Zozobra informativa, o cómo deslegitimar las elecciones con ayuda de los medios

Zozobra informativa, o cómo deslegitimar las elecciones con ayuda de los medios

Aldo Pecho Gonzáles/ IDL-Seguridad Ciudadana

Han pasado ocho días desde que terminó la votación presidencial de segunda vuelta y aún no tenemos oficialmente un ganador. Lo de oficial no solo es un formalismo, y a estas alturas ya ni siquiera una garantía para el cambio de mando por vías democráticas, pero sí por lo menos —y es duro decirlo— un punto de respaldo para apagar el fuego político que el fujimorismo ha encendido al negarse a aceptar su derrota. Y allí no acabará el proceso, claro. Una rápida lectura sobre lo que vendrá nos advierte que por todos los medios se está buscando deslegitimar las elecciones, dilatar los resultados, socavar las instituciones y dar la sensación de que la gobernabilidad será imposible con Pedro Castillo a la cabeza de la presidencia.

En este convulsionado escenario político que da la bienvenida al bicentenario, ¿qué papel vienen cumpliendo los medios de comunicación tradicionales?

Para cualquier lector que no sea incauto ha sido visible la grosera alineación que muchos medios de comunicación han hecho en favor de Keiko Fujimori en esta segunda vuelta. Digamos que a estas alturas la discusión sobre la neutralidad discursiva, y particularmente periodística, ha pasado a otro plano. Es claro que existe una línea editorial marcada en cada medio, y con obvias tendencias ideológicas, así como también intereses empresariales sobre la mesa. Sin embargo, también se les exige —por lo menos mínimamente— un respeto hacia el tratamiento de las noticias equilibrado y sin sesgo de opinión. Sobre todo en un contexto como este, en el que los medios son un actor fundamental para garantizar la de por sí ya precaria estabilidad democrática que tiene el Perú, y peor aún en tiempos de pandemia.

Esto no ha sucedido así. Los resultados electorales prácticamente son irreversibles, o por lo menos deberían serlo. Pero el fujimorismo sigue en campaña jugando al todo o nada con la zozobra política. Las últimas cartas que tiene para impedir que Pedro Castillo acceda al poder son el grito de “fraude” y ahora —mediante la voz de algunos de sus aliados— la convocatoria de nuevas elecciones. Los medios han hecho eco de este reclamo otorgándole todas las tribunas posibles para que puedan difundir noticias falsas, medias verdades e insinuar la posibilidad de un golpe institucional. Portadas de diarios, programas de televisión y noticias tendenciosas difundidas en redes han sido los canales de los medios para apoyar los reclamos de Keiko Fujimori.

En contraparte, se ha silenciado o minimizado las respuestas institucionales, como las que día a día emiten el JNE y la ONPE. Así, no se ha dicho nada de las desestimaciones masivas a las solicitudes de anulación y observaciones de actas en casos de supuestas firmas falsas, suplantación de identidad, personas fallecidas que votan, o resultados desfavorables estadísticamente para Fuerza Popular. Tampoco se han resaltado los comunicados, aclaraciones e incluso los desmentidos de viejas prácticas políticas que intentan crear inestabilidad y deslegitimar el trabajo de ambas instituciones.

Aclaraciones del JNE y la ONPE a noticias falsas vía Twitter.

No existen indicios de fraude. Y por fraude nos referimos no a prácticas irregulares individuales, que siempre ocurren en cada elección, sino más bien a acciones sistemáticas y mal intencionadas para modificar el voto ciudadano. La misma OEA ha emitido un informe preliminar  avalando la pulcritud del proceso llevado a cabo el 6 de junio. Y no es que la OEA simpatice políticamente con las izquierdas en América Latina, pero parece que los fantasmas del comunismo-terrorismo-chavismo solo han tenido eco en los actores políticos más conservadores y sus aliados (sospecho que se han convencido de sus propias mentiras). Aunque, lamentablemente, sus discursos del miedo han arrastrado a un sector de la población, lo que no solo ha traído una fuerte polarización política, sino también viene provocando una peligrosa fractura social que siempre estuvo latente.

En este lúgubre escenario, y apoyando la deslegitimación del proceso electoral y de las propias instituciones por parte del fujimorismo, los medios de comunicación tradicionales vienen minando la democracia. Y frente a la ciudadanía, se vienen deslegitimando a sí mismos, cruzando un Rubicón del cual no sabremos si hay punto de retorno. Nos encontramos en un nuevo parteaguas de crisis política, tan solo comparable al ocurrido hace dos décadas, con la caída del fujimorismo. Por lo menos si no es posible pedirles a los medios mesura —probablemente sería en vano—, sí exigir la vigilancia y respuesta ciudadana. Y esto ya viene ocurriendo.

Esta es una lucha desigual, pero desde la sociedad civil muchos están dispuestos a hacerle frente. Mientras los medios más irresponsables vienen ficcionando un clima de fraude electoral, enturbiamiento político y preparando el camino para el golpe, cientos de ciudadanos responden día a día desmintiendo sus afirmaciones o aclarando las noticias tendenciosas. Es más, muchos ciudadanos en las distintas regiones del país, señalados como parte del supuesto fraude, han pedido rectificaciones a Fuerza Popular. Se ha podido observar comunidades campesinas e indígenas exigiendo respeto al consenso de sus votos, y colectivos haciéndoles frente a prácticas de discriminación, desconocimiento de sus realidades y estigmatización de sus modos de vida.

Un Perú golpeado por la desigualdad social, la pobreza y la inestabilidad política viene creando las condiciones para nuevas formas de reivindicación histórica. Si los medios tradicionales no van a ser los canales que la ciudadanía reclama para expresarse, se buscarán formas alternativas para hacer escuchar su voz. Aunque, parafraseando a Keiko Fujimori, la cancha nunca esté pareja para todos. Paradójicamente, sí nos encontramos ante un escenario donde ya viene peligrando la libertad y la democracia. No es Pedro Castillo el peligro, por supuesto, sino más bien un viejo actor político que no ha cambiado más que de rostro, y hoy muestra las garras resistiéndose a una nueva derrota.

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