Transformando el campo: historias de venezolanos en la sierra de Lima
Jimena Villasante Lajo
La decisión fue ineludible: ante la crisis económica y social, buscar nuevas oportunidades fuera de Venezuela se convirtió en la única opción para Héctor, Emilio y José. Por separado, los tres emprendieron la ardua tarea de forjar nuevos caminos en el corazón de los Andes peruanos. Aunque sus historias tuvieron comienzos distintos, el destino los uniría en un viaje común, demostrando que la resiliencia puede cultivarse hasta en los terrenos más fríos. El apu Pariacaca y la provincia limeña de Huarochirí los acogieron en el seno de sus comunidades y hoy forman parte del gran número de ciudadanos venezolanos que viven en el Perú.
De acuerdo con la Superintendencia Nacional de Migraciones, para junio del 2023 fueron identificados 1 151 561 venezolanos con permanencia en el país. Sin embargo, la plataforma de Coordinación Interagencial para Refugiados y Migrantes de Venezuela R4V, proyecta una población de 1.61 millones de venezolanos. Esto revela una alarmante realidad: aproximadamente 448 539 venezolanos permanecen invisibles para el Estado. Héctor y Emilio lograron integrarse a la lista oficial de Migraciones, pero José aún espera la emisión de su carnet de extranjería, situación que comparten miles de migrantes que buscan una vida digna.
La lucha de no termina con la regularización de los documentos. Para Héctor, Emilio y José, conseguir un trabajo estable y justamente remunerado es un desafío constante. En su camino, no fue raro encontrarse con compatriotas dedicados a la albañilería o a la atención al público, tampoco faltaron paisanos en el comercio ambulatorio. La crisis y precariedad económica peruana golpeada a todos.
Según la Encuesta Dirigida a la Población Venezolana, ejecutada por el INEI en los meses de febrero y marzo del 2022, las principales actividades laborales de los migrantes venezolanos se concentran con predominancia en el sector de servicios, donde el 55 % de la Población Económicamente Activa (PEA) trabaja en restaurantes, hoteles y otros negocios relacionados, siendo el sector más significativo para los migrantes venezolanos. Además, un considerable 24.3 % de esta población se dedica al comercio en tiendas, mercados y ventas ambulantes. Otros sectores importantes incluyen la manufactura, que emplea al 12 .7 % de la PEA ocupada, y la construcción, que absorbe al 7.2 %. En contraste, solo un 0.8 % de los migrantes venezolanos se inserta en actividades económicas primarias de sectores tradicionales, como la agricultura, pesca y minería.
Es este último sector el que sostiene a nuestros protagonistas. Héctor, por ejemplo, se ha integrado como peón agrícola en la comunidad de San Mateo de Huanchor. Emilio, por su parte, ha encontrado su lugar en la agroexportación, participando en la cadena productiva que conecta al Perú con mercados internacionales. José, músico de vocación, ha llevado su talento a Huarochirí uniéndose a una banda local que ameniza diversas actividades familiares y comunitarias en el campo. Estos tres jóvenes venezolanos se han adaptado a la «nueva ruralidad», fenómeno que es estudiado para explicar la evolución de las dinámicas rurales ante la globalización y la migración.
La nueva ruralidad en el Perú ha transformado significativamente las dinámicas de trabajo en las comunidades. Este fenómeno se caracteriza por una mayor integración con el mercado global, un cambio en los patrones de producción y la incorporación de nuevas tecnologías (Kay, 2009). Una de las manifestaciones más evidentes de esta transformación es la contratación de peones o trabajadores externos a las comunidades tradicionales. La creciente demanda de mano de obra en el sector agrícola ha llevado a los pequeños y medianos agricultores a contratar trabajadores migrantes, quienes aportan no solo fuerza laboral, sino también nuevas técnicas y conocimientos (Bebbington, 2007). Esta tendencia ha permitido a las comunidades rurales aumentar su productividad y diversificar sus actividades económicas, aunque también plantea desafíos en términos de integración social y sostenibilidad laboral.
«Después de un viaje difícil, llegué a la provincia de Huarochirí por recomendación de un amigo en Lima. Él era de la zona y sabía que aquí necesitaban trabajadores”, recuerda Héctor, quien tuvo que dejar a su familia en el barrio 23 de Enero de Maracay y aventurarse a buscar trabajo como peón agrícola en una comunidad campesina. “Cuando llegué a Huarochirí, no conocía a nadie. No encontraba trabajo, pero tuve la suerte de conocer a un comunero que estaba buscando a alguien para trabajar sus parcelas”.
Desde el primer día, Héctor supo que el trabajo en el campo requería un esfuerzo físico considerable y una dedicación constante. Aprendió a realizar diversas tareas, como la siembra, el riego, la cosecha y el mantenimiento de los cultivos. “Trabajábamos jornadas largas bajo el sol, y a veces las condiciones climáticas se ponen difíciles. Huarochirí tiene una tremenda historia agrícola y ganadera, y fue importante poder aprender de los comuneros y aprovechar, con ello mejorar mi trabajo. Tuvieron paciencia y disposición para enseñarme. Por ejemplo, ellos dicen que en luna menguante las raíces crecen fuertes, por eso durante esos días algunas personas cultivan, podan, hacen el trasplante o la cosecha. También me han enseñado a tenerle respeto al Pariacaca, la montaña a la que le dicen apu. Hacen siempre un pago a la tierra, con su coca y oraciones. Yo soy respetuoso, me han enseñado a masticar la coca para tener fuerzas. Dicen que la tierra también pide”.
Antes de afrontar la exigencia física del trabajo en campo y los pedidos de la Pachamama, Héctor tuvo que hacerles frente a las reacciones iniciales de los comuneros y pobladores de ver una persona extranjera. “La gente tenía prejuicios hacia los venezolanos, muchos creían que éramos delincuentes o que veníamos a quitarles trabajo. Esto me afectó, yo me esforzaba por ser respetuoso, trabajador. Pasó el tiempo, demostré que estoy siempre dispuesto a aprender y a colaborar con todos”. El esfuerzo de Héctor le reporta una remuneración de 40 soles el jornal, durante cinco a seis días a la semana. Sin embargo, cuando el trabajo como peón escasea, Héctor se sumerge en el bullicio del mercado, apoyando con las ventas. También es estibador en los recintos comerciales de la metrópolis limeña. No deja cabida al desánimo: persigue cada atisbo de sustento posible.
De desánimo tampoco conoce José, un joven venezolano de 26 años que llegó a una banda local en Huarochirí. A los 20 años decidió iniciar su carrera musical en la Escuela de Música José Ángel Lamas, ubicada en la avenida Urdaneta, en Caracas. José cuenta que en octubre del 2019 los alumnos dejaron de recibir clases debido a los múltiples problemas de infraestructura que tenía la escuela. En el 2020, José se convierte en padre una niña y todos sus esfuerzos se concentraron en cubrir las nuevas necesidades. “Entonces decidí probar con varios trabajos. No pude seguir estudiando música, pero siempre me reunía con los amigos y tocábamos. Soy percusionista. En Venezuela no conseguía lo suficiente, así que seguí los consejos de un amigo que trabaja en Piura. Yo terminé en Lima. Mi hija está en Venezuela con su mamá, pero yo le mando todo lo que puedo”.
Desde covers de Armonía 10, Huanca danza, pasando por Aguaceros de Mayo y cantos de cruces, José aprende todas las notas y tiempos necesarios para amenizar las fiestas patronales de la zona. Este año, José acompañó la sonora festividad de las cuces de Matakaka, Dos de Mayo, Quihuacara, Jocohanca Tapo y Huamantanga, en las comunidades de San Mateo de Huanchor y San Antonio. “Yo llegué por intermedio de un amigo que hice en Lima. Me dijo que la banda de su tío necesitaba alguien que tocara los platillos y yo vine enseguida. Tuve que ensayar bastante con los músicos, todos con mucha experiencia. Me aceptaron de inmediato y yo encantado porque aprendo. Mi canción favorita es “Tierra linda”. La gente baila, celebra, disfruta con nuestra música y eso es lo importante. La fiesta de las cruces fue en mayo, toda una semana. A veces no dormíamos porque teníamos que acompañar la procesión, pero los pobladores siempre nos recibían con calientitos para resistir el frío”.
Emilio, de 28 años, también ha sufrido los estragos del frío en la sierra limeña. “Vengo de Barquisimeto, una ciudad cálida en el estado Lara, Venezuela. Llegué a Huarochirí, hace aproximadamente dos años. Al principio, la adaptación fue extremadamente difícil. El clima en Huarochirí es muy diferente al de mi tierra. Aquí, las temperaturas pueden ser muy frías, especialmente en las mañanas y noches. Además, la altura me causó problemas de salud en los primeros meses. Sufría de mal de altura, con dolores de cabeza constantes y dificultades para respirar”.
Este barquisimetano hoy se dedica a la cosecha y procesamiento de paltas destinadas a la exportación. Para él, lo más importante es mantener la calidad de los productos, ya que cualquier error puede tener consecuencias económicas significativas. Pero, al igual que sus compañeros, las interacciones sociales con los habitantes locales también forman parte de una ardua y paciente labor: “La llegada de migrantes puede ser percibida como una amenaza a sus puestos de trabajo y su estilo de vida. Pero me esfuerzo por aprender y respetar las costumbres y tradiciones de la gente. Voy con los amigos a las festividades locales, participo. La fiesta de las cruces de mayo duró como una semana y estuvimos ahí celebrando, a pesar del frío”.
El propósito de este artículo no es, en absoluto, romantizar las experiencias de estos jóvenes, pues como ellos más del 90 % de los migrantes venezolanos en territorio peruano sigue sin acceso a un seguro de salud o empleo formal. No solo enfrentan los desafíos de una situación laboral irregular, también deben adaptarse a un entorno completamente desconocido. Las costumbres y dinámicas sociales de las zonas rurales, como en Huarochirí, presentan una serie de obstáculos adicionales que requieren una notable resiliencia y capacidad de adaptación.
El clima, la altura, las diferencias culturares, el recelo de la población local, la inestabilidad y precariedad laboral de Emilio, José y Héctor, también forman parte del proceso de cambios en los espacios rurales. Incluso con todas estas dificultades, su trabajo contribuye al crecimiento y desarrollo de las comunidades que los han acogido. Experiencias como las suyas transforman y redefinen las dinámicas tradicionales del campo, invitándonos a repensar, además, cómo se reconstruyen las comunidades y las identidades frente a estos desafíos. Sus historias no solo reflejan la capacidad de adaptación humana, sino también la complejidad del proceso que forja nuevas realidades en un contexto de migración y cambios globales.
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Este texto se enmarca en el trabajo promovido por el Proyecto Binacional “Del desplazamiento a la integración: construyendo comunidades productivas y protectoras”, financiado por la Unión Europea con el apoyo técnico de la UNOPS, bajo ejecución técnica de la ONG WeWorld y el Instituto de Defensa Legal (IDL). Las instituciones aquí nombradas no se hacen responsables de las opiniones de los autores.
