están sus raíces. Se ha plantado firme, vigilante, queriendo brindar protección también a quien la busque, y siendo querida por quienes la saben apreciar:
—Me siento tranquila, porque sé que en este barrio mi hijo estará bien hasta que vuelva. Siempre con un ojo y medio abierto, pero al menos mis amigos, los vecinos, me han prometido estar pendientes. Y yo siempre monitoreando. No dejaré de estar aquí en realidad, teniendo tantos ojos y oídos.
Sonríe y piensa un poco en el futuro, con la nostalgia dividida entre volver a su tierra y… dejar su tierra, su nueva tierra. Tiene buen ánimo. Cree que tiempos mejores vendrán. Y siempre estará presente para brindar esa calidez, la protección con la que ha aprendido a relacionarse con el mundo.
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Este texto ha sido parte del Concurso “Periodismo responsable para combatir la discriminación y la violencia contra población migrante y refugiada”, región Piura, siendo meritorio del segundo lugar. El concurso ha sido realizado en el marco del Proyecto Binacional “Del desplazamiento a la integración: construyendo comunidades productivas y protectoras”, financiado por la Unión Europea con el apoyo técnico de la UNOPS. La ejecución del concurso estuvo a cargo del Colegio de Periodistas de Piura, la ONG WeWorld y el Instituto de Defensa Legal (IDL). Las instituciones aquí nombradas no se hacen responsables de las opiniones de los autores.
